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globalizado, sino de ejes de integración regional parciales.

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as cuestiones planteadas en los últimos meses sobre liderazgos o nuevos liderazgos en América Latina y sobre el giro a la izquierda de algunos go- biernos tienen dos dimensiones que no pueden ser contaminadas entre sí porque, aunque es evidente que las proyecciones de una pueden afectar a la otra, son autónomas.

La primera de estas dimensiones se refiere a la existencia o no de modelos «exportables» de sociedades o países, que puedan servir como paradigmas. Eso convertiría, según algunos, a los países «ejemplares» en líderes de la región. La segunda dimensión se refiere al liderazgo que algunos de los presidentes

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Modelos y liderazgos en América Latina 103

pueden ejercer en el conjunto de América Latina. Ambas cuestiones requieren ser reformuladas: la primera, en el sentido de cuáles son los modelos en jue- go capaces de resolver las problemáticas internas de cada sociedad que, en términos comunes a todas ellas, consisten en la recomposición de las relacio- nes entre Estado y sociedad; la segunda dimensión debe reformularse tenien- do en cuenta los ejes y las alianzas para el proceso de integración regional en el marco del proceso de mundialización o globalización. A ambos aspectos nos referiremos en el presente artículo.

La problemática latinoamericana actual

Al comienzo de la década del 90, con la finalización de los procesos de tran- sición política y el auge de las reformas neoliberales, señalamos que ya no podía pensarse a América Latina en términos de una sola problemática histó- rica que engloba y define a otras, como lo fueron, en décadas anteriores, el de- sarrollo, la revolución o la democracia, por nombrar solo algunas. Si se que- ría mantener la unidad analítica e histórico-política de la región, pese a las enormes variantes y diferencias en su interior, era necesario entender que la problemática es multidimensional, o que estaba compuesta por diferentes cuestiones no reductibles las unas a las otras. Ello tanto al nivel analítico co- mo de la acción política.

La primera de estas cuestiones era la construcción de sistemas políticos de- mocráticos, una vez superados los autoritarismos, las guerras civiles, las ines- tabilidades o las dictaduras militares. La segunda era la democratización so- cial, cuyo objetivo era la superación de la pobreza y las desigualdades, por un lado, y el fomento a la participación ciudadana, por otro. La tercera era la reformulación del modelo económico implantado con las reformas estructurales del llamado «Consenso de Washington», para construir –o reconstruir– un Estado de Bienestar, lo que significaba un nuevo impulso al papel dirigente y regulador del Estado. La cuarta cuestión, que de algún modo abarcaba las otras tres pero que tenía también su propia especificidad, se refería a la construcción de un modelo de modernidad que, incorporando las diversidades culturales de los países y las regiones, permitiera su inserción autónoma en los procesos de globalización que empezaban a permear todos los ámbitos de la sociedad. Es innegable que estas cuatro dimensiones han experimentado transforma- ciones importantes. En efecto, los regímenes posdictatoriales se han conso- lidado, aunque no todos son genuinamente democráticos. Además, las crisis políticas importantes, que en muchos casos han significado la finalización

abrupta o anticipada de los mandatos presidenciales, en algunos países como re- sultado de fuertes movilizaciones sociales y populares, se han resuelto siempre por la vía institucional, sin regresiones autoritarias estables como en el pasado.

Sin embargo, en América Latina la demo- cracia aparece en forma generalizada –y uno podría decir ya consolidada– justo cuando ella, y más en general la política, se encuentran cuestionadas en su relevan- cia para resolver los problemas y para ex- presar las demandas de la sociedad. Por un lado, los procesos de globalización pa- recen quitarles a las comunidades políti- cas su capacidad de decisión sobre mu- chos problemas cruciales, que quedan en manos de los mercados transnacionales y los poderes fácticos de todo tipo. Y, por otro lado, las nuevas formas de exclusión, desigualdad y pobreza generan condiciones en que se hace difícil un ejercicio real de la ciudadanía.

Este déficit democrático es estructural y sustancial, lo cual, más allá de los problemas propios de las instituciones de cada país, estudiados y enfatizados por el ya clásico informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desa- rrollo (PNUD)1, ha llevado a la construcción de un nuevo mito: el de la socie-

dad civil y la ciudadanía. Como todo mito, éste tiene también un núcleo racio- nal: en este caso, la crítica a una política y a unas instituciones que parecen dis- tanciarse de «la gente», distancia que, en épocas anteriores, tendía a acortarse por el papel movilizador de las ideologías y los proyectos políticos populis- tas o revolucionarios. También este núcleo racional lleva a la demanda de una democracia más participativa más allá de la simple, pero fundamental, parti- cipación electoral. Sin embargo, esto también puede llevar a la exaltación de la sociedad civil y la ciudadanía como la expresión de «las preocupaciones de la gente», convirtiendo a aquellas instancias ya no en un contrapeso necesa- rio para el Estado y la acción política, sino en un sustituto. La crítica a una de- terminada política o al funcionamiento de determinadas instituciones se transforma así en una crítica a la política en sí misma.

1. PNUD: «La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanos y ciudadanas», PNUD, Nueva York, 2004, disponible en <http://democracia.undp.org/Informe/Default.asp? Menu=15&Idioma=1>.

En América Latina la

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