plus de gozar a partir del concepto marxista de la plusvalía, es decir, la prueba de que la plusvalía de Marx efectivamente anuncia la lógica del objeto a (minúscula) en cuanto plus de gozar es ya la fórmula clave mediante la cual Marx, en el tercer tomo de El capital, trata de fijar el límite lógico histórico del capitalismo: «el límite del capital es el capital mismo, vale decir, el modo de la producción capitalista».
Esta fórmula abre dos posibilidades de lectura. La primera, habitual, historicista evolucionista, entiende este límite en el nivel del modelo desafortunado de la dialéctica de las fuerzas productoras y de las relaciones de producción como la dialéctica del «contenido» y de la «forma» (véase el «Prefacio» a la Crítica de la economía política). Ese modelo sigue la metáfora de la serpiente que, de cuando en cuando, se desembaraza de su piel, demasiado estrecha y adherida: se propone como móvil último del desarrollo social, como su constante, por decirlo así, «natural», «automática», el crecimiento incesante de las fuerzas productivas (en la regla reducida al desarrollo de las técnicas), al cual suceden, con un retraso mayor o menor, como momento inerte, las relaciones de producción. Así, hay épocas en las que las relaciones se equilibran con las fuerzas; luego, cuando las fuerzas se desarrollan y superan el marco de las relaciones, ese marco llega a ser un obstáculo a su desarrollo ulterior hasta que la revolución vuelve a equilibrar las relaciones y las fuerzas reemplazando las antiguas relaciones por otras nuevas, correspondientes al nuevo estado de las fuerzas. Vista en esta perspectiva, la fórmula del capital entendido como su propio límite significaría, sencillamente, que las relaciones de producción capitalistas, que primeramente habían hecho posible el desarrollo rápido de las fuerzas productivas, han llegado a ser en cierto punto un impedimento para su desarrollo ulterior, que esas fuerzas han crecido más allá de su marco y exigen una nueva forma de relaciones sociales. El mismo Marx está lejos, por supuesto, de semejante representación vulgar evolucionista; para comprobarlo, basta con examinar los pasajes de El capital donde trata la relación entre la subsunción formal y la subsunción real del proceso de producción bajo el capital: la subsunción formal precede a la real, es decir, el capital subsume primero el proceso de producción tal como lo ha encontrado (el artesanado, etcétera) y solo después, sobre esa base, cambia gradualmente las fuerzas productivas, dándoles la estructura que le conviene; contrariamente a la llamada representación vulgar, es, pues, la forma de las relaciones de producción lo que
impulsa el desarrollo de las fuerzas productoras de su «contenido».
Aquí habría que hacerse una pregunta completamente ingenua: ¿dónde se encuentra ese punto —aunque ideal— a partir del cual se puede decir que las relaciones de producción capitalista se han convertido en un impedimento al desarrollo de las fuerzas productivas? O bien, el reverso de la misma pregunta: ¿cuándo se puede hablar de que hay una concordancia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción en el marco del modo de producción capitalista? Un análisis severo nos lleva a una sola respuesta posible: nunca. En esto precisamente difiere el capitalismo de los modos de producción previos; en el caso de estos últimos, uno puede hablar de períodos de «acuerdo» durante los cuales el proceso de la producción y de la reproducción se desarrolla según un movimiento circular apacible y períodos durante los cuales la contradicción entre las fuerzas y las relaciones se agrava, mientras que en el capitalismo esta contradicción, la discordia fuerzas/relaciones, forma parte de su «concepto mismo» (con la forma de la contradicción entre el modo social de producción y el modo individual, privado de la apropiación). Esta contradicción es lo que obliga al capital a ampliar permanentemente su reproducción, a desarrollar incesantemente sus condiciones de producción, a diferencia de los modos de producción previos cuya (re)producción, en su estado «normal» tiene la forma de un movimiento circular. Pues bien, si esto es así, la lectura evolucionista de la fórmula del capital entendido como su propio límite, no alcanza: no se trata de ninguna manera de que, en cierto punto, el marco de las relaciones de producción frenen el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas, sino que, por el contrario, ese límite inmanente, esa «contradicción interior» es lo que impulsa al capitalismo a desarrollarse permanentemente. El movimiento «normal» del capitalismo es revolucionar permanentemente sus condiciones de existencia: desde el comienzo, «corrompe», está marcado por una contradicción, por una distorsión, un desequilibrio inmanente y, por esta razón misma, cambia y se desarrolla sin cesar; el desarrollo incesante es la única manera de soportar, de resolver cada día, nuevamente, la contradicción fundamental, constitutiva, que lo caracteriza. Lejos de frenarlo, su límite se vuelve, pues, el móvil de su desarrollo. He aquí la paradoja del capitalismo, su recurso último; es capaz de transformar su dificultad, su impotencia misma, en fuente de poder y de crecimiento, cuanto más «corrompe», tanto más se agrava su contradicción inmanente y tanto más debe revolucionarse para sobrevivir.
De esto se desprende claramente el vínculo entre la plusvalía —«causa» que pone en movimiento el proceso de producción capitalista— y el plus de gozar, objetocausa del deseo: la topología paradójica del movimiento del capital, el bloqueo fundamental que se resuelve y se reproduce a través de una actividad frenética, la potencia excesiva como la forma misma de una impotencia fundamental,
ese paso inmediato, esas coincidencias del límite y el exceso, de la falta y el excedente, ¿no son las del objetocausa del deseo, ese excedente, ese resto que traduce una falta constitutiva? Todo esto, Marx «lo sabe perfectamente, pero aun así…»: de todas maneras, en el pasaje decisivo del «Prefacio» a la Critica de la economía política, hace como si no lo supiera al describir el paso mismo del capitalismo al socialismo en los términos de la mencionada dialéctica vulgar de las fuerzas productivas y las relaciones de producción; cuando las fuerzas se desarrollan por encima de cierta medida, las relaciones capitalistas pasan a ser el obstáculo de su desarrollo ulterior, lo que pone en el orden del día la revolución socialista que debe volver a establecer relaciones que concuerden con las fuerzas, restablecer las relaciones de producción que hagan posible un desarrollo acelerado de las fuerza productoras como fin en sí mismo… ¿cómo no detectar en esto el hecho de que tampoco Marx lograba dominar las paradojas del plus de gozar? Y la venganza irónica de la historia para este fracaso es que hoy existe una sociedad para la que parece valer aquella dialéctica evolucionista de las fuerzas y de las relaciones: el «socialismo real». ¿No es ya, en efecto, un lugar común decir que el «socialismo real» ha hecho posible el proceso de industrialización rápida pero que, desde el momento en que las fuerzas productivas alcanzaron cierto grado de desarrollo (el que necesitó el paso a lo que se llama la «sociedad posindustrial»), las relaciones del «socialismo real» comenzaron a frenar el crecimiento?