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La Guía como representante de los valores estéticos para el pueblo

El fin primero declarado por la guía era el de estatuir una cultura na- cional que se enfrentara a la “cultura de la personalidad”, definida en tér- minos idealistas y espirituales, en tanto la cultura se entendía como el

6 En el Nº 3 de la G.Q., al dar cuenta de su labor al frente del organismo, Palacio ase- guró en un discurso que podía afirmar a sus colegas que contaba “con la adhesión y la colaboración de todos los organismos vinculados a la actividad cultural y con la simpa- tía manifestada reiteradamente, de los intelectuales y de los artistas, sin distinción de colores políticos”. G. Q. Año 1 Nº 3, 2º Quincena de mayo de 1947. Es conocido el res- peto que siempre se le tuvo a Ernesto Palacio por parte de sus colegas, pero aún con di- cho apoyo, su alejamiento fue bastante significativo dentro del gobierno peronista. La

puente entre “el comienzo de la vida y el final de la eternidad”.7En su Nº 4, el editorial recalcaba que “las cuatro grandes irradiaciones cuya armó- nica unión configura la cultura plena: religión y moral, arte, ciencia y cul- tura material (economía, técnica y todo el restante trabajo profesional, es- pecialmente el social), correspondientes a las cuatro actividades principa- les del hombre: querer, sentir, pensar y obrar, se condensarán en concre- tas expresiones argentinas en las páginas de esta Guía”.8

La cultura aparecía enunciada en este primer número como la instan- cia superior en la que se manifestaba la vida histórica, por lo que la nece- sidad de la guía como órgano director profesaba más una voluntad que lo que podía comprenderse como las funciones de agenda cultural. De he- cho, dentro de la perspectiva rectora de la guía, los intelectuales formaban parte del programa, sobre quienes más adelante veremos su intención de ser incluidos como masa trabajadora. Esta figura, la del trabajador, enton- ces, fue de sumo interés –como es sabido– para el gobierno peronista. La consideración respecto de su valor ético y moral necesitaba según el pro- pio Perón de expresión artística.

El proyecto del Monumento al descamisado fue motivo de considera- ción por parte de la guía, en ocasión de citar palabras de Perón: “Me pa- rece –dijo– que lo interesante es hacer un monumento que sea profunda- mente evocativo, por la simple razón de que será un monumento eminen- temente popular, que en sus formas y concepción debe ser fácilmente in- terpretado. No debe ser algo complicado, sino que el pueblo entienda, porque ese monumento es para el pueblo, y él entiende lo que impresiona bien sus sentidos y sus sentimientos. […] Su figura central debe ser la del descamisado que todos conocemos y vemos en la calle: la del descamisa- do que vimos el 17 de octubre”.9

historiadora Diana Quattrocchi afirma que su retiro de la actividad pública se debió a las presiones sufridas por un conflicto que tuvo lugar en el Congreso por los premios nacionales. (Cfr.. Quattrocchi-Woisson,, D., op. cit.).

7 G.Q., Año I N°1, 1° Quincena de abril de 1947. 8 G.Q., Año I N°4, 1° Quincena de junio de 1947. 9 G.Q., Año I N°8, 1° Quincena de agosto de 1947.

Simpleza, identificación, impresión sobre los sentidos, comunicación de un mensaje histórico determinado: ese era el objetivo del arte para es- ta ocasión.

Otra oportunidad de demostrar esta política la constituyó la serie de homenajes que el Gobierno organizó en el año 1947 por cumplirse el cuar- to centenario del nacimiento de Miguel de Cervantes Saavedra. Esta vez se ensalzaron los valores hispanistas, rectores de la política cultural.

En el Nº 13 de la Guía, de octubre de 1947, se reproduce una conferen- cia que el presidente Perón dio en la Academia Argentina de Letras para honrar al salmantino. La misma fue difundida radiotelefónicamente, con lo que la intención e intensidad de las palabras del primer mandatario ad- quirieron el tono de un verdadero proyecto gubernamental: “Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongo- jada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatom- be que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, isla de paz, deliberada y voluntaria- mente se hace presente en este día, para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del ge- nio y la grandeza de la raza. […] Para nosotros la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual”.

Perón dirigió este discurso sobre el porvenir enraizado en este pasado al configurar el siguiente cuadro del pensamiento doctrinario peronista: “Si la América española olvidara la tradición que enriquece su alma, rom- piera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez”.10

A ello se debía el resguardo de las formas típicas de la cultura trazadas en el Primer Plan Quinquenal. Para Ernesto Palacio –presidente de la Co-

10 Todas las citas del discurso de Perón corresponden a su reproducción en G.Q., Año I N°3, 2° Quincena de mayo de 1947.

misión en 1947– la cultura era entendida como el conjunto de actividades de carácter formativas que modificaban e influían en la conducta; en con- traposición con las actividades meramente informativas, de carácter téc- nico, que en nada atañían a la creación artística. Por ello estos intelectua- les acudieron a Oswald Spengler, para señalar la coincidencia del progre- so técnico con la declinación del nivel cultural, lo que llevó directamente a la postulación de un humanismo, en tanto la cultura permite la mayor comprensión del espíritu.

¿Una “cultura para todos” o un nacionalismo cultural de

“afinidades electivas”? El binomio Estado - intelectuales

“Puesto que todo ser humano, por humilde que sea, posee el senti miento de lo bello y de lo feo, el arte debe penetrar en todas las capas del pueblo para llenar enteramente su excelso cometido. Los goces estéticos son demasiado preciosos para que una comunidad consciente de su

calidad y de su destino los reserve, como esotérico privilegio, a un número limitado de sus componentes…”.11

La gestión de esta manera fue una consecuencia de esta concepción de la cultura, que, a su vez, implicaba ciertas consideraciones respecto a los difusores y generadores de cultura, los creadores. A ellos también les co- rrespondía ser guiados por esta publicación, dado que “en la Argentina existe y ha existido una verdadera incomunicación del pueblo con sus ar- tistas: poetas, escritores, músicos, plásticos. Y que este desconocimiento es casi una conspiración, siendo necesario resolver tal situación”.12

En 1947 la Guía difundió con especial énfasis un encuentro entre el presidente Perón y un grupo de intelectuales. Perón los había convocado

11 “Cultura para todos”, editorial del Nº 4 de la G.Q., 1° Quincena de junio de 1947. 12 Glosa de las palabras del presidente de la Comisión de Cultura, Ernesto Palacio, en ocasión de comentar los lineamientos de su gestión frente a un auditorio en el Teatro Nacional Cervantes, en G.Q, Año I N° 22, 2° Quincena de junio de 1948.

ese 13 de noviembre a Casa de Gobierno para exponerles y ampliarles sus objetivos sobre cultura que había trazado en el Plan Quinquenal. Con la presencia de algo más de un centenar de escritores e intelectuales afines a Perón desde sus variados bloques políticos (nacionalistas, católicos, mili- tares, forjistas, etc.)13el Presidente se refirió a la revolución cultural y pi- dió a sus contertulios un esfuerzo de unidad y homogeneidad: “Señores: el aspecto general de nuestra cultura solamente puede ser orientado y reali- zado por el gobierno si él cuenta con la colaboración de los hombres en- tendidos en esos aspectos. El gobierno sólo puede dar un objetivo y una organización. Lo demás lo deben dar los hombres, lo deben dar ustedes. El gobierno no puede realizar. Esa es una colaboración de los intelectua- les que sienten y piensan como nosotros. Por eso, cuando me dijeron que

ustedes llegaban hasta acá para conversar sobre estos puntos, franca-

mente les he de confesar que me produjo una enorme satisfacción porque el Estado aspira a que los señores intelectuales formen una agrupación o una asociación que los unifique en sus propias tendencias y que haga de- saparecer –y que es lógico que exista en cada uno de los intelectuales, con sus círculos propios– esas pequeñas rencillas que se producen. Deben agruparse en una sola organización para luchar por la obtención del obje- tivo común a todos: el objetivo de la Nación”.14

Resulta curioso observar que en la retórica de este discurso de Perón sean los intelectuales quienes aparentemente buscan el encuentro con un Perón que aún desconociendo la noticia les tenía preparado un proyecto para incluirlos en la gestión nacional: “…hoy parece que las letras y las ar-

13 Estuvieron presentes, entre otros, José María Castro, Carlos Ibarguren, Gustavo Mar- tínez Zuviría (el escritor Hugo Wast), José María Rosa (h), Antonio P. Castro, E.M. Suá- rez Danero, Arturo Cancela, Atilio García Mellid, Pilar de Lusarreta, Pablo Ducrós Hic- ken, Homero Guglielmini, Raúl Scalabrini Ortiz, Carlos María Gelly y Obes, Roberto Vag- ni, Luis Perlotti, Héctor Sáenz Quesada, Pedro Miguel Obligado, Mario Molina Pico, Car- los Astrada, Arturo Cambours Ocampo, Armando Cascella, P. Filippo, P. Luis Gorosito Heredia, Manuel Gálvez, Delfina Bunge de Gálvez, José María Castiñeira de Dios, Ra- món Doll, Tte. Coronel Agustín G. Casá, Federico Ibarguren, Vicente Fidel López, Alber- to Vaccarezza, Benito Quinquela Martín, Olegario V. Andrade, Leopoldo Marechal, P. Julio Menvielle y Juan José de Soiza Reilly.

tes no pertenecen a actividades del Estado y se delegan a cualquiera que se le ocurra pensar que se podría hacer esto o aquello. Es necesario que el Estado dé también en ese aspecto su propia orientación, que fije los obje- tivos y que controle la ejecución para ver si se cumplen o no”.15

Entonces, lejos de sospechar la apatía particular de Perón por el tra- bajo intelectual, el nuevo gobierno parecía buscar consenso a través de identificaciones simbólicas (y no sólo vehiculizadas como propagandas directamente referidas al gobierno, de mayor efectividad en las artes po- pulares). Así se refería el presidente al hombre nuevo nacional, en oca- sión de la asunción del ministro de Educación, el Dr. Oscar Ivanissevich, médico de Eva Perón, el 19 de febrero de 1948: “Es necesario encarar sin pérdida de tiempo la reforma educacional encargada de desarrollar una labor científica y cultural que permita crear, mantener y propugnar en forma permanente esa nueva escuela filosófica de los argentinos. Sin un alma argentina, sin un pensar argentino y sin un sentir argentino, este pueblo sería una muchedumbre amorfa, cuyo destino quedaría confiado a los audaces, a los malos y a los mentirosos. Y ésos no pueden ser los conductores de un pueblo que aspira a la felicidad presente y a la gran- deza futura de su patria. […] El respeto a las ideas de todos los hombres ha sido, es y será la escuela argentina. Pero lo que se debe respetar son las ideas constructivas, honestas y patrióticas; respetar las ideas des- tructivas, anárquicas, disociadoras y antipatrióticas, es un suicidio co- lectivo, que no podemos aceptar”.16

Conciente de la acusación de los antiperonistas, durante el de asun- ción, el flamante ministro Ivanissevich reconoció que “como hemos hecho

15 Ibídem.

16 Ibídem. La creación del Ministerio fue entonces la ocasión para el desprendimiento de la Comisión que formaría parte de la Subsecretaría de Cultura, junto con la Direc- ción General de Cultura y otros organismos, por decreto presidencial del 26 de febrero de 1948, con la convicción de que en una etapa trascendental como la que se vivía era necesario “oír y hacer intervenir a los valores intelectuales y artísticos nacionales en los asuntos relacionados con la cultura”. A partir de allí, el presidente de la Comisión, por ese tiempo, Antonio P. Castro –hermano del ministro de Transportes e íntimo amigo de Juan Perón, el teniente coronel Juan F. Castro– cumplió también las funciones de sub- secretario de Cultura.

conocer el propósito de independizar intelectualmente a la patria, los que sienten que sus intereses materiales pueden sufrir con esta liberación, nos acusan de que pretendemos dirigir la cultura”.17

¿A quienes les caía el sayo? Entre otros, a la Sociedad Argentina de Es- critores (SADE) que había comenzado a discutir la suspensión de sus afi- liados nacionalistas, lo que finalmente suscitó el quiebre de la institución y la creación de una asociación de escritores nacionalistas (ADEA).18En el Nº 18 de la Guía se hace mención a las conferencias del señor Juan Govi, miembro de la ADEA, sobre las “Obligaciones de los escritores frente al Plan Quinquenal”: “ADEA es el organismo ideal que tiene que contribuir a formar la mística social argentina. Las teorías sociales argentinas deben divulgarse por ADEA, que es el núcleo más numeroso y compacto de es- critores y pensadores argentinos. Creo que lograremos (con nuestros li- bros, novelas, poesías, estudios filosóficos y con todas nuestras manifes- taciones, no a describir los sufrimientos del proletariado, sino, con nues- tras nuevas teorías y realizaciones sociales, a divulgar en todo el país la mística, es decir, la comprensión general, profunda e irreductible, de to- dos los principios del peronismo”.19

Tan claro era el rechazo al liberalismo de sus opositores que el poeta Carlos Obligado, en su conferencia Presencia de Argentinidad, en la Liga por los Derechos del Trabajador, calificó a Perón como inspirado, por Dios, “buen criollo como siempre”, para “subsistir los abstractos y dema- gógicos Derechos del Hombre por los esclarecidos Derechos del Hombre útil. Pues claro está que la sociedad no tiene por qué amparar amorosa- mente a los zánganos”.20

La función del artista entonces poseía un dramático lazo con la socie- dad y, mutatis mutandi, con el gobierno. En la inauguración del XXXVIII Salón Nacional de las Artes Plásticas el ministro Ivanissevich se refirió a

17 Ibídem.

18 Ver Fiorucci, Flavia, “Los escritores y la SADE: entre la supervivencia y el antiperonis- mo. Los límites de la oposición (1946-1955)”, en Prismas Nº 5, UNQui, 2001, pp. 101-126. 19 G.Q., Año II N°18, 2° Quincena de abril de 1948.

los deberes de un artista, como artista y como argentino. Y se preguntaba: “¿Acaso el artista, en el ejercicio de su genio, no es absolutamente libre? ¿Acaso el arte, como la ciencia, reconoce banderas y no es la obra y el pa- trimonio de toda la humanidad?”. El arte parecería borrar fronteras, ase- guraba, pero advertía que “El artista es un producto infinitamente com- plejo de una sociedad y ha recibido de ella una riqueza en enseñanzas de maestros, en cultura, en inspiración y probablemente en ayuda directa o indirecta. No sería justo ni digno que el artista, so pretexto de que el arte es libre, se desinteresara de su país y de su ambiente y no se preocupara por la repercusión que puede tener su obra, aislado y hostil a su tiempo y a su pueblo, hiciera de su arte o bien un entretenimiento egoísta o bien un arma o un veneno para la sociedad en la que vive. […] El conjunto de los artistas de una nación constituye una fuerza social que para que no se es- terilice o se pierda debe actuar armoniosamente con las otras fuerzas so- ciales, las tradiciones, las costumbres, la religión, la historia, la economía misma del país”.21

Ya al final del recorrido de la Guía, con nuevas autoridades, la función de correctora y veedora de los contenidos artísticos y de la labor de los in- telectuales mutaron en implementaciones absurdamente reaccionarias. En un texto con título “Acerca del valor cultural y artístico de las películas ar- gentinas”, la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación había dado a conocer una resolución por la que se confería a la Dirección General de Espectáculos Públicos “la vigilancia de la producción nacional de películas en su contenido cultural y en su calidad artística, para poder optar a los beneficios que le acuerda la ley respectiva”. Claro que en esto no participaba la Comisión de Cultura directamente, pero lo que es digno de atención estriba en que es la primera vez que la guía se hacía eco en tama- ña proporción de las actividades de la Secretaría de Informaciones.

Este suceso únicamente tiene un antecedente de tal magnitud coerciti- va durante el mandato de Antonio P. Castro, respecto de otro arte de ma- sas, el tango. En el número 38/39, aparece un artículo titulado “Una plau-

sible disposición de la Subsecretaría de Cultura”, en el que se comenta que “Entre una serie de medidas adoptadas por el titular de la Subsecretaría de Cultura de la Nación, don Antonio P. Castro, tendientes a proteger los valores morales del pueblo argentino, es oportuno destacar una que por su carácter y significado habla muy elocuentemente a favor de los propósitos culturales que inspiran la labor del mencionado organismo oficial. Nos re- ferimos a aquella que tiende a evitar la difusión de una conocida canción popular, cuya letra constituye un agravio a los sentimientos más nobles y puros del ser humano: el materno y el filial, fundamentos ambos de las re- laciones entre padres e hijos y soportes morales de la familia y la sociedad. Trátese del tango titulado Cafetín de Buenos Aires, algunos cuyos versos

dicen: “Cómo olvidarte en esta queja / cafetín de Buenos Aires / si sos lo

único en la vida / que se pareció a mi vieja”.22

La serie de justificaciones que daba el organismo oficial parecía tener poco que ver con el espíritu popular de la doctrina peronista. Por tales mo- tivos, el subsecretario Castro había solicitado “la difusión de esta clase de engendros que no solo representan el arte popular porteño, sino que ale- jan la posibilidad de realizarlo y superarlo”.23