Entre el verano de 1990 y la primavera del año siguiente tuvieron lugar tres incidentes armados en los límites de la Krajina rebelde. Todos ellos con un perfil similar: las autoridades croatas enviaron agentes de policía a ocupar las comisarías o pueblos tomados por los insurgentes, utilizando con desparpajo los mismos argumentos que aduciría en breve el Ejército Popular Yugoslavo para intervenir en Eslovenia o Croacia.
40 Se refería a la posibilidad de romper el bloqueo serbio contra el presidente de la federación,
que por rotación le tocaba al croata Stjepan Mesic, militante del HDZ. El 15 de mayo de 1991, los representantes de Serbia, Kosovo y Vojvodina votaron en contra, mientras que Montenegro se abstuvo; el dato de Baker era erróneo, porque Bulatovic era un hombre fiel a Milosevic. La anécdota la relata Laura Silber en
op. cit.,
pág. 185. Para el bloqueo de la presidencia, véase la crónica deThe New York Times,
del 16 de mayo de 1991: «New Crisis Grips Yugoslavia Over Rotation of Leadership», por Celestine Bohlen.Así, para el gobierno de Zagreb, el re- férendum soberanista de los
serbios de la Krajina era «ilegal», y los cortes de carreteras afectaban al
turismo, fuente de ingresos fundamental para el país.
En el primer intento, los agentes croatas quedaron en ridículo. En el segundo, acaecido en el pueblo de Pakrac, a finales de febrero, fueron los rebeldes serbios del lugar los que acabaron en la cárcel. Las nuevas autoridades de Zagreb se negaban a tomar en serio la «revolución de los troncos» —en alusión a las precarias barricadas o puestos de control en las carreteras de la Krajina— que describían como obra de una pandilla
En los enfrentamientos no se produjeron víctimas, excepto en el parque nacional de Plitvice, el 31 de marzo de 1991, que terminó en un tiroteo con dos muertos por ambos bandos y el triunfo de la policía de Zagreb, que retomó el control del parque, orgullo de los folletos turísticos croatas.
Por lo tanto, las Guerras de Secesión yugoslavas no comenzaron en Croacia. Hasta la proclamación de la independencia, el 25 de junio, las tensiones en torno a la Krajina tomaron el aspecto de una cuestión de orden público, en la cual el Ejército Popular Yugoslavo no interfirió, a pesar de que desplegaron algunas unidades en Pakrac (2 de marzo) y Plitvice (31 de ese mismo mes) para separar a los contendientes o retirar bajas.
El choque militar real aconteció a seiscientos kilómetros por carretera, hacia al este, en la Eslavonia oriental; y se precipitó tras la doble proclamación de la independencia esloveno-croata del 25 de junio. Además fue conscientemente buscado por el bando croata. Pero lo cierto era que, a pesar del empeño en encender la mecha de los enfrentamientos con los serbios que había protagonizado en abril, atacando con cohetes anticarro las posiciones serbias en Borovo Selo, el temible Gojko Susak no había desarrollado una clara estrategia con respecto al problema de las comunidades serbias rebeldes en Croacia. Sus maniobras parecían responder a motivaciones de política interior, dado que estaba al frente del Ministerio de Defensa, tras sustituir en el cargo al general Martin Spegelj que había dimitido en julio. Este había dejado su puesto debido a la desconfianza que generaba en Tudjman, tanto en su condición de militar profesional —y exoficial del Ejército Popular Yugoslavo— como por sus puntos de vista de halcón. Con Susak al frente del ministerio, el HDZ controlaba el naciente aparato militar croata.
A cambio, la guerra arrancó y se desarrolló erráticamente, a saltos, aplicando la «estrategia de la bicicleta»: la dinámica del conflicto haría que nadie pudiera echarse atrás, y evitaría las críticas por la deficiente gestión política. Pero más allá de esto el gobierno croata, chapucero hasta el final, no acertó a desarrollar una estrategia bien planeada a fin
de resolver manu militari el conflicto con los serbios de la Krajina y de
el modelo desarrollado por los eslovenos, en especial la pose victimista, esperando la intervención favorable de las potencias occidentales. De hecho, Tudjman suponía (o sabía) que iba a tener apoyos firmes; ya que el simple hecho de que Occidente hiciera la vista gorda ante la lista de despropósitos en que venía incurriendo, era sintomático de que iba a consentir en todo lo que decidiera.
Hacia la guerra
Hacia la guerraHacia la guerra
Hacia la guerra
Por lo demás, el epicentro de la contienda se situó en la Eslavonia oriental, debido a la proximidad de la vecina Serbia y a la implicación masiva del Ejército Popular Yugoslavo. Y dentro de ese frente, el municipio de Borovo Selo, prácticamente en las afueras de la ciudad de Vukovar, fue la mecha que prendió el barril. Allí, ya en mayo de 1991, se había producido un duro enfrentamiento entre policías croatas y fuerzas irregulares serbias que defendían el pueblo. El 1 de mayo, cuatro policías croatas habían entrado en la localidad para retirar una bandera yugoslava muy visible. El asunto tenía todo el aspecto de una provocación, habida cuenta que se celebraba el Primero de Mayo y que pocas semanas antes, en Bo- robo Selo había tenido lugar el incidente promovido por Susak, con el ataque nocturno con cohetes antitanque. Los policías fueron retenidos, y al día siguiente, una fuerza numerosa de compañeros que pretendían rescatarlos cayó en una emboscada tendida por los habitantes de) lugar y hombres de las milicias chetnik llegados desde Croacia. El resultado fue de una docena de policías muertos, contra sólo tres serbios.
El incidente descontroló por completo el lenguaje del odio entre serbios y croatas; y desactivó los esfuerzos del comisario Reihl- Kir para que los serbios de los municipios de la zona desmantelaran las barricadas. Tudjman hizo un discurso por televisión en el que habló de «guerra abierta» y prácticamente llamó a los croatas a tomar las armas y defender el suelo patrio. Al día siguiente estallaron motines antiserbios en Zadar y Sibenik, en la costa dálma- ta, en los cuales parece que el HDZ tuvo buena parte de la responsabilidad. Pero la consecuencia más trascendente fue que el ministro federal de Defensa, ordenó el
despliegue del Ejército Popular Yugoslavo en la zona para que actuara como fuerza de interposición.
El último paso fue la proclamación formal de independencia de Eslovenia y Croacia, el 25 de junio. El Ejército Popular Yugoslavo tomó partido por los serbios, y unidades paramilitares ultra- nacionalistas procedentes de esa república cruzaron el río y ocuparon posiciones en las poblaciones controladas por los serbios de Croacia. El gobierno de Zagreb comenzó a perder el control de la Eslavonia oriental mientras la población civil croata escapaba de la zona.
A lo largo del mes de agosto empezó el bombardeo de Vukovar, una ciudad de algo más de 80.000 habitantes, con un 44% de población croata, cuyo extrarradio era en su mayoría serbio. Estratégicamente, la ciudad, del siglo XIV, era un enclave croata en territorio serbio; pero además era el mayor puerto fluvial de Croacia, situado entre los ríos Vuka y Danubio. Era considerado un objetivo relativamente sencillo, defendido por menos de 2.000 combatientes croatas y la gran mayoría de la población había huido. De hecho, aunque hacia finales de agosto eran habituales los bombardeos de artillería y morteros, no se había producido ningún intento serio de tomarla, dado que los combates se centraban en torno al asedio del cuartel del Ejército federal que llevaban a cabo los milicianos croatas, en busca de armas.
Las hostilidades estaban todavía como en un compás de espera y precisamente entonces los acontecimientos internacionales tensaron y distorsionaron la situación. Por parte croata, el resultado de la guerra en Eslovenia había dejado en evidencia el fracaso del gobierno de Zagreb en seguir los pasos del organizado y previsor vecino. Los eslovenos habían ganado su guerra, conseguido la ansiada y esperada intervención favorable de la Comunidad Europea y dejado en ridículo al temido Ejército Popular Yugoslavo, que se retiró completamente en agosto.
Mientras tanto, en Croacia estaba todo por hacer, el conflicto con los rebeldes serbios permanecía estancado, la Guardia Nacional estaba casi por estrenar y los militares yugoslavos campaban en sus cuarteles, por toda Croacia, como si nada hubiera sucedido. Tudjman buscaba ahora una salida política al conflicto, en parte porque sabía de la extrema debilidad de las armas croatas, pero también por los acuerdos concluidos con Milosevic en Karadjordjevo y Tikves. En consecuencia,
tras proclamar la independencia, una comisión parlamentaria croata creada para garantizar los derechos de las minorías, ofreció a los serbios autonomía política y territorial, con la cual quedarían constituidos como nación soberana, aunque sin el derecho a la secesión. Mientras tanto, la presidencia federal concedía negociar un alto el fuego general y el comité de crisis de la CSCE, reunido en Praga, se movilizaba para enviar observadores
En Zagreb, el ala más radical del HDZ se volvió contra el presidente. En Eslovenia había quedado claro que el Ejército federal era un tigre de papel. ¿A qué esperaba Tudjman para declarar la guerra y echarlo del país? La respuesta del presidente fue que la movilización general era imposible, porque Croacia no estaba suficientemente armada. A primeros de agosto, la situación llegó a ser tan crítica que Tudjman hubo de volverse hacia los partidos de oposición en busca de apoyo. Éstos, que temían algún golpe de los extremistas, decidieron echarle un cable al presidente. Así, el gabinete de Franjo Greguric, hombre procedente del ala liberal del HDZ, se remodeló para hacer sitio a una coalición de liberales, socialdemócratas y ex comunistas que a toda prisa organizaron un gobierno de unidad nacional.
Entre los serbios y los militares del Ejército federal, el golpe de estado de Moscú, acaecido el 19 de agosto, fue recibido con euforia. Era el acontecimiento anunciado el mes de marzo por el ministro de Defensa Yazov al general Kadijevic, y se esperaba que la involución trajera de vuelta a un recuperado poder soviético, favorable a la vieja Yugoslavia socialista. Al día siguiente, Milán Martic, jefe de la policía de Knin y hombre de la línea militar en Krajina, dio unas confiadas
declaraciones al diario Borba de Belgrado, en las que desvelaba que a
partir de entonces las milicias serbias de la Krajina y el Ejército operarían juntos. El 26 de agosto, fuerzas el Ejército Popular Yugoslavo actuaron conjuntamente con las milicias serbias de la Krajina en la toma del pueblo de Kijevo, cercano a Knin. Era un enclave croata situado en medio de territorio serbio, que los nacionalistas deseaban eliminar. El Ejército utilizó la artillería, que casi por sí sola derrotó a los policías croatas de guarnición allí. Al mando de la operación estuvo el coronel Ratko Mladic, quien por entonces, con su gorra «estilo Tito» bien calada, exhibiendo la estrella roja, parecía un comandante partisano de
los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, y de momento, no hubo más. Pareció como si las declaraciones de Martic hubieran dado lugar a un parto de los montes llamado Kijevo. Quizás el fracaso del golpe en Moscú obró como un jarro de agua fría.
El día 25 de agosto comenzó el bloqueo del cuartel del Ejército federal en Vukovar. Esa decisión, impulsada localmente desde Es- lavonia oriental, donde el equilibrio militar era más precario para los croatas, iba a desencadenar una escalada rápida y dramática en la guerra
de Croacia, que hasta ese momento vivía en un impasse. A mediados de
septiembre, el gobierno de Zagreb dio luz verde a la Operación Bilogora destinada a asediar y capturar los cuarteles y arsenales del Ejército Popular en Croacia. Por sorprendente que parezca, el Estado Mayor del Ejército no había tomado precauciones al respecto, y el hecho era que al tener desperdigados por Croacia unas treinta y seis bases y depósitos, y unos veintiséis puestos militares, algunos repletas de armamento pesado, las fuerzas armadas federales quedaban en una posición de creciente debilidad. Además, las guarniciones y depósitos estaban aisladas entre sí, y eran víctimas de las deserciones galopantes de reclutas albaneses, macedonios y de otras nacionalidades, poco o nada in- diñados a pelear por los serbios de Croacia, cuando Yugoslavia había dejado de existir.
El cerco de los cuarteles comenzó el día 14 y pronto empezó a dar sus frutos. Los croatas iban muy escasos de hombres, pero unidades del HOS, voluntarios armados deprisa y corriendo y grupos de policías, lograron aislar los cuarteles cortando la corriente eléctrica, el gas y el agua. Se produjeron tiroteos, pero ningún intento serio de las guarniciones por retirarse luchando hasta Serbia, en parte porque ni siquiera recibieron órdenes de Belgrado al respecto. Algunos cuarteles se rindieron pronto, en apenas dos días; la gran base de Varazdin, la mayor de Croacia, sede del Cuerpo de Ejército 32, cayó en tan sólo una semana, con numerosos medios blindados y artillería pesada; todo ello a costa de una sola baja, croata.
No todas las bases cedieron con igual facilidad, pero sí las suficientes como para que la naciente Guardia Nacional se armara con material pesado. Y lo que no era menos importante: durante los meses de la guerra, numerosos contingentes del Ejército Popular Yugoslavo
quedaron inmovilizados, fijados sobre el terreno y anulados, incapaces de apoyarse entre sí y actuar como una fuerza potente y conjunta contra los croatas.
El plan original había sido del general Martin Spegelj, que además lo había diseñado para que fuera activado mientras el Ejército federal intervenía en Eslovenia. De esa forma, los croatas hubieran podido ayudar a sus vecinos, a la vez que se armaban ellos mismos. Pero la idea no gustó a Tudjman, que la veía peligrosa.
Aunque no fue aplicada por Spegelj, sí fue impulsada por los sectores
más belicosos del HDZ y por la presión de los mandos paramilitares sobre el terreno. Resulta difícil adivinar cómo hubieran discurrido los acontecimientos sin la Operación Bilogora. Pero en cualquier caso, tales
especulaciones resultan tanto más irreales cuanto que las circunstancias
de la contienda en Croacia llevaban a un choque frontal: el proyecto político de Tudjman y el HDZ no podía soportar una salida pactada a la crisis generada por la proclamación de la independencia, sobre todo por comparación con los brillantes resultados obtenidos por los eslovenos. Al fin y al cabo, la Operación Bilogora consistió en repetir, una vez más, lo que habían hecho previamente los eslovenos en su «Guerra de los Diez Días». A Milosevic le ocurría como a Tudjman: no podía abandonar a los insurgentes serbios en Croacia, so pena de perder apoyo político entre su base electoral; y necesitaba la oportunidad que le ofrecía la guerra para desgastar al Ejército Popular Yugoslavo. Y los militares yugoslavistas querían salirse esta vez con la suya: les iba en ello su propia supervivencia institucional.
Por lo tanto, desde mediados de septiembre, la guerra serbo- croata se activó dramáticamente en todos los frentes posibles. Y en Belgrado, el asedio de los cuarteles hizo que el centro de gravedad de la planificación estratégica gravitara hacia el Estado Mayor del Ejército. Ahora los militares ya no podían ni querían esperar más para sacarse la espina de su ineficacia política y militar. A esas alturas, los niveles de crispación y frustración se desbordaban, y no podían permanecer de brazos cruzados mientras los croatas asediaban sus bases. Por lo tanto, el objetivo era ya acudir en ayuda de los suyos, marchar sobre Zagreb, derribar al gobierno y poner a la república bajo ocupación militar. Sin embargo, una vez más, la realidad dejó de nuevo en evidencia la
mermada capacidad operativa del Ejército federal, que volvió a repetir, uno por uno, los errores cometidos el mes anterior en Eslovenia.
El asedio de Dubrovnik
El asedio de DubrovnikEl asedio de Dubrovnik
El asedio de Dubrovnik
La batalla por Dalmacia, que no fue sino la puesta en marcha de los planes desvelados por Martic menos de un mes antes, perdió fuelle con rapidez. Las ofensivas de los paramilitares de la Krajina, secundados por unidades del Ejército federal pertenecientes al IX Cuerpo de Ejército, en Knin, se redujeron al bombardeo del puerto de Zadar —que
permaneció sin luz ni agua durante tres meses— y
Sibenik,
a cuyaspuertas llegaron las milicias serbias, pero nunca lograron tomar. Por lo demás, los triunfos más apre- dables de la ofensiva fueron la captura del puente de Maslenica —ya el día 11—, que interrumpió la comunicación por tierra entre Dalmacia y Croacia. Como continuación de estas ofensivas, el 1 de octubre, fuerzas del Ejército Popular Yugoslavo llegaron a las puertas de Dubrovnik, iniciándose así una de las más polémicas operaciones militares del conjunto de las Guerras de Secesión yugoslavas.
Ni siquiera los juicios en el Tribunal Penal Internacional contra varios de los responsables militares del ataque lograron aportar mucha
luz sobre la razón última de la ofensiva41. Como objetivo puramente
militar Dubrovnik no parecía tener mucho sentido. Había sido declarada Patrimonio de la Humanidad por UNESCO y como tal, estaba desmilitarizada; debido a ello no había cuarteles del Ejército federal que asediar. Dado que la población local serbia no llegaba ni al 7% del total, no se podía argumentar que el Ejército federal estaba allí para apoyar a una minoría secesionista. Tampoco era un centro de comunicaciones, dado que estaba situada en el extremo meridional de Croacia: Dubrovnik quedaba aislada del resto del país por el corredor de Neum, única salida al mar de Bosnia-Hercegovina, y situado al norte de
41 Una fuente puesta al día es el artículo de Srdja Pavlovic: «Reckoning: The 1991 Siege of
Dubbrovnik and the Consequences of the "War for Peace"», en Spacesofin- dentity.net, Vol. 5, n.° 1 (2005), Special Issue: War Crimes. Se puede encontrar en: http://pi.library.yorku.ca/ojs/index.php/soi/article/view/8001/715 l#fn3
Dubrovnik. Por último, la ciudad estaba situada al pie de una cadena montañosa que hacía muy problemático el despliegue de unidades militares importantes; de hecho, el asedio del Ejército federal tuvo que ser ampliamente complementado por el bloqueo desde el mar llevado a cabo por unidades de la Marina.
Una proporción destacada de las unidades que asediaron Dubrovnik por tierra estaban compuestas por reclutas montenegri- nos, muchos de ellos reservistas. De hecho, el ataque contra la ciudad tuvo una finalidad política colateral: implicar a Montenegro en la guerra, junto a Serbia. En tal sentido, la prensa mon- tenegrina calentó los ánimos a conciencia, secundada en un mo- mentó dado por el primer ministro Milo Djukanovic, quien terminaría por ser el padre de la independencia montenegrina en el 2000, e impulsor decisivo de la candidatura de su país a la UE, diez años más tarde. En el otoño de 1991 instó a defender la madre patria con las armas e incluso amenazó con aprobar leyes para
aquellos que intentaran desertar, con medidas como el despido42.
También se argumentó que los croatas preparaban una importante ofensiva para tomar la base naval de Kola, en Montenegro, una de las
justificaciones más débiles para fundamentar el asedio43. Precisamente,