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Guerra de “psiglas” La sustitución del E-R por el T.O.T.E.

Sin lugar a dudas uno de los cambios más importantes en la psicología desde los años cincuenta y sesenta fue el re­ ferente a lo que podría llamarse la unidad de análisis. Obvia­ mente, dicho concepto se encuentra indisolublemente unido a lo que se considere el objeto de nuestra disciplina. Así, en la medida en que la conducta observable constituía ese obje­ to, resultaba bastante coherente que la unidad de análisis del comportamiento fueran estímulos, respuestas y las conexio­ nes o asociaciones entre este tipo de entidades. Ya hemos se- §

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ñalado anteriormente que esta manera de ver las cosas se co- o

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50 rrespondía con una concepción reactiva, asociacionista y, en

definitiva, mecanicista y empirista del ser humano.

En medio de este escenario se hacen sentir las influen­ cias antes señaladas, destacando, hasta cierto punto, la de la ciencia de los computadores. Así, Bruner, uno de los pione­ ros de la orientación cognitiva, habla con acierto cuando afir­ ma, reflexionando sobre la historia reciente de nuestra disci­ plina: “Con el tiempo, el antiguo modelo estímulo-respuesta llegó a ser sustituido en la línea principal de la psicología por la idea central de procesamiento de información, que implica atención selectiva, representaciones de bases de datos [...] y otras cosas análogas. Muy pronto intervinieron la metáfora y luego la tecnología del control central y rutinas ejecutivas [...] Hoy día, las cuestiones de este orden se han hecho corrientes, no sólo en psicología cognitiva, sino en las teorías del desa­ rrollo, en la producción y comprensión del lenguaje y sobre todo en la psicología aplicada [...] En todo ello se da una cu­ riosa ironía que no escapará a esta labor [...] procedía del re­ ciente campo de la computación y fue resultado del esfuerzo llevado a cabo para describir cómo se puede crear comporta­ miento inteligente en máquinas [...] aprendimos que el com­ portamiento complejo no es inherente al lenguaje mecánico de la computadora, sino a los programas que construimos pa­ ra guiar sus operaciones [...] La fuente de la inteligencia de la máquina es la potencial capacidad del que crea el programa. Lo singular de la mencionada ironía es que, forzosamente, proyectamos nuestras propias características en la máquina y a partir de esta proyección hemos sido por fin capaces de in­ ferir lo que supone ser inteligente. La computadora, que fue primero una pantalla de proyección, llegó a ser finalmente un espejo para el hombre” (Bruner, 1982, p. 85 de la versión es­ pañola).

Y ese espejo nos devolvía, como era de esperar, una 51 imagen mucho más compleja que la que se había formado a partir de los reflejos condicionados de Pavlov y la ley del efecto de Thorndike. Y ya no era un problema de la mayor o menor complejidad de la parcela del comportamiento que quisiera estudiarse, sino de la conducta toda. En este contex­ to resultaba especialmente clarificador el análisis que Miller, Galanter y Pribram (1960) realizaban, a título de ejemplo, de un acto aparentemente tan simple como fijar un clavo con un martillo. Ahora bien, antes de presentar el conocido ejemplo del martillo quizá convenga exponer con mayor detalle el ambicioso y seminal intento de los autores de Plans and the

Structure of Behavior, habida cuenta de la enorme influencia

que tuvo su obra en el desarrollo posterior de la psicología cognitiva y de lo acabado de su labor. Incluso hoy, cuando se revisan las lúcidas páginas de Miller, Galanter y Pribram (1960), es innegable reconocer que su obra constituía no só­ lo el manifiesto de una nueva orientación psicológica, y por tanto un ataque en toda regla a la posición conductista, sino sobre todo las bases conceptuales y teóricas de una nueva manera de hacer psicología. Dicha manera pretendía resol­ ver, en realidad, los problemas pendientes de nuestra disci­ plina. Como se ha mencionado anteriormente, estos autores partían de una crítica frontal a la conceptualización conduc­ tista. En sus propias palabras: “resulta muy razonable inser­ tar entre el estímulo y la respuesta un poco de juicio. Y para colocarlo allí, no hay necesidad de pedir disculpas, puesto que ya estaba en ese sitio antes de que llegara la psicología” (op. cit., p. 12 de la versión española).

Por tanto, no es extraño que en esta obra se concibie­ ra el objeto de la psicología como el estudio de la actividad

humana en su conjunto y, más específicamente, se otorgara = una especial importancia a lo que el conductismo había de- §

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:ió n a la ps ico lo gí a c og ni tiv a

52 sechado sistemáticamente, es decir a la “caja negra”. De ma­ nera resumida, puede decirse que Miller, Galanter y Pribram (1960), partiendo de la noción de esquema —que toman direc­ tamente de Bartlett (1932)— y apoyándose en buena medida en los pioneros intentos de Newell, Shaw y Simón (1958), sin olvidar la aportación de Chomsky (1957), llegan a la formula­ ción de algunos conceptos esenciales en nuestra disciplina que, aunque son ampliamente conocidos, no podemos por menos de recordar. A saber: plan, ejecución e imagen.

Aunque corremos el riesgo de aburrir al lector con cier­ ta profusión de citas, parece adecuado usar las mismas pala­ bras de Miller, Galanter y Pribram (1960) para definir dichos términos. Así, un plan: “es cualquier proceso jerárquico del organismo que puede controlar el orden en el que tiene que realizarse una secuencia de operaciones... es esencialmente lo mismo que lo que un programa es para un ordenador, espe­ cialmente si el programa posee un carácter jerárquico del ti­ po descrito anteriormente.,.. Además, también utilizaremos el término plan para referirnos a un boceto aproximado de al­ gún flujo de acción, esto es, a los encabezamientos temáticos más importantes del esquema, así como a la especificación completamente minuciosa de cada operación detallada” (op. cit., pp. 26 y 27 de la versión española).

Sin duda, podríamos preguntarnos por qué se utiliza el término “plan” en vez de “programa”. Como se indica en la siguiente cita, se debe simplemente a que esa posible equiva­ lencia es todavía una idea muy incipiente. “Sin embargo, la re­ ducción de planes a programas, y a nada más, todavía es una hipótesis científica, y necesita aún de validación ulterior. En consecuencia, sería menos confuso que, por el momento, consideráramos que un programa de ordenador que simule ciertos rasgos de la conducta de un organismo es como una