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esde lo alto de nublados pliegues de montañas la Esfera Nula parecía una perla gigante."Mi perla," susurró Yawgmoth para sí mismo. Miró hacia abajo desde la proa de su carabela de guerra. El viento le azotó. "Mi gloriosa creación."
La Esfera Nula no era en verdad una creación de Yawgmoth. Era un invento de Glacian, pero Glacian y todas sus creaciones ahora pertenecían a Yawgmoth. El señor de Pirexia había trepado por la mente del hombre y lo sabía todo. Él había entendido el verdadero y terrible poder de la Esfera Nula. Glacian podría haberla usado para tomar el control del imperio pero no lo hizo por su honradez. Yawgmoth no tenía tal impedimento.
Alargó la mano imaginando la Esfera Nula en sus manos.
Era una inmensa esfera metálica mayor que Halcyon misma. La mitad inferior de la esfera descansaba dentro de un cráter de impacto profundo. Su contorno se adaptaba perfectamente al cuenco rocoso debajo de ella. Enormes pilotes anclaban el orbe en el cráter. La mitad superior de la esfera formaba una brillante cúpula de acero entre ondulantes nubes. La Esfera Nula no era un globo sólido sino una cáscara de calzadas y redes en torno a un gigantesco vacío. A pesar de su vastedad la estructura era muy ligera. A pesar de su ligereza la estructura era muy resistente. Tal era la maravilla del diseño de Glacian.
Sin embargo, la verdadera maravilla era el propósito de todo ese metal parabólico. El hemisferio superior del dispositivo era un plato gigantesco apuntado hacia abajo en la roca. Reunía y concentraba las enormes energías de maná de la montaña. El hemisferio inferior era un plato apuntado hacia el cielo para aprovechar la energía por excelencia de los cielos. La esfera era también infinitamente divisible en platos verticales lo que le permitía apuntar a cada segundo y a cada nanosegundo de arco en todo el continente. De esta manera, la Esfera Nula era una enorme antena, extrayendo energía de la tierra y canalizándola para supervisar y controlar toda criatura artefacto en el Imperio Thran. Los ejércitos de Yawgmoth eran los únicos que estaban más allá de su alcance gracias a los conocimientos secretos de Glacian.
Yawgmoth hizo un gesto por encima del hombro llamando a uno de sus oficiales.
Una comandante Pirexiana se presentó. Su piel era grisácea y fibrosa como cables de acero. Llevaba un chaleco blindado, polainas quitinosas y botas con puntas de dagas. Los cuernos que sobresalían a lo largo de su mandíbula formaban un conjunto de colmillos externos en una mueca perpetua.
Yawgmoth señaló por encima de la barandilla, hacia la carretera principal que atravesaba las montañas.
"La guarnición de la esfera se encuentra estacionada allí, debajo de esa plataforma rocosa. Cincuenta guerreros, suficientes para defender ese cuello de botella contra un asalto convencionalmente grande. Aterrizaremos en el teatro de operaciones
de este lado del cuello de botella. Espero que usted y su fuerza de ataque se introduzca a través de los soldados Thran en cuestión de segundos."
"Sí, gran lord Yawgmoth," respondió ella inclinando la cabeza.
"Ni un solo soldado Thran debe llegar a la esfera. Solo quiero a los artífices adentro. Usted podrá unirse al equipo en la esfera sólo después de que cada soldado Thran haya muerto."
"Sí, gran lord."
Yawgmoth convocó al comandante Halcyta con un gesto de la mano. El hombre se acercó, brillando en su plateada armadura de energía. Los ojos de Yawgmoth permanecieron fijos en la esfera.
"Una vez que los artífices estén a nuestra disposición, acompáñelos, vivos, al núcleo de control. Manténgalos como rehenes allí hasta que yo llegue."
"¡Sí, mi señor!" rugió el comandante Halcyta.
"Yo mismo dirigiré al equipo del dispositivo de implosión. Prepare a su equipo." Yawgmoth apartó la mirada de la esfera y giró sus ojos sin luz sobre la tripulación. "Todo el mundo a las estaciones de batalla."
Los comandantes Halcytas y Pirexianos dieron cada uno una última reverencia antes de partir a sus tropas. Mientras tanto Yawgmoth caminó por la cubierta hacia el equipo de rappel. Su equipo esperaba. Algunos eran Pirexianos de pieles grises, algunos eran Halcytas vestidos en plata. Todos eran fuertes escaladores, atentos y mortales. En lo alto de sus arneses de escalada habían atado cinturones de los que colgaban grandes piedras de poder y dispositivos de implosión.
Yawgmoth sujetó el arnés y la correa en su lugar y sacó un mecanismo abultado de una escotilla en la borda. Era un cargador de piedra, un artefacto experimental y poderosamente explosivo. Lo acunó con una gentileza maternal y miró por la borda.
La Esfera Nula se veía enorme, llenando el mundo de abajo.
La carabela de guerra ejecutó un arco largo en una curva descendente. La sombra de la nave parecía pequeña en ese entramado sin fin. La nave ladeó y su nariz se zambulló más profundamente. El suelo se disparó hacia arriba.
Yawgmoth se aferró a la barandilla y observó con avidez.
Las rejillas de acero se deslizaron y el largo horizonte de la esfera cayó a popa. La nave cruzó el labio irregular del cráter y sobrevoló a lo largo de la carretera de la guarnición, estrecha entre los afloramientos de piedra. Más allá se extendía un teatro de operaciones y la pared de un acantilado. La guarnición se agazapaba allí. Tallada de la roca viva y fortificada por muros de mampostería, el puesto de vigilancia era imponente.
Los soldados Thran situados a lo largo de la pared del cuartel sonaron una alerta. Se retiraron detrás de gruesas murallas de piedra. A ambos lados del teatro de operaciones un par de antiguos cañones de bombardas pivotaron en sus troneras.
"¡Apunten a esas bombardas!" gritó Yawgmoth. "¡Fuego!"
El doble haz de radiación roja salió desde los cañones de rayos de la carabela de guerra. Rugieron a través del teatro de operaciones hirviendo el aire a su paso.
Una descarga se estrelló contra la bombarda de la derecha. La piel de los artilleros se derritió de sus huesos. Las rocas se desprendieron. La bombarda se licuó como una vela. Las piedras que había estado disparando salieron volando hacia adelante en una lluvia de lava. El fuego no encontró nada que pudiera quemar.
El otro disparo del cañón de rayos salió desviado y se estrelló como un ariete contra la pared de la guarnición. La muralla tembló y cedió. Se escuchó un sonido quebradizo, vidrio haciéndose añicos, y el olor a rayos. La piedra se transformó en arena
al rojo vivo y se desprendió. El espacio hueco que quedó estaba a oscuras. Ojos miraron con terror.
Vítores se alzaron de la carabela de guerra pero Yawgmoth no se unió a ellos. Quedaba una bombarda. Esta dio un silbido, miles de rocas subiendo agitadamente por su cañón, y rugió. Una tormenta de piedras salió escupida hacia fuera, seguida por un humo blanco. Anticuado, sí, pero también mortal.
La nave giró. No sirvió. Los cañones de rayos dispararon contra la piedra en ascenso. No sirvió.
Las rocas golpearon el casco de la carabela de guerra y la nave saltó y se inclinó como si hubiera sido acuchillada por una ballena. Las bordas de treinta centímetros de espesor se abrieron con una explosión y las piedras arrasaron a través del motor. El vapor silbó y un violento gemido vino de innumerables grietas en su fuselaje. La carabela se tambaleó, cayendo en picada y luchando para mantenerse en el aire. El grito del motor contó lo que estaba por venir. Sólo quedaban unos instantes.
"¡Artilleros, destruyan esa bombarda!" gritó Yawgmoth. "Equipos de rappel, a los botes salvavidas. ¡El resto de ustedes abandonen el barco!"
La comandante Pirexiana y sus guardias saltaron como si fueran arañas sobre la inclinada borda. La quilla de la nave golpeó el suelo mientras ellos corrían a cubierto. Se escabulleron rápidamente a través del teatro de operaciones en dirección al muro destrozado y a los soldados Thran atrincherados dentro.
El comandante Halcyta y sus tropas se dejaron caer del casco torcido. Le dieron la espalda a la guarnición y se marcharon velozmente hacia la Esfera Nula.
Mientras tanto Yawgmoth cargó a su equipo en un par de botes salvavidas aéreos en la parte alta de la nave. La aeronave se llenó en un momento, diez tripulantes en cada una. Yawgmoth se paró en la proa del primer vehículo. Había colocado cuidadosamente el cargador de piedra dentro de la bodega. Una vez que estuvo a resguardo fue cualquier cosa menos cuidadoso. Cortó la bolina y el motor del bote salvavidas se encendió con un ronroneo. Apartó su nariz fuera de la carabela y su nave compañera le siguió.
Un enjambre de piedras desgarró el aire sobre sus cabezas.
Yawgmoth apretó los dientes mirando a la bombarda como si su ira pudiera destruirla.
Una descarga final lanzada desde el cañón de rayos del costado de la carabela voló a través del teatro de operaciones y se estrelló contra la bombarda. El cañón eructó fuego y lava y se quebró. Los artilleros se convirtieron en cenizas. La tronera se evaporó y el disparo continuó desgarrando un segundo agujero en la pared del cuartel.
La voz de Yawgmoth se unió a los vítores de sus tropas. Miró hacia el cañón de rayos y le sonrió a la artillera. Ella comenzó a moverse hacia atrás. El núcleo de la carabela se volvió crítico y la mujer desapareció en una explosión tan brillante como el sol que envolvió a todo el barco. Coronas de llamas saltaron hacia arriba desde el infierno y se dirigieron en bucles a los botes salvavidas que subían extendiendo sus ardientes brazos para arrebatarlos del cielo.
"¡Arriba a toda máquina!" ordenó Yawgmoth de pie en la proa.
Las naves se lanzaron fuera de la bola de fuego con el grito de motores sobrecalentados. Arrastraron largos dedos de fuego y humo mientras saltaban por encima de la guarnición y apuñalaban hacia la esfera.
"Hermoso," murmuró Yawgmoth con aprecio. La mayor parte de la carabela había sido consumida por el primer disparo. Su ardiente esqueleto se asentó. Más allá de ella, la guarnición hervía. El humo se vertía por arriba y los cuerpos por abajo.
* * * * *
El ataque inicial destrozó las luces principales. La guarnición quedó sumida en la oscuridad. Como para compensar, nuevas ventanas y puertas fueron voladas a través de la pared. La luz natural y la luz del fuego inundó el lugar. Ocho soldados Thran fueron pulverizados por la metralla. El resto se tambaleó en el extraño resplandor y contempló una horrible vista…
¿Una carabela de guerra? ¿Una carabela de guerra Halcyta? ¿Cómo era que Yawgmoth podría gastar una carabela para luchar contra un remoto cuartel de artífices?
Más fuego surgió de los cañones de la carabela. Golpeó la pared del cuartel como martillos en un tambor de guerra. Los soldados se quedaron un momento más con las rodillas flojas por la incredulidad. Los fragmentos de roca volaron a su alrededor. La arena se escurrió desde el techo agrietado. Pero estos asaltos no penetraron el malestar de los soldados.
Una bombarda Thran rugió y vomitó humo. La blanca sustancia formó una cortina momentánea en el aire antes de ser arrancada por un viento furioso. Una carabela inclinada apareció más allá. Un enorme agujero había sido horadado en el costado del buque y una luz febril provenía de su motor. La carabela se inclinó aún más.
Los soldados Thran rugieron con esperanza. Sí, esperanza. Yawgmoth podía ser derribado. ¡Su barco ya estaba condenado!
La desazón se había roto. Los soldados se apresuraron hacia las estanterías de ballestas y arrebataron las cosas mortales. Las piedras de poder incrustadas en sus asas les ayudaban a cargar, apuntar y disparar. Una de esas flechas podría perforar un árbol. Los soldados se dirigieron con dificultad a la brecha en el muro, se arrodillaron, cargaron las ballestas y dispararon. La descargaras volaron por el teatro de operaciones. Hubieran tirado hacia la cubierta de la carabela de guerra si esta no se hubiera deslizado en ese momento del aire y estrellado contra la tierra.
Las flechas serían innecesarias. Esos Pirexianos se plegarían como el papel. La descarga de una bombarda los había destruido a todos. Ahora huían de su nave.
Los soldados Thran rieron con enojo.
Esos Pirexianos… no huían… ¡estaban avanzando! Veinte y tantas formas oscuras. Parecían como arañas gigantes, tan rápidas, tan cobardes.
Más flechas fueron disparadas pero los Pirexianos las esquivaron. ¡Maldita sea, son ágiles! ¿Qué era eso sobre sus hombros? ¿Armadura? ¿Pinchos? ¿Cuernos? ¿Qué clase de yelmos eran esos? Parecían casi hechos de hueso y piel…
No era yelmos… cabezas. ¿Qué eran esos monstruos?
"¡Fuego!" gritó el comandante de la guarnición. Sus palabras atravesaron una nueva vacilación. "¡Fuego!"
Las descargas atravesaron el teatro de operaciones.
Una golpeó a un Pirexiano en los intestinos. El metal desgarró recto a través de él. El musculoso guerrero gris no cayó, ni siquiera desaceleró. Siguió adelante.
Se veían más como arañas gigantes mientras se acercaban. Cráneos inhumanos, crestas sagitales, cuernos, colmillos, cordones de músculos grises: sí, esos no eran hombres, eran monstruos.
Los Pirexianos llegaron a la guarnición. No lucharon con espadas. No necesitaban armas. Ellos eran las armas. Garras, dientes, cuernos, aguijones, sacos de veneno…
Los Thran murieron como carne en una picadora. El búnker se volvió resbaladizo con sus cuerpos desmembrados. No se hubiera podido saber qué parte pertenecía a quién.
Los Pirexianos los convirtieron a todos en pedazos de carne tirados por el suelo. Se regocijaron en su trabajo. Estuvo claro en su risa exuberante, en sus sonrisas llenas de dientes.
* * * * *
Los Pirexianos se deslizaron hacia abajo como arañas en cuerdas de seda alrededor de la Esfera Nula.
Yawgmoth y su cuerpo de rappel habían aterrizado encima del gran orbe. Se habían expandido desde el polo hacia el exterior, sus posiciones separadas exactamente por dieciocho grados de arco. Cuando la pendiente lo requirió ataron cuerdas y se deslizaron en rappel hacia abajo. En cuestión de minutos cada uno había llegado al ecuador de la esfera. Allí completarían su primera tarea.
Yawgmoth apoyó los pies contra una viga y buscó en su cinturón los dispositivos de implosión y las grandes piedras de poder. Colocando uno de los relucientes cristales en sus manos ahuecadas, lo sacó de su recubierta y lo sostuvo en alto delante de su rostro.
La piedra refulgió con una fuerza interior. Sus múltiples facetas eran ventanas al poder perfecto.
"Cuando Glacian mira a estas piedras ve máquinas," reflexionó Yawgmoth para sí mismo. "Cuando Rebeca las mira ve templos en el cielo. Cuando las miro yo veo un mundo a mis pies."
Con una lenta reverencia presionó la piedra contra la enorme viga donde estaba apoyado. El cristal encantado tocó el acero oxidado y se fijó. Ningún mortal lo podría arrancar de allí, ni siquiera Yawgmoth, ni siquiera un dios. Colocó ocho piedras más moviéndose en ambas direcciones a lo largo del ecuador de la esfera.
Fue algo simple dejarse caer en el cráter. Él y su equipo pondrían los dispositivos de implosión en las torres de apoyo de allí antes de unirse a los demás en el centro de control.
Yawgmoth sonrió apreciativamente mientras se deslizaba hacia abajo en una cuerda similar a una telaraña. De lejos, la Esfera Nula parecía una perla. De cerca, se parecía más a su querida Pirexia.
* * * * *
"¡Exigimos saber lo que está pasando!" dijo la artífice principal. Joven y rubia, ella era la única que tuvo el valor para hablar. El resto se acobardó en el centro de control, la mitad escondiéndose entre las matrices cristalinas, consolas y tubos de comunicación. Los guerreros Halcytas que los habían traído allí no habían herido a ninguno de ellos. Los artífices tampoco habían respondido a ninguna de las preguntas que les formularon. Su líder había pasado poco a poco de la obediencia al desafío. Ella dijo: "Yawgmoth no tiene derecho…"
"Yawgmoth está en todo su derecho," interrumpió una voz. Un imponente hombre se acercó pasando cascadas de cables. Su acercamiento por la calzada de mil quinientos metros de largo había sido totalmente silencioso, como si hubiera sido un lobo al acecho. Trajo una fría presencia a la cámara. Incluso aquellos que no conocían a
ese hombre sabían de él, sabían quién debía ser. Yawgmoth sonrió hipócritamente a todos ellos. "He tomado la Esfera Nula. Ahora es mía."
Aunque se había acobardado del infame lord Pirexiano, la artífice principal se recuperó rápidamente.
"Tal vez usted la haya tomado pero no la podrá defender. El imperio traerá un ejército aquí en una semana."
"La esfera no estará aquí dentro de una semana," dijo Yawgmoth. Una pregunta se formó en sus labios pero nunca salió.
Un profundo estruendo vino desde abajo, múltiples explosiones. El sonido se amplificó por el cráter. La fuerza destructiva se sacudió a través de cada viga y sostén de la esfera.
Los ojos de la mujer se abrieron como platos por debajo de sus cejas rubias. "¿La está destruyendo? ¿Está destruyendo la esfera?"
"No," dijo Yawgmoth con una sonrisa. "No, me la estoy llevando."
Sus palabras fueron seguidas por la inconfundible aceleración de un movimiento ascendente.
* * * * *
La Esfera Nula se elevó de su cráter con una lenta magnificencia. Fue llevada al cielo en las garras de una ecuador de piedras de poder. El orbe era hermoso atrapado en la luz del atardecer.
Fue una pena que nadie, ni Thran ni Pirexiano, hubiera sobrevivido a la batalla de la guarnición. Alguien debería haber sido testigo de ese momento. Alguien debería haber visto el ascenso de la Esfera Nula, una nueva luna sobre Dominaria.
Capítulo 9
Seis Años Antes de la Guerra Thran-Pirexiana…
U
na semana después de los disturbios, la ciudad que había sido destrozada ahora estaba reunida.Los ciudadanos subieron a la octava terraza y atestaron el Boulevard del Consejo. Llenaron las escaleras a cada lado de la Sala del Consejo y abarrotaron el tejado, la cúpula, y el templo a medio terminar. Todo el mundo sabía quién había detenido los disturbios. Todo el mundo quería estar lo más cerca posible del salvador de la ciudad.
Ese era su día de ascensión. Ese día, el asiento del consejo desocupado por el enfermo Glacian sería ocupado por el nuevo genio de la ciudad: el sanador Yawgmoth.
El Desfile de Ancianos acudió por el Boulevard del Consejo. Corteses aplausos les apuraron a pasar delante. Entonces apareció Yawgmoth. Este hombre fue recibido con invocaciones, suplicaciones, adoraciones. Fue recibido como un dios. El devastado cuerpo de la guardia Halcyta apenas pudo contener a la gente. Los guardias hicieron un cerco levantando sus armas de asta y empujaron contra la multitud. La turba desdeñó esas armas, esas cosas inútiles que habían sido incapaces de detener los disturbios de los Intocables. Lo que mantuvo atrás a la multitud no fueron las armas de asta sino las