Los Thran
Indice
Parte I: La Ciudad
Guerra Thran-Pirexiana. Día Uno: La Batalla del Desfiladero Megheddon...9
Capítulo 1...17 Capítulo 2:...25 Capítulo 3:...33 Capítulo 4:...39 Capítulo 5:...45 Capítulo 6:...51 Capítulo 7:...59 Capítulo 8:...65
Parte II: La Nación Guerra Thran-Pirexiana. Día Dos: La Batalla de la Esfera Nula...75
Capítulo 9:...81 Capítulo 10:...87 Capítulo 11:...95 Capítulo 12:...103 Capítulo 13:...109 Capítulo 14:...115 Capítulo 15:...121 Capítulo 16:...127
Parte III: El Mundo Guerra Thran-Pirexiana. Día Tres: La Batalla del Desfiladero Megheddon ...137
Capítulo 17:...141 Capítulo 18:...149 Capítulo 19:...155 Capítulo 20:...161 Capítulo 21:...167 Capítulo 22:...175 Capítulo 23:...183
Parte IV: El Multiverso Guerra Thran-Pirexiana. Los Ultimos Días: La Batalla de Halcyon ...191
Capítulo 24:...197 Capítulo 25:...205 Capítulo 26:...211 Capítulo 27:...217 Capítulo 28:...223 Capítulo 29:...229 Capítulo 30:...233
Parte I
Guerra Thran-Pirexiana. Día Uno
La Batalla del Desfiladero Megheddon
L
a mañana amaneció ardiente en el Desfiladero Megheddon.Pero poco le importó a la vanguardia del ejército Thran. Los enanos amaban las rocas y el calor. Sus rostros parecían esculpidos en piedra. Su piel tenía el mismo tono oxidado de las paredes de la caverna que se elevaba a ambos lados. Eran enanos de élite de montaña, dos mil de ellos. Solapas de lona del color del polvo cubrían sus armaduras de placas protegiéndolas de la luz solar y de los ojos de encima. Telas similares envolvían las anchas cuchillas de las hachas de batalla. Largos mangos dejaban que estas pesadas armas caminaran por si mismas con sus extremos levantando nubes de polvo al lado de botas con suelas de hierro. El Comandante Enano Curtisworthy dirigía una estricta división.
Los humanos marchaban directamente detrás de los enanos. Aunque altos, melancólicos, y vigorosos, estaban fuera de su elemento en las montañas y el desierto. Muchos eran reclutas de señores de guerra tribales de lados opuestos del globo. Los comandantes Thran y las tropas marcharon en medio de ellos para asegurarse de que los bárbaros cumplieran sus órdenes. Todos los humanos, Thran y bárbaros, tenían su valentía. O podría ser llamada arrogancia, o beligerancia. Fuera lo que fuese, se estaban marchitando en plena marcha a través de las montañas. Los cuarenta mil soldados humanos arrastraban los pies con la cansada resignación de los presos. Incluso los veinte mil jinetes apretaban los dientes y enroscaban velos mojados sobre sus bocas para protegerse del polvo.
Los elfos eran los peores de todos. Lejos de la soledad de la corteza y el musgo, languidecían bajo el deslumbrante sol. Habían abandonado sus prendas de hojas y se habían envuelto en capas blancas: en parte albornoces del desierto y en parte sudarios mortuorios. Las manos élficas se extendían desde los pliegues retirados, la piel quemada y correosa. La rabia en esos ojos embrujados se había convertido en desesperación. Los elfos habían caído poco a poco a la parte posterior de la columna, demasiado lentos para mantener el paso incluso con la vanguardia enana, demasiado cansados como para luchar con cualquiera salvo una acción de retaguardia. A pesar de esto los elfos contaban unos diez mil y muchos eran magos y sanadores. Con tal de que pudieran lanzar hechizos y sanar a los enfermos ayudarían en gran medida al ejército.
Uno de los flancos de la columna estaba custodiado por hombres lagarto. Aunque silenciosos y hoscos, estos combatientes eran astutos en los confines rocosos. En un solo instante de pasos veloces y colas ondulantes los diez mil Viashino podrían desaparecer en las grietas que se alineaban en el camino. Fanáticamente leales a los beys de guerra situados entre ellos estos reptiles estarían más a gusto sobre las extrusiones volcánicas de Halcyon que Yawgmoth mismo.
En el otro flanco de la columna marchaban los mejores guerreros del ejército aliado: minotauros. Más decididos y vigorosos que los enanos, más enormes y violentos que los humanos, más implacables en la batalla que los Viashino, los minotauros nacen para la guerra. Aunque el polvo opacaba su armadura desde las coderas hasta los escarpes cada uno de los ojos de los minotauros refulgían con sed de sangre.
A lo largo de la columna, marchando entre los soldados de carne y hueso, venían guerreros artefactos. Guerreros mantis con abdómenes de hierro flexible, serpientes metálicas con filosas mandíbulas, se escabullían sobre patas en forma de agujas, se tambaleaban hacia delante sobre molientes orugas. El colegio de los artífices nunca había apoyado a Yawgmoth y había acumulado máquinas de guerra más allá de su alcance. Cuando la guerra estalló inevitablemente los artífices hicieron que sus máquinas estuvieran a disposición del esfuerzo aliado.
Lo mejor de todo era que unas trescientos carabelas de guerra navegaban por encima del desfiladero. Sus velas agitándose como murciélagos al costado de sus largos y elegantes cascos proyectaban una sombra bendita sobre los languidecentes elfos.
Todos estaban listos para la guerra. La Alianza Thran, se llamaron a sí mismos, las cinco ciudades-estado exteriores del imperio unidas con representantes del resto del mundo conocido. Se habían reunido para luchar contra un solo hombre: Yawgmoth.
Pero este no era un hombre, sino un monstruo, un monstruo cobarde. Seis meses antes, en Foenon, había salido fuera de la oscuridad de la noche. Había bombardeado a su propio pueblo para evitar que se uniera a sus enemigos. Había luchado y huido. Perverso y traicionero, cruel y sanguinario, no era mucho menos que un demonio.
Un grito diabólico llegó desde la vanguardia enana, algo a medio camino de un chillido y un ulular. Los humanos y elfos, minotauros y Viashinos levantaron los ojos. El ejército acaba de rodear la última curva del Desfiladero Megheddon. Más allá de las paredes del cañón se abría una amplia llanura desértica. En el borde opuesto de dicho espacio sobresalía una alta meseta, la extrusión volcánica de Halcyon. Parecía un muro elevándose en medio del desierto, cuatrocientos sesenta metros de altura, con la gran ciudad llenando la meseta encima de ella. Halcyon había sido una vez la capital del Imperio Thran pero ahora cada alma en ella le pertenecía a Yawgmoth.
El grito demoníaco se repitió, brotando de gargantas humanas e inhumanas y haciéndose eco a través de la boca rocosa de Megheddon mismo. Fue como si los ejércitos aliados hubieran alzado ese grito diabólico para invocar al demonio de su guarida.
* * * * *
Yawgmoth oyó la llamada. Sentado plácidamente en una silla de manos blindada a la cabeza de su ejército Pirexiano.
Ellos esperaron en silencio en una cámara subterránea excavada para inclinarse hacia abajo en el suelo del desierto. La amplia boca de la caverna estaba cubierta por una pálida muselina para que se mezclara con la tierra blanqueada por el sol. Sería casi invisible para el avance del ejército hasta que el contingente desfilara a su lado. Tres bunkers similares a ese flanqueaban la trepidante tierra y una cuarta caverna natural yacía en un grupo de rocas en la base de la extrusión Halcyta. Ante la orden de Yawgmoth las cortinas caerían de estos bunkers y los cinco mil guerreros que esperaban dentro de cada uno de ellos surgirían en los flancos sin protección de su enemigo.
Por ahora, sin embargo, Yawgmoth esperó. Oyó las invocaciones demoníacas pero no contestó. El no era un demonio. Él era un dios.
Los últimos seis meses lo habían demostrado. El astuto Lord de Pirexia tenía muchas sorpresas esperando por la Alianza Thran. Sonriendo, Yawgmoth se echó hacia atrás en su silla de manos.
"Ninguno de mis adversarios sobrevivirá a esta batalla."
En ese mismo momento sus enemigos salían a la llanura. Eran tan audaces como lobos, y ¿por qué no? Liderados por enanos de élite, flanqueados por minotauros y
Viashinos, custodiados desde el cielo por trescientas carabelas de guerra, apoyados por las mantis guerreras y las escurridizas creaciones de patéticos artífices, ¿por qué no iban a ser tan audaces como lobos? Incluso aullaban como lobos.
Escuchar su insolente alarido fue casi suficiente como para hacer que Yawgmoth lanzara el ataque demasiado pronto. Pero esa presión no alcanzó para hacerle cometer tal error. Todo aquello había sido planeado demasiado cuidadosamente. Había pasos apropiados.
Entre las legiones que marchaban derivaron las enormes sombras de las naves Thran. Mientras que el ejército había desfilado a través del desfiladero, estos barcos se habían quedado en una columna superior, cubriéndolos del sol deslumbrante y de cualquier posible ataque. Ahora las sombras, tan suaves y silenciosas como un cardumen de leviatanes, comenzaron a alejarse lentamente. Las naves darían indudablemente una vuelta a la ciudad, justo fuera del alcance de los cañones de rayos en sus muros, y le demandarían su rendición.
"Veremos quién se rinde."
Yawgmoth metió la mano en una caja plana que sostenía un pequeño plano tridimensional del campo de batalla. Pequeñas piedras de poder brillaron en puntos estratégicos en el desfiladero en miniatura y las llanuras. Yawgmoth tocó un cierto cristal incrustado allí y un sonido silbante respondió al movimiento. Sonrió.
Los marchantes gritaron una vez más antes de que el sonido se abriera paso. Entonces, el ejército de la Alianza Thran lo oyó. Fue un silbido penetrante que pareció venir del mismo sol. Los soldados entrecerraron los ojos hacia las enormes moles de sus buques de guerra, tratando de ver más allá.
En un latido de corazón el silbido se convirtió en un chillido. No había duda de ello. Los aliados habían escuchado ese sonido antes en Foenon. Allí, los barcos habían aparecido saliendo de la persiana de la media noche. Estos barcos salieron del mismísimo ojo del sol.
"El único lugar para esconderse en un cielo brillante es justo al lado del sol," dijo Yawgmoth.
Las decenas de buques de guerra Pirexianos cayeron sobre la armada aérea Thran. Los cañones de rayos destellaron a bordo de los buques de Yawgmoth. Agujerearon los cascos Thran. Quemaron a sus soldados.
Los bárbaros se acobardaron. El aire sobre sus cabezas estaba lleno de barcos Pirexianos. Los humanos y elfos se lanzaron al suelo. Los enanos se plantaron en contra de la embestida, algunos lanzando sus hachas ineficazmente hacia el cielo. Los minotauros también corrieron furiosos contra la tormenta de buques. Algunas de sus cuchillas conectaron en verdad con los cascos sólo para salir rebotando hacia atrás en una lluvia letal.
Astillas y humo estallaron de la flota Thran situada encima de sus cabezas. Una lluvia de armas y cuerpos carbonizados cayeron fuera de las naves destrozadas. En la estela de las rugientes naves Pirexianas el campo de batalla estaba cubierto de escombros y muerte.
Sí, ahora era un campo de batalla. No había duda de ello.
Las carabelas de guerra se estrellaron contra la tierra. Cayeron en un ritmo regular, como las pisadas de un coloso corriendo a toda velocidad. Con cada golpe que se sentía los soldados fueron aplastados por centenares.
"Más fácil de lo que esperaba," murmuró Yawgmoth.
Entonces lo impensable: fuego de cañón se arrastró través de los navíos Pirexianos. Sus cubiertas se abrieron con un desgarrón. Sus cascos se quebraron como cáscaras de nuez. Cayeron del cielo, ocho de ellos derribados en un instante.
Yawgmoth lo vio. Una batería de sus propios cañones de rayos había sido arrebatada de la Batalla de Foenon y montada debajo de las carabelas de guerra Thran en la parte posterior de la columna aliada. Su mano se movió hacia el mapa, señalando el siguiente ataque.
Mientras los soldados Thran se arrastraban por debajo de los buques de guerra ardiendo y luchaban por cubrirse, la tierra cobró vida repentinamente y horriblemente. El suelo se abrió bajo sus pies. Algunos combatientes cayeron, con sus piernas consumidas hasta la rodilla por la propia tierra. Otros se tambalearon hacia atrás desde un pozo traicionero sólo para hundirse en otro. Cayeron, sus manos, cabezas y rodillas sobresaliendo de agujeros con bordes afilados. Los caballos también se desmoronaron, sus cascos capturados y renqueando inmediatamente. Todo lo que cayó en esos agujeros nunca más volvió a surgir. Con un sonido como el de mandíbulas de tiburón cerrándose precipitadamente, persianas de guadañas aprisionaron cualquier carne y hueso que se les presentó.
Los motores giraron. Las cuchillas se encontraron. La sangre fluyó en manantiales. Los guerreros chillaron.
Estos se tambalearon hacia atrás con sus extremidades cortadas limpiamente por debajo de la rodilla, a lo largo del tobillo, por encima del codo. Algunos no se volvieron a mover, aquellos cuyas heridas arteriales vaciaron sus corazones y cabezas y cuerpos en un breve chorro.
"Mis hermosos cangrejos de arena," suspiró felizmente Yawgmoth estirándose hacia su caja del mapa para tocar otra piedra de poder. "¡Levántense!"
Los cadáveres desmembrados se movieron grotescamente. El suelo debajo de ellos se alzó. Monstruos de metal surgieron de centenares de pozos en la arena. Parecían gigantescos cangrejos de acero, chorreando arenilla de sus matrices ópticas. Habían sido enterrados debajo de la superficie y agujeros en sus espaldas se habían abierto para tragar y cortar las extremidades de los soldados Thran. Muchos de los cangrejos de arena cargaban inconscientemente con los cadáveres en sus caparazones metálicos. Otros sólo taladraban los escabrosos senderos dejados por los miembros amputados. Un par de chasqueantes garras precedían a cada bestia. Piernas hundidas se abrieron paso con sus garras para salir de los agujeros. Pinzas capturaron y picaron carne.
Aquellos que huyeron, bárbaros y elfos, sólo se toparon con más cangrejos de arena. La mayoría se mantuvo firme. Los humanos y enanos y minotauros se alegraron de tener un enemigo al que mostrarles sus cuchillas. Ese fue todo el daño que pudieron hacerle a las criaturas artefacto. Las espadas tintinearon impotentemente en las armaduras. Los ataques no detuvieron a las silenciosas y eficientes máquinas. Las criaturas artefacto tallaron a los Thran como machetes tallando cañas.
Los elfos lanzaron sus hechizos en la retaguardia de las líneas Thran. Los matorrales del desierto crecieron desenfrenadamente atascando a los cangrejos de arena y minotauros por igual. Los artefactos mecánicos se oxidaron y se convirtieron en polvo pero también lo hicieron las hachas de los enanos. Aparecieron criaturas invocadas: feroces osos, arañas gigantes, lobos ferales, pero ninguno estuvo a la altura de esos cangrejos, ninguno estaba destinado a una batalla en el desierto. Sólo el pueblo saqueador en su inmunda multitud logró hacer algún progreso. Ellos y sus especializados hierros y barras encantadas pudieron destrozar un artefacto en un suspiro. Por supuesto, con los cangrejos de arena, aquellos que destrozaron las máquinas fueron también destrozados por ellas. Por cada cangrejo de arena desactivado murieron decenas de saqueadores.
Yawgmoth disfrutó del espectáculo un momento más antes de tocar las cinco piedras que invocaron a las cinco divisiones del ejército Pirexiano.
Las lonas de color arena cayeron de las trincheras. Guerreros con armaduras plateadas marcharon seriamente hacia delante. Parecían máquinas. Hacha y espadas de piedras de poder brillaron con avidez en sus manos. Estos eran los guardias Halcytas. Marcharon como habían sido entrenados, sin romper filas, tallando su camino a través de cualquier impedimento: madera, acero, cerebro, hueso. Su fanatismo natural estaba recubierto por un hechizo de guerra. No desacelerarían. No se rendirían. No se detendrían hasta que sus enemigos estuvieran muertos. Los minotauros y enanos fueron rebanados por la mitad. Las armaduras plateadas tiñéndose de rojo mientras morían los aliados.
"Realmente no tienen ninguna posibilidad," dijo Yawgmoth con un toque de falsa tristeza en su voz.
Al norte y al sur se formaron cosas inesperadas. Bronceadas como el suelo del desierto, formas serpentinas se levantaron y retorcieron e hincharon. ¿Ciclones? Los remolinos de polvo permanecieron un momento fuera de los ejércitos, ganando velocidad. Sus vacilantes columnas se oscurecieron pareciendo solidificarse.
Con una perniciosa intención los tornados convergieron en la guardia Halcyta que marchaba. Aquellos que se dirigieron obstinadamente hacia adelante se vieron atrapados en los vientos y fueron arrojados lejos.
"Así que los elfos han traído algo útil después de todo. Es una lástima que más de ellos no sobrevivirán para presenciar mi siguiente sorpresa." Yawgmoth tocó un cristal oscuro y delgado en la caja del mapa.
Desde la caverna en la base de la extrusión Halcyon, pisándole los talones a los guardias, acudió una enorme figura. Trepó de los espacios interiores. Forjada de metal negro, parecía un avatar de la cueva oscura misma. A medida que la silueta se elevó a la luz su forma se hizo evidente. Su cabeza inclinada era del tamaño de un mamut. Su mandíbula estaba articulada debajo de dientes de cimitarra. Hombros jorobados surgieron después. Brazos simiescos se agitaron por debajo, con grandes manos lo suficientemente largas como para agarrar y aplastar a diez hombres. Un torso de metal plateado, una pelvis nervuda y patas agazapadas.
"¡Un behemot!"
El nombre de la cosa fue susurrada por un millar de labios, el terror respirando a través del aire.
El coloso galopó con los nudillos y las rodillas hacia fuera sobre el campo de batalla, cientos muriendo con cada pisada. Otro behemot acudió inmediatamente después del primero. Este también corrió velozmente hacia los aterrorizados invasores.
El primer behemot se introdujo en las líneas Thran aplastando enanos a cada paso. Sus garras eviscerando falanges enteras de minotauros. Se apoderó de un buque volador, mordió a través de su quilla, extendió la mano por el interior de la bodega y arrancó el núcleo de piedra de poder. La carabela de guerra cayó del cielo en un torrente de chispas y astillas.
Mientras tanto, el segundo behemot se abrió paso hacia un grupo de guardias Halcytas. Con un cuidado no mayor que el de un niño arrugando y arrojando hojas de hierba, el behemot agarró elfos, los estrujó en sus garras, y arrojó sus cuerpos rotos encima de los guardias. Rayas de color carmesí marcaron los yelmos y brazales de los que no pudieron evitar los cuerpos que caían. Como si estuviera espantando insectos, la guardia Halcyta se desprendió de las formas moribundas y siguió adelante.
"Muy pronto se quedarán sin elfos," se dijo Yawgmoth con auto-satisfacción. "Los elfos luchan como palomitas de maíz. Me gustaría ver a este behemot luchando verdaderamente."
Y consiguió su deseo. Las grises garras del behemot se llenaron repentinamente de metal retorciéndose: criaturas artefacto. Muchas de ellas eran mantis guerreras. Otras tenían la configuración de seres humanos. Más aún eran un conglomerado de criaturas, con espaldas curvas y piernas contraídas y guadañas surgiendo de sus costados. El behemot levantó una mantis guerrera de aspecto frágil y la aplastó en una garra. Tomó una segunda y la estrelló contra la otra. Miles de servos gimieron cuando el behemot giró sus brazos a la par y lanzó a lo lejos a las mantis.
Excepto que las mantis no salieron disparadas. Aunque estaban quebradas, sus patas y sus pinzas aguantaron. Se retorcieron pero no en una destrucción espasmódica. Las patas se movieron a propósito, arañando los brazos levantados del behemot. Este luchó para sacudirse de las cosas sin ningún resultado. Más criaturas artefacto subieron por sus piernas. Parecieron cucarachas pululando por una figura ensangrentada. Treparon, la cubrieron, la abrumaron.
"Maldita sea," dijo Yawgmoth. "Deben ser diseños de Glacian."
En un momento, el behemot se vio completamente cubierto con artefactos arácnidos. Se tambaleó unos pasos más y luego se derrumbó boca abajo sobre las filas de guerreros mecánicos.
La guardia Halcyta siguió adelante con la intención de liberar a la bestia caída. "¡No!," gritó Yawgmoth tocando las piedras en la caja del mapa. "¡No! Retrocedan."
Fue demasiado tarde. Comenzó un profundo lamento. Los resortes se estiraron más allá de su capacidad constitucional. El cuerpo gris del behemot se dividió y fue echado hacia atrás. Desde abajo, miles de tendones metálicos azotaron, matando a todos los que lo rodearon. Como si fueran látigos, hicieron añicos tanto a criaturas artefacto como a guardias Halcyta. El acero azul-grisáceo azotó. La armadura plateada se cortó. La sangre roja fluyó.
"Malditos guardias Halcytas," gruñó Yawgmoth. "Todos ellos serán Pirexianos." Esta batalla duraría más que un momento abrasador. Poco importaba. Yawgmoth había hecho planes para un combate largo. Sus fuerzas resistirían: la guardia Halcyta y la guardia Pirexiana, la flota, los artefactos mecánicos…
"Mientras la Alianza Thran está ocupada yo pasaré a la ofensiva."
En las montañas situadas más allá de los ejércitos invasores había un objetivo largamente ignorado. Era sin duda el mayor logro de la Escuela de Artífices Thran, una enorme emisora de comunicaciones que le permitía a la universidad supervisar cada criatura artefacto en el Imperio Thran. También podía apagar cualquier mecanismo que funcionara incorrectamente. Desconocida para todos menos para Yawgmoth, la estación podría incluso darle órdenes a esas criaturas.
Yawgmoth capturaría la estación emisora, la Esfera Nula, y con ella comandaría al ejército de artefactos Thran.
Yawgmoth sonrió maliciosamente y puso su mano debajo de la piedra de control de su silla de manos. La nave se elevó, silenciosa y suave, desde el bunker y salió disparada hacia la ciudad de la superficie. Su carabela de guerra personal esperaba allí, su tripulación personal.
Ellos capturarían la Esfera Nula. Comandarían los artefactos mecánicos del imperio. Yawgmoth aplastaría a los Thran y sus aliados bárbaros y haría poner de rodillas a toda Dominaria.
Nueve Años Antes de la Guerra Thran-Pirexiana…
G
lacian amaba las tinieblas y el azufre. Amaba las máquinas enormes. Gigantescas levas rotaban en respiraderos volcánicos. Conductos siseaban con vapor sobrecalentado. Calderas gruñían sin cesar. Fuegos eructaban de fundiciones. Orbes de cristal resplandecían incandescentemente. Glacian amaba la plataforma de maná de Halcyon: vasta y subterránea, hundida dentro de un volcán inactivo, impregnada de la energía en bruto del mundo.Él era el único en la ciudad que entendía verdaderamente a estas máquinas: ¡en la ciudad y en el mundo! Glacian era el más grande artífice en un imperio de grandes artífices. Esto, su diseño, era diez veces más potente, cien veces más eficiente, y una cuarta parte del tamaño de la plataforma en Shiv. Glacian era el único en el mundo que entendía a estas máquinas y las máquinas le devolvían el favor. Eran las únicas que entendían a Glacian.
"¡No! ¡No! ¡Tú costra purulenta!," dijo Glacian dándole una bofetada en la nuca a un trasgo bastante maltratado. "¡Abre los respiraderos cinco y nueve, no cuatro y siete! ¿Quieres hacer volar la plataforma entera? ¡¿Quieres hacer desaparecer Halcyon de la faz de la tierra?!"
"Abrir cinco y ocho," dijo la estridente criatura, luchando por contar con los dedos de una mano y faltándole uno.
"¡Cinco y ocho no! ¡Cinco y nueve! ¡También cuenta tus pulgares!," gruñó Glacian volviendo a golpear a la criatura. El cabello del hombre se había puesto prematuramente gris por tratar con criaturas como esa. Aunque apenas tenía cuarenta años parecía de cincuenta y cinco. Bajo, flaco y encorvado, era una cobarde criatura adecuada para la oscuridad sulfúrica que amaba. "¡Vete! ¡Fuera de aquí! ¡Lo haré yo mismo! ¡Vete! ¡Sigue adelante hasta que llegues a las Cuevas de los Condenados! Serás más útil para ellos asado en un palo de lo que eres para mí."
Eso no era tan cierto. Como en Shiv, ese mecanismo había sido diseñado para ser manejado por trasgos. Las tuberías de acceso no admitirían seres humanos. Aunque muchos de los artífices Thran habían ayudado a construir la plataforma, ningún Thran estaría dispuesto a trabajar en la ardiente oscuridad, corriendo un riesgo incesante de chamuscarse al lado de un alto horno. Los ciudadanos de Halcyon no se dignarían a descender de su paraíso flotante encima de la superficie, aunque su paraíso estuviera sostenido por las piedras de poder de la plataforma. Los prisioneros en las Cuevas de los Condenados tampoco ascenderían para trabajar en la plataforma. Solo los trasgos tenían una afinidad por los espacios oscuros. Sólo los trasgos pondrían soportar al rencoroso Glacian. Incluso a sus propios aprendices no les agradaba su maestro. Por ello Glacian prefería la compañía de los trasgos.
Glacian caminó concentradamente por el suelo en medio de chimeneas humeantes y rejas tintineantes y llegó a la matriz que regulaba la ventilación. Una llama tibia ardía tristemente por encima de la acumulación de hollín, arrojando una luz tenue hacia abajo. Glacian tomó un trapo sucio de un gancho cercano y limpió la arenilla de los indicadores. Comprobó los niveles, aflojó la presión de las rejillas de ventilación cinco y nueve, poniéndolas en línea.
"Esos pequeños patanes podrían nacer con un par de dedos más. Están perdiéndolos constantemente bajo las esferas." Un ruido sordo comenzó a sonar en el pasaje más allá de las máquinas. "Ah, ahí hay uno justo ahora."
Glacian se dirigió hacia el sonido dejando atrás flancos de acero sudoroso. Conocía cada uno de los contornos de esos grandes dispositivos. Los había visto todos en su cabeza meses antes que cualquiera que los hubiera visto en la realidad. Los esquemas siempre caían en cascada a través de su mente. El pensaba en diseños tridimensionales como otros pensaban en palabras. Una idea para un motor nuevo podía nacer en el comienzo de un respiro y estar plenamente formada y articulada en su mente antes de que pudiera exhalar. Lo único que lo ralentizaba eran sus manos. No podía poner sus ideas en papel lo suficientemente rápido. La gente lo desaceleraba aún más. Una tercera parte de sus inventos estaban sin construir por falta de dinero y un tercio más por falta de ganas. El tercio final aparecían a su alrededor al igual que lo había hecho esa enorme plataforma: un momento de inspiración realizado durante más de una larga década por un millar de trabajadores. El corazón mismo de esa inspiración rodaba justo por delante.
Glacian apareció de entre las máquinas. Entró en un largo pasillo cuyo conducto acolchado bajaba hasta su centro. El conducto se inclinaba suavemente hacia abajo hasta la cámara de carga del cristal a su izquierda. Una gloriosa visión se aproximó desde su derecha. Saliendo de la oscuridad surgió una gigantesca esfera cristalina. Era perfectamente lisa. El orbe, una sólida esfera de cristal, mediría unos seis metros de diámetro y pesaría más de cien toneladas. Glacian conocía esos datos instintivamente pero rara vez pensaba en ellos cuando veía a los globos enormes rodar hacia la cámara de carga. En su lugar pensaba en belleza. Era su única conexión real con la belleza…
A excepción de los ubicuos trasgos que la impulsaban en su camino. Metían crudas varas de madera debajo de la esfera, algunas detrás para hacerla rodar hacia adelante, y algunas delante para reducir su velocidad. Glacian les podría haber dotado de una herramienta de ingeniería pero la madera era lo suficientemente suave como para no rayar el cristal. Los huesos de trasgo no lo eran.
"¡Fuera del camino!" gritó Glacian avanzando hacia los equipos de trabajo. Apartó a una de las pequeñas criaturas de su vara que quedó atrapada por debajo de la esfera en avance. "¡Vigila tus uñas, tú pequeño escarabajo pelotero! ¿Quieres que esa cosa ruede sobre ti?"
Glacian había estrictamente prohibido a los trabajadores que quedaran atrapados debajo de los orbes. Aún así, todos los meses era aplastado uno, estropeando un orbe con arañazos de dientes y huesos. Glacian deseaba frecuentemente idear algún proyecto que suavizara los dientes y huesos de los trasgos, previniendo tales daños, pero las artes oscuras de la medicina habían sido prohibidas desde la guerra civil.
"Debes soltar la vara," le aconsejó al trasgo y lo arrastró de vuelta entre las máquinas. "Estará echa astillas después de que pase el orbe." El hombre y el monstruo se pararon uno al lado del otro mientras pasaba rodando la enorme bola. La cosa era tres veces y media más alta que Glacian y a pesar de deslizarse suavemente sacudió el suelo profundamente. "Un solo orbe que se rompa se transformará en mil piedras de poder. Mil piedras cargadas en una única irradiación." Negó con la cabeza, riendo. "Ellos estarían contentos de conseguir un centenar de piedras por mes de la plataforma en Shiv."
Un sonido similar a un maullido vino del trasgo a su lado. "Awwj. ¿échale viztasoj esoj? Awwj, ¡maldita sea!"
"¿Qué?" preguntó Glacian. "¿Qué?"
Glacian empujó a la criatura a un lado. "¡Típico de una bola de pelos como tu! Una joya inapreciable pasa rodando a tu lado y lo único que ves es una línea de aserrín."
"Maldita sea," coincidió el trasgo pateando las astillas. "Maldita sea."
Glacian negó con la cabeza. Los trasgos eran sólo un poco menos perceptivos que el ciudadano medio de la Halcyon de la superficie. Si no fuera por las oscuras máquinas de Glacian, su plataforma infernal, y sus secuaces incomprensibles, no existiría nada del esplendor celestial de la ciudad. Cada uno de esos orbes estaba destinado a proporcionar los cimientos del Templo Thran, el edificio más alto en toda la ciudad. Aunque la gente de Halcyon viviera sobre, en y por el trabajo de Glacian, eran resentidos y desconfiaban de él de cualquier modo.
Glacian ignoró al trasgo abatido y siguió la estela del orbe rodante. Equipos trasgo lo empujaron más allá de máquinas zumbantes y lo introdujeron en una cámara en el extremo del corredor. El espacio se centraba en un pozo circular de dos metros en el suelo. El orbe se asentó en lo alto de este pozo. Las paredes curvas contenían agujeros similares, cada uno dirigiéndose a conductos que admitían la luz del sol a partir de espejos situados a través del desierto. El resto de la cámara era espejada de modo que no se perdiera nada de la energía solar o de la energía térmica del volcán. Incluso la enorme puerta curva que los había admitido tenía espejos en su interior.
Glacian dio una vuelta alrededor del globo mientras unos parloteadores trasgos lo pulían con trapos largos. Mientras tanto el hombre se quedó mirando en las profundidades de la piedra. El cristal era tan profundo y tan perfecto que era negro en su centro. Cualquier luz que fluyera en su interior era desviada alrededor de su corazón. El futuro estaba allí, en ese centro invisible, a no más de tres metros de distancia a través del cristal claro y, sin embargo, podría haber sido el núcleo oculto de otro mundo.
"Está bien, es suficiente," dijo Glacian a los trasgos. Cualquier polvo o aceite que hubiera quedado en el exterior de la piedra sería quemado instantáneamente en los primeros momentos de la radiación. "Despejen la cámara. Aseguren la puerta."
Mientras los trasgos se marchaban del lugar, parloteando, Glacian se retiró a una escalera curva. La subió. Los escalones seguían el borde exterior de la cámara de carga. En la parte superior había una habitación pequeña, su sala de control. Dentro había un asiento solitario ante una consola de piedras de poder. Un pequeño portal negro daba una vista a la cámara de carga. Sólo al ser bombardeada con una energía suficiente como para fundir el basalto la ventana espejada daría una idea de lo que ocurrió dentro.
Glacian se sentó ante la consola. Un racimo de tubos de comunicación emergía de su centro. Los abrió. En la base de cada uno descansaba una brillante piedra de poder que transmitiría sus palabras a metros y kilómetros de distancia.
"¡Bloqueen las compuertas!"
"Puertas bloqueadas," fue la respuesta. "¡Deslicen las escotillas termales!" "Escotillas deslizándose."
"¡Abrir canales espectrales!" "Canales abriéndose."
"¡Alinear espejos de rayos tres, seis y nueve!" "Espejos alineándose."
La pared de la cámara de control comenzó a zumbar y un tenue brillo atravesó el cristal ennegrecido.
"Alinear rayos dos, cinco y ocho."
La luz se intensificó. Los conductos alrededor de la cámara vertieron la luz en el orbe. La energía térmica ardió desde abajo.
El resplandor se hizo más intenso. Dedos de luz y fuego se introdujeron en el negro corazón del orbe. El centro secreto que antes había hecho rebotar la luz ya no pudo contener la brillante inundación. La piedra refulgió como un segundo sol. El calor volcánico se extendió hacia arriba a través del cristal. Este retumbó y se sacudió. El resplandor era insoportable pero Glacian no apartó la mirada.
Aquello era su misma mente: inmensa y perfecta, atravesada por un poder tan magnífico que no podría mantenerlo.
Las grietas se propagaron a través del cristal como relámpagos a través del sol. Fisuras en zig zag corrieron desde el corazón hacia fuera en todas las direcciones. Las fisuras se reunieron y se multiplicaron a lo largo de las líneas de fractura. Pronto lo que era irregular se convirtió en regular. En vez de fragmentos desiguales de piedras, el gran orbe se estaba dividiendo en joyas perfectas: tetraedros, hexaedros, octaedros, dodecaedros, icosaedros… Quedaron apretadas en estrechos caparazones concéntricos sobre todo el inmenso orbe. Allí donde la geometría del espacio no hubiera permitido sólidos regulares aparecieron otras formas relucientes: gemas ovaladas en una explosión alrededor del núcleo interno y joyas marquesas proliferando en todo el borde exterior. Algunas eran del tamaño de cabezas, algunas de corazones, algunas de ojos, y algunas como dientes pequeños, pero cada una tenía una forma perfecta.
Todas esas facetas reflejaron la luz: un millar de nuevas lentes y cientos de miles de nuevos espejos. Esta se volvió a intensificar. El orbe tembló violentamente. Si en ese momento se hubiera partido todas esas piedras sólo se hubieran transformado en pedazos de vidrio finamente cortados, pero si la esfera se mantenía junta un momento más…
"Resistiendo más allá de lo imposible," susurró Glacian con avidez. Sus propios ojos brillaban con la furia de la transformación. "¡Qué visión!"
Glacian bajó una persiana de tres centímetros de espesor sobre la ventana… justo a tiempo. La luz que estalló más allá fue suficiente como para brillar a través del acero sólido y delinear claramente sus propios huesos de los dedos de las manos sostenidas en alto.
En el interior de la cámara se derramó una energía suficiente como para energizar cada piedra independiente en el orbe. Las facetas se mantuvieron, perfectas e inmutables, pero el material dentro de cada piedra fue transformado de materia en energía pura. Una piedra del tamaño de un diente podría iluminar una habitación entera. Una piedra del tamaño de un ojo podría propulsar una silla de manos alrededor de la ciudad. Una piedra del tamaño de un corazón podría calentar una casa incluso en el invierno más frío. Una piedra del tamaño de una cabeza podría enviar carabelas corriendo por el cielo. Una piedra del tamaño de un hombre podría sentar las bases para un templo aéreo, el Templo Thran.
Glacian se puso de pie. No había nada más que ver. Cada medidor situado a través de su consola se sacudió en sobrecarga. La ventana cerrada titiló como un centenar de antorchas. Los tubos de comunicaciones rugieron con los informes de los equipos lejanos y cercanos. Glacian ignoró todo eso. Si todo había ido bien ahora la cámara tendría mil piedras de poder. Si había ocurrido incluso un solo fallo, la implosión destriparía toda la plataforma de maná y derrumbaría toda la ciudad. No habría forma de detener el proceso.
Glacian abrió la puerta de la sala de control y bajó plácidamente por las escaleras. El muro de piedra junto a él, de tres metros de espesor, resplandecía con la luz y el calor irradiado que rizó el vello de su brazo. El silbó feliz. Para el momento en que llegó al pie de la escalera la reacción se estaba desvaneciendo. El aire ardiente silbaba por las válvulas de escape situadas por toda la cámara y habría matado a
cualquier criatura que se hubiera parado en el lugar equivocado. Glacian puso su mano en el picaporte y con una suave presión liberó la cerradura. La puerta se abrió de par en par.
Allí, delante de él, estaba situado el enorme orbe. Refulgía brillantemente, mil piedras de poder cargadas en la matriz delante de su creador. Pequeñas líneas de humo subían silbando desde todas las grietas para dar una vuelta ominosamente contra el techo espejado. Glacian aspiró el aroma. Era un olor picante y asesino, el olor de un rayo justo antes de caer.
Un trasgo le trajo un bastón de madera, ya que la criatura había sido entrenada para ello. Glacian lo levantó encima de la cabeza y lo descargó sobre la esfera de seis metros. Las piedras preciosas cayeron en cascada y provocaron pequeñas campanadas cuando se deslizaron alrededor de su creador. Glacian se situó en medio del resplandeciente diluvio. Pensó en como esas piedras, la mayor de las mil, llevarían hasta el templo su amor por la construcción.
Sí, no eran sólo las máquinas y las piedras las que entendían a Glacian el genio. También lo hacía su amada Rebeca.
A medida que los cristales se depositaban en el suelo a su alrededor, Glacian murmuró al trasgo: "¡Observa!"
Sólo que no era un trasgo. La esbelta y decrépita figura a su lado era un ser humano, un Intocable de las Cuevas de los Condenados. Ellos escapaban de su profunda prisión cada vez que podían y se escabullían hasta la plataforma como ratas curiosas. Éste le miró de reojo hacia arriba, sus ojos iluminados con una furia animal. Sostenía una de las nuevas piedras de poder en su mano.
"¡Bienvenido a la compañía de los condenados!" El pequeño hombre retorcido introdujo de un golpe la piedra perfecta en el vientre de Glacian. En los próximos instantes, sólo hubo una golpiza y sangre y el tenue reconocimiento de que los Intocables se habían amotinado por toda la plataforma.
Glacian se desplomó, sangrando sobre las piedras relucientes que había hecho. Pero no tenía que haber sangre sobre los brillantes cristales.
No tenía que haber sangre en los cimientos del Templo Thran. "Perdóname, Rebeca. Perdóname."
* * * * *
Rebeca corrió por los pasillos de la enfermería hasta un cruce. Hizo una pausa y se quitó el pelo rubio despeinado de sus ojos.
"¿Por dónde? ¿Dónde está?" Golpeó con un puño en su pierna, enviando una nube de polvo de cemento en el aire.
Creía conocer a esos blancos y sinuosos pasadizos. Después de todo, ella había diseñado el edificio. Largos bancos de ventanas mostraban la gloriosa ciudad, destinados a dar esperanza a los que estaban enfermos. Las paredes curvas y claraboyas esmeriladas pretendían emular las nubes. Los caminos sinuosos querían parecerse a jardines en el cielo. Algo tan simple como caminar y respirar en ese hospital debería haber devuelto la salud. Todo ello, sin embargo, en ese terrible momento, se había convertido en un laberinto enloquecedor.
Rebeca reconoció a uno de los sanadores y corrió por el pasillo hacia ella. "¿Sabes dónde está? ¿Dónde está Glacian?"
"¿Glacian?" preguntó la mujer plácidamente en sus túnicas blancas.
"¡Sí, Glacian! El genio de Halcyon," insistió Rebeca aferrándose a la mujer. "¿Sabes dónde está?"
Una luz de reconocimiento entró en los ojos de la sanadora. "Oh, ¿el hombre apuñalado durante los disturbios en la plataforma de maná? ¿Sí? Está justo ahí delante, en la sala de la derecha."
Normalmente Rebeca le habría dado las gracias pero estaba demasiado concentrada en la puerta.
Más allá, Glacian yacía sobre una mesa de mármol. Sus brazos y piernas estaban extendidos a lo largo de sus bordes. Cada extremidad estaba sostenida por un sanador acurrucado. Tres más trabajaban sobre él. Sus túnicas blancas estaban pintadas con sangre, sus dedos seguros temblorosos por la incertidumbre.
"¿Qué es eso?" preguntó Rebeca con ansiedad. "¿Qué le está pasando?"
Uno de los sanadores, un hombre mayor con cejas tan amplias y blancas como plumas, miró afligido a los ojos de Rebeca.
"Nuestra curación mágica. No está funcionando con él. Sólo parece ponerlo peor. Sólo parece calentar el cristal."
Entonces Rebeca lo vio, una piedra del tamaño del corazón de un hombre estaba incrustada en una sangrienta herida en el vientre de Glacian.
"La piedra de poder debe estar interfiriendo con la magia. Tienen que sacarla," insistió ella.
Los ojos del sanador se ampliaron aún más. "Nuestra fe nos enseña que solo la mano de la magia está para eliminar cualquier objeto extraño ya que los torpes dedos pueden perjudicar aún más al…"
Antes de que cualquier sanador pudiera detenerla, Rebeca metió la mano y extrajo la ensangrentada piedra. Era una gema ovalada. La sangre de Glacian corría por sus bordes. Rebeca miró la horrible cosa por un momento y luego la presentó a uno de los sanadores.
"Tómala. La magia de curación no funcionará hasta que la piedra haya desaparecido."
Un joven recibió la piedra con un asentimiento sin palabras y la sacó rápidamente de la habitación.
Rebeca acarició la cara manchada de sudor de su marido. "Ya está fuera, Glacian. La piedra ya está fuera."
Las convulsiones del hombre habían cesado. Ahora yacía como un trapo sobre la mesa ensangrentada.
"Hay más..." dijo con voz áspera, "... de donde vino esa. Unas buenas… cien para tu… templo..."
"El templo no me interesa," dijo Rebeca. "Eres tu quien me preocupa. Dejaré que los sanadores hagan su trabajo. Les dejaré que cierren la herida."
Glacian sonrió, una vista poco común. "Esta... se sintió profunda. Se sintió… como si nunca fuera a cerrarse."
Antes que Rebeca pudiera responder, un gran estruendo sacudió la enfermería. Se oyó un sonido desgarrador y gritos: una implosión de piedra de poder.
Un sanador entró en la sala. "¡Vengan rápido! ¡La mitad del edificio ha desaparecido! ¡La mitad del edificio ha desaparecido!"
Rebeca se quedó muda de asombro.
"La piedra," jadeó Glacian, "debía… haber sido… imperfecta."
"¿Y eso cómo puede ser?" preguntó Rebeca con un temor velando su rostro. Glacian jadeó con tristeza: "¿Qué piedra perfecta… podría haberme apuñalado?"
Y
awgmoth se apartó del Camino del Peregrino y se paró en una extrusión rocosa.El desierto era un disco enorme y de color pardo por allí debajo. No parecía tanto como un lugar sino como un no-lugar. Desde esa altura, los arbustos espinosos y árboles achaparrados sólo parecían líquenes aferrados a una piedra infértil. Caminos y senderos de caza formaban una red frágil por el suelo. Una larga y solitaria carretera atravesaba el desierto, uniendo a las otras ocho ciudades-estado Thran con su capital: Halcyon.
Yawgmoth había caminado cada paso a lo largo de esa carretera. El Consejo de Ancianos había revocado su destierro, le había llamado desde los confines del mundo, le había exigido que abandonara a sus camaradas exiliados y se reportara en la capital del imperio, pero al parecer ellos no habían sentido la necesidad de proporcionarle un transporte. Mientras había caminado por el Camino del Peregrino cientos de naves habían pasado por encima de su cabeza. Las naves de carga de grano y cerveza eran aparentemente más preciadas que Yawgmoth.
A él no le importó. Yawgmoth era joven, sólo tenía treinta y cinco, una buena musculatura y más alto que la mayoría de los otros Thran. Su piel bronceada resistía hasta el sol abrasador del desierto y su grueso pelo negro le formaba una visera natural a través de sus ojos. Ropas de viajes sucias y andrajosas escondían un cuerpo en sintonía con trabajos forzados y privaciones. No le importó el viaje mortal o el insultante desprecio del consejo. Estaba acostumbrado a ambos.
Antes de recibir su llamada, Yawgmoth y todos los practicantes de la "curación médica" habían sido oficialmente expulsados del imperio. Su exilio concluyó una guerra civil que había comenzado cien años atrás. Había sido una guerra por la soberanía de las ciudades-estado. Cuando Halcyon solidificó su posición como capital del imperio, la guerra se politizó como una batalla entre "artífices" y "eugenistas". Los artífices creían que para mejorar a los Thran se debían construir máquinas más grandes y mejores. Los eugenistas creían que para mejorar a los Thran se debía diseccionar y comprender las máquinas de la biología. Ambos querían mejorar a los Thran. No había ningún conflicto entre los genuinos artífices y los genuinos eugenistas. Cada facción, sin embargo, fue defendida por un partido político, los artífices por la elite imperialista y los eugenistas por la chusma republicana. Cuando la chusma fue finalmente derrotada, los defensores de los eugenistas fueron usados como chivos expiatorios y exiliados.
Yawgmoth y sus doscientos seguidores habían vagado durante cinco años entre los hombres lagarto y minotauros, trasgos y orcos, estudiando las enfermedades que les atormentaban. Los únicos Thran que los eugenistas vieron fueron parias: leprosos y locos. No importaba. Los leprosos y los locos ayudaron a Yawgmoth en su investigación de patógenos y contagios. Aunque el Consejo de Ancianos había pensado que el destierro castigaría a los eugenistas por su "aproximación poco ortodoxa a la curación" esta sólo les proporcionó un crisol en el que perfeccionar su arte.
Las enfermedades y disfunciones no eran causadas por "espíritus malignos" o "vías de maná bloqueadas" o "ciclos lunares" sino por pequeñas criaturas que invadían un cuerpo muy parecido a un ejército invadiendo a una nación. Estas eran provocadas por un mal funcionamiento de los procesos físicos. El cuerpo humano no es más que un complejo mecanismo, una máquina como una plataforma de maná. Los Thran no tenían por qué depender de sanadores y sus asistentes de vida monegasca. Un riguroso estudio de los organismos vivos, la función adecuada, las disfunciones más comunes y las
especies de enfermedades podrían hacer un programa completamente material y mundano para la curación.
Ahora, el Consejo de Ancianos necesitaba la nueva ciencia de Yawgmoth. El gran artífice Glacian se estaba pudriendo como un leproso común. La magia sólo le había hecho empeorar. Había languidecido durante un año en ese patético estado hasta que, finalmente, el exiliado había sido convocado.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Yawgmoth. Su propio pueblo por fin se había dado cuenta de que lo necesitaba. Ahora Yawgmoth nunca dejaría que lo olviden.
Debajo estaba el desierto. Encima se cernía la hermosa y fabulosa Halcyon. El Camino del Peregrino conectaba los dos, torciendo su calzada hasta la cara escarpada de la extrusión volcánica. Era un pasaje empinado y traicionero. El camino del infierno al cielo siempre sería así. Ahora Yawgmoth estaba a sólo unas pocas docenas de pasos de las puertas de ese cielo.
Un puente de mármol blanco se elevaba por encima de la estrecha carretera. Era el doble de ancho y tres veces tan alto como cualquier criatura que pudiera haber hecho el viaje hasta la cima. Nichos dentro de las columnas contenían figuras profusamente talladas. A un lado había un hombre desnudo y musculoso y al otro una mujer desnuda y musculosa. Eran la imagen que los Thran tenían de la belleza ideal, enormes extremidades pero, sin embargo, posando con una flexible facilidad a través de sus contexturas carentes de pelo.
Yawgmoth rió oscuramente para sí mismo. Él había visto el cuerpo humano por dentro y por fuera, había explorado cada centímetro. Ni siquiera los cuerpos sanos se parecían a esas figuras perfectas.
"Es obvio que rechazaran mis teorías. Ellos ni siquiera saben como lucen sus propios cuerpos."
Entre las figuras se hallaban unas gigantescas puertas de hierro abiertas de par en par. Las piedras de poder titilaron en las barras oscuras, joyas encantadas que repelerían carneros y asesinarían atacantes. Cruzando las puertas se desplegaba un canal de mármol blanco atravesado por una corriente de agua clara. Simbolismo arquitectónico. Cuando la gente entraba en la ciudad el polvo del mundo era lavado debajo de sus pies. Cuando la gente se marchaba sus primeros pasos más allá de la puerta harían que sus zapatos quedaran cubiertos de un lodo pegajoso.
Yawgmoth miró con asombro a la corriente artificial mientras se acercaba. "¿Qué clase de gente desviaría un río para que pasara al otro lado de su puerta?"
Levantó los ojos para ver a una mujer joven que llevaba las vestiduras blancas de un miembro del consejo. El traje ceremonial le sentaba mal. Sus manos se movían con impaciencia dentro de las mangas abultadas y la estola alrededor de su cuello era irregular. Su piel bronceada y su pelo descolorido por el sol demostraban que estaba acostumbrada a trabajar fuera y sus ojos pálidos se veían ansiosos e impacientes por encima de sus quisquillosas ropas. Incluso en ese momento, su mirada se hundió hacia el vestido, y ella sonrió a modo de disculpa.
"Perdone mi apariencia. Vengo directo de la enfermería. Creí que usted llegaría allí a través del transporte aéreo que envié a Foenon…"
Yawgmoth hizo un gesto despreocupado. "Habiendo atravesado los vados de agua de Jamuraa y marchado durante todo el camino hasta Foenon, no me vi impelido a aceptar esa caridad."
La mujer se ruborizó bastante bajo su bronceado. "Es verdad. Mis disculpas por eso. Tuve que lidiar una batalla para conseguir que revocaran su destierro. El consejo me prohibió enviar una escolta."
Una sonrisa reluciente llenó el rostro de Yawgmoth. Era una sonrisa deslumbrante y él lo sabía.
"¿Así que usted es la persona que luchó para traerme de vuelta?" "Sí," dijo la mujer. "Fui yo. Me llamo Rebeca."
"Ah, la Rebeca. ¡Arquitecta de espacios empíreos!" dijo Yawgmoth impresionado.
El rubor halagador volvió a aparecer. "¿Usted ha oído hablar de mí?"
"Incluso entre los leprosos y marginados, es conocida, sí," dijo Yawgmoth. El miró hacia abajo en dirección al arroyo claro y fresco que les separaba. Rebeca estaba de pie en el mármol blanco y Yawgmoth en el polvo. "De lo que no habíamos oído hablar era de esto…"
"Es una ablución ritual," dijo Rebeca volviendo a mostrar una sonrisa de disculpa. "Tiene el propósito de recordarnos que nosotros nos alzamos del polvo del pasado hacia los límpidos cielos."
"¿Qué clase de personas han con…?"
"Es un diseño propio," le interrumpió Rebeca, "y yo misma tallé al Padre y Madre Thran allí al lado de las puertas y diseñé gran parte de lo que hay dentro, sólo para que lo sepa."
Yawgmoth le dio unas palmaditas a su polvorienta mochila de lona. "Ningún hilillo de agua será suficiente como para lavarme del mundo. Lo tengo bajo mis uñas y aferrado dentro de mi piel. Incluso mi sangre es en parte de barro."
Ella se agachó junto al arroyo y le hizo un gesto para que avanzara. "Venga. No le pude conseguir una escolta aérea pero por lo menos podré lavarle los pies que le trajeron aquí."
Yawgmoth miró fijamente a la figura inclinada y dijo entrando en el arroyo: "Quizás Halcyon me de la bienvenida después de todo."
El agua helada serpenteó a través de sus cordones y cuero y se introdujo en las medias harapientas que llevaba. El barro se desprendió en nubes marrones. Los dedos de Rebeca desataron hábilmente los cordones. Sacó una bota y luego la media. Su tacto se sintió firme pero suave cuando ella lavó la suciedad de la carretera. Masajeó los callos y le calmó el dolor muscular, luego quitó la otra bota.
Yawgmoth permaneció de pie mientras ella trabajaba. Sus ojos siguieron la puerta. "¿Usted también se encargó del corte de las joyas?"
"Ese es el trabajo de mi marido," contestó Rebeca. "El que está enfermo. Aquel a quien usted se le llamó para sanarlo."
Yawgmoth sacó el pie de sus manos. "¿Su marido?" Recogió las botas y las goteantes medias y dio un paso de la corriente al umbral de mármol blanco. Sus pies mojados resbalaron.
Rebeca lo atrapó. Era fuerte y firme. Luego se echó a reír. "Ese fue un descuido de mi diseño. El mármol mojado es resbaladizo."
La risa fue contagiosa. "Veo el simbolismo. Un extranjero como yo sólo puede entrar en la ciudad con la ayuda de un ciudadano…"
"De otro modo podría caerse de culo, sí. Espléndido simbolismo," dijo Rebeca con ironía. "Aquí, apóyese en mí hasta llegar a la silla de manos."
"Veo que no tengo otra opción."
"Bueno, si quiere podría caerse de culo." "Pero no en tan encantadora compañía."
Yawgmoth se inclinó sobre Rebeca mientras los dos se dirigían bajo la sombra del arco. La piedra del color del hielo formaba un pequeño túnel. Había una suave curva construida en forma de arcada de modo que nadie pudiera vislumbrar la ciudad antes de
cruzar el umbral y que nadie en la ciudad pudiera vislumbrar el mundo exterior hasta salir por completo. El camino, que subía lentamente, les recordaba a los que entraban que debían ascender, y que ascender era trabajoso. Cuando pasó más allá de la curva Yawgmoth tuvo su primer vistazo de la elevada Halcyon.
La ciudad era espléndida. Sus centellantes distritos se elevaban a través de ocho terrazas hasta el punto más alto de la meseta occidental. Calles de ladrillos blancos se extendían laberínticamente entre casas de piedra caliza de tres y cuatro pisos. Techos de tejas azules remataban los edificios más pequeños y más convencionales. En la terraza más alta se elevaban minaretes con cúpulas acebolladas, arcadas elevadas y delgados arbotantes. Un gran estadio se elevaba allí, y junto a este el anfiteatro, la Sala del Consejo, y el alto tribunal. Bibliotecas, archivos, palacios nobles, templos… la ciudad llenaba las ocho terrazas hasta el mismo borde de la extrusión. Un ancho muro blanco lo rodeaba todo. Arcadas en el muro se dirigían a cinco puertos aéreos donde flotaban las carabelas mercantes.
"Una ciudad hermosa," dijo Yawgmoth. "Una visión de ensueño."
"Ese edificio de allí, con las blancas terrazas apiladas y sus ábsides cubiertas de hiedras es la enfermería. Ahí es donde nos dirigiremos."
Yawgmoth asintió. "Yo estaba a punto de observar que parecía una pila de platos listos para ser lavados pero, por supuesto, ¿éste es uno de sus diseños?"
Ella ladeó la cabeza. "Usted lo nota con rapidez." Señaló a una silla de manos cercana. Era un asiento de baja altura encerrado en un fantástico marco de delgados barrotes blancos. "Este es nuestro vehículo."
"¿Esto?" preguntó Yawgmoth señalando el delicado artilugio. "Estoy acostumbrado a viajar en vagones llenos de estiércol."
Rebeca ya estaba subiendo. Sus voluminosos vestidos quedaron colgando del marco de la silla de manos y ella tiró con irritación para liberarlos.
"No se aparte de mi, Yawgmoth, y la ciudad será suya."
"Parece que así lo haré." Dijo él acomodándose en el asiento a su lado. Este estaba cubierto de bordados azules y negros y el polvo de las ropas de Yawgmoth desprendieron el fino tejido. Introdujo suavemente su mochila en una pequeña bodega situada detrás del asiento. "Traje todos mis casi escasos suministros."
"Oh, la enfermería ya tiene todos los suministros necesarios," dijo Rebeca chequeando los cielos. "Los sanadores están bien abastecidos. Estoy seguro de que tendrán todo lo que pueda necesitar."
"¿Cuchillos, sierras de hueso, agujas curvas, pinzas de tejido, sanguijuelas, derivaciones, opiáceos, somníferos, espíritus...?"
Una mirada sombría apareció en el rostro de Rebeca. "Me alegro de que haya traído sus suministros. Me olvidé cuan revolucionarios son sus tratamientos." Ahuecó la mano debajo de una piedra de poder situada en una elevada protuberancia de plata. Sus dedos tocaron suavemente la piedra y la jalaron hacia arriba. Aunque la piedra no se levantó el vehículo lo hizo deslizándose suavemente y silenciosamente en el aire. La enorme puerta quedó atrás y los tejados de azulejos azules sustituyeron a las calles de ladrillos blancos.
Yawgmoth miró intrigado. "Hablando de revolucionario."
"Imagínese que esta joya es la silla de manos. Pulsando la base de la misma levanto a la nave y a nosotros en el aire. Para girar simplemente presiono en un lado o en el otro. Para levantar la proa o la popa, aplico presión allí."
"¿Y qué pasa si lo suelta?" preguntó Yawgmoth retirando de repente la mano de ella. La joya permaneció donde estaba, suspendida en su soporte, y la nave también se mantuvo en su lugar.
Rebeca sonrió. "Es el diseño de mi marido. Uno no puede caer del cielo. Una silla puede colgar allí con toda seguridad y para siempre."
"A menos que fallen las piedras de poder," dijo Yawgmoth mientras el vehículo alzaba la nariz sobre los techos en retirada.
"Las piedras de poder no fallan," dijo Rebeca.
"Pero en verdad si fallan," dijo Yawgmoth. "En verdad fallarán."
Las calles blancas de la ciudad sobresalieron por debajo. "Una vez cargadas, son más duras que los diamantes, que la adamantita. Son geométricamente perfectas y, a no ser que cambien su geometría, no fallarán."
Yawgmoth señaló hacia el borde de la enfermería donde trabajadores estaban encaramados entre andamios y formas de cemento.
"¿Qué pasó con esa ala de la enfermería?"
Rebeca miró fijamente a aquel hombre pero la nave nunca falló. "¿Entonces usted ha oído hablar del accidente? ¿Charlas en el camino?"
"He tenido tiempo de intercambiar relatos con viajeros... determinar que emergencia me trajo aquí," respondió simplemente Yawgmoth.
"Esa fue una anomalía. Esa piedra aún no se había enfriado cuando fue... cuando el Intocable la introdujo… creo que la sangre comprometió su matriz."
"Escuché que había sangre en muchas de las gemas. ¿Se deshicieron de ellas?" "Aquí estamos," dijo Rebeca aterrizando la silla de mano suavemente encima de la enfermería. Varias otras naves estaban encaramadas en plataformas que sobresalían de la azotea de azulejos. Un conjunto de escaleras descendían de ese lugar. Rebeca soltó la piedra de poder, trepó por la nave y bajó las escaleras.
Yawgmoth agarró su mochila y la siguió. "Las usaron ¿verdad?"
Debajo se abrió una puerta y Rebeca la atravesó. "Hemos limpiado y revisado cada piedra antes de emplearla. Ninguna mostró ningún signo de defecto o debilidad."
"La verdad es que ustedes no saben lo que causó la implosión." Dijo Yawgmoth caminando a su lado por un pasillo iluminado suavemente. "No saben cómo funcionan realmente las piedras de poder. Han creado toda una ciudad que se basa en una fuente de energía que no entienden. ‘¡Magia!’ Dicen ustedes. ‘¡Es mágico!’ Oh, que inteligentes. Y luego, cuando la magia falla, simplemente dicen: '¡Tiene que haber sido más magia!' ¡Mire a esta enfermería! Es un monumento a la superstición y la charlatanería. Han puesto sus esperanzas en falsificaciones y farsantes. No es de extrañar que el genio de su marido esté muriendo de una enfermedad degenerativa." Él dijo esto último mientras caminaban a través de una puerta en una habitación donde había un hombre de cabellos grises sentado.
El paciente, era claramente eso en su silla de ruedas impulsada por piedras de poder, estaba pálido y demacrado. Sus ojos y mejillas hundidas, sus hombros caídos. Levantó la vista hacia los recién llegados. Sus ojos primero se fijaron en Rebeca y luego pasaron a Yawgmoth.
"Usted debe ser Yawgmoth. Soy Glacian, el marido genio que se está muriendo de una enfermedad degenerativa."
En el incómodo silencio, Yawgmoth dijo: "Pero ya no más." Se descolgó la mochila de la espalda y caminó confiadamente hacia el hombre en la silla. Yawgmoth tiró su capa de viaje en el suelo, puso su mochila en la cama y echó hacia atrás la solapa. El polvo se posó en las sábanas. Sirvió agua de una jarra en una palangana y se lavó las manos hasta los codos, luego se volvió hacia su mochila, sacó cautelosamente un pequeño cuchillo, un juego de pinzas, y varios frascos herméticos. "No más cháchara. Vamos a descubrir la causa de su enfermedad. Nosotros vamos a curarle."
Glacian le lanzó una larga mirada sufrida a Rebeca y dio un suspiro ronco. "Usted tiene que entender que no es un salvador, Yawgmoth. Hemos terminado con los sanadores reales. Ellos han agotado sus técnicas y ahora en la desesperación nos hemos dirigido a usted. No estamos dejando a un lado la brujería. La estamos llamando." Glacian le lanzó al enorme hombre una mirada nivelada. "Esos que usted llama ‘métodos’ son muy bien conocidos por nosotros. Yo estaba entre los ancianos que votaron a favor de su destierro. Si fuera por mí, todavía estaría atascado en la lejana Jamuraa, metiendo palos en los traseros de mulas sifilíticas. Pero mi esposa teme por mí y el consejo y la ciudad están aterrorizados de quedarse sin mí ya que soy el único que entiende verdaderamente a la maquinaria debajo de ellos. Ellos están dispuestos a intentar cualquier cosa. Y usted, Yawgmoth, a duras penas califica como cualquier cosa."
Los ojos de los hombres se encontraron. El odio saltó como chispas entre ellos. Glacian continuó. "Sin embargo usted ha sido correcto en algo. Me estoy muriendo de una larga y grave enfermedad. Estoy resignado a ello. Sólo por esta resignación le permitiré meter y escarbar. Usted no podrá hacerme algo peor que lo que la muerte misma me hará en breve."
Yawgmoth rompió el contacto visual y rió tranquilamente. "Usted no diría eso si fuera una mula sifilítica."
Glacian se unió a la risa del hombre. El sonido hizo que Rebeca volviera a respirar ya que no lo había hecho desde que había entrado en la habitación.
Su marido tosió entrecortadamente y luego dijo: "Aunque yo fuera una mula sifilítica aun lo seguiría diciendo."
"Pues bien," dijo Yawgmoth, "depende de mi convencerle de lo contrario. A usted y a toda la ciudad." Se puso en cuclillas al lado de la silla. "Ahora, las habladurías dicen que hay lesiones. Vamos a echar un vistazo."
Los ojos de Glacian se dilataron. "¿Habladurías?"
"Todo el imperio está preocupado," le tranquilizó Yawgmoth. Estas palabras sosegaron el ego del hombre y la furia en sus ojos se atenuó. Yawgmoth dijo: "De hecho, usted no es el único que sufre de esta condición. En algunas de las ciudades-estado, se está volviendo endémica, si no epidémica. Muchos de los pobres han sido infectados. Hasta sus propias Cuevas de los Condenados se dice que lo están. Incluso la padecen algunos de la élite. Pero, por supuesto, usted es el primer tesoro nacional que tiene la enfermedad. Ahora vamos a echar un vistazo."
"El peor lugar es en la espalda," dijo Rebeca corriendo al lado de su marido y echando hacia atrás la parte posterior de la bata del hombro del hombre.
"¿Puede inclinarse?"
"Yo no me inclino ante nadie," gruñó Glacian. "Como lo descubrirá pronto." "Entonces será la cama," dijo Yawgmoth. Glacian estuvo repentinamente en sus brazos. Los movimientos de Yawgmoth fueron tan rápidos y seguros que no hubo tiempo para la objeción. Trasladó a su paciente sobre su vientre a la cama y sacó la túnica sumariamente de atrás del cuerpo del hombre.
Glacian se quedó allí, pequeño y jadeante. Sus costillas mostraron a través de la carne el color de las setas. La piel estaba cubierta por una gran masa de lesiones supurantes. Un centenar de manchas oscuras se agrupaban a través de una escápula. Una sustancia blanca brotaba de las manchas. Cada lesión mostraba una cola oscura que se hundía en el músculo.
"Justo después del ataque," dijo Rebeca. "Vinieron una tras otra. Los sanadores sólo hicieron empeorar las manchas. Hay también secciones sobre su vientre y su nalga izquierda."
"Ah," se metió Glacian "creo que él también querrá ver esas."
"No," dijo Yawgmoth. "Hoy no. Lo que quiero ver hoy es esto." Tomó el pequeño cuchillo que había sacado de la mochila y raspó ligeramente un poco del líquido transparente de las lesiones. Teniendo cuidado de no tocar la sustancia el mismo limpió el material de la cuchilla sobre el borde de un frasco destapado y luego apretó la tapa. "Este fluido me dirá mucho sobre el origen de esta dolencia. Es linfa, una de las defensas del cuerpo contra la enfermedad. Su composición me dirá contra qué tipo de enfermedad está luchando su cuerpo."
"¿También deberé escupir y orinar en sus tarros?," se burló Glacian.
"Muy pronto," respondió Yawgmoth sin problemas. "Primero…" Con un par de pinzas sostuvo el extremo de un cabello graso que sobresalía de una lesión. Tiró de un lado a otro del pelo y agrietó poco a poco la piel que lo rodeaba. Glacian tembló con cada tirón y sus manos se aferraron a la cama. Yawgmoth tiró persistentemente del pelo hasta que se liberó arrastrando una sección hecha jirones de carne que depositó cuidadosamente en otro vial. "Este es un folículo, un tejido especializado. El efecto de la enfermedad sobre él me dirá mucho acerca de los medios que utiliza la dolencia para propagarse."
"¿Y por qué también no me talla la espalda?" protestó Glacian.
"Sí, ¿por qué no?" respondió Yawgmoth. La punta de su cuchillo cortó la piel sana un poco más allá de una gran lesión. Con una lenta precisión que podría haber parecida saboreada, Yawgmoth introdujo la hoja debajo de la lesión, cortando con la profundidad suficiente como para tomar la cola de la infección junto con el cuerpo principal. Los nudillos de Glacian se volvieron más blancos sobre la cama. Yawgmoth terminó el corte y sacó el disco de piel en un par de pinzas. Una sangre oscura brotó en el agujero que había hecho. "Y esta… esta es la dolencia en el microcosmos. Esto me dirá cómo se desarrolla." Depositó el sangriento ítem en un tercer vial. Sangre comenzó a correr desde el corte y Yawgmoth dejó caer ausente un pedazo de lana blanqueada en el lugar.
"Diré esto por sus métodos," dijo Glacian. "Usted sabe cómo infligir dolor." Yawgmoth sonrió con su sonrisa deslumbrante. "Tengo maneras de prevenir el dolor: opiáceos y parecidos, pero me imaginé que usted no aceptaría ese tipo de brujerías."
"La próxima vez lo haré," dijo Glacian. "La próxima vez lo haré."
Yawgmoth asintió, guardando los frascos en su andrajosa mochila. "Mientras tanto, Rebeca, debe evitar tocar las zonas infectadas, la linfa o la sangre de su marido, incluso lo que parece ser una piel sana. Aún no sabemos cómo se propaga esta enfermedad de persona a persona y usted está en un grave riesgo de infectarse a si misma."
Rebeca objetó: "Pero hace más de un año que le toco."
"Deberá cesar de hacerlo," respondió severamente Yawgmoth. "Ningún contacto con la piel, ni amables caricias en su cabello, ni besos, ni tomarse de la mano, ni abrazos, a menos que los separe una sábana limpia."
"¡Ha estado aquí unos pocos minutos y la está tratando de envolver en sudarios!" dijo Glacian.
Yawgmoth cubrió rápidamente al hombre en una manta y lo depositó en la silla. "Estoy tratando de apartar a su esposa de los sudarios. Y también les daré la misma instrucción a los sanadores que le tienden." Cerró la mochila, se la colgó al
hombro y levantó su capa. "Ahora, necesito un baño y un descanso y un lugar para trabajar sobre las muestras."
Rebeca se agachó junto a la silla de su marido. Sus manos apartadas nerviosamente de la piel y ropas del hombre.
Distraídamente dijo: "He arreglado apartamentos cerca, a pocos pasos, para que pueda atender a mi marido a cualquier hora. Allí tiene un espacio de trabajo: mesas, armarios, luz suficiente, una vista espléndida…"
"¿Otro de sus diseños?" bromeó Yawgmoth. Cuando Rebeca asintió él rió. "‘No se aparte mi,’ dijo usted, ‘y la ciudad será suya.’" Él la tomó del brazo y la ayudó a ponerse en pie, lejos de su marido. "Así que no me apartaré de usted."