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[5,1] Mientras que la paz reinaba en otros lugares, Roma y Veyes se enfrentan mediante las armas, animados por tanta furia y odio que, claramente, sólo la ruina esperaba a los vencidos. Cada una elegía a sus magistrados, pero según principios totalmente diferentes. Los romanos aumentaron el número de sus tribunos militares con potestad consular [tribunorum militum consulari potestate en el original latino; a veces el autor lo abrevia en tribunorum militum. La traducción literal y correcta sería "tribunos militares con potestad consular"; sin embargo, la tradición traductora se refiere a esta magistratura abreviándola en tribunos consulares o tribuno consular para el singular, y es la que seguiremos aquí.- N. del T.] a ocho, el número más grande que nunca hubieran elegido. Fueron Marco Emilio Mamerco (por segunda vez), Lucio Valerio Potito (por tercera vez), Apio Claudio Craso, Marco Quintilio Varo, Lucio Julio Julo, Marco Postumio, Marco Furio Camilo y Marco Postumio Albino -403 a.C.-. Los veyentinos, por otra parte, cansados de votar cada año para elegir magistrado, eligieron un rey. Esto ofendió gravemente a los pueblos etruscos, debido a su odio por la monarquía y su aversión personal al que fue elegido. Él ya resultaba a la nación por el orgullo que mostraba por su riqueza, por su temperamento autoritario y por haber puesto abrupto fin a la fiesta de los Juegos, lo que era un acto de impiedad. Su candidatura para el sacerdocio no había tenido éxito, otro resultó preferido por el voto de los doce pueblos y, en venganza, de repente, retiró a los participantes, muchos de los cuales eran sus propios esclavos, en medio de los Juegos. Los etruscos, como nación, se distinguieron sobre todas las demás por su devoción a las prácticas religiosas, ya que sobresalían en el conocimiento y en la dirección de ellas, y decidieron, en consecuencia, que no se debía prestar ninguna ayuda a los veyentinos mientras estaviesen bajo un rey. La noticia de esta decisión se ocultó en Veyes por miedo al rey; éste trataba a quienes mencionasen cosas por el estilo no como autores de cuentos ociosos, sino como cabecillas de sedición. Aunque los romanos habían recibido información de inteligencia diciendo que no había ningún movimiento por parte de los etruscos, aún así, como se informaba de que el asunto se discutía en cada uno de sus consejos, dispusieron sus líneas como para presentar una doble cara: la una frente a los veyos para prevenir salidas de la ciudad y la otra mirando a Etruria, para interceptar cualquier socorro de ese lado. [5,2] Como los generales romanos empezaban a confiar más en un bloqueo que en un asalto, empezaron a construir barracones para invernar [hibernaculum en el texto latino original: alojamientos más protegidos (de adobe, ladrillo o piedra) que las contubernia de piel.- N. del T.], una novedad para el soldado romano. Su plan era mantener la guerra durante el invierno. Los tribunos de la plebe, durante mucho tiempo, habían sido incapaces de hallar un pretexto para provocar una revuelta. Sin embargo, cuando esta noticia llegó a Roma, se apresuraron a la Asamblea y promovieron gran excitación al declarar que esta era la razón por la que se había dispuesto el pago de l de este fue llevado a Roma, que corrió a la Asamblea y produjo gran emoción al declarar que esta era la razón por la que se había resuelto al pago de las tropas. Ellos, los tribunos, no habían estado ciegos ante el hecho de que este regalo de sus adversarios podría resultar envenenado. Se había hecho un cambalache con las libertades del pueblo, sus hombres capaces habían sido enviados fuera permanentemente, desterrados de la Ciudad y del Estado, sin importar que fuese invierno o verano ni tener la posibilidad de visitar sus hogares o
cuidad sus propiedades. ¿Cuál creían que era la razón para esta campaña continua? Con seguridad no era otra más que el miedo de que si una gran cantidad de tales hombres, que constituían la mayor fortaleza de la plebe, estuviesen presentes, sería posible discutir reformas en favor de los plebeyos. Además, estaban sufriendo más carencias y opresión que los veyentinos, porque éstos pasaban el invierno bajo sus techos, en una ciudad protegida por sus magníficas murallas y su fuerte posición natural; mientras, los romanos, entre trabajos y fatigas, enterrados en el hielo y la nieve, esperando pacientemente bajo sus toscas tiendas de piel sin poder abandonar sus armas ni en invierno, cuando hay un descanso en todas las guerras, sean por tierra o por mar. Esta forma de esclavitud, al hacer perpetuo el servicio militar, nunca fue impuesta por los reyes, ni por los cónsules que tan dominantes eran antes de la institución del tribunado, ni bajo el severo gobierno del dictador o el de los decenviros sin escrúpulos: eran los tribunos consulares quienes ejercían tal despotismo real sobre la plebe romana. ¿Qué escandalosas crueldades no habrían hecho estos hombres de haber sido cónsules o dictadores, teniendo en cuenta de que su autoridad proconsular es sólo una sombra de las otras? Pero el pueblo había tenido lo que se merecía. Ni un plebeyo había sido elegido para uno de los ocho tribunados militares. Hasta ahora, con los mayores esfuerzos, los patricios sólo ocupaban tres puestos a la vez; ahora había ocho de ellos empeñados en mantener su poder. Ni siguiera había salido un plebeyo de entre aquella multitud, aunque sólo hiciera eso, para advertir a sus colegas de que aquellos que servían como soldados eran sus propios conciudadanos y no esclavos, y que debían ser devueltos, en todo caso para el invierno, a sus casas y hogares para que en algún momento del año visitasen a sus familias y esposas e hijos, y que ejerciesen sus derechos como ciudadanos libres al elegir a los magistrados.
[5,3] Aunque se complacían en declamaciones de este tipo, encontraron un oponente de su altura en Apio Claudio. Éste, desde joven, había tomado parte en los enfrentamientos con la plebe, como ya se ha indisu temprana juventud confrontado con la plebeSe había tomado desde su juventud su participación en los concursos con la plebe, y como se ha indicado anteriormente, algunos años antes había recomendado el Senado para romper el poder de los tribunos, garantizando la intervención de sus colegas. No sólo era un hombre de mente rápida y versátil sino, en aquel momento, un experimentado polemista. Pronunció el siguiente discurso en esta ocasión: -"Si, Quirites, siempre ha habido dudas sobre si era en vuestro interés o en el suyo que los tribunos siempre se mostraban partidarios de la sedición, me parece evidente que este año ha dejado de haberlas. Si bien me alegro de que al fin se haya puesto término a un engaño de tan larga data, os felicito, y en vuestro nombre a todo el Estado, de que su desaparicióneliminación se ha efectuado justo en el momento en que sus circunstancias son las más prósperas. ¿Hay alguien que dude de que cualesquiera males que hayáis sufrido en algún momento, nunca molestaron tanto y provocaron a los tribunos como el generoso tratamiento recibido por la plebe del Senado al establecer el sistema de paga a los soldados? ¿Qué otra cosa creéis que temían entonces, y que hoy con gusto cambiarían, sino la armonía entre ambos órdenes, que creían mayoritariamente que se dirigía a destruir su poder? Son, en realidad, como tantos medicastros en busca de trabajo, siempre ansiosos por encontrar alguna cosa enferma en la república por la que les llaméis a curarla". Luego, dirigiéndose a los tribunos, les dijo: "¿Estáis defendiendo o atacando a la plebe? ¿Estáis tratando de lesionar a los hombres en el servicio o está pidiendo su causa? O quizá sea esto lo que queréis decir: "Sea lo que sea que haga el senado, tanto en interés del pueblo como contra él, nos oponemos". Así como los amos prohíben a los extranjeros que tengan comunicación con sus esclavos, pues creen que es justo que se abstengan de mostrarles tanto bondad como maldad, así
vosotros prohibís a los patricios todo trato con la plebe, no sea que se les muestre nuestra bondad y generosidad y se nos hagan leales y obedientes. ¿Cuánto más respetuoso habría sido por vuestra parte mostrar una pizca, no diré ya de patriotismo, sino de humanidad común, al comtemplar con agrado, tanto como pudiéseis, que los patricios y la plebe estuviesen en buen que hubiera sido de usted, si usted ha tenido una chispa - No voy a decir de patriotismo, pero - de la humanidad común, que ve con buenos ojos, y en cuanto a fijar en ti, que fomentó la amabilidad los sentimientos de los patricios y agradece la buena voluntad de la plebe! Y si esta armonía resultase duradera, ¿Quién no se atrevería a asegurar que este Imperio en poco tiempo sería el más grande entre los Estados vecinos?".
[5,4] "Yo, por lo tanto, os muestro no sólo la conveniencia, sino incluso la necesidad de la política que mis colegas han adoptado de negarse a retirar al ejército de Veyes hasta que hayan alcanzado su objetivo. Por el momento, prefiero hablar de las condiciones reales en que está sirviendo; y si yo no estuviera hablando sólo ante vosotros, sino también ante el campamento enterio, creo que lo que digo parecería justo y equitativo a juicio de los propios soldadospero sólo en el campo, así, creo que lo que digo parece justo y equitativo en la sentencia de los soldados sí mismos. Incluso si no se presentaran los mismos argumentos ante mi, hallaría los de mis adversarios más que suficientes para mi propósito. Decían últimamente que no se debía entregar una paga a los soldados, porque nunca se les había dado. ¿Cómo entonces pueden ahora indignarse porque a los que han obtenido beneficios adicionales profesan indignación a los que han obtenido beneficios adicionales que se deben someterse a un esfuerzo adicional en proporción? En ningún lugar hallamos trabajo sin recompensa, ni, por regla general, la recompensa, sin parte de los gastos de mano de obra. Trabajo y placer, completamente diferentes por naturaleza, han sido unidos entre si por la naturaleza en una especie de asociación. Anteriormente, el soldado consideraba un agravio tener que prestar servicio al Estado a su propia costa; tenía la satisfacción, no obstante, de poder cultivar sus tierras durante parte del año y adquirir los medios para sostenerse él y su familia tanto si estaba en su hogar como si estaba de servicio. Ahora tenía la satisfacción de saber que el Estado resultaba una fuente de ingresos para él, y se alegraba de recibir su paga. Bien puede esperar pacientemente estar ausente un poco más de su hogar y su propiedad, sobre las que no caen ahora tan fuertes gastos. Si el Estado tuviese que reclamarle un cálculo exacto, no estaría justificado que dijese: "Recibes un año de paga, debes dar un año de trabajo. ¿Creéis que es justo recibir doce meses de paga completa por seis meses de servicio?". Con renuencia, Quirites, insisto en este tema, porque son los que emplean mercenarios quienes suelen tratar las cosas así; pero queremos tratar con vosotros como conciudadanos, y creemos que lo justo es que vosotros tratéis con nosotros como con vuestra patria.
"Puede que esta guerra no se debiera haber empezado, pero ahora debe conducirse como corresponde a la dignidad de Roma y terminarla tan pronto como se pueda. Sin duda, le daremos un final si presionamos con el asedio, pero no si nos retiramos antes de haber cumplido nuestras esperanzas con la captura de Veyes. Si, ¡por Hércules! no hubiera otra razón, el mismo desprestigio de la retirada debería inspirarnos a perseverar. Una ciudad fue una vez sitiada por toda la Grecia durante diez años, por culpa de una mujer, ¡y a cuánta distancia de sus casas, y con cuántas tierras y mares entre ellos! ¿Nos estamos cansando de mantener un asedio durante un año, a menos de veinte millas de distancia [29.600 metros.- N. del T., casi a la vista de la Ciudad? Supongo que pensáis que el motivo de la guerra es trivial y que no sentimos el suficiente resentimiento como para perseverar. Siete veces han reanudado la guerra contra nosotros; nunca han mantenido fielmente los términos de la paz; han asolado nuestros campos mil veces; han obligado a los Fidenenses a
rebelarse; han asesinado a los colonos que asentamos allí; han instigado el impío asesinato de nuestros embajadores, violando el derecho de gentes; han querido levantar contra nosotros a toda la Etruria y aún están en ello; cuando les enviamos embajadores a pedir satisfacción, casi les ultrajaron.
[5,5] "¿A éstos debe hacerse la guerra sin entusiasmo y con dilaciones? Si tales razones no son bastantes para mover vuestro odio, ¿no lo serán tampoco, os lo ruego, las siguientes? La ciudad está cercada por una inmensa fábrica de asedio que confina al enemigo dentro de sus muros. No ha labrado sus tierras, y lo que había trabajado antes se ha visto devastado por la guerra. Si hacemos regresar otra vez a nuestro ejército, ¿alguien tiene la menor duda de que invadirán nuestro territorio? No sólo por sed de venganza, sino también por la pura necesidad de saquear lo de otros al haber perdido lo suyo. Si aprobamos vuestra política no aplazaremos la guerra, simplemente la trasladaremos dentro de nuestras propias fronteras. Bueno, y ahora, ¿qué hay de los soldados en los que esos dignos tribunos se han interesado de pronto después de tratar en vano de robarles sus salarios? ¿qué hay de ellos? Han construido una rampa y un foso, trabajos inmensos cada uno de ellos, sobre toda esa extensión de terreno; han construido fuertes, pocos al principio, pero muy numerosos conforme crecía el ejército; han levantado defensas no sólo contra la ciudad, sino también como una barrera contra Etruria por si llegaba ayuda de allí. ¿Hace falta describir las torres, los manteletes, los testudos y otros ingenios usados para asaltar ciudades? Ahora que tanto trabajo se ha hecho y que por fin se le ha dado fin, ¿creéis que se debe abandonar para que el próximo verano nos agotemos otra vez construyéndolos de nuevo? ¡Cuánto menos problema hay en defender lo ya construido, en seguir adelante y perseverar y así terminar con nuestras preocupaciones y trabajos! Porque de cierto que la empresa no será larga si se realiza con un esfuerzo continuo, y si no retrasamos el cumplimento de nuestras esperanzas con nuestras propias interrupciones y paros".
"He estado hablando de los trabajos y de la pérdida de tiempo. Ahora se reúne frecuentemente el Consejo Nacional de Etruria para discutir la cuestión del envío de ayuda a Veyes. ¿Nos hará esto olvidar el peligro en que caemos al prolongar la guerra? En el estado actual de cosas, ellos están enojados, resentidos, y dicen que no enviarán ninguna ayuda; por lo que a ellos respecta, Veyes puede ser capturada. Pero, ¿quién garantiza que si la guerra se prolonga seguirán pensando igual? Porque, si le damos respiro a los veyentinos, enviarán una embajada más numerosa e influyente y lo que ahora produce disgusto a los etruscos, es decir, la elección de un rey, puede luego ser anulado, sea por el actuar unánime de los ciudadanos para ganarse la simpatía de Etruria, o mediante la abdicación voluntaria del propio rey, para no permitir que su corona ponga en peligro la seguridad de su pueblo. "Ved cuántas consecuencias desastrosas se derivan de la política que recomendáis: sacrificar las obras construidas con tanto esfuerzo; la amenaza de devastación de nuestras fronteras; una guerra con el conjunto de Etruria, en lugar de una sóla contra Veyes. Este, tribunos, es el precio de vuestras propuestas; mucho, según mi opinión; como si uno fuese a tentar a una persona enferma, que sometiéndose a un estricto tratamiento pudiera recuperarse rápidamente, para que se de a la comida y la bebida y alargue y haga quizá incurable su enfermedad".
[5.6] "Aunque no afectase a esta guerra, aún sería de la mayor importancia para la disciplina militar que nuestros soldados se acostumbrasen no sólo a disfrutar de la victoria una vez lograda, sino también, cuando la campaña progresa más lentamente, a lidiar con el tedio y a esperar la consecución de sus esperanzas, aunque se retrasen. Si una guerra no ha terminado en verano tienen que aprender a pasar el invierno y no, como las aves de paso, a buscar techos para protegerse al
llegar el otoño. La pasión y el placer de la caza lleva a los hombres a través del hielo y la nieve hasta los bosques y las montañas. Por tanto, les ruego que me digan si no vamos a emplear en las exigencias de la guerra la misma capacidad de persistencia que usamos para el deporte o el placer. ¿Debemos suponer que los cuerpos de nuestros soldados están tan afeminados y sus espíritus son tan endebles que no pueden permanecer en el campamento o mantenerse fuera de sus hogares durante un solo invierno? ¿Debemos creer que, al igual que los que luchan en la guerra naval, tienen que mirar las estaciones y buscar el tiempo favorable y por tanto estos hombres no pueden soportar momentos de frío y de calor? ¡Vergüenza deberían tener quienes así piensen!; y más habrían de sostener resueltamente que tanto en cuerpo como en espíritu con capaces de resistir duramente y mantenerse en campaña tanto en invierno como en verano. Deberían deciros que no os han nombrado sus tribunos para que actuéis como protectores de los afeminados o de los indolentes, ni que fue bajo frescas sombras o techos protectores donde sus antepasados crearon este poder tribunicio. El valor de vuestros soldados, la dignidad de Roma, demandan que no limitemos nuestras miras a Veyes y a la presente guerra, sino que busquemos la reputación para tiempos venideros en relación con otras guerras y entre todas las demás naciones".
"¿Creéis que la opinión que los hombres se formen de nosotros en esta crisis es asunto de poca importancia? ¿Da igual que nuestros vecinos recuerden a Roma como una ciudad de la que, una vez se soporta su primer ataque, no hay nada que temer? ¿o que, al contrario, nuestro nombre provoque el terror de quien no se cansa de un largo sitio, sin temor al invierno, ni retira un ejército del asedio de una ciudad hasta que la ha capturado, que no pone fin a una guerra si no es con la victoria y que conduce sus campañas más con la perseverancia que con el arrebatamiento? La perseverancia es necesaria en toda clase de operación militar, pero especialmente en la conducción de los asedios pues la mayoría de las ciudades son inexpugnables, debido a la fuerza de sus fortificaciones y a su posición, y es el tiempo quien las vence por hambre y sed, y las captura como capturará Veyes a menos que los tribunos de la plebe extiendan su protección al enemigo y los veyentinos encuentren en Roma el apoyo que vanamente van buscando en Etruria. ¿Puede pasar algo más de acuerdo con los deseos veyentinos, sino que la ciudad de Roma se llene de rebeliones y que éstas se contagien al campo? Porque entre el