[2,1] Es de la Roma libre de la que de ahora en adelante voy a escribir la historia (su administración pública y el desarrollo de sus guerras, de sus magistrados elegidos anualmente, de la supremacía de la autoridad de sus leyes sobre todos sus ciudadanos. La tiranía del último rey hizo esta libertad aún más bienvenida, pues tal había sido el gobierno de los reyes anteriores que no sin merecimientos pueden ser considerados como los fundadores de las divisiones, en todo caso, de la Ciudad; pues las ampliaciones que se hicieron fueron necesarias para asentar la incrementada población que ellos mismos habían aumentado. No hay duda de que el Bruto que ganó tanta gloria a través de la expulsión del Soberbio hubiese causado la más grave lesión al Estado si se hubiese arrogado la soberanía de cualquier de los antiguos reyes con la excusa del deseo de una libertad para la que el pueblo no estaba maduro. ¿Cuál hubiera sido el resultado si esa horda de pastores e inmigrantes, fugitivos de sus propias ciudades, que habían conseguido la libertad, o la impunidad de sus acciones, al amparo de un asilo inviolable si, digo, hubieran sido liberados del poder restrictivo de los reyes y, agitados por los disturbios del tribuno, hubieran empezado a fomentar querellas con los patricios en una Ciudad donde antes habían sido extranjeros, antes de que pasado el tiempo suficiente para crear lazos familiares o un creciente amor por su territorio se hubiera efectuado la unión de sus corazones? El Estado naciente habría sido despedazado por las disensiones internas. Pero fue, sin embargo, la autoridad moderada y tranquilizante de los reyes la que había fomentado el modo en que por fin llegaron los frutos de la libertad justo en la madurez de su fuerza. Pero el origen de la libertad se puede determinar en este momento más bien por la limitación de la autoridad consular a un año que por el debilitamiento de la autoridad que los reyes habían detentado. Los primeros cónsules conservaron toda la antigua jurisdicción e insignias de la magistratura; uno por turno, sin embargo, tuvo las fasces [o haz de lictores: unión de 30 varas ,una por cada curia de la antigua Roma, atadas de manera ritual con una cinta de cuero rojo formando un cilindro y que sujetaba en un lado un hacha común o labrys. Acompañaban a los magistrados curules como símbolo de la autoridad de su imperium y su capacidad para ejercer la justicia.- N. del T.], para evitar el temor que podría haber inspirado la doble visión de ambos con tales símbolos de terror. Por concesión de su colega, Bruto las tenido primero, y no fue menos celoso en la guarda de la libertad pública de lo que lo había sido en su consecución. Su primer acto fue garantizar que el pueblo, que ahora estaban celoso de su recién recuperada libertad, no fuese influido por ruegos o sobornos del rey. Por lo tanto, les hizo jurar que no sufrirían que ningún hombre reinase en Roma. El Senado había disminuído por la crueldad asesina de Tarquinio, y la preocupación siguiente de Bruto fue la de fortalecer su influencia mediante la selección de algunos de los principales hombres del orden ecuestre para llenar las vacantes; por este medio lo restauró a su antiguo número de trescientos. Los nuevos miembros fueron conocidos como "conscripti" [agregados.- N. del T.], los antiguos conservaron su denominación de "patres". Esta medida tuvo un efecto maravilloso en la promoción de la armonía en el Estado al llevar a los patricios y los plebeyos juntos al Senado.
[2,2] Después volvió su atención a los asuntos de la religión. Determinadas funciones públicas habían sido ejecutadas hasta entonces por los reyes en persona; con objeto de sustituirlos, instituyó en su lugar un "rex sacrorum" [rey de los sacrificios.- N. del T.], y para que no pudiera convertirse en rey en nada más que el
nombre, y que no amenazase esa libertad que era su principal preocupación, su magistratura estaba subordinada a la del Pontífice Máximo. Creo que llegaron a medidas poco razonables para garantizar su libertad en todos los aspectos, hasta en los más nimios. El segundo cónsul (L. Tarquinio Colatino) llevaba un nombre impopular (este era su único delito) y los ciudadanos decían que los Tarquinios ya habían estado demasiado tiempo en el poder. Empezaron con Prisco; luego reinó Servio Tulio y después Tarquinio el Soberbio, que incluso después de esta interrupción no había perdido de vista el trono que antes ocupase, recuperado mediante el crimen y la violencia como posesión hereditaria de su linaje. Y ahora que había sido expulsado, su poder estaba siendo ejercido por Colatino; los Tarquinios no sabían cómo vivir como ciudadanos privados, su sólo nombre era ya un peligro para la libertad. Cuáles fueran los primeros rumores en convertirse en la comidilla de la ciudad, como la gente se estaba volviendo suspicaz y se alarmase, Bruto convocó una asamblea. En primer lugar repasó el juramento del pueblo, de que no sufrirían que ningún hombre reinase o viviese en Roma por quien las libertades públicas fueran puestas en peligro. Esto se debía procurar con el máximo cuidado, sin parar en medios para ello. El respeto personal le hacía reacio a hablar, y no lo habría hecho de no sentirse obligado por su afecto a la Comunidad. El pueblo romano consideraba que su libertad no estaba aún plenamente ganada; la estirpe real, el nombre real, todavía estaba allí, no sólo entre los ciudadanos, sino en el gobierno; en tal hecho se apreciaba una injuria, un obstáculo a la plena libertad. Volviéndose a su colega, dijo: "Estos temores son por tí, L. Tarquinio, para que vayas al destierro por tu propia voluntad. No hemos olvidado, te lo aseguro, que expulsaste a la gens del rey; termina bien tu obra y expulsa su mismo nombre. Tus conciudadanos, bajo mi responsabilidad, no sólo no pondrán la mano sobre tus propiedades sino que si necesitas cualquier cosa se te añadirá con generosidad abundante. Ve, como amigo nuestro, y alivia a la Comunidad de un miedo, quizá, sin fundamento: los ciudadanos están convencidos de que sólo con la marcha de toda la gens, la tiranía de los Tarquinios terminará." Al principio el cónsul se quedó mudo de asombro ante esta extraordinaria petición; después, cuando quiso empezar a hablar, los hombres principales de la comunidad le rodearon y le rogaban repetidamente lo mismo, aunque con poco éxito. No fue hasta que Espurio Lucrecio, su superior en edad y grado, y también su suegro, comenzó a emplear todos los medios de súplica y persuasión, que se rindió a la voluntad unánime. El cónsul, temiendo que después que hubiese expirado su año de mandato y regresase a la vida privada, le exigiesen lo mismo junto con la pérdida de sus propiedades y la ignominia de la expulsión, abdicó del consulado, y después de trasladar todas sus cosas a Lanuvio, se retiró. Un decreto del Senado facultó a Bruto para proponer al pueblo el exilio de todos los miembros de la casa de Tarquinio. Llevó a cabo la elección de un nuevo cónsul, y las centurias eligieron como su colega a Publio Valerio, que había actuado con él en la expulsión de la gens real.
[2,3] Aunque nadie dudaba de que la guerra con los Tarquinios era inminente, no llegó tan pronto como todos esperaban. Lo que no se esperaba, sin embargo, era que mediante la intriga y la traición estuviese todo a punto de perderse. Había en Roma algunos hombres jóvenes de alta cuna que durante el último reina habían hecho cuanto querían y, habiendo sido compañeros de juergas de los jóvenes Tarquinios, estaban acostumbrados a llevar una vida principesca. Ahora que todos eran iguales ante la ley, perdieron su antigua licencia y se quejaban de que la libertad que otros disfrutaba les había esclavizado; pues mientras que hubo un rey, hubo una persona de la que podían conseguir lo que querían, lícito o no, había lugar para la influencia personal y la amabilidad, podía mostrar severidad o indulgencia, podía discriminar entre sus amigos y sus enemigos. Pero la ley era una cosa, sorda
e inexorable, más favorable a los débiles que a los poderosos, sin ninguna indulgencia o perdón para los transgresores; era peligroso confiar al error humano la pervivencia de la inocencia. Habiendo llegado ellos mismos a tal estado de descontento, llegaron legados de la gens real con una demanda para la devolución de sus bienes sin ninguna alusión a su posible retorno. Se les concedió una audiencia por el Senado, y el asunto se discutió durante algunos días; se expresaron temores de que la no devolución sería tomada como un pretexto para la guerra, mientras que si los devolvían les proporcionarían los medios para hacerla. Los legados, mientras tanto, se dedicaron a otro asunto: mientras que aparentaban ostensiblemente estar buscando sólo la devolución de los bienes, se dedicaban en secreto a intrigar para recuperar la corona. Mientras tanteaban a los nobles jóvenes en favor de su objetivo aparente, les sondearon sobre sus otros propósitos y, encontrándoles con disposición favorable, les entregaron cartas que les dirigían los Tarquinios y discutieron planes para introducirlos, secretamente por la noche, en la Ciudad.
[2,4] El proyecto fue confiado, al principio, a los hermanos Vitelios y Aquilios. La hermana de los Vitelios estaba casada con el cónsul Bruto, y tuvo hijos de este matrimonio: Tito y Tiberio. Sus tíos les introdujeron en la conspiración; había otros más, cuyos nombres se han perdido. Mientras tanto, la opinión de que las propiedades debían ser devueltas resultó aprobada por la mayoría del Senado, lo que permitió a los legados prolongar su estancia, pues los cónsules les pidieron tiempo para proporcionar vehículos con los que transportar las mercancías. Se emplearon su tiempo en consultas con los conspiradores e insistían en obtener una carta que entregarían a los Tarquinios, pues sin esa garantía, argumentaban, ¿cómo podían estar seguros de que sus legados no habían traído promesas vacías en cuestión de importancia tan grande? En consecuencia, se les entregó una carta como prenda de buena fe, y esto era lo que condujo al descubrimiento de la trama. El día anterior a la salida de los legados, sucedió que fueron a cenar a casa de los Vitelios. Después de todos los que no estaban en el secreto se hubieron marchado, los conspiradores discutieron muchos detalles respeto a su prevista traición a la patria, que fueron escuchados por uno de los esclavos que había sospechado que algo se tramaba, pero que estaba esperando el momento en que la carta fuese entregada, ya que su captura sería una prueba completa del complot. Después que hubo sido entregada, reveló el asunto a los cónsules. De inmediato procedieron a detener a los legados y a los conspiradores, y abortaron la conjura sin suscitar alarma alguna. Su primer ciudado fue asegurar la carta antes de que fuese destruida. Los traidores fueron inmediatamente enviados a prisión, había algunas dudas sobre el trato que dar a los legados, y a pesar de que evidentemente habían sido culpables de un acto hostil, se les concedió el derecho de gentes.
[2,5] La cuestión de la devolución de los bienes volvió a ser tratada por el Senado, que cediendo a sus sentimientos de ira prohibió su devolución y prohibió que se llevaran al Tesoro; se entregó como botín a la plebe, para que su participación en el expolio destruyese para siempre toda perspectiva de relaciones pacíficas con los Tarquinos. La tierra de los Tarquinios, que se extendía entre la ciudad y el Tíber, fue en lo sucesivo consagrada a Marte y conocida como el Campo de Marte. Ocurrió, según se dice, que había un cultivo de farro [gramínea parecida al trigo. Del latín fars vine el castellano harina.- N. del T.] que estaba maduro para la cosecha y, como habría sido un sacrilegio consumir lo que había crecido en el campo, se envió una gran cantidad de hombres a segarlo. Lo llevaron todo, incluída la paja, en cestas hasta el Tíber y lo tiraron al río. Era a la altura del verano y la corriente venía baja, por consiguiente el farro quedó atrapado en las aguas poco profundas y montones quedaron cubiertos de barro; gradualmente, a medida que los desechos que el río
arrastraba se amontonaban allí, se formó una isla. Creo que se aumentó posteriormente y se reforzó para que la superficie tuviese la suficiente altura sobre las aguas y la suficiente firmeza como para sostener templos y columnatas. Después que se dispuso de las propiedades reales, se condenó y ejecutó a los traidores. Su castigo produjo una gran sensación, debido al hecho de que la magistratura consular impuso a un padre el deber de castigar a sus propios hijos; y quien no deberia habelo contemplado estaba destinado a ser el vigilase que fuera efectivamente cumplido. Los jóvenes pertenecientes a las más nobles gens estaban de pie, atados al poste, pero todas las miradas se dirigieron a los hijos del cónsul, a los demás no les prestaban. Los hombres no lloraban tanto por el castigo como por el delito en que habían incurrido: que hubiesen concebido la idea, aquel año sobre todos, de traicionar por alguien que había sido un tirano cruel y ahora un exiliado y un enemigo, a una patria recién liberada, a su padre, que la había liberado, al consulado que se había originado en la casa Junia, al Senado, a la plebe, a todo lo que Roma tenía de humano o divino. Los cónsules tomaron asiento, se ordenó a los lictores que ejecutasen la pena, azotando sus espaldas desnudas con varas y luego decapitándolos. Durante todo el tiempo, el rostro del padre traicionó a sus sentimientos, pero la severa resolución del padre fue todavía más evidente a medida que supervisó la ejecución pública. Después que el culpable pagase su pena, un ejemplo notable de diferente naturaleza actuó como disuasión para la delincuencia, al informante se le entregó una suma de dinero del Tesoro Público, se le dio la libertad y los derechos de ciudadanía. Se dice que fue el primero en ser liberado por "vindicta". Algunos suponen que esta designación se derivó de su nombre, Vindicius. Después de él, fue norma que a aquellos que fuesen liberados de esta manera se les admitiese en la ciudadanía.
[2,6] Un informe detallado de estos hechos llegó a Tarquinio. No sólo estaba furioso por el fracaso de los planes de los que había esperado tanto, sino que estaba lleno de ira al encontrar bloqueado el camino de sus intrigas secretas; por consiguiente, determinó ir a la guerra abierta. Visitó las ciudades de Etruria y solicitó ayuda; en particular, imploró a los pueblos de Veyes y Tarquinia que no permitieran que ante sus ojos muriese uno de su propia sangre, y que de ser un poderoso monarca quedase ahora, junto a sus hijos, sin hogar y derrocado. Otros, dijo, habían sido invitados desde el extranjero para reinar en Roma; él, el rey, mientras extendía el gobierno de Roma mediante guerra victoriosa, había sido expulsado por la más infame conspiración de sus parientes más cercanos. No tenían una sola persona entre ellos a quien considerasen digno de reinar, así que se habían repartido la autoridad real entre ellos y habían dado sus propiedades como botín al pueblo, para que todos estuviesen involucrados en el crimen. Quería recuperar su patria y su trono, y castigar a sus súbditos ingratos. Los veyentinos debían ayudarlo y proveerlo de suministros, debían mirar por vengar sus propios agravios: sus legiones a menudo despedazadas o los territorios que les tomaron. Esta llamada decidió a los veyentinos; todos y cada uno gritaban reclamando que se borrarían sus humillaciones y se recuperarían sus pérdidas ahora que tenían un romano para para guiarlos. El pueblo de Tarquinia se movilizó por el nombre y la nacionalidad del exiliado, pues se sentían orgullosos de que un compatriota fuese rey de Roma. Así que dos ejércitos de estas ciudades se unieron a Tarquinio para recuperar la corona y castigar a los romanos. Cuando hubieron entrado en territorio romano, los cónsules avanzaron contra ellos; Valerio con la infantería en cuatro formaciones, Bruto efectuando reconocimientos por delante con la caballería. Del mismo modo, la caballería del enemigo se encontraba por delante del cuerpo principal del ejército con Aruncio Tarquinio, hijo del rey, al mando de aquélla; el propio rey le seguía con sus legiones. Aunque todavía había distancia entre ellos, Aruncio distinguió al cónsul
por su escolta de lictores; conforme se aproximaban, pudo distinguir claramente a Bruto por sus facciones, y en un arrebato de ira exclamó: "¡Ese es el hombre que nos expulsó de nuestro país; miradle avanzar, llevando con orgullo nuestra insignia! ¡Dioses, vengadores de reyes, ayudadme! " Con estas palabras, clavó espuelas en su caballo y se dirigió directamente hacia el cónsul. Bruto vio que que venía hacia él. Era asunto de honor en esos días que los líderes entablaran combate singular, así que aceptó el reto con entusiasmo y se cargaron con tal furia, sin pensar ninguno en protegerse como si sólo ellos pudiesen herir a su enemigo, que ambos chocaron sus lanzas al mismo tiempo contra el escudo contrario, y cayeron mortalmente heridos de sus capallos, con las lanzas ensartándoles. El resto de las caballerías se enfrentaron a continuación y no mucho después llegaron las infanterías. La batalla se combatió con distinta fortuna, ambos ejércitos estaban igualados; el ala derecha de cada uno salió victoriosa, el ala izquierda de cada uno fue derrotada. Los veyentinos, acostumbrados a la derrota de manos romanas, huyeron dispersándose, pero los tarquinios, un enemigo nuevo, no sólo mantuvo su posición, sino que obligó a los romanos a ceder terreno.
[2,7] Después que la batalla se desarrollase así, un inmenso pánico, tan grande, se apoderó de los tarquinios y los etruscos que ambos ejércitos de veyentinos y tarquinios, al llegar la noche, desesperaron de vencer, abandonaron el campo de batalla y volvieron a sus casas. Además de para una batalla, hubo lugar para el milagro. En el silencio de la noche siguiente a la batalla, se dice que fue oída una poderosa voz que venía del bosque de Arsia, creyeron que era la voz de Silvano [dios de los bosques, campos y granjeros.- N. del T.], que habló así: "Los caídos de los Tuscos [otro apelativo romano para etruscos.- N. del T.] son uno más que los de su enemigo; los romanos han ganado la batalla". En todo caso, los romanos abandonaron el campo de batalla como vencedores; los etruscos también se consideraban victoriosos, pues cuando llegó la luz del día no apareció un solo enemigo a la vista. P. Valerio, el cónsul, recogió el botín y regresó en triunfo a Roma. Celebró los funerales por su colega con toda la pompa posible en esos días; pero mucho mayor honor fue el hecho al muerto por el luto general, que resultó especialmente notable por el hecho de que las matronas llevasen luto por él durante todo un año, porque había sido designado como vengador de la castidad violada. Después de esto el cónsul sobreviviente, que había gozado del favor de la multitud, se vio (tal es la inconstancia de la plebe) no sólo impopular, sino objeto de sospecha,