Se asocia con estas conferencias la Universidad, al cuarto centenario de Antioquia y benévolamente quiso invitarme a ocupar ésta, su más alta tribuna de difusión cultural.
Laudable y justo motivo; perentoria obligación del instituto que comprende en su estructura espiritual, con plenitud de significado, la totalidad del pensamiento antioqueño. Encender en la colectividad la mística de comunes ideales; convocar clamorosamente, una y otra vez, para rememorar el pasado, aquilatar el presente y enfocar el porvenir; abrir ante los ojos de la juventud el panorama de capacidad y de posibilidades del pueblo, todo ello es obra de cordura, labor de dilatadas proyecciones.
La universidad misma dióme el tema. Yo, su discípulo y antioqueño por la sangre, antioqueño por el corazón y antioqueño por el espíritu, no podía denegar el cometido. Habré de disertar pues sobre esta raza, cuyo germen vino poderoso de allende el océano con don Jorge Robledo.
Otros evocarán la figura inmarcesible del Mariscal, único entre los conquistadores que no creyó preciso escribir su historia de antes, pero dejó a la posteridad la elocuente de sus hechos, nunca mancillados de crueldad. Alta la figura y enhiesta, mediterránea la color y la nariz corvina, el fundador de Antioquia traía de su estirpe la inteligencia sagaz en sus pupilas. Su estéril, mezquino sacrificio anublará perpetuamente la fama del fundador de Quito, mientras de las cenizas del mútilo cadáver, profanado por las hordas, surge el más definido pueblo del continente; pueblo que no vacila, cuya decisión es inquebrantable y cuya raza es casi una realidad.
En lenguaje corriente, raza, entidad que se continúa, traduce un módulo anatómico; en términos de ciencia el concepto es más amplio e incluye, junto a lo físico y fisiológico, la psíquico.
En zoología y en botánica la raza se comprende sencilla y prontamente: Un grupo de individuos de la especie, aislados espontáneamente o en cultivo artificial, crúzanse entre si generación tras generación; la raza se constituye así en corto tiempo y a favor de la reproducción de caracteres fijos, heredados sin mezcla ni variación; todos los individuos son idénticos en todos los tiempos, salvas las divergencias particulares de orden físico , alrededor de una mediana de la cual pocos se alejan notoriamente.
El tipo resultante, ya sea su origen puro o mixto, es apto para propagarse en aquel medo ideal, y en él no habrá cambio alguno mientras una raza nueva no llegue a mestizarle.
Semejanza de tipos continua en el tiempo por la herencia, es la idea cuya realización es el concepto biológico de una raza. Halar en la era o en la jaula de cultivo, entre plantas o entre animales seleccionados, resguardados
cautelosamente de afuereñas contaminaciones, de indeseables influencias del ambiente; en ese grupo cuyos individuos disfrutan a lo largo de la vida mano providente que aleja los peligros, encontrar el tipo no es difícil tarea.
Pero la humanidad repugna las condiciones experimentales; se aleja de ellas hasta colocarse en el opuesto polo donde todo semeja hechura del capricho; en el salón, en la plaza pública, en medio de una población humana, fijar el tipo fundamental de la raza, es ardua, es impracticable labor.
Si fingiésemos un momento a los pueblos quietos y aislados, yacentes por centurias en su país, sin darles con el vecino ni tomares, bajo las mismas condiciones de ambiente, habituados idénticas faenas, modos de pensar y comprender, y de vivir y de luchar; amurallados en conceptos morales acrisolados talvez, talvez pervertidos por los días, entonces con la fantasía habríamos llegado a concebir la raza: una raza humana cuyos hombres poseerían determinado color, oscilarían levemente sobre una mediana estatura, ostentarían parecida cabellera, semejante conformación de la cabeza, la misma capacidad craneana; únivoca IDEA de la divinidad, inconmovibles criterio de la propiedad y la belleza, del arte y la moral; estática la ciencia.
Pero… cuando amanece la historia, el hombre es ya impelido por todos los senderos de la tierra: ora en paz o agresivamente busca mejores terrenos laborables , de más abundosa subsistencia y clima suave y saludable; ya se une a los vecinos para la mutua defensa y domina con las sutilezas del comercio y de la industria a conglomerados inferiores.
Donde llega un pueblo en solicitud de haberes, se le recibe con hostilidad; la guerra le acompaña como una sombra siniestra; la guerra sempiterna, la era indelebre en el espíritu, herencia del ancestro paleolítico que ya disputaba su presa con el tigre de dientes de sable.
Cuando hubo sobre el planeta dos razas humanas, cuyo origen se ignora, el hombre olvidó a la bestia para enrumbar su agresividad contra el hombre; desde los tiempos difíciles de Neanderthal, la lanza hiende carne de humanidad; las tribus se destruyen unas a otras: el alfarero de la cerámica listada, viejo conquistador del norte europeo, sojuzgado a su vez por el lapón de cabeza corta; los cromañones con el nórdico y el germano.
El vencedor se mezcla a los vencidos no sin hacerles parias en su país; el mestizaje inicia la formación de un nuevo tipo de rasgos entrecruzados; mañana el vencedor será vencido y nueva sangre se injertará en el antiguo tronco.
Así ocurrió siempre y donde quiera y seguirá aconteciendo en el futuro porque el afán del hombre por mejorar sus condiciones, por adquirir lo que le es escaso y otros poseen en demasía, el inexplicable afán de atesorar, que él solo entre las especies superiores posee, y comparte con míseros insectos, es inherente en la especie. El vetusto nomadismo, la invasión más tarde y la conquista, las aspiraciones incontenibles de los pueblos y los espacios vitales del presente, todos son perífrasis a las que apela el hombre en su avidez para la lucha por la vida, no más humana hoy que lo fue para el semi-hombre de la estepa; trágica lucha, evitable sólo cuando en un mundo que cambia, las posibilidades surjan idénticas para todos.
Entre nosotros el cruce de tres razas: braquicéfala, de color moreno y aventajada estatura la úna, formada en la península por siglos y pueblos numerosos; negra la segunda, dolicocéfala, de lanosa cabellera: la tercera amarilla, de cabellos rectos y salientes pómulos, cuya procedencia se desconoce, pero seguramente extraña, oriunda del Asia o de alguna isla del mar del sur; entre nosotros, digo, cuatro siglos de mestizaje continuo, no han terminado de definir el tipo. Y aun viene a impedirlo la inmigración cada día más frondosa, prendiendo aquí y acullá nuevos matices… no siempre deseables.
Fenómeno similar ocurre en todos los lugares del planeta, a donde un hombre más ambicioso llega; en algunos, como en Africa y en Oceanía, la mezcla entre opresores y conquistados no ha sido tan intensa y se conservan grupos no pequeños del tipo original perfecto; pero éstos tienden a disminuír porque los blancos llevan a esas regiones, con creciente intensidad, elementos de confort que les brindan en el lugar vida civilizada, dentro de un núcleo en el cual hasta os domésticos son importados.
El nativo, en cambio, en precarias condiciones, reducido a una esclavitud de hecho mil veces más degradante que la otra, degenera en el aislamiento, en los vicios, en la opresión; la prole se minimiza y destruye, presa del alcoholismo heredado, de los morbos, del abandono y de la incultura.
En efecto: sería cándido suponer que la conquista, la simple conquista es bastante a destruír una nacionalidad; si es vigorosa, la raza resurge de las cenizas del holocausto; su energía, su coraje, nunca son destruídos, como no lo son por la conquista del ideal del pueblo, su religión, sus mitos; la guerra de conquista por sí misma puede variar algo las costumbres, pero los caracteres y la fisonomía peculiar jamás. España mil veces conquistada, apareció luego de cada victoria con su módulo más destacado, más personal; porque después de todas las derrotas, el indígena remontábase a
venerar la idea de la patria y le adoraba en su destierro; a prepararse para correr la nueva aventura de expulsar al intuso, a esperar el advenimiento de un Viriato; jamás el español toleró en su terruño la condición de paria.
El pueblo israelita es hoy tan nítido o más como en los días del Sinaí, porque pese a las numerosas dispersiones desde tito, el judío es para el judío un hermano que también supone a su pueblo, escogido entre los pueblos; poseen una religión intangible, común, que les da a lo menos una esperanza de universal dominación. La promesa oída por el patriarca de labios de su Dios, es, para el judío de Polonia, de Inglaterra, del Pacífico y del Atlántico, tan real promesa hoy como lo fue 5.000 años ha.
Tal el grave error de los iberos venidos al nuevo mundo, error que destruyó de cuajo la población vernácula: no el haber combatido sistemáticamente al indio, ni el haber dejado extinguir sus idiomas, menospreciado, antes que corregido sus costumbres, hécholes mudar de religión violentamente; sino el de reducirles a la condición de parias miserables in otro derecho que el d no sublevarse.
Estos hechos, consagrados en la historia, son de alto interés para el sociológico; pues parece que antes de lograr la paz, la mutua tolerancia y la justa convivencia de los hombres y de los pueblos, vencidos y vencedores, nobles y plebeyos, proletarios y burgueses, el blanco, el negro y el amarillo, habrán de fundirse en una sola raza, universal, niveladora.
Hoy por hoy, para clasificar etnográficamente un pueblo, es menester aislarse en el laboratorio, tomar los detalles antropológicos, avaluarlos, extraerlos promedios de número tan crecido como sea posible, para que la disparidad individual se pierda en la masa. De este modo se tiene un tipo ideal sin realización en el conglomerado, pero a cuyo derredor giran todos los casos particulares. El examen atento sorprende unos cuantos rasgos que dan al pueblo segura cabida dentro de esa concepción tan abstracta y tan real, tan inteligible y tan intangible que es una raza.
Además de ese patrón ideal adquirido con la escuadra y el compás, es necesario para caracterizar la raza, conocer sus orígenes y verificar su continuidad en el tiempo.
El actual grupo antioqueño deriva de la caucásica, mestizada dese la conquista con la amarilla y con la negra, si bien en menor proporción de lo creído, en especial para la amarilla.
Hace 100 o 120 siglos, la España de hoy, como Francia, como Inglaterra, Italia y al norte de Africa, era una estepa fría de la cual, dos razas gemelas venidas no se sabe de donde, había despojado por la fuerza a aquella criatura ambigua cuya catalogación humana aún permanece incierta, cuyos restos se descubrieron en Neanderthal y cuyo aspecto feroz y repulsivo anima la leyenda perpetuando en el ogro conque las madre incautas aun pueblan de amargo pavor las noches sin sueño de sus hijos.
Habitantes de las cuevas naturales, aquellos europeos primitivos, los cromañones, cazaron el reno y el bizonte; domaron y comieron el chico caballo de sus días y fueron de más elevada estatura que todos los pueblos actuales. Tenían cabeza netamente humana con perfecta orientación del frontal, notable volumen craneano, arcos orbitarios apenas salientes y miembros de larga, indudable ascendencia marchadora. ¡Cuán natural que estos hombres paleolíticos despreciasen y huyesen del neanderthal, del que por tantos caracteres simiescos diferían, más que puede diferir un noble inglés, del último trasmanio no ha mucho desaparecido. Insignes dibujantes, los primeros moradores de España dejaron en los muros de sus refugios, magníficas reminiscencias, llenas de ingenuidad, de su vida y de sus costumbres. Fue en aquellas comarcas, donde ha florecido tan divinamente el arte pictórico, donde ese arte tuvo su cuna, no por cierto humilde; dibujaron de perfil, en colores y con desconcertante maestría de la línea, aunque con ligera tendencia caricaturesca, bellísimas figuras de animales, armas, utensilios y en las postrimerías de su época tallaron en marfil preciosas miniaturas. No hubo ni hay en su descendencia numerosísima, disposición connatural para el dibujo como la suya.
Estos hombres que por vez primera hendieron el aire con la flecha creando la vibración maldita, luego refinada hasta la locura, vivieron una época más extensa que todos los tiempos históricos, hasta que las condiciones físicas el planeta se modificaron: la fauna y la flora se acercaban a la nuestra, y el hombre neolítico procedente del sureste, desalojó a los viejos moradores invadiendo el continente desde la cuenca mediterránea, generación tras generación, no sin mezclarse a los expertos cazadores del reno.
Fue la neolítica la gente domesticadora del perro y del ganado; inició el cultivo sistemático; supo bien pulimentar la piedra y con ella construyó el instrumento precoso que es el hacha; amaestró el fuego y con él, los metales fueron dóciles a sus manos; también modelaron con fines de comercio, el barro. Fue un arte brillante la cerámica rayada, más floreciente en Holanda y en la costa báltica.
Este elemento neolítico, que medraba lenta pero seguramente, hubo de ceder su puesto a otro, emigrado del cercano oriente, típicamente braquicéfalo, profusamente mezclado con el orfebre de la cerámica listada en el norte europeo y en el centor hasta los Pirineos. No hay evidencia del ingreso, ni huella de esta nueva raza de cabeza corta en España, donde el contenido de las excavaciones corresponde íntegro al vencedor del cromañón, a los antiguos neolíticos que aun disfrutaban el país cuando llegaron a él los celtas 2000 años antes de Cristo, y habían adquirido y fijado sus características: estatura baja, rostro ovalado, cráneo dolicocéfalo; eran caníbales, pintarrajeaban su cuerpo y depositaban a sus muertos bajo los megalitos, en posición sedente.
Los celtas no sólo se incautaron la Europa del centro, sino también la península; eran de medrada estatura y rubios; venían del cercano oriente y su expansión se hizo también hacia el este, hasta las tierras del hindú; poseían los arios un idioma que poco a poco se especializaba en dialectos tan numerosos como los pueblos mismos sometidos. Usaron el caballo para la guerra; incineraron a sus muertos distinguidos y a los más sepultaron en tumbas circulares. Emigraron con las estaciones, tras los pastos, movilizando en carros toscos sus haberes. Ya se respetó en sus tiempos al más anciano de la tribu; era el jefe y el natural consejero.
España, entre todos los pueblos de aquella Europa legendaria, fue sola en oponerse con denuedo al celta invasor; jamás se entregó del todo ni con mansedumbre. Defendieron con el suelo, su raza, sus maneras, sus ideas y lenguaje. Si al cabo los recién llegados domeñaron el país, fue tras larga y cruenta lucha, y a costo de fundir su sangre con la original población. El hecho de que un idioma, al norte, hubiera resistido el empuje de gente superior y decidida y se conserve aún como reliquia venerable de aquellas edades remotas, atestigua, como desde entonces el genio de la guerra, el amor patrio y la idea de nacionalidad, imperaban ya en el corazón de la española gente.
En adelante la guerra truena sin cesar aquende el Pirineo: la antañona conquista llevada a cabo por el neolítico, fue más tranquila, casi de mera infiltración sobre un elemento ya caduco; la invasión celta 20 siglos antes del cristianismo, fue violenta. La contienda, entonces iniciada, la mantuvo a través del tiempo, con sus escudos enormes y venablos, con su espada de hierro del país endurecida bajo tierra, el celtíbero, cuya máxima aspiración glorificante fue morir en el combate.
La lana, el aceite, el vino y los metales, atrajeron posteriormente al fenicio codicioso, semita de origen. Fatigado, impotente para apaciguar la cuotidiana sublevación, apeló a los de Cartago, la maravillosa ciudad que por vez primea en la historia realizó el milagro de empadronar un millón de ciudadanos. El cartaginés, de historia milenaria, se impuso en
gran parte del país, pero su dominio, mañoso o sostenido por el brazo del guerrero, en toda parte vacilaba a merced del vigoroso ímpetu de rebelión de los nativos.
Semita también, comerciante antes que guerrero, sólo esgrimía el arma como último recurso; la codicia le sostuvo hasta pasada la segunda guerra púnica, cuando España fue transferida a los romanos. No mezcló su sangre con intensidad; empero: dejó una huella inconfundible y perdurable, notoria aun en el matiz de la piel, en la curva de la nariz, en ciertos rasgos espirituales, de clara ascedencia israelita.
Urgidos del dorado metal, los romanos conquistaban para abastecer una metrópoli intelectual y liviana, que jamás pensó incorporar con efectividad las colonias al imperio. Mal sufrido el cartaginés, peor lo fue el italiano que hubo de enfrentarse a una encrucijada de guerrillas tras de cada montículo, de cada arbusto, en todos los caminos, a la vera de todos los riachuelos. Los esbirros de César fueron en provincias meros transeuntes adheridos a la suerte de su general y los nativos y los invasores tenían idéntico origen étnico; por eso la seudo-dominación romana no dejó en España rastro alguno, amén de las obras materiales surgidas para satisfacer premiosas ambiciones. Fue durante ella cuando las madres sacrificaban a los hijos para ahorrarles la pena de caer en manos del opresor; los hijos destruían a los padres, los prisioneros hundían el barco que les arrebataba y el vencido formulaba con osadía condiciones al vencedor. Sublima heroicidad, tenacidad irreductible que cultivadas con esmerado amor de patria alentarían la épica expansión.
Por el siglo V un Geroncio llama a los vándalos de más allá del Rhin; repártense éstos el país, primero por la fuerza, luégo a la suerte; al fin resígnanse los naturales, previo juramento de buen trato por parte de los nuevos amos, cuya dominación parecióles venturosa comparada con la metódica exacción de los magistrados romanos.
La guerra se torna sistemática con la entrada de los visigodos: lo que ayer fue mera defensa de los lares, se complica con definitiva motivación espiritual, porque los nuevos bárbaros pretenden cambiar la religión del país.
Más tarde, el Julián de Ceuta llama la morisma para zanjar sus disenciones con Rodrigo. Los árabes pensaron desde entonces, seriamente en incorporar el país a su imperio político y a su patrimonio espiritual, y dejaron en él, con la belleza de su historia, con sus nuevas formas de vida y con ciencia, con su filosofía y con su lujo y refinamiento, más de una huella étcnica, que el tiempo no pudo aun borrar, especialmente en las regiones del sur.
Preciso era este vistazo a las gentes que matizaron la península; él nos da la razón del tipo racial llegado al continente americano y de sus rasgos psicológicos pecualiares, gracias a los cuales fueron posibles el descubrimiento y la conquista: Estatura elevada, morena la piel, oscuros los ojos y el cabello; braquicefalia con notable capacidad craneana; formas faciales variables con las provincias, a causa de los viejos moradores.
La casta militar predominaba en España, como era natural, no tanto por el número de sus miembros, cuanto por la antiquísima orientación de las masas, siempre listas a empuñar las armas contra un nuevo agresor. No podía sosegar