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Capítulo I. El campo sociológico sobre la lectura

1. La lectura como objeto sociológico

1.1. Comprendiendo la práctica desde dos enfoques en disputa: habitus y apego

1.1.1. Gusto e intercambio en Bourdieu: una operatoria del habitus

El interés de Bourdieu por estudiar la vida cotidiana, la práctica en su sentido amplio, lo llevó a adentrarse en varias de ellas –matrimonio, aprendizaje de la lengua extranjera, baile, prácticas académicas, etc.,– traduciendo dicho interés en comprender o, más bien, aprehender

la práctica, según sus propios términos, ‘científicamente’.

Así entendida, la práctica correspondería a las actividades y acciones que caracterizan el quehacer humano tanto en una dimensión ordinaria (por ejemplo cocinar) como extraordinaria (por ejemplo casarse), y constituiría un campo de negociación, de ejercicio del poder y de dominación simbólica, modelando a la persona. Un posicionamiento de mayor poder y dominación dentro de un determinado campo de acción, reflejaría una sintonía con la práctica

la que dependería de la eficiencia de los mecanismos de socialización, o ‘juegos’ de sociabilidad,

a los cuales un individuo estaría expuesto. El aprendizaje resultante se expresaría en formas de

ser y de hacer en el mundo y en el gusto o inclinación hacia ellas (Bourdieu, 2007). Habitus es el

concepto que sintetiza este proceso.

Ana Teresa Martínez (2007), investigadora argentina, analiza en extenso la obra de Bourdieu y, desde el principio de su presentación, sostiene que un supuesto fundamental de su obra, y que debiese orientar cualquier estudio sobre la práctica, es reconocer que ella sólo puede tener lugar en una vida material real, con compromisos, apuros y significados concretos, y no teóricos, para los sujetos que las ejercen. En su primera etapa, Bourdieu desarrolla una teoría más centrada en el mundo de los modos de hacer, analizando cuestiones de orden cultural a las que denomina prácticas (matrimonio, ‘volverse adulto’) y, en un segundo momento, lo que se denomina práctica cultural, una actividad menos institucionalizada (en el sentido de que no se convierte en una institución) que el individuo realiza como actividad permanente en su vida cotidiana y cuya connotación remite al quehacer cultural o, más

comúnmente denominado, consumo cultural (cine, teatro, lectura) ejercido principalmente como pasatiempo.

En esas primeras etapas, Bourdieu plantea la noción de habitus1 como “lo que se ha

adquirido, pero que se ha encarnado de manera durable en el cuerpo bajo la forma de disposiciones permanentes” (Bourdieu, 2002b, p. 134), es decir, un corpus de predisposiciones que es adquirido por la vía de la socialización, el cual, se manifiesta en modos de hacer y de ser que son ‘naturalizados’ por el individuo, y conformarían formas de participación las que si son logradas (aprehendidas), posibilitarían a los individuos ocupar un lugar y ejercer un rol, continuando la senda trazada por sus antecesores en el espacio social. Posteriormente, en la segunda etapa en la evolución de su pensamiento, es esta misma herramienta conceptual la que permite a Bourdieu estudiar otras prácticas culturales, correspondientes a actividades, a veces realizadas individualmente, en las que se encuentran prácticas culturales como leer, escuchar música (en concierto, en la soledad de la casa, etc.), asistir a espectáculos teatrales, ir al cine, practicar la fotografía, por mencionar algunas, las que, en las sociedades modernas, son asociadas a pasatiempos realizados, básicamente, por placer.

En este segundo grupo de indagaciones Bourdieu (2002a) aborda el problema del gusto

y su evolución, comprendiendo éste como un principio orientador y regulador de la elección de

actividades y de cosas que las representan. En esta definición, señala que para “que haya gustos,

es necesario que existan bienes clasificados como de ‘buen’ o ‘mal’ gusto, ‘distinguidos’ o ‘vulgares’” (p.161), concibiendo las prácticas (las actividades) y sus propiedades (los objetos) como bienes de intercambio simbólico. La producción de estas jerarquías se basaría en cómo

opera el habitus o, dicho de otro modo, en cómo se ‘encuentran’ entre sí los gustos y los bienes,

es decir cómo interactúan las predisposiciones internalizadas con los objetos hacia los cuales

1 Martínez (2007) rastrea el concepto de habitus en Bourdieu, yendo directamente desde la conceptualización

desarrollada por el mismísimo Aristóteles, siguiendo con Tomás de Aquino e incluyendo los aportes de Marcel Mauss (cfr. Martínez, 2007 capítulos I al IV) argumentando una cierta continuidad teórica de Bourdieu con la comprensión durkhemiana de la diferenciación social. En su trabajo se alcanza a vislumbrar que el programa teórico bourdieusiano, en sus dimensiones empírico-metodológica y epistémica, evoluciona desde una representación mecanicista, por ser ilustrativa de la realidad, a una interactiva, por ser comprensiva de los modos de apropiación del habitus. Así, Martínez (ob. cit.) reconoce que la reformulación más compleja de Bourdieu sobre este término, remite a la idea de la mediación, no mecánica sino re-constructiva, de esas disposiciones, las cuales, además, estarían situadas en campos y contextos históricos particulares. Dichas disposiciones no sólo no serían reproducidas mecánicamente por los individuos, sino que, además, tendrían modificaciones cualitativas en el tiempo personal de los mismos.

esas disposiciones hacen inclinarse a los individuos. En la concepción del consumo cultural, la

práctica sería el ejercicio efectivo del gusto.

En “La metamorfosis de los gustos”2, Bourdieu estudia el gusto en una lógica evolutiva

a través de la cual se busca diferenciarlo de las propiedades a través de las cuales se manifiesta. Sin embargo esta lógica evolutiva no responde al proceso individual de una persona en particular sino como una serie de mecanismos que, en su conjunto, hacen reaccionar al individuo. Sería esta reacción la que se manifestaría en una inclinación personal. Dicha

inclinación personal precedería al individuo (y he ahí la operatoria del habitus) pero también se

activaría y provocaría con las manipulaciones del entorno productivo, provocadas y puestas en acción por el artista y sus propios gustos, o por ‘el campo de producción’ que ‘disemina’ gustos entre la población. De este modo, la evolución del gusto se produciría en ese espacio de intercambio en el cual operan dinámicas de dominación y poder. De ahí que no sería, en la concepción de Bourdieu, una cuestión individual, sino una dinámica de producción: de las

obras (actividades y objetos, estos últimos por el ejercicio del habitus de los artistas) y de la

producción de sus consumidores (habitus).

Lamentablemente Bourdieu ejemplifica la evolución del gusto sólo dentro del campo artístico estético (música, moda, literatura, arte visual). Para comprender la evolución del gusto por la lectura requeriríamos concebirla apelando a la necesaria existencia de un artista o escritor

literario3, el cual es entendido como el productor de la obra. En el intercambio, dentro del cual

operaría el gusto, pensado como el encuentro entre los gustos de quien ‘produce’ y quien ‘consume

la obra, se reconocería la capacidad de agencia de los participantes del intercambio ya que el gusto de cada uno no operaría independientemente del gusto del otro. Si esto no sucediera así, no podrían existir jerarquizaciones diferentes entre distintas personas y, por lo tanto, sería imposible nutrir deleites de distinta índole dentro un mismo campo de intercambio objetual.

La noción de intercambio en Bourdieu responde a la idea que toda relación social

implica un dar/recibir al modo en que funciona un ‘mercado’, una dinámica de reciprocidad que

2 En el original: “La métamorphose des goûts”

3 En “La métamorphose des goûts” Bourdieu (2002a) sólo hace referencia a la existencia de escritor-artista y, por

ende, sólo se refiere a las obras de carácter literario. Dado que analiza la metamorfosis del gusto sólo dentro del campo artístico, las obras literarias son las únicas que podrían entonces provocar gusto o inclinación en la medida que son las únicas valoradas en el mercado de la apreciación estética, y las únicas que son susceptibles de ser jerarquizadas dentro de dicho mercado. En otras obras, Bourdieu analiza la lectura pero no en sí misma sino como manifestación de otras prácticas: la de estudiante, la de intelectual.

caracterizaría el mundo social. Si bien no existe necesariamente una ganancia material de ese acto, sí existirían ganancias simbólicas que se traducirían, por ejemplo, en conquistar o sostener una posición dentro de una jerarquía, debido a lo cual los interactuantes estarían relacionándose siempre, en los distintos campos de interacción, bajo lógicas de poder. En este

sentido, el estudio del lenguaje –y, por inclusión, de la lectura4– se realizaría desde la lógica de

los intercambios lingüísticos (un productor y un receptor de un objeto lingüístico, en donde

éste segundo se próxima al primero para ‘ganar’ algo).

Si además se incorpora la idea de que no se puede estudiar la actividad humana, la ejecución real (por ejemplo emisión/recepción) sin considerar sus contextos de producción, sería imprescindible analizar esta práctica a partir del estudio de dos aspectos: sus ejecuciones reales (actividad enunciativa) y sus contextos de producción (lugar, momento y tiempo, personal e histórico, en el cual sucede la actividad enunciativa). En el primer aspecto, Bourdieu busca alejarse y criticar la posición estructuralista del lenguaje impuesta por De Saussure (1989) que postula el estudio del lenguaje sólo como código (sistema de la lengua compuesto por signos) escindido de su materialidad histórica. Esta crítica se concatena con el segundo aspecto, la consideración, en el estudio de los intercambios lingüísticos, de sus contextos de producción (Bourdieu, 2001), lo que para Bourdieu es una opción teórica irrenunciable.

El contexto de producción, en la teoría bourdieusiana también se relaciona con el

reconocimiento del ‘productor’ (autor, creador, originador) y del ‘receptor/reproductor’ del objeto

del intercambio, por ejemplo el texto escrito. Cada participante del intercambio estaría determinado histórica o geográficamente y esos determinantes corresponderían tanto a cuestiones globales como específicas a los actores, lo que implicaría, a su vez, que no existiría universalidad en el intercambio lingüístico (Martínez, 2007) porque no existirían ni locutores ideales, como critica Bourdieu a la teoría de De Saussure (cfr. Bourdieu, 2001, p. 68), ni auditores ideales. Considerar el contexto de producción implicaría, además, reconocer el ejercicio del poder de los participantes del intercambio y la consecuente dinámica dominación/supremacía (Bourdieu, 1982) en la que se materializaría dicho intercambio, es decir, la práctica en la ‘vida real’.

* * * *

El legado bourdieusiano ha trasuntado la comprensión del quehacer cultural humano tanto en su expresión ordinaria como en su expresión excepcional. Sin embargo, en lo referente al estudio de la lectura, tanto él como quienes se apoyan en sus postulados, han obviado la dimensión ordinaria de la lectura, restringiendo su análisis sólo a las formas literarias, eruditas e ilustradas de esta práctica. Las formas habituales e invisibilizadas en que la

lectura es ejercida, a veces sin tener gusto por ella, sólo porque el mundo está escrito y opera

sobre los individuos, empujándolos a la denominada práctica receptiva de la lectura (Peroni, 2004) no han sido objeto de análisis específico desde esta perspectiva.

Aunque esta investigación se sitúa en un paradigma distinto del bourdieusiano en lo relativo a la comprensión de las prácticas, cuestión que desarrollaré en el capítulo II, creo

insoslayable detenerme al menos en los conceptos de ‘consumo’/‘intercambio’ y de ‘gusto’, a los

cuales se ha apelado para estudiar y comprender la lectura5.

Respecto a la noción de intercambio, reconozco primeramente que la lectura, por ser una actividad social, es una forma de intercambio, cuya expresión más básica es la que sucede entre alguien que escribe y alguien que lee dicho escrito. En la teoría bourdieusiana, ese

intercambio es denotado como ‘consumo’, el cual no es necesariamente mercantil o financiero

(Thompson en Bourdieu, 2001) pero que sí implica una ‘ganancia’ (de posición –por tanto de

poder–, de capital simbólico). Si la lectura, al igual que cualquier actividad humana que sea caracterizada como un intercambio/consumo, tiene una ganancia, dicha ganancia operaría como motivación para su realización. De allí que suponga que este motivo sea plausible de ser rastreado apoyándose en preguntas como ¿por qué y para qué leemos?, las que supondrían la existencia de razones, es decir motivaciones, acerca de los frutos obtenibles del ejercicio de la lectura. De allí que esta idea de ‘ganancia’, en tanto motivo o resultado esperado de leer, comportaría una connotación que sugiere una racionalización previa a la actividad, pero que en la investigación sólo podría ser recompuesta posteriormente a la actividad (o al menos en un espacio temporal distinto al de la realización de la actividad).

5 El concepto de habitus, aunque central en la teoría de Bourdieu, se abordará en relación a la noción de gusto,

debido a que la interpretación de éste, en el estudio de las prácticas en su dimensión de esparcimiento, no alcanza la densidad conceptual que sí tiene en el mismo Bourdieu cuando éste se adentra en el estudio de las prácticas entendidas como formas institucionalizadas de socialización, de pertenencia y de transmisión cultural como forma de vida específica a un grupo.

Mi posición es reconocer ese elemento racional de la práctica, aspecto que ha sido

mayoritariamente relevado en los estudios sociológicos6, que saldría a relucir en un ejercicio

reflexivo sobre la actividad misma y sus motivos de realización. Sin embargo, sostengo que existiría otro ámbito de motivaciones que responderían a dinámicas menos racionalizadas que podrían ser identificadas en aspectos no verbalizados de esa misma reflexión post-acción.

En relación a la lectura, supongo la existencia de motivaciones que tenderían a ser menos racionalizadas, por tanto menos centradas en la ‘ganancia’ a obtener dentro del intercambio (como por ejemplo obtención de sabiduría y conocimiento gracias a la lectura). Existirían así dos tipos de motivaciones, las movilizadas por una ganancia explícita y las movilizadas por una aparente no-ganancia o gratuidad, o por una ganancia secundaria. Estas segundas han sido más bien objeto de estudio de la psicología, sin embargo, la discusión teórica que se ha venido dando en la sociología, así como en otras áreas de las ciencias sociales, acerca de la naturaleza de la acción humana abre la posibilidad de comprenderla en una lógica que va más allá de la ‘ganancia’ incorporando cuestiones no siempre plausibles de poner en una lógica lineal, secuencial y de causalidad, de lo que moviliza a las personas a realizar una determinada práctica (Bénatouïl, 1999; Mol, 2008; Peroni, 2003; Poliak, Mauger, & Pudal, 2010).

En este sentido, el uso de la noción de intercambio en esta investigación busca connotar una forma de reciprocidad que también movilizaría motivos no racionalizados o intencionados de la práctica lectora. Sostengo que un dispositivo que apele, entre otros recursos, a la reflexividad, aunque, eventualmente, podría tender una trampa racionalista a los dichos de los entrevistados, permitiría también evidenciar otros modos de participación de la práctica en las que podrían intervenir cuestiones afectivas como el apasionamiento y el placer, las que, pudiendo ser medios para obtener ganancias como una vida éticamente mejor (Benzecry, 2012), no corresponderían a una orientación racionalista. Para lograr esto, será fundamental el tipo de análisis que se utilice para interpretar las declaraciones de los individuos participantes. Como veremos más adelante, elementos de la enunciación, característicos de las

6 En la investigación sociológica se ha acudido a entrevistas, encuestas y relatos biográficos; todos medios

verbalizados de recomponer la práctica. Estoy descartando aquí el estudio que realizan los historiadores quienes revisan objetos y analizan fuentes secundarias de la práctica. En mi revisión de estudios, poco se ha hecho desde una perspectiva más antropológica, por ejemplo observación etnográfica de la lectura, y lo encontrado sigue respondiendo más a formulaciones verbalizadas de los fenómenos estudiados.

narraciones orales tales como compromiso (engagement), distancia y otros recursos identificables con un análisis conversacional o un análisis dialógico (De Fina & Georgakopoulou, 2008; Gubrium & Holstein, 2009; Riessman, 2008), pueden aportar en esta línea.

Respecto a la noción de gusto, Bourdieu (2002a) se plantea la pregunta por las

sedimentaciones o aprendizajes que los individuos desarrollan y acumulan a lo largo de sus vidas, las que se reflejarían/traducirían en las elecciones realizadas frente a objetos jerarquizados (y jerarquizantes) en la escena social y que otorgarían estatus diferenciados a

quienes los consumen. Me interesa problematizar este concepto de gusto reconociendo que

éste, por ser fruto de sedimentaciones pasadas, tendría una historia rastreable en el tiempo individual y el tiempo histórico. Sin embargo, me alejo de la connotación mecánica que el mismo Bourdieu plantea de momento que le trata analíticamente, diferenciando productor de

consumidor, a partir del objeto que ‘provoca’ el gusto y que es preexistente al individuo, quien

es, al extremo, “sembrado” (p.169) por el campo de producción de dichos objetos provocadores de gusto. En esta comprensión, la posibilidad de ser sembrado dependería del habitus es decir, de sus disposiciones aprendidas.

Es el mismo Bourdieu quien identifica el gusto, por ciertas prácticas y objetos que la

representan, como un indicador de posiciones, como rasgo distintivo de clases el que opera

como criterio de clasificación. Si bien reconoce que el gusto tiene una historia, no es su

preocupación rastrearla en los términos que los mismos individuos la reconocen y reflexionan, sino como manifestaciones de clases o grupos de personas. Son esas manifestaciones las que

evolucionan y demuestran cambios y, por esa vía, las prácticas se ‘movilizan’ y cambian de

detentores, cuestión que explica, por ejemplo, cómo prácticas que antaño caracterizaban a las clases dominantes, por ejemplo el boxeo (cfr. Bourdieu, 1997), se ‘trasladan’ a clases

subordinadas. La distinción resultante permite la clasificación por la vía de tales gustos.

En esta tesis se investiga también la declaración explícita que una persona pueda, eventualmente, hacer sobre si gusta o no de la lectura. Tal gusto/disgusto constituiría, efectivamente, un producto. Sin embargo, al mirarlo diacrónicamente, podremos comprenderlo procesualmente y desde una perspectiva más móvil.

Si consideramos además la evolución de la práctica, por ejemplo en sus materialidades como papel/digital, y la ponemos en relación con la transformación del gusto/disgusto de una persona, podremos confrontarnos a otro plano analítico de la movilidad de la práctica

considerando la transformación cruzada entre individuo y práctica (qué le hace la práctica al individuo y viceversa). Por ejemplo, podemos suponer que el proceso de alfabetización o aprendizaje de la lectura no se realizaría de una vez y para siempre luego de la etapa inicial, sino que se recrearía a cada nuevo paso, a cada nueva etapa tanto del desarrollo del individuo como con los distintos campos de acción a los cuales se vea enfrentado. Así, por ejemplo, la relación con la literatura o con el saber científico, desarrollada por la frecuentación de textos acordes a esos ámbitos, no sería la misma en sus etapas iniciales en que se leen cuentos o pequeñas historietas, a las etapas intermedias o avanzadas en las que se leen novelas u otros. Esa diferencia, también podría estar incidida por otras cuestiones como la apertura cultural de un determinado campo, por ejemplo, lecturas prohibidas en determinados momentos de la historia impidieron o favorecieron la frecuentación a esas lecturas. En este sentido la transformación o mantención del gusto/disgusto también podría estar incidida por estos otros elementos y no sería sólo una cuestión de demostración de una pertenencia de clase.

La incidencia del mundo social tampoco sería directa entre la acción de un individuo sobre otro, sino que se trataría de una trama en la que se performarían de manera cruzada tanto las acciones como los objetos. Aquello explicaría en parte el éxito de ciertos objetos textuales por sobre otros. Como sostienen Eco y Carrière (2010) los libros también ‘operarían por sí mismos’ y ‘buscarían’ a sus lectores. Probablemente, la imagen metafórica y poética tenga que ver con esta idea del mundo social compuesto más allá de las individualidades de las