En una época en que se descubrió esta técnica de traducción como medio del conocimiento
aplicado, hemos de esperar hallarlo en todas partes como novedad conscientemente
experimentada. En su Defence of Poetry, sir Philip Sidney estimó que había dado con un principio absolutamente necesario. En tanto que el filósofo enseña y el historiador da ejemplos de principio filosófico, solamente el poeta aplica todo ello a la enmienda de la voluntad humana y a la elevación del espíritu del hombre:
Ahora, el poeta sin par realiza ambas cosas: porque sea lo que quiera lo que el filósofo diga que ha de hacerse, él da una perfecta imagen de ello en alguien que supone lo ha hecho; de modo que casa la noción general con el [187] ejemplo particular. Una imagen perfecta, digo, porque el poeta hace rendir a los poderes del espíritu una imagen de aquello para lo que el filósofo solo les extrae y le concede una descripción verbal: que ni impresiona, ni penetra, ni posee la visión anímica de aquella imagen 1.
Una más inesperada traducción al nuevo modo aparece en una carta de Descartes, prefacio de sus Principios de Filosofía: "...antes que nada, ha de recorrerse en su totalidad como una novela, sin forzar la atención indebidamente sobre ella... Solo es necesario señalar con una
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1pluma los lugares donde se encuentra dificultad, y continuar leyendo sin interrupción hasta el final".
La instrucción de Descartes a sus lectores es uno de los más explícitos reconocimientos del cambio de lenguaje y pensamiento resultante de la imprenta. Es decir, que ya no es necesario, como lo había sido en la filosofía oral, probar y comprobar cada término. Ahora bastará el contexto. La situación no es distinta al encuentro de dos eruditos actuales. Cuando uno pregunta: "¿En qué sentido empleas el término tribal' en este contexto?", el otro puede decir: "Lee mi artículo en el último número de..." Paradójicamente, la atención más premiosa sobre el matiz preciso en el empleo de las palabras es un rasgo oral y no escriptorio. En general, contextos generales visuales acompañan siempre a la palabra impresa. Pero si la imprenta disuade del juego verbal minucioso, actúa enérgicamente en pro de la uniformidad ortográfica y de significado, ya que ambas constituyen inmediatas preocupaciones prácticas del impresor y de su público.
Del mismo modo, una filosofía escrita, y especialmente una filosofía impresa, hará naturalmente de la "certeza" el primer objeto del conocimiento, del mismo modo que, en una cultura de la imprenta, puede tener aceptación la valía y precisión de un erudito, aunque no tenga nada que decir. Pero lo paradójico de la pasión por la certeza en la cultura de la imprenta es que ha de proceder por el método de la duda. Hallaremos gran abundancia de tales paradojas en la nueva tecnología que hizo de cada lector el centro del universo, y que capacitó a Copérnico para lanzar al hombre a la periferia de los cielos, desalojándolo del centro del mundo físico.
Igualmente paradójico es el poder de la imprenta para [188] instalar al lector en un universo subjetivo de ilimitada libertad y espontaneidad:
Es para mí mi mente un Reino; tan cabal goce encuentro en él que sobrepasa toda gloria que puedan dar Natura o Dios.
Pero, a mayor abundamiento, la imprenta induce al lector a ordenar su vida exterior y sus acciones con propiedad y rigor visuales, hasta que la apariencia de la virtud y de la estabilidad usurpa el puesto a todo motivo interior, y
Las sombras de la prisión comienzan a descender sobre el mozo grandullón.
El célebre "Ser o no ser" de Hamlet es el escolástico sic et non de Abelardo, traducido a la nueva cultura visual, donde tiene un significado contrario. En las condiciones orales escolásticas, el sic et non es un modo de experimentar las sinuosidades mismas de los movimientos dialécticos de la mente inquisidora. Corresponde a ese sentir lo verbal del proceso poético en Dante y en el dolce stil nuovo. Pero en Montaigne y Descartes no es el proceso, sino el producto, lo que se busca. Y el método de detener la mente en una instantánea, que Montaigne llama la peinture de la pensée, es en sí mismo el método de la duda. Hamlet presenta dos imágenes, dos vistas de la vida. Su soliloquio es un punto de reorientación indispensable entre la antigua cultura oral y la nueva cultura visual. Concluye con el reconocimiento explícito del contraste entre lo antiguo y lo nuevo, oponiendo la "consciencia" a la "resolución":
Y así el color primero de la resolución con los pálidos tintes del pensar languidece, y empresas que tenían gran fuerza y entidad con estos miramientos desvían su corriente y el nombre de acción pierden.
(III, I)
Esta es exactamente la misma división que ya hemos visto en el contraste que establece Tomás Moro: "Vuestra filosofía escolástica no está fuera de tono en una comunicación familiar, entre amigos, pero en los Consejos del Rey, donde se debaten y razonan graves asuntos con gran autoridad, esas cosas no tienen lugar."[189]
Hamlet repite un conflicto muy corriente en su siglo: el que existe entre el antiguo "campo" oral de tratamiento de los problemas y el nuevo método visual, de conocimiento aplicado y "determinado". Y "resolución" es la jerga o término convencional utilizado por los maquiavelistas. Así, el conflicto se produce entre la "consciencia" y la "resolución", no en el sentido que nosotros le damos, en absoluto, sino entre un conocimiento integral y un punto de vista meramente privado. De este modo, el conflicto se produce hoy en sentido contrario. La mentalidad liberal, intensamente cultivada e individualista, se ve atormentada por la coerción a orientarse colectivamente. El liberal culto está convencido de que los verdaderos valores son privados, personales, individuales. Tal es el mensaje de la simple alfabetización. Sin embargo, las nuevas tecnologías eléctricas lo impulsan hacia una necesidad de interdependencia humana total. Hamlet, por otra parte, vio las ventajas de la responsabilidad o conocimiento ("consciencia") corporativos, con cada hombre en su papel, no en su ventanillo privado, o "punto de vista". ¿No resulta evidente que siempre hay suficientes problemas morales, sin adoptar también una postura moral sobre motivos tecnológicos?
Al plantearme esta cuestión hace algún tiempo, se me presentó el siguiente aspecto: la palabra impresa es un momento estático del movimiento mental. Leer algo impreso es actuar al mismo tiempo como un proyector cinematográfico y como público de una película mental. El lector alcanza un fuerte sentimiento de participación en la totalidad de movimientos de una mente en actividad pensante. Pero ¿no es básicamente la "instantánea" que es la palabra impresa lo que nutre el hábito mental de enfocar todos los problemas de movimiento y cambio en términos de segmentos o secciones inmóviles? ¿No ha inspirado la imprenta cien procedimientos distintos, matemáticos y analíticos para explicar y dirigir lo que varía en términos de lo invariable? ¿No nos hemos inclinado a aplicar este mismo aspecto estático a la propia imprenta y hablado solamente de sus efectos cuantitativos? ¿No hablamos más del poder de la imprenta para incrementar el conocimiento y para extender el alfabetismo que de los aspectos más evidentes de la canción, la danza, la pintura, la percepción, la poesía, la arquitectura y la planificación urbanística? 1.
La imprenta es la frase extrema de la cultura del alfabeto, que destribaliza o descolectiviza al hombre en primera instancia. La imprenta eleva las características visuales del alfabeto a la más alta intensidad definidora. Así, la imprenta [190] comporta el poder individualizador del alfabeto fonético mucho más allá que la cultura del manuscrito pudo hacerlo jamás. La imprenta es la tecnología del individualismo. Si los hombres decidieran modificar esta tecnología visual con una tecnología eléctrica, el individualismo quedaría también modificado. Promover una lamentación moral acerca de ello es como soltar tacos contra una sierra mecánica porque nos ha cortado los dedos. Algunos dicen: "Pero nosotros no sabíamos que esto iba a ocurrir." Sin embargo, ni aun la falta de juicio es una salida moral. Existe un problema, pero no un problema moral; y sería muy bueno que despejásemos algunas de las nieblas morales que rodean nuestras tecnologías. Sería bueno para la moralidad.
En cuanto se refiere a la técnica de la duda, en Montaigne y Descartes, es inseparable, tecnológicamente, como veremos en el criterio de repetibilidad en. la ciencia. El lector de material impreso está sujeto a una fluctuación de blanco y negro, regular y uniforme. La imprenta ofrece momentos estáticos de actitud mental. Esta fluctuación alterna es igualmente el modo de proyección mismo de la duda subjetiva y del tanteo periférico.
En el Renacimiento, el conocimiento aplicado tuvo que adoptar la forma de una traducción de lo auditivo a términos visuales, de lo plástico a la forma retiniana.
Los descubrimientos del padre Ong acerca del Renacimiento, detallados en su Ramus:
Method, and the Decay of Dialogue (del que citamos más abajo), y en numerosos artículos,
tienen una importancia muy directa para quien estudie los efectos de la tecnología de Gutenberg. Las investigaciones de Ong acerca del papel de la visualización en la lógica y la filosofía del último período de la Edad Media serán ahora el tema que nos ocupe, porque la visualización y la cuantificación son hermanas gemelas. Hemos visto anteriormente cómo, para los humanistas, las glosas medievales, la iluminación y los modos arquitectónicos sirvieron todos al arte de la memoria. Así mismo, los dialécticos medievales prosiguieron sus cursos orales hasta bien avanzado el siglo XVI: [191]
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1H. M. McLuhan, "La imprenta y los cambios sociales", Printing Progress: A Mid-Century Report, The International Association of Printing House Craftmen, Inc., 1959.[190]
El invento de la imprenta significó una invitación a la manipulación en gran escala de las palabras en el espacio, y dio nueva importancia a la tendencia a tratar cuantitativamente la lógica y la dialéctica, tendencia mucho tiempo manifiesta en las artes escolásticas medievales... La tendencia hacia la manipulación cuantitativa o cuasi-cuantitativa de la lógica, que la dispersó en artificios mnemotécnicos, constituirá un aspecto notable del ramismo (pág. xv).
La cultura del manuscrito no fue capaz de duplicar el conocimiento visual en gran escala, y se sintió menos tentada a buscar los medios de reducir a diagramas los procesos no visuales de la mente. Sin embargo, aun así, en la última fase del escolasticismo se produce una presión constante para desnudar el lenguaje hasta hacerlo un neutro contador matemático. Los "normalistas" fueron aquellos que se especializaron en los tratados lógicos de Pedro Hispano. Las palabras preliminares de su Summulae tienen un tono, como señala Ong (pág. 60), que sonaría a conocido en cualquier tiempo desde Cicerón a Emerson: "La dialéctica es el arte de las artes y la ciencia de las ciencias, pues que abre el camino que conduce hacia los principios de todos los temas de estudio. Solo la dialéctica discute con probabilidades de éxito acerca de los principios de todas las demás artes, y así la dialéctica debe ser la ciencia que primero se adquiera." Especialmente después que la imprenta ensanchó las fronteras de la literatura, los humanistas se quejaban amargamente de que los jóvenes tuvieran que pasar por las divisiones y distinciones de Pedro Hispano.
Lo importante de todo esto es que el impulso a tratar espacial y geométricamente las palabras y la lógica, en tanto útil como un arte de la memoria, resultó ser un cul de sac en filosofía. Necesitaba el simbolismo matemático que hoy hemos ideado. Pero contribuyó directamente a crear, mucho antes de Gutenberg, el espíritu de cuantificación que se manifestó en la mecanización de la escritura y lo que siguió; "el avance de la cuantificación que se produce en la lógica medieval es una de las principales diferencias que la distinguen de la lógica aristotélica anterior" (pág. 72). Y cuantificación significa la traducción de relaciones y realidades no visuales a términos visuales, procedimiento inherente al alfabeto fonético, como vimos anteriormente. Pero con Ramus, en el siglo XVI, no es bastante diseñar árboles como el de Porfirio y esquemas de los conocimientos:
Porque en el corazón de la empresa de Ramus está el afán de reducir las palabras, más bien que otras representaciones, a simples modelos geométricos. [192] Se estima que las palabras son recalcitrantes, en cuanto derivan de un mundo de sonido, voces y gritos; la ambición ramista es neutralizar esta conexión manipulando lo que es en sí mismo inespacial, a fin de reducirlo a espacio lo más enérgicamente posible. La manipulación espacial del sonido por medio del alfabeto no es bastante. Las palabras mismas, impresas o escritas, han de ser desplegadas en relaciones espaciales, y los esquemas resultantes han de ser considerados como clave de sus significados (págs. 89-90).
Enfrentado con las numerosas relaciones entre Ramus y el "conocimiento aplicado", el padre Ong ha publicado un artículo, "El método ramista y la mentalidad comercial" 1, que supone un admirable estudio de la obsesión del Renacimiento por la cuantificación:
Uno de los enigmas más persistentes en relación con Peter Ramus y sus seguidores es la extraordinaria difusión de sus obras durante los siglos XVI y XVII. Las vías generales de tal difusión han sido bien conocidas desde que se publicó en 1855 el Ramus de Waddington. Se produjo principalmente por medio de los grupos burgueses protestantes de comerciantes y artesanos, más o menos ligados con el calvinismo. Tales grupos se hallan no solamente en Francia, país natal de Ramus, sino también y especialmente en Alemania, Suiza, los Países Bajos, Inglaterra, Escocia, Escandinavia y Nueva Inglaterra. La obra de Perry Miller The New England Mind: the Seventeenth Century, es el más detallado de los estudios sobre el ramismo en tales grupos. Estos grupos iban pasando a posiciones sociales más abiertamente influyentes y enriqueciéndose intelectualmente, y a medida que ascendían se sentían más atraídos por el ramismo. De este modo, las obras de Ramus gozaron de particular favor, no en los círculos intelectuales muy sofisticados, sino más bien en las escuelas primarias y secundarias o en los márgenes de contacto entre la escuela secundaria y la educación universitaria...
Lo que es necesario comprender aquí es que la clave de cualquier clase de "conocimiento aplicado" es la traducción de un complejo de relaciones a términos visuales explícitos. El alfabeto mismo, en cuanto aplicado al complejo de la palabra hablada, traduce el lenguaje a un código visual que puede ser uniformemente difundido y transportado. La imprenta había dado
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1una intensidad tal a este proceso latente, que fue un virtual punto de partida educacional y económico. Ramus, con todo el ímpetu escolástico tras sí, fue capaz de convertirlo en un visual "humanismo de las nuevas clases mercantiles". Tal es la simplicidad y tosquedad de los modelos espaciales promovidos por Ramus que ninguna mente cultivada ni nadie con sensibilidad para el lenguaje se preocuparía por ellos. Y, sin embargo, fue esta tosquedad lo que le dio atractivo para las clases mercantiles y los autodidactas. [193] El gran estudio sobre la
Middle-Class Culture in Elizabethan England, de L. B. Wright, ha demostrado cuán extenso fue
el sector del nuevo público lector constituido por estas clases.
La tipografía tendió a transformar el lenguaje, de medio de percepción y exploración, en un artículo transportable.
No solo Ramus, sino todo el cuerpo de humanistas, ha insistido en la importancia del uso y empleo práctico. Desde los sofismas a Cicerón, el estudio del lenguaje y la oratoria había sido considerado como el camino hacia el poder y la acción ejecutiva de altura. El programa ciceroniano de conocimiento enciclopédico en las artes y las ciencias volvió a tomar vigencia con la imprenta. El carácter esencialmente dialogal del escolasticismo abrió camino a un programa más amplio en las lenguas y la literatura, para la formación del cortesano, el gobernante y el príncipe. Lo que nosotros hemos llegado a considerar un imposible y elegante plan de estudios sobre autores, lenguas e historia, fue tenido durante el Renacimiento como necesario para el hombre de estado, por una parte, y para el estudio de las Escrituras, por otro. Shakespeare presenta (I, I) su Enrique V como una combinación de ambas cosas:
Escuchadle razonar sobre teología, y, admirados, sentiréis el íntimo deseo de que el Rey sea prelado; escuchadle debatir los asuntos de Estado, y diréis que todo ha sido objeto de sus estudios; escuchad su discurso sobre la guerra, y oiréis la música de una terrible batalla; haced que vuelva a cualquier tema de política, y desatará su nudo gordiano con tanta sencillez como desata su jarretiera: que, cuando habla, el aire, libertino titulado, se detiene, y una muda admiración se oculta en los oídos de los hombres para hurtar la dulzura y la miel de sus frases; que el arte y la práctica de la vida deben de ser el fundamento de sus teorías; y es asombroso cómo su Gracia ha podido adquirirlas, ya que su inclinación lo ha llevado a vanas correrías, sus compañeros han sido ignorantes, toscos y vacíos, y ha llenado sus horas con orgías, banquetes y juegos; y jamás se le vio estudiar, recogerse ni apartarse de las costumbres libres y la popularidad.
Pero las cualidades prácticas alentadas por el ramismo están relacionadas más directamente con los números que con las letras: "Mientras Adam Smith atacaba el sistema que surgía, se daba cuenta de las posibilidades de defensa que el [194] sistema tenía. Lo consideraba como parte de la extensión del sistema de precios que había barrido al sistema feudal y había llevado al descubrimiento del Nuevo Mundo..." 1. Escribe aquí Innis sobre "El poder penetrante del sistema de precios", por el que entiende el poder de traducir una serie de funciones a un nuevo modo y lenguaje. El sistema feudal estaba basado en la cultura oral y en un régimen autóctono de centros sin márgenes, como nos demostró antes Pirenne. Esta estructura fue transformada por medios visuales, cuantitativos, en grandes sistemas centro-margen, de carácter mercantil nacionalista; proceso éste apoyado en gran medida por la imprenta. Es interesante ver el modo como Adam Smith consideraba este proceso de drástica transformación producida en la guerra civil inglesa. Estaba a punto de tener lugar en Francia:
Una revolución de la mayor importancia para la felicidad pública fue llevada a cabo de este modo por dos clases distintas de gentes, que no tenían la menor intención de servir al pueblo. Satisfacer la vanidad más infantil fue el único motivo de los grandes propietarios. Los comerciantes y artífices, mucho menos ridículos, actuaron simplemente con vistas a su propio interés, siguiendo sus principios de mercachifles, de sacar un penique allí donde pudiera sacarse. Ninguno de ellos tenía conocimiento ni visión anticipada de la gran revolución que la estupidez de unos y la industria de los otros estaba provocando gradualmente. Y es así como, en gran parte de Europa, el comercio y el desarrollo de las ciudades fueron la causa y ocasión, y no el efecto, del progreso y mejora del país 2.
La Revolución francesa, preparada largo tiempo por el proceso homogeneizante de la