El Programa de Habitabilidad reconoce la habitabilidad como el fenómeno a intervenir desde el trabajo con familias en extrema pobreza generando así la problematización del fenómeno como la precariedad habitacional que viven las personas en esta situación.
Desde una concepción política, la habitabilidad es entendida a partir de cómo se entiende la política de vivienda según los últimos paradigmas políticos que marcan la forma de entender la vivienda en Chile. Desde los años 1965 al 1973, la vivienda era concebida como una responsabilidad del Estado, lo cual se vincula a lo que posteriormente serán los derechos humanos que se deben garantizar. Cuando se interrumpe la democracia en el año 1973, y en este proceso se instaura de manera completa la liberalización del mercado, la responsabilidad de tener un techo se traslada a
31
la familia y por tanto acceder a una vivienda definitiva, digna y de calidad no pertenece al Estado, puesto que es el mercado, a través del sistema de subsidio y ahorro, quien media en esta relación.
Con la restauración de la democracia el sistema es mixto, las familias invierten en la vivienda y el Estado apoya en este proceso, lo cual devela las malas condiciones de habitabilidad de las familias y obliga a los gobiernos a hacerse “cargo” de esta problemática desde un enfoque de derechos. A partir del año 2000 (Castillo e Hidalgo, 2007) el Estado asume jugar un rol de considerar el quehacer político desde el crecimiento con protección, y es ahí donde surge el Sistema de Protección Social Chile Solidario, donde el gasto social aumenta y las políticas de protección social se fortalecen bajo el enfoque de derechos.
Desde este contexto político es que se comprende la evolución del fenómeno de la habitabilidad, el cual para efectos del Programa de Habitabilidad, afecta a personas y familias en situación de extrema pobreza y vulnerabilidad social. Así, la habitabilidad viene a caracterizar estándares de calidad de vida y es ahí donde surge el vínculo entre la habitabilidad como estándar de calidad de vida y su inclusión en condiciones mínimas de la política de Protección Social. Siendo entonces la calidad de vida el horizonte del PP puesto que los “estándares básicos que deben ser garantizados a la familia ya que guardan directa relación con su calidad de vida” (FOSIS, 2004) y por lo tanto su bienestar al alcanzar estas condiciones.
Para el FOSIS (2012) la habitabilidad se refiere a las condiciones en las que la familia habita una vivienda, las cuales se relacionan con estándares básicos de calidad de vida que deben ser garantizados a la familia (FOSIS, 2004). Estas condiciones están determinadas, tanto por las características físicas de la vivienda y el sitio, como por las características psicosociales de la familia, que se expresan en hábitos, conductas o maneras de ser adquiridas en el transcurso del tiempo.
El término calidad de vida ha si sido utilizado frecuentemente tanto en el lenguaje cotidiano como en las diferentes disciplinas que se ocupan del estudio de la complejidad de problemas económicos, sociales, ambientales, territoriales y de relaciones que caracterizan a la sociedad actual (Leva, 2005).
Este concepto es un campo de trabajo que lleva varios años, y se ha vuelto relevante incluso en el contexto de salud a nivel internacional. Según Schalock y Verdugo en Vergara (2009), los estudios sobre calidad de vida que están desarrollándose son por las posibilidades que otorga en la mejora de la sociedad, la cual se ve constantemente sometida a transformaciones en diferentes aspectos, ya sean políticos, económicos y/o tecnológicos. Se aplica el concepto también al evaluar resultados de programas y servicios humanos que sirvan para orientar las políticas públicas nacionales e
32
internacionales dirigidas a las personas en general o situaciones específicas (discapacidad, enfermedades crónicas, etc.).
Ardila (2003) propone una definición del concepto que intenta abarcar los aspectos más relevantes, entendiendo calidad de vida como un estado de satisfacción general, que se genera de la realización de las potencialidades de la persona. Contiene aspectos subjetivos y objetivos.
“Es una sensación subjetiva de bienestar físico, psicológico y social. Incluye como aspectos subjetivos la intimidad, la expresión emocional, la seguridad percibida, la productividad personal y la salud percibida. Como aspectos objetivos el bienestar material, las relaciones armónicas con el ambiente físico y social, con la comunidad, y la salud objetiva.” (Ardila, 2003, p.163)
En la definición se señalan factores importantes como la satisfacción de un todo a través de la potenciación del individuo. También cabe destacar que los aspectos subjetivos se refieren a sentirse sanos, productivos, seguros y con la capacidad de expresar las emociones. Por otro lado, los aspectos objetivos refieren a situaciones más generales y que se identifican con la sociedad y aspectos comunes de los habitantes.
Se debe agregar otro aspecto, que es la calidad de vida como fruto de la interrelación entre el sujeto y el ambiente y no exclusivamente en la persona. Como indica Bronfenbrenner (1979) “los aspectos ambientales y personales interactúan en contextos de referencia específicos, evaluados por las personas a través de las actitudes” (Bronfenbrenner 1979 en Hernández- Ponce 2004, p.1). Ya que la medición a través de la actitud de los grados de satisfacción que son resultados de la relación individuo-ambiente, permite la evaluación de la calidad de vida que la gente percibe.
Al revisar estos aspectos ambientales, es necesario también comprender que la calidad de vida está ligada a la vivienda, la cual comprende el concepto de habitación siendo éste un lugar donde las personas se “refugian y defienden de los factores ambientales hostiles y, en el que además, transcurren alrededor del 60% de sus vidas personales y relacionales” (FOSIS y UC, 2007, p.14) siendo la encargada de satisfacer necesidades básicas como, por ejemplo, de protección. Junto con el concepto de calidad de vida y vivienda se comienza a hablar de la habitabilidad; concepto que surge del proceso de mejora de la vivienda donde, al ir desarrollándose el sujeto, su vivienda irá creciendo y siendo modificada con las nuevas necesidades que se presenten, sin dejar de lado la base de las necesidades ya satisfechas (Moreno, 2008).
Para el Programa de Habitabilidad, la calidad de vida está vinculada con su capacidad para satisfacer las necesidades y “aspiraciones de las personas y grupo que la habita” (FOSIS y UC, 2007, p.14), siendo, por lo
33
tanto, una noción subjetiva que deviene de las formas en que las personas viven su entorno residencial. Sin embargo, también existen ciertos requisitos básicos que debe cumplir una vivienda para la mejora de la calidad de vida de las personas, la cual debe atender necesidades fisiológicas (temperatura, ventilación, abrigo, seguridad, iluminación) y psicológicas (aislamiento, distribución de los habitantes, estética, ubicación) (FOSIS y UC, 2007)
Moreno (2008) construye a la habitabilidad como una condición necesaria para la calidad de vida, pero esta ha sido ligada siempre al cómo debería vivirse y muchas veces queda solo en un esfuerzo arquitectónico, donde no existe flexibilidad o adaptación a cada familia o realidad, por tanto, no existe el mejor modo de habitar.
Además, la habitabilidad no es un elemento dado, sino que es creada a partir de la persona que necesita y que busca satisfacer cierta necesidad de su vivir. En pocas palabras, la habitabilidad es la “condición satisfactoria de calidad ambiental, material y cultural del espacio habitado por las personas” (Tarchópulos, 2003, p.10), definida por el conjunto de condiciones físicas y no físicas que garantizan condiciones de dignidad en la vida humana. Las condiciones físicas dicen relación con los aspectos espaciales, constructivos y funcionales; las condiciones no físicas son aquellos factores sociales “referidos a la interrelación del grupo humano con las condiciones físicas y con los valores societales atribuidos a la tenencia de la vivienda” ((Tarchópulos, 2003, p.43). Así, para que exista calidad de vida en los espacios que están ligados con el desarrollo de vivienda, debe existir un adecuado entorno para la vida de las personas, pues no se puede separar la vivienda del entorno “en que está ubicada, por las influencias mutuas que se presentan” (FOSIS y UC, 2007, p.14), ya que sin habitabilidad, no cumple con una base que permita el desarrollo y generación de la calidad de vida y por consecuente de una buena salud.
Vinculado con lo anterior, es la Organización Mundial de la Salud (OMS) quien trabaja y desarrolla el concepto de vivienda saludable, el cual se refiere a que debe existir un adecuado desarrollo físico, social y mental de las condiciones de salud, seguridad, higiene, comodidad y privacidad (OMS, 2000). Desde esta perspectiva la vivienda se puede mostrar como un espacio de potenciales enfermedades agudas y crónicas, así como también de salud mental y donde la satisfacción de estas necesidades dicen mucha relación con la calidad de vida de las familias. Este es uno de los puntos donde se tensiona la política de vivienda y salud, donde la primera debe su evolución por el avance de la segunda y es aquí donde el Programa de Habitabilidad pone su mayor preocupación, puesto que la vivienda y su dinámica debe cumplir con unos mínimos que resguarden la salud física y mental de sus miembros.
Bajo esta concepción, quienes habitan la vivienda demandan mayores y mejores condiciones ambientales que en cualquier otro espacio, donde las
34
“condiciones de la vivienda pueden considerarse factores de riesgo o por el contrario agentes de la salud de los residentes, según el grado de conciencia, voluntad y los recursos de la persona que la ubica, diseña, construye y habita” (OMS, 2000, p.34).
A pesar que las enfermedades producidas en la vivienda son multicausales, las evidencias demuestran que en ella las enfermedades se generan y potencian debido a que “las personas tienden a bajar sus barreras defensivas en su casa y se vuelven vulnerables a contraer enfermedades” (OMS en D’Alençon 2009, p.7).
Complementando la construcción del FOSIS, la tradición del fenómeno de la habitabilidad, según D’Alençon (2009), se vincula con el confort entendido como las condiciones referidas a los aspectos higro-térmico, acústico y visual, además de estar circunscrita a la escala únicamente de la vivienda.
Dentro del contexto de las CM y las necesidades de mejorar la calidad de vida de las familias, Naredo y Rueda (1996) señalan que la calidad de vida de los ciudadanos depende de
“factores sociales y económicos y también de las condiciones ambientales y físico-espaciales. El trazado de las ciudades y su estética, las pautas en el uso de la tierra, la densidad de la población y de la edificación, la existencia de los equipamientos básicos y un acceso fácil a los servicios públicos y al resto de actividades propias de los sistemas urbanos tienen una importancia capital para la habitabilidad de los asentamientos urbanos” (Naredo y Rueda, 1996, p.85).
Lo cual señala que la calidad de vida se enmarca dentro de un contexto que si bien es al interior de la vivienda, también lo es un entorno que pueda hacer que las familias satisfagan sus CM.
Hoy en día la habitabilidad se entiende desde espacios más amplios y está determinada por la “relación y adecuación entre el hombre y su entorno y se refiere a cómo cada una de las escalas territoriales es evaluada según su capacidad de satisfacer las necesidades humanas” (INVI, 2004, p.14). Así, la habitabilidad es un proceso compuesto por distintas escalas en el territorio que “se distinguen por una forma particular de apropiación, dado por un vínculo cotidiano con unidades de experiencias singulares, potenciando relaciones de identidad y pertenencia, a partir de lo cual el habitante lo interviene y configura”. (INVI, 2010).
Su visión se vincula a una perspectiva epistemológica funcionalista sistémica, donde el hábitat residencial se compone por unidades escalares: “vivienda; entorno inmediato; conjunto habitacional; barrio; ciudad y región”
35
(INVI, 2010). Estas escalas se relacionan de manera continua y no solo de manera física, puesto que “se asocian con su contexto político institucional, tecnológico, formativo y territorial” (INVI, 2004, p.13). Por lo tanto, este concepto no sólo abarca el ámbito estructural y simbólico de un espacio y lugares determinados, sino que también se ocupa de todos los otros elementos que rodean al sistema y lo constituyen como tal, como son la salud, medio ambiente, educación, gobernanza, política, etc.
En síntesis la habitabilidad se entiende como un sistema integral, donde se supera el espacio en el que habita o cobija a una familia, y más bien es todo lo que lo rodea: territorio, infraestructura, conectividad, equipamiento social, comunitario y todo aquello que pertenece al contexto y se manifiesta en diversas escalas: localización urbana/rural, vecindarios, conjuntos habitaciones, entornos y unidades de vivienda. Aun así lo espacial “puede definirse y tratarse como algo autónomo a lo social, esto es, como una variable externa aunque relacionada con las variables sociales” (Sepúlveda, R., 2005, p.8). Es entonces cuando lo social, y en específico los sistemas familiares, deben reducir su complejidad ante el entorno circundante.
Bajo esta perspectiva, el bienestar habitacional de las viviendas o de habitabilidad de las familias es de tipo físico espacial (condiciones de diseño relativas a la estructura física del hábitat residencial); psico-social (comportamiento individual y colectivo de los habitantes: condiciones de privacidad, identidad y seguridad ciudadana); térmico (condición térmica que presenta la vivienda: temperatura, humedad relativa y riesgo de condensación); acústico (condición acústica que presenta la vivienda: aislamiento acústico a la transmisión del ruido aéreo y de impacto); y lumínico (condición lumínica que presenta la vivienda: iluminación natural) (INVI, 2004).
Por último, el INVI recopila una definición de habitabilidad que es el
“nivel de comportamiento de ciertos factores y variables espaciales y psico-sociales observables, que aluden a la relación entre comunidad y su ambiente residencial. En consecuencia, dichos factores y variables tienen una expresión de valor diversa en cada uno de los conjuntos observados, donde la lectura transversal de los mismos, permite definir categorías de niveles de habitabilidad deseados en conjuntos residenciales”
(INVI en D’Alençon, 2009, p.273)
En el Anexo 6 se podrá ver esquematizado lo recién presentado desde las escalas territoriales propuestas por el INVI (2004)
Velásquez (2010) por su parte señala que la habitabilidad se comprende no sólo por las condiciones materiales del espacio, sino que
36
también cómo las personas dan significado al mismo, es decir desde la dimensión subjetiva de éste, y es entonces cuando nace el vinculo entre el espacio construido y la relación referida al uso y apropiación de quienes utilizan este espacio en su cotidianidad. Es aquí donde se quiere poner el acento para la construcción de la propuesta de investigación, donde Huertas (1991) sugiere que lo habitable es distinto en entornos rurales y urbanos, donde la producción de viviendas, necesidades, condiciones regionales, materiales disponibles, las formas de ornamentación y apropiación del espacio son acordes con sus valores y realidades culturales. Estos enunciados ponen el foco en el sujeto y sus subjetividades y comprensiones de la realidad social.
Por su parte, la construcción del sujeto responderá a la institucional con todos los elementos que convergen en la tipología, pero siempre considerando que quienes viven en situación de pobreza(s) también la viven de forma distinta, relevando el concepto de heterogeneidad de la pobreza.
Este aspecto se refiere a las construcciones sociales sobre la pobreza, las cuales se sustentan en la vivencia cotidiana de la misma, actitudes, valores y estrategias para hacer frente a esta situación, donde la pobreza no está dada por el ingreso del hogar sino que por aspectos culturales (FSP, 2010). Lo anterior quiere decir que la pobreza está fuertemente asentada en variables culturales más que económicas, lo cual permite reflexionar respecto al cómo se pueden incorporar estas variables en instrumentos de medición y focalización de la pobreza. Esto lleva a “entender a ese otro no como un sujeto a moldear, si no como un portador de historia social, de cultura, de relaciones interpersonales” (Carballeda, 2002, p.32), lo cual permite responder a una de las recomendaciones de la evaluación a la intervención social del PH donde se reconoce una necesidad de flexibilidad en la formulación y desarrollo de estrategias, “que permitan abordar las particularidades de las personas atendidas por el programa” (INVI, 2012, p.4)
Estos postulados respecto a la habitabilidad – que vienen a complementar los ya presentados por el Programa de Habitabilidad – permiten observar la relación de la pobreza, vivienda y habitabilidad desde una dimensión más vinculada con el medio próximo que también afecta el habitar de las familias y así también la situación de pobreza en la que se encuentran. Por otro lado, considerar la habitabilidad como una construcción permite dialogar con una visión más normalizadora del Programa y contener aspectos simbólicos de las familias respecto a su propio habitar, lo cual permite que la intervención pueda hacer más sentido – y por tanto generar mayor sustentabilidad - a quienes participan en ella.
Ambos aspectos son parte prioritaria de la intervención programática del FOSIS (2012), es decir, tener programas más pertinentes cultural y territorialmente, participativos y vinculantes en sus fases, que tienen que
37
estar en constante perfeccionamiento debido al dinamismo que significa trabajar con situaciones de pobreza y vulnerabilidad social.