• No se han encontrado resultados

LE HABLÉ DE LOURDES

In document Ellas - Mari Ropero.pdf (página 168-186)

Esta situación, la de quedar en el bar de un hotel, la había vivido muchas veces y no solo con Toño. Siempre era el mismo ritual. Quedar en el bar, tomar una copa y después irnos a cenar o simplemente subir a la habitación. Pero hoy era distinto. Ni siquiera me había maquillado como de costumbre, ni me puse un vestido adecuado para la ocasión. Hoy no era María, era Carmen la que había quedado con Toño.

—Estás más guapa que de costumbre, aunque eso es un poco difícil —me repitió.

—Me he puesto lo primero que he pillado, esta cita no es como las demás. Es especial. Será la última.

—Espero que no termine también nuestra amistad —dijo.

—No. Te aseguro, y así lo deseo, que podamos quedar alguna vez para cenar. Que me sigas informando de esos experimentos que hacéis en el laboratorio donde trabajas.

—Me da un poco de pena que no haya llegado a tiempo para que pudieras venir conmigo. Este congreso te resultaría interesante.

—Bueno, yo todavía no te he dicho que no, esta reunión tiene que ver con tu viaje —le interrumpí.

—Ya tienes aquí la Coca-Cola —me dijo Toño señalando al camarero, que me la estaba dejando en la mesa en ese momento—. Venga, que me tienes en ascuas. Cuéntame, ¿qué te ha pasado o, mejor dicho, que es eso tan bueno que te ha pasado para que tomaras la decisión de dejar la agencia? —preguntó.

—Mi decisión de terminar con la agencia, no tiene nada que ver con ellos. Es algo mío, personal. Para ellos solo son unas vacaciones un poco más largas. Dos meses. Luego, ya se verá. Les he contado que necesito un descanso, más mental que físico. He estado estos últimos meses casi sin parar, precisamente para poder escaparme este

tiempo. Aunque para mí no sean en realidad solo unas vacaciones, sino el principio de una excedencia que por primera vez quiero que sea definitiva.

—Espero que así sea —dijo él.

—Te aseguro que en esas estoy. Nunca me había planteado hacerlo. Hasta ahora.

—La curiosidad me puede, ¿cuál es esa razón tan poderosa que hace que te plantees algo así?, ¿cuéntame? —volvió a decir.

—Bueno, empiezo —suspiré.— Todo comenzó hace unos años, por casualidad. Un cliente llama a la agencia y no hay nadie disponible, porque mi compañera tenía otra cita a la misma hora, así que me llama y me pide que

vaya yo. Eso lo hacemos mucho, nos ayudamos entre nosotras. Excepto contigo, que eres un bicho raro —dije, sonriendo.

—Pues sí, pero, ¿qué pasó después? —preguntó todo intrigado.

—En esa cita conocí a la persona más especial que he visto en mi vida. De esa, salieron muchas más citas después. Tanto es así, que nuestros encuentros pasaron a ser privados, sin la agencia de por medio y por supuesto sin dinero. Teníamos lo que se puede llamar una relación casi normal. Ha durado incluso años, unos años maravillosos llenos de una complicidad infinita y de mucho amor. Ahora que ya no está conmigo, me

doy cuenta de lo torpe que fui dejando que se marchara. Me siento muy culpable.

—En una relación los dos son culpables a partes iguales, tanto de lo bueno, como de lo malo —dijo.

—Bueno, como se suele decir, «mal de muchos, consuelo de tontos». Creo que eso solo sirve para no ser realista. Cuando tienes cerca a una persona como ella, no debes dejarla marchar —volví a suspirar, y mi mente se llenó de sus ojos, de sus manos; me quedé callada mirando al suelo.

—La verdad es que es una buena razón para dejar, no ya el trabajo, sino tu país y hasta el continente. Ojalá yo hubiera perdido la cabeza o el corazón por

alguien y no por tanto libro de medicina. Sé que me he perdido cosas tan importantes como el amor y el desamor, el dolor de que te dejen. Me refugié en mi trabajo y no tengo vida, solo tengo eso, trabajo. Cuando se es joven como tú no te das cuenta, pero cuando pasas de los cincuenta las cosas se ven diferentes. Aunque no los aparento, los años están aquí. De lo único de lo que me arrepiento es de no ser consciente de lo bonito que es vivir todo eso. Tú lo estás haciendo. Te revelas contra la vida que tienes y la quieres cambiar, y eso te hace una mujer valiente. Yo no lo fui.

—Cada uno sigue su camino según sus circunstancias. Si yo no me hubiera

dedicado a esto no te habría conocido y por supuesto, a ella tan poco.

—Pero, ¿es ella, es una mujer? — preguntó Toño un poco extrañado. Yo me empecé a reír. Es verdad, no le había dicho que esa persona era mi querida Lourdes. Que era una mujer.

—Siento no haber empezado por ahí, se llama Lourdes, trabaja en Londres y es la chica más guapa que he conocido jamás. No te culpo de tu extrañeza, trabajando en lo que trabajo y suponiendo que la mayoría de los clientes suelen ser hombres, que yo esté enamorada de una mujer puede sonar raro, pero es así. Soy lesbiana, así que lo más normal es que me enamore de una mujer. ¿No crees? Eso no ha significado

ningún impedimento para realizar mi trabajo.

—Eres una caja de sorpresas, María. A lo mejor ni siquiera te llamas María, pero no me importa. Has confiado en mí en muchas ocasiones. Como yo en ti. — hizo una pausa, y siguió.— Pero, supongo que todavía hay algo que no me has contado, algo te queda en esa cabecita, ¿me equivoco? —me volvió a preguntar esperando respuesta.

—Me queda por contarte lo más importante. Estoy loca por ella. Me enamoré de Lourdes como jamás lo he estado de nadie. Y esa razón es lo suficientemente importante como para dejar el trabajo. Aunque no sé si será

demasiado tarde.

—Demasiado tarde, ¿por qué? —me interrumpió.

—Bueno, digamos que tenía que haberme dado cuenta antes de que para una persona que te quiere, es incompatible compartirte con la primera persona que pase. Nunca me pidió explicaciones, ni siquiera una vez. Simplemente no quería saber nada de mi trabajo. Cuando estábamos juntas, éramos ella y yo. Mi trabajo no existía. Y la única vez que me pide algo, yo le digo que no.

—¿Qué fue lo que te pidió? —volvió a interrumpir Toño.

—Lo que estoy haciendo ahora, dejarlo. Ella siempre esperaba que yo lo

dejara de una forma voluntaria, no sé si por ella o por mí misma, pero esperaba que lo hiciera. El tiempo pasaba y todo seguía igual, así que me imagino que se cansó de esperar, y cuando me lo planteó no supe qué decir, bueno sí, que no podía ser. Creo que no me paré a pensar en lo importante que era para ella y para mí. He tenido que echarla de menos como una loca, llamarla no sé las veces sin respuesta y llorar lo indecible para darme cuenta que mi vida antes de aparecer Lourdes era nada y ahora que no está, también es esa misma nada. Fíjate, cuando la conocí yo pensaba que era feliz, hacía lo que quería, sin ataduras. Pero llegó a mi vida y me di

cuenta que siempre me había faltado algo, y ese algo era ella. ¿Cómo no lo supe antes? Todos los días me miro en el espejo y me digo: ¡mira que eres idiota! No sé qué voy a hacer —me callé un momento, miré al suelo y me entraron unas ganas tremendas de llorar.

—Bueno, yo, como tú sabes, no soy lo que se dice un experto en el amor, pero creo que cuando los sentimientos son de verdad y fuertes, pueden aguantarlo todo. Búscala —me contestó con fuerza en lo que decía. Eran justo las palabras que yo necesitaba oír. Tragué saliva para no ponerme a llorar y le respondí.

—Eso es lo que voy hacer. Por eso quería hablar contigo. Ella trabaja en Londres. Si tú quieres, yo viajo contigo.

Incluso voy contigo al congreso, por supuesto como amigos, no como cliente. Eso para mí, se acabó. Estás en tu derecho de decirme que no. Pero es lo único que te puedo ofrecer. Quiero encontrarla y hablar con ella. Tengo que intentar explicarle todo, aunque sea para que me rechace. Si estos últimos meses sin vernos le han servido para olvidarme, me arriesgaré; pero necesito saber si todavía me quiere y podemos recuperar todo este tiempo que llevamos separadas. Todos nuestros sueños.

—Por supuesto que sí María, para mi será un placer que me acompañes.

—Toño, no me llamo María, me llamo Carmen —le interrumpí.

—Mejor —se echó a reír— mucho mejor. Es un placer conocerte, Carmen. Perdóname si me equivoco en alguna ocasión, tengo que acostumbrarme.

—Gracias, sabía que podía confiar en ti. Tú dirás, cuándo viajamos y cuándo será el congreso, cuéntamelo todo —le pregunté.

—Será como en otras ocasiones, nos vamos el jueves, el congreso es el viernes y el sábado por la mañana y el regreso sería el domingo. Eso si regresas conmigo, que espero que no.

—Ojalá, ojalá encuentre a Lourdes y podamos hablar, por lo menos hablar. Tengo tantas cosas que explicarle. Y, por supuesto, cumpliré con el plan de

trabajo que tienes marcado. Un trato es un trato —le dije ofreciéndole la mano.

Después de un buen rato de conversación decidimos irnos.

—Bueno, entonces quedamos el jueves a las diez, justo aquí, paso a buscarte y vamos juntos al aeropuerto, ¿te parece? —le pregunté.

—Como tú prefieras. Será un placer acompañarte en este viaje tan interesante. Estoy emocionado. Por primera vez mi interés no tiene nada que ver con proyectos ni subvenciones, ni con mi trabajo. ¡Vamos en busca del amor! El tuyo. El vuestro.

—Eres un tío estupendo, Toño, eres un cielo, gracias —nos dimos dos besos y me marché.

De vuelta a casa en el taxi no dejaba de pensar en el jueves, quería que pasaran deprisa estos dos días. Tenía tantas ganas de estar frente a Lourdes, tantas ganas de volver verla.

PREPARANDO EL VIAJE A

In document Ellas - Mari Ropero.pdf (página 168-186)

Documento similar