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Ellas - Mari Ropero.pdf

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ELLAS

Mari Ropero

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Primera edición Septiembre 2013 © Mari Ropero 2013 © E-dítaloContigo, 2013 [email protected] www.editalocontigo.es ISBN: 978-84-616-5977-7

© Fotografía de portada: Two young girls in

wheat field holding hands, Liubomirt / Fotolia

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ePub: E-dítaloContigo

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro e s p a ñ o l de derechos reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

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A mi familia, en especial a la mía, Juan y David. A mis amigas de siempre y a las de ahora. A mi madre y al «Tío Loco», mi cuñado Ángel, porque estoy segura que desde donde estáis compartís conmigo esta ilusión. Siempre series parte de mí.

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NOTA DE LA AUTORA

Cuando explico que voy a publicar mi primera novela la pregunta con que me asaltan es siempre la misma: ¿Desde cuándo escribes?, a lo que respondo para mí misma que desde siempre. Para mí, escribir no ha significado otra cosa que una búsqueda tenaz tras la curiosidad por lo que me rodea. Fue un libro, Siete Tentaciones, el que abrió la veda a mis intereses literarios. A este y a las autoras del blog Bolleras Viajeras debo el impulso de mi aventura literaria y sus emociones.

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Guerra y Paco Melero, su trabajo y dedicación para que esta novela vea la luz.

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MARÍA, CARMEN

Cruzamos Madrid casi sin darnos cuenta. Íbamos hablando de todo lo sucedido en estas dos últimas semanas sin vernos.

—He tenido tanto trabajo que casi no sabía en qué día estaba, me he pasado todo el tiempo metida en la oficina — dijo Lourdes un poco agobiada, apartándose el pelo de la cara.

Tengo un Mini descapotable, es precioso. Aunque puede parecer pequeño por fuera, me encanta su interior. Ha sido lo más caro, después de mi casa, que me he comprado en

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todos estos años de trabajo. Que sea descapotable era un sueño. Desde pequeña quise tener uno así. Cuando lo veía en la tele o en revistas, fantaseaba con cómo sería ir a toda velocidad con el aire dándote en la cara. Pero claro, no a todo el mundo le gusta eso y este era el caso de Lourdes, que no paraba de pelearse con su preciosa melena.

Hoy, en Madrid, era uno de esos días en los que el cielo parece que está a punto de caerse por espeso y bochornoso. Tan gris, que pareciera que de un momento a otro iba a empezar a llover.

Nosotras seguíamos nuestro camino sin dejar de quejarnos por el calor, aunque de haber estado lloviendo

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también nos hubiéramos quejado. Eso sí, sin parar de mirarnos.

De vez en cuando, nuestras manos se juntaban entre el freno de mano y la palanca de las marchas y ahí se quedaban hasta la siguiente reducción o aceleración, según conviniera a la conducción.

—¿Queda mucho para llegar?, estoy un poco intrigada por saber dónde vamos. Me contaste por teléfono que me llevarías a un sitio en el que no había estado nunca y tengo curiosidad — preguntó Lourdes. Y ya era la tercera vez que lo hacía.

Hice una pausa para ponerle más misterio a la cosa.

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—Mira que eres impaciente, ya verás como merece la pena esperar un poco. Te aseguro que te vas a sorprender. Fíjate que hemos ido a sitios tú y yo, pero a ninguno como este. Sé que te gustará.

—Yo solo espero que sea tranquilo, necesito descansar y estar contigo — dijo ella—. Esta vez me apetece perder el tiempo sin hacer otra cosa que hablar a solas y juntas.

—¿Nada más que eso quieres hacer?, pensaba que también querrías otras cosas —le contesté con una sonrisa pícara.

—Bueno, para eso creo que podré hacer un esfuerzo —nos reímos las dos.

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Ella me cogió la mano y me la besó. Se notaba su prisa por llegar, no sabía que el sitio tan maravilloso donde íbamos a pasar este fin de semana era, ni más ni menos, que mi casa. No era de extrañar que no se lo imaginara, nunca quise compartir con nadie algo que tuviera que ver con mi otra vida, la personal. Sin embargo ella había traspasado esa barrera, Lourdes formaba parte de mi intimidad y quería que conociera algo más de esa «otra vida», la de verdad.

Siempre pensé que sería mejor tener bien separado el trabajo de la vida personal. Nadie de mi entorno, de mi familia, sabía a lo que yo me dedicaba. Ellos pensaban que era «azafata». Es la

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profesión más ocurrente de todas, nunca estás en casa y viajas mucho. Puta, no azafata, es mi trabajo en realidad. Mi madre se moriría de vergüenza si lo supiera, y la gente que me conocía, ¿para qué saberlo?, ellos van a lo suyo y tampoco me interesa que sepan quién soy en realidad.

Hasta que llega Lourdes a mi vida y todo empieza a cambiar, me resulta fácil hablar con ella de otras cosas que no sean frivolidades, dinero o tonterías... Con ella aparecieron prioridades y necesidades que pensaba estaban en el baúl de los recuerdos. Cuando apareció, todo mi mundo interior salió y en ese momento pude comprender que la vida

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puede dar muchas vueltas, todas las que tú quieras que dé, incluso a tu favor.

Pensaba que era una mujer fuerte, que podía hacerlo todo sin nadie a mi lado. La realidad era otra. Tenía tanto miedo de intentar salir de eso y no conseguirlo… He conocido a personas que han procurado dejarlo y después, no se sabe porqué, si por dinero o porque piensan que no saben hacer otra cosa, vuelven de nuevo. No quería eso para mí. Si alguna vez lo dejaba tendría que ser para siempre. Mientras tanto, seguiría.

El camino desde el aeropuerto hasta mi casa no era complicado, no así hoy, que es final de agosto y el tráfico se duplica en las carreteras de Madrid. Así

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que tardaríamos en llegar un poco más de lo previsto.

Mientras conducía hacia mi casa, recordaba que si no hubiera sido por mi trabajo no conocería a Lourdes. Por eso, estos años, casi trece, me merecían la pena al mirarla. Nunca se sabe dónde puedes encontrar al amor de tu vida, supe que ella sería muy importante para mí desde el primer momento. Llámalo intuición o como quieras, pero así fue.

Todos tenemos un por qué para entrar en la prostitución y antes de juzgar tendríamos que conocer cada situación. Si pudiéramos empatizar solo un minuto, entenderíamos mejor las circunstancias por las que pueden estar pasando las

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personas que nos dedicamos a esto. Puede que sea una manera rápida de conseguir dinero, pero no la más fácil.

Ya estábamos a punto de llegar, solo faltaba una calle para llegar a la mía. Yo también andaba un poco nerviosa, no imaginaba la reacción de Lourdes cuando se diera cuenta que estábamos en mi casa. Si quería descansar y estar conmigo, sin duda este era el sitio más adecuado. Sentía que todo iba bien.

Reduje la velocidad, habíamos llegado. Ella estaba llena de intriga, miraba por todas partes sin adivinar dónde estábamos. Nos encontrábamos frente a una zona residencial, de clase media alta. Me cuesta mucho trabajo pagarla, pero era prioritario para mí

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tener una casa propia. Ya que el dinero entraba de una forma «rápida», por lo menos quería gastármelo en algo que en un futuro me sacara de apuros que se presentaran, es un esfuerzo del que no me arrepiento. Pienso que hay que ser como una hormiga, nunca se sabe. Me lo enseñó mi madre, que es una persona muy sabia en eso de bañarse y guardar la ropa.

—Hemos llegado, espera que abro el garaje y metemos el coche —le dije sin perder de vista la puerta que, por cierto, fallaba más que una escopeta de feria. Tenían que venir a arreglarla, pero en agosto parece que todo el mundo está de vacaciones, así que habrá que esperar a

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que llegue septiembre.

Entramos en el garaje. Parecía extraño encontrarlo tan vacío, siempre estaba que no cabía ni un alfiler.

—Bueno, ya estamos aquí —dije mirándola con cara de buena mientras hacía la maniobra necesaria para poner el coche en su sitio. Paré el coche.

—A ver, cariño, ¿dónde estamos? Pensé que iríamos a algún sitio de los nuestros. Ya veo que no me has mentido cuando dijiste que íbamos a un lugar diferente. Bueno, al menos para mí —me iba diciendo.

Hay que decir que la sorpresa de estar en mi casa no era tanto el hecho de estar allí sino por mi iniciativa de llevarla. Ella sabía lo que pensaba acerca de

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mezclar el trabajo con mi vida privada. Pero Lourdes ya formaba parte de lo segundo.

—Bajemos del coche y cojamos las maletas, estoy impaciente por llegar a casa, estoy muy nerviosa. No sabes las ganas que tengo de que conozcas esta parte de mí —iba comentando mientras me ponía en marcha.

Salimos del coche y sacamos los bultos del maletero.

—Vamos, es por aquí, el ascensor está a la derecha, detrás de ese coche rojo — le dije dirigiendo la mano y el cuerpo hacia esa parte del garaje.

Era grande, teníamos unas quince plazas. Algunas eran de los propietarios

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de los pisos y otras estaban alquiladas a personas que vivían en edificios vecinos, los menos, porque en este edificio había diez viviendas.

Llegamos al ascensor, pulsé el botón para llamarlo y en seguida se abrieron las puertas. Entramos. Subimos los cuatro pisos mirándonos con mucha complicidad y sin parar de decir tonterías. Estábamos las dos muy nerviosas, pero también impacientes por llegar. El camino del aeropuerto hasta mi casa se había hecho pesado y teníamos ganas de salir del coche.

—Espero que te guste la sorpresa, hoy no es un hotel perdido en las afueras o en la sierra, de esos que acostumbramos a buscar en Internet. Hoy te traigo a mi

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casa. Quiero que te encuentres bien, yo haré lo que esté en mis manos para que sea así —le decía esto mientras el ascensor se detuvo en mi planta.

Se abrió la puerta y las dos casi a la vez salimos de él, se nos notaba la prisa. La verdad es que entre las maletas de Lourdes y el calor que hacía, cuando se abrió la puerta pareció que nos habían puesto un cohete en el culo.

Mi piso era uno de los dos áticos que tenía el edificio. Me paré justo delante.

—Espera que busque las llaves y enseguida entramos —dije mientras metía la mano en el bolso y rebuscaba hasta encontrarlas—. ¡Las encontré!

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haciendo una reverencia en plan graciosa.

—Gracias cariño, ya había ganas de llegar, estaba un poco intrigada — contestó.

—Espero no defraudarte, te he dado mucho el tostón. Tú me dijiste que querías descansar, así que me pareció el mejor sitio para ello, además, ya te he dicho que me apetecía que conocieras mi casa.

No era gran cosa a pesar de ser un ático. Lo primero que encontramos al entrar es un salón espacioso, con grandes ventanas. Las persianas estaban a media altura y dejaban pasar un calor tremendo. Tendría que haberlas bajado antes de ir a buscarla, pero con las

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prisas se mi olvidó. Los ventanales hacían a la vez de puertas que llevaban a la terraza.

La cocina no era muy grande, pero lo suficiente para mí. Tenía un cuarto de baño completo, con una ducha y bañera provista de panel de masaje, que ya venía incluido con el piso cuando lo compré. Luego pasamos a una habitación más pequeña donde tengo un montón de libros en estanterías y el ordenador. Mi habitación es la más grande de las tres, con una ventana enorme que da a la terraza del salón. Solo queda otra habitación, la de invitados, y otra terraza pequeña en la cocina, que uso de despensa y para chismes varios. La joya

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del piso es la terraza del salón. Grande, como mi habitación y el salón juntos, de unos dos metros y medio de ancha. Una pasada cuando hace buen tiempo y puedo salir a cenar o a desayunar. Espero hacerlo con Lourdes muchas veces.

Después de entrar y dejar las maletas le ofrecí algo de beber. Estaba sedienta.

—¿Qué te apetece?, tengo agua, Coca-Cola, zumo de naranja... —pregunté mientras iba de camino al frigorífico.

—De momento agua, es lo que más quita la sed —me contestó.

Traje una botella de agua fresquita y dos vasos. Los llené. Lourdes se bebió su vaso de una vez. Lo cierto es que habíamos pasado mucho calor en el

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viaje. Menos mal que ahora estábamos en casa con el aire acondicionado. Siempre he pensado que por ley todas las casas tendrían que tener uno. Me parece que es de primera necesidad y debiera estar subvencionado por el Estado. Después de quitarnos la sed me descalcé. Llevaba zapato plano y muy cómodo, en mi trabajo tenía que llevar casi siempre tacones.

—Puedes quitarte los zapatos si te apetece y ponerte cómoda —dije de camino a la terraza desde la cocina, con los míos en la mano.

—Toma, también estos, Carmen. Ahora busco en mi maleta unas zapatillas para estar más cómoda —iba

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diciendo mientras me los daba y se ponía a rebuscar.

—Ven, quiero enseñarte el piso —la cogí de la mano y la llevé habitación por habitación. Me sentía inquieta porque lo viera todo.

—Tranquila, tenemos el fin de semana para que me cuentes y me enseñes tu casa completa —me cogió la cara y me dio un beso en los labios. Me calmó, pero solo un segundo, porque luego yo se lo devolví con mucha más intensidad. Un beso con ganas de darse de verdad.

Pocas veces en mi vida me había encontrado a alguien así. Lourdes era maravillosa. Una mujer inteligente,

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guapa, segura de sí misma y trabajadora. Si había llegado hasta su posición era por méritos propios y mucho esfuerzo. Nadie le había regalo nada.

Era de familia adinerada. Los padres heredaron de sus abuelos tierras que primero eran solo rústicas y después, según me contó, urbanizaron. Así fue como ganaron mucho dinero.

Yo, sin embargo, todo lo que tenía se lo debía a mi trabajo. Mi casa, mi coche y mis estudios los había pagado yo. Mis padres me ayudaron en lo que pudieron. Entre ellos y las becas hice el instituto. Luego, cuando les dije que quería estudiar turismo pensaron que estaba loca, porque tenía que irme fuera de mi

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provincia. Aquello supondría un esfuerzo extra para su economía. Tenían una pequeña tienda en mi pueblo, de esas de todo un poco. Podías encontrar desde fruta hasta productos de limpieza, una tienda que subsistía gracias a su esfuerzo y dedicación. Pasaban horas y horas de trabajo, si se les pagaran todas, te aseguro que serían millonarios.

Así que la diferencia entre Lourdes y yo, con respecto a nuestras familias, era evidente. Pero ahora eso no importaba, la verdad. De hecho nunca importó. Culturalmente, las dos estamos al mismo nivel. Bueno, en realidad ella sabe mucho más que yo de un montón de cosas. Porque, aunque yo también haya estudiado una carrera, Lourdes tiene

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mucho más mundo laboral. El hecho de trabajar en otro país y en otro idioma te hace tener una experiencia muy enriquecedora, tanto en cultura general como en vida personal, porque al final somos una mezcla de todo eso. Sin embargo, estoy convencida que tenemos algo muy importante en común, nos lo pasamos muy bien juntas, nos entendemos a las mil maravillas. Tenemos gustos parecidos en el ocio, sobre todo el de pasear por la ciudad, o por donde estemos. Viajar, perdernos y conocer sitios curiosos de esos que no están en las guías. También, por qué no decirlo, en la cama.

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sensación de tener delante a una persona diferente a los demás «clientes». Ella jamás, ni siquiera el primer día, me trató como una «trabajadora», sino como una persona, y eso no es muy común en este oficio. Te encuentras con cada personaje… que no sabrías por dónde cogerlo.

Con Lourdes estaba totalmente perdida. Me refiero a nuestro tipo de relación, un poco diferente, es verdad, pero era la nuestra al fin y al cabo, y me ha hecho cambiar del todo mi filosofía de vida. Mis prioridades son otras y, sobre todo, sé que lo único bueno y legal que me quedará en definitiva, será ella.

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que todo lo puedes comprar con dinero, sobre todo cuando llega tan rápido como en mi caso. El tiempo y los años te hacen ver que no, que lo más bueno, lo que más valor tiene, es aquello que no tiene precio sino valor. Una caricia, un amigo con el que poder hablar en los momentos malos, un te quiero de verdad, el llegar a tu casa y saber que encontrarás a la persona que amas, un beso sincero..., hay tantas cosas. Con Lourdes había encontrado muchas de ellas. La quiero con toda mi alma. Sé que este fin de semana será un antes y un después con ella. Sé que, pase lo que pase, será algo muy grande. Me parece raro estar hablando así, yo que presumía

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de tener el poder para enamorarme solo si quería hacerlo. Pero cuando conocí a Lourdes tuve la impresión de no haber conocido a nadie igual jamás en mi vida.

La mañana se pasó volando. Cuando nos dimos cuenta eran las dos menos cuarto del medio día. Ella se había ido a dar una ducha y de repente apareció con una toalla enrollada en el cuerpo.

—Tengo hambre, ¿pedimos algo para comer? —me pareció realmente sexy.

—Yo sí que tengo hambre si apareces así. Ahora mismo preparo algo, ¿vale? —contesté dando un rodeo con los ojos por toda ella. Estaba imponentemente guapa recién salida de la ducha.

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—Ok, termino de secarme y me visto. Haz lo que te apetezca, me apunto a comer lo que sea. Yo no tardo mucho y así te ayudo —dijo alejándose por el pasillo.

Me fui hasta la cocina y miré en el frigorífico, contaba con que podía hacer una buena ensalada. Cogí los ingredientes necesarios, los puse sobre la encimera, saqué una ensaladera que tenía en el armario y empecé a hacer una de mis especialidades. En esto, apareció Lourdes. Se había cambiado de ropa y llevaba una camiseta y un pantalón corto de color rosa palo con unas chancletas haciendo juego. Parecía otra cuando se quitaba el uniforme de ejecutiva y se

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vestía más informal.

—No me he sacado el pelo porque no encontré el secador, he mirado por los armarios que tienes en el baño, pero no lo he visto. Supongo que lo tendrás en otro sitio. De todas maneras, con el calor que hace se me secará solo —iba diciendo, sentándose en una de las banquetas que había en la cocina.

—Creo que lo tengo en mi habitación. El otro día tenía fundida la bombilla del cuarto de baño y me sequé el pelo allí. Luego lo debí dejar en el armario, al lado de la ventana. ¿Quieres que te lo busque y te lo secas un poco antes de comer?, aunque así estás muy guapa, con esta temperatura lo dejarás de tener mojado en un santiamén.

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—Gracias, no te molestes, así estoy más fresca, luego me lo termino de secar si acaso no se me secara del todo, para que no quede como si fuese una loca. Ahora vamos a comer que tengo un hambre feroz y esta ensalada tiene una pinta buenísima —dijo dicharachera y entre bromas.

Me senté en la otra banqueta y nos pusimos a comer. Comimos fenomenal, muy a gusto las dos solitas. Normalmente, si estamos en un restaurante nos comportamos como dos amigas que comen o cenan juntas, guardando las distancias. Pero hoy en casa era distinto.

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días? Me dijiste que cogerías un descanso —me preguntó por sorpresa mientras retiraba los platos de la masa y los dejaba en la encimara, justo encima del lavavajillas.

—Bueno, esa era mi intención, pero tuve una emergencia —contesté, intentando huir un poco de la pregunta. La culpa era mía, yo le dije que me tomaría una semana sabática sin llamadas ni clientes, sin nada de trabajo. Pero no pude cumplirlo.

Lourdes me miró con cara de: «sí ya, eso de una emergencia se lo cuentas a otra».

—¿Qué quieres que te diga?, sé que te prometí que esta semana la dedicaría a mí, a descansar —hice una pausa para

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pensar cómo se lo decía deprisa.— Me llamó un cliente, un viaje relámpago, venía a Madrid.

—Ya, ya, no quiero saberlo, me da igual —me interrumpió.

Se hizo silencio.

—Sé que no te gusta hablar de esto, pero me has preguntado y yo prefiero decirte la verdad. También sabes que eso no tiene nada que ver con nosotras, con lo que tenemos. Sé que prefieres no saber nada, pero has sido tú la que ha empezado, yo no te hubiera dicho nada.

—Vamos, me hubieras mentido — dijo en tono irónico.

—No, lo que habría hecho es no mencionar algo que sé que te hace daño.

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¿Para qué?, no le veo sentido. Sabes cuál es mi trabajo. En lo que sí reconozco que fallé es en prometerte algo que no sabía con seguridad si podía cumplir. Lo que tengo claro es que tú eres lo más importante. Lo que tú sientas me interesa mucho más que cualquier otra cosa, y si hay algo que puede hacerte daño yo prefiero obviarlo. No es cuestión de mentirte, sino de no decirte nada. Cariño, tú eres lo que de verdad me importa, que estés aquí, y por supuesto que tú también quieras estar a mi lado.

—Lo siento si me pongo un poco pesada, pero no lo puedo evitar, me supera —me contestó.— Perdón.

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comimos el postre, helado de fresa, su preferido. Luego recogimos la mesa.

—Para tomar el té nos pasamos al salón, ¿vale? —dije sacando las tazas y el azucarero del armario. Puse el agua a calentar en la tetera. Una tetera muy bonita que me había regalado ella y que estrenaba en su honor. Mientras, nos fuimos al salón. Pasados unos minutos regresé a la cocina, el agua estaba en su punto.

—¿Con un poco de leche, cariño? — pregunté.

—Sí, y además hoy tomaré azúcar. Estoy un poco harta de la sacarina. Con el calor que hace y sin azúcar me baja la tensión y yo, que la tengo más bien baja,

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no quiero descompensarla más —me contestó subiendo la voz un poco, porque yo estaba a unos metros.

Traje una bandeja de flores amarillas, con las tazas amarillas y el azucarero, también con flores amarillas. Lourdes las miraba sonriendo.

—¿Te gustan las flores amarillas? — me preguntó y las dos nos echamos a reír.

—Me encantan las flores y el amarillo, me parece un color lleno de luz. Las flores me recuerdan al campo de mi pueblo, donde yo vivía. Me gustan mucho las flores en general, como puedes ver, mi casa está llena de ellas —le dije haciendo con la mano un círculo en el aire alrededor de nosotras.

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—La verdad es que, mire donde mire, hay flores. Tienes razón, dan alegría a la casa. Lo malo es que te duren lo mismo que a mí las de verdad, soy pésima con las plantas, se me mueren todas. Siempre será más práctico ponerlas en cojines, cortinas o en lo que se te ocurra, si son bonitas, porque ves cada cosa por ahí, unos floripondios… Como ese año a alguien se le meta en la cabeza que tienen que estar de moda, ¡ala!, todo el mundo floreado. Pero tú las tienes con mucho gusto, te quedan muy graciosas —dijo Lourdes.

—Y estas, ¿te gustan? —pregunté. —Estas me encantan, ya te digo que tienes un gusto exquisito. No has

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cometido el error de colocarlas de cualquier manera, has buscado dónde irían para que quedaran adecuadas: en las cortinas flores pequeñas, de colores vivos; en los cojines los colores combinan con el sofá, en diferentes tonos de rojo. Pero no está recargado y sin sentido, sino en su justa medida, muy homogéneo —me iba diciendo mientras señalaba el mobiliario.

—Me alegro que te gusten, eso quiere decir que te sientes cómoda aquí — contesté levantando las cejas con picardía.

—Volviendo a lo de antes, me tienes un poco intrigada con que estemos aquí, en tú casa. Siempre has sido muy estricta, nada de juntar lo personal con

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el placer. Sin embargo hoy me has traído —me inquirió, esperando una explicación.

—Sabes, hace más de tres años que nos conocemos. Si al principio nuestra relación era solo de trabajo, después, con el paso de los meses y los años, se ha convertido en algo más. Tú no eres la clienta que conocí ni yo soy la chica de compañía a la que contrataste. Suena fuerte, pero fue así. Nos conocimos en mi trabajo, es verdad, y no tengo nada de qué arrepentirme ni nada de qué avergonzarme. Por lo menos contigo.

Lourdes me miraba mientras yo hablaba. No le hacía ninguna gracia que le recordara cómo nos habíamos

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conocido. Sé que ella se siente fatal cada vez que hemos sacado el tema. Piensa que ha contribuido a hacerme algún tipo de daño o algo parecido. Ya se lo he explicado mil veces. Entré en esto por necesidad y, después, por costumbre o qué sé yo. El caso es que una cosa tengo clara, que con ella solo la primera vez fue trabajo. Estaba encantada de que me llamara para quedar.

—Ya sé cómo nos conocimos, no es necesario que me lo recuerdes cada vez que hablamos del tema —me interrumpió.

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LA PRIMERA VEZ QUE NOS VIMOS

Era un día de invierno, me parece que sobre el mes de diciembre. Me llamó una compañera de la agencia.

—María, me tienes que hacer un favor, tengo dos servicios casi a la vez, ¿me puedes hacer tú uno? Por supuesto, el dinero sería para ti.

—No me pidas esto. Sabes que quiero cogerme unos días, me voy a casa de mis padres, tengo muchas ganas de verlos —contesté al otro lado del teléfono.

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algo urgente, ya sabes, no puedo dejar a un cliente tirado, pero al otro tampoco. Uno de ellos es nuevo y nunca se sabe. Es lo último que te pido...

—Ya, en lo que queda de año — contesté con mucha guasa.

Lucía es muy guapa, no paraba de trabajar. Creo que era la que más clientes tenía. No solo por su físico, sino porque había estudiado dos carreras y hablaba tres idiomas. Uno podría preguntarse, ¿qué hace una chica con esos estudios en algo así? Bueno, pues no lo sé. Lo único que puedo decir es que es una fantástica compañera, a mí me ayudó un montón cuando llegué. Nunca me ha contado nada acerca de su vida privada, ni yo se lo he preguntado.

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Todos tenemos nuestra propia historia. La cita era en un hotel de Madrid de cuatro estrellas. El cliente se alojaba para una reunión de empresa. Yo ya había estado alguna vez por allí. Lucía me explicó que tendría que subir directamente a la habitación sin pasar por recepción. Eso era casi lo normal. A la hora de la cita ya me encontraba junto a la puerta, llamé. Llamé dos veces. En ese momento se abrió y de ella surgió una voz que me invitó a entrar.

—Pasa —solo me dijo eso. Yo me quedé extrañada, esperaba a otra persona. Pensé, ¡qué raro!, porque me recibió una voz de mujer. No es que fuera la primera vez que una nos

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contrataba, pero Lucía en todo momento me habló de un cliente, no de una clienta. Normalmente, eso lo sabemos desde el principio. Luego me contó que como era nuevo, no entendió bien si era ella o él.

La mujer me invitó a pasar, sin dejar de hablar por teléfono y moverse entre la habitación y el cuarto de baño. Parecía estar un poco nerviosa y así continuó diez minutos de reloj. Por un momento pensé que se había olvidado de mí.

La habitación no era una de las más grandes. Conocía otras que tenían, aparte del baño y el dormitorio, un pequeño salón. Eran las que usaban los ejecutivos para sus reuniones de

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negocios. Por lo que sé, se firmaban muchos acuerdos de empresas importantes en esos salones. Este era un hotel con clientes que suelen venir de fuera de la capital, y entre negocio y negocio, alguno y alguna, precisan de nuestros servicios. Nada nuevo, todo está inventado.

De repente, esta mujer se paró, dejó el teléfono encima de la mesa y me dijo — Mira, siento que te hayas molestado en venir, no sé porqué he llamado a tu agencia, lo siento, te pago y te vas.

Nunca, en todo el tiempo que llevaba en la agencia, un servicio me había resultado tan fácil. Pensé para mí.

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aquí, podemos hacer lo que te apetezca —dije amablemente.

—Lo siento, pero insisto en que no tengo la menor idea de por qué te he llamado —me contestó casi enfadada.

No dejaba de moverse, parecía un animal enjaulado buscando por donde escapar, se le notaba fuera de lugar. Seguramente sería la primera vez que contrataba este tipo de servicios. La experiencia me lo decía, lo notas enseguida por cómo se comportan. Y efectivamente, Lourdes era la primera vez que lo hacía. Me dio la impresión que estaba tan perdida que le daba hasta un poco de vergüenza que yo estuviera allí.

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tantos, guapa, muy atractiva, con el pelo largo, morena. Estaba claro que se cuidaba, la verdad es que estaba bastante bien. Por un momento me dije: «creo que este servicio lo haría gratis».

—Yo hago lo que tú quieras. Si quieres que me vaya, me voy. Pero es una pena venir hasta aquí para nada — contesté, casi con un poco de zozobra esta vez pensando en mí.

—No sé, tú estarás acostumbrada a estas cosas, no sé ni qué decirte —hizo una pausa. Pensé que en ese momento me diría ¡márchate!, pero...

—¿Quieres cenar?

—Vale —contesté con una sonrisa. Pidió la cena por teléfono.

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—No tardarán mucho en traerla —dijo mientras me miraba fijamente—. ¡Pero si todavía no te has quitado el abrigo!, tienes que estar pasando un calor horrible. Por favor, puedes dejarlo en esa percha. Pensarás que no sé tratar a las personas —siguió.

—No te preocupes, son cosas que pasan cuando tienes la cabeza en otro sitio. No sé si es eso lo que te pasa — contesté levantándome del sofá donde me había sentado cuando entré para quitarme el abrigo y colgarlo donde me había indicado.

—Es el trabajo. Estoy casada con él y a veces pienso que es peor que si tuviera la más horrible de las parejas.

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No seguí preguntando. Me volví a sentar en el mismo sitio de antes. Hubo unos minutos de silencio. Lourdes continuaba mirándome, yo le sonreí. Quería romper el hielo de alguna manera. ¡Cuánta tensión cabía en una habitación tan pequeña!

—Podemos cenar en esta mesa, ponemos las dos sillas, ¿te parece? — me dijo por fin. «Qué largos se hacen los silencios», discurría yo.

—Sí, estaremos cómodas, como tú prefieras —contesté.

—No imagino la impresión que te estoy dando, tiene que ser pésima. No alcanzo a comprender cómo se me ha ocurrido llamar a tu agencia —seguía

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lamentándose, como si estuviera arrepentida de haber hecho algo malo.

—Lo que podemos hacer, si te parece bien, es empezar de nuevo. Cuando he llegado estabas hablando por teléfono y a lo mejor eso te ha descuadrado un poco. Empecemos: Hola, me llamo María, encantada —dije levantándome y tendiéndole mi mano.

Ella se levantó, me miró a los ojos y, con una sonrisa enorme, me tendió también la mano diciendo: Hola, yo me llamo Lourdes y es un placer conocerte.

Nos quedamos un instante con las manos unidas cuando justo llamaron a la puerta. Era la cena.

Entró el camarero con un carrito de esos que utilizan para llevar las

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bandejas de un lado a otro y nos preguntó en qué lugar queríamos que dejara la comida.

—Aquí está bien, gracias —le contestó Lourdes muy amable, señalándole la mesa. Después sacó del bolso un monedero de color marrón—. Tome la propina, gracias, buenas noches. Seguidamente el camarero dio las buenas noches y se fue.

—Como no sabía lo que te gustaba, he pedido una ensalada y algo de pollo a la plancha, ¿te parece bien?, y no me contestes que sí solo porque te he contratado. Prefiero que me digas la verdad —me dijo Lourdes, casi dándome una orden.

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—No sé si te lo vas a creer, pero el pollo me encanta —contesté. Y era verdad.

—Pues sentémonos —nos pusimos una frente a la otra.

—Bueno, empecemos. Normalmente a esta hora ya he cenado, debe ser por eso que tengo un poco de hambre. Hoy llevo un día tan loco que se me ha pasado hasta el momento de cenar —me dijo sirviéndose algo de ensalada en su plato. Luego me serví yo.

Casi no hablamos, la cena fue un concierto de monosílabos. Sí, no, ¿el tiempo?, frío... No salimos de eso.

Y así hasta que terminamos.

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pedido postre ni café, aunque yo prefiero té. ¿Te apetece algo especial? —preguntó.

—¿Un té?, es una buena idea —dije yo.

—Llamo y en un momento está aquí — decía esto levantándose de la mesa y dirigiéndose directamente hacia el teléfono de la habitación.

—Buenas noches, llamo de la habitación 340, ¿podrían subirnos un par de tés? Vale, muy bien, gracias —dejó el teléfono y se dirigió a mí.

—Los he pedido de varias clases, así puedes escoger el que más te guste.

Nos sentamos en el sofá. Se notaba que estaba nerviosa, y a mí me estaba poniendo aún más.

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—¿Puedo preguntarte una cosa? — dije.

—Puedes, ya veré si te contesto — respondió Lourdes.

—Me has dicho que es la primera vez que utilizas los servicios de mi agencia, ¿cómo alguien como tú necesita recurrir a esto?, me parece que no te hace ninguna falta.

—Esa misma pregunta me la llevo haciendo yo desde que has entrado por la puerta. No sé qué decirte. Vi un anuncio en Internet el otro día por casualidad y se me ocurrió llamar. Lo hice y enseguida me arrepentí. Pero tampoco anulé la cita. Supongo que me dejé llevar por la curiosidad —me

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contestó, yo creo que con sinceridad. Se podía haber inventado cualquier cosa.

Normalmente, cuando he preguntado eso a algún cliente, siempre me cuenta la misma historia: «Mi mujer no me entiende, necesito tener otras cosas que ella no me da...». Algunas veces pienso, ¿hablarán con ellas de lo que les gusta o no, de lo que quieren en la cama o no? No me vale ninguna excusa, lo hacen porque les da la gana. Pero Lourdes está siendo sincera. Por lo menos eso parecía.

—Y yo, ¿te puedo preguntar algo? —Claro, tú pregunta lo que quieras, yo te responderé lo que pueda, o lo que quiera —contesté con gesto pícaro.

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verdad es que tengo curiosidad acerca de por qué alguien se mete a trabajar en esto.

—Mira Lourdes, te podría contar el cuento que todos contamos, pero te diré que en este momento estoy aquí porque quiero. Hace unos años sí tenía la necesidad de dinero para estudiar, para vivir, etc. Pero ahora no. Te estoy siendo sincera. Una entra en una espiral de la que no es fácil salir.

Era curioso, hacía mucho tiempo que nadie me hacía esta pregunta. La verdad es que a los clientes les importa poco por qué te dedicas a esto.

Llamaron a la puerta de nuevo. —Serán los tés —dijo ella.

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—Espera, déjame que haga algo, yo abriré.

Me levanté y pregunté quién era.

—¡Servicio de habitaciones! —se oyó al camarero al otro lado.

Abrí la puerta, le dejé pasar y después volví a cerrar. Todo en tiempo récord.

Estuvimos tomando el té como dos viejas amigas, hablando de cosas sin importancia. Yo pensaba que para qué me había puesto tan guapa, ¿para estar tomando el té con alguien que ni siquiera quiere que esté aquí?, ¿nada más que para tomar el té?

—Bueno, dime, ¿cuánto tengo que pagarte por tu servicio? —me preguntó ella, un poco por sorpresa.

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—No hace falta que me pagues nada. Lo dejamos para otro día, si te vuelve a apetecer —contesté.

—Insisto, hacerte venir hasta aquí para nada...

—¡Cómo que para nada! Me has invitado a cenar y el té estaba buenísimo. Sinceramente, no puedo permitir que me pagues por esto.

Es curioso lo que pasó esa noche, yo diciendo a un cliente que no me pagara. Normalmente les cobraba todo, pero

absolutamente todo, los

desplazamientos, los extras que podían surgir, en fin, todo. Para mí, mi trabajo es una empresa y hay que facturar. Pero Lourdes me daba buena onda, como

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dicen en las telenovelas. Insistí tanto, que al final ¡gané!

—Está bien, tú sabrás lo que haces. Permíteme que al menos te pague el taxi de vuelta.

Sacó un billete de veinte euros de su monedero marrón y me los dio. Me puse el abrigo, abrí la puerta y nos despedimos.

—Espero volver a verte. Llámame. Creo que tenemos algo pendiente—. Esa fue mi despedida.

—No lo creo, pero nunca se sabe—. Fue lo último que me dijo antes de cerrar.

Abandoné el hotel con una sensación rara. No entendía muy bien lo que había pasado. Primero me llama Lucía con

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mucha urgencia y luego, cuando llego al sitio acordado, ni cliente ni nada. Me costaba comprender, de veras. Me supo mal por ella. Lourdes no tenía la menor idea de contratar a una prostituta. Y la verdad es que esta vez no me hubiera importado ser yo la que pagara.

Pasaron unas dos semanas de mi encuentro con aquella chica y no dejaba de pensar en ella. Hablé con Lucía, le pregunté si tenía alguna información nueva acerca de ese cliente. Pero, por supuesto, fue que no. Lo único que sabemos de los clientes es dónde tendremos los encuentros, ya sea para cenar, viajes o solo sexo. Y algo muy importante, la tarifa. Eso es lo primero

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que queda claro, antes de cualquier otra cosa.

Una tarde recibo un mensaje en mi móvil, el que tengo para el trabajo. Se trataba de un servicio. Me cuentan que es en el mismo hotel donde había conocido a Lourdes, a las nueve de la noche, para cena y lo que surja. Contesto que sí, pero que me gustaría saber algo más del cliente.

—Ya sabes que no suelen dar más datos que los imprescindibles, así que no puedo ayudarte. Espera, aquí en el ordenador me pone que es la segunda vez que te contrata, debe ser alguien que ya conoces. Mejor, me quedo más tranquila si ya lo conocemos —dijo Paula.

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Paula es la telefonista, la relaciones públicas y, en muchos momentos, una amiga. Trabaja en la agencia casi desde el principio. Primero de prostituta, después colgó los guantes y se quedó como chica para todo. Te puede hacer desde psicóloga hasta prepararte una manzanilla, y lo mejor son sus consejos, no tienen precio. Yo valoro mucho tener a alguien que ha pasado por este trabajo, a mí me ayudó un montón, sobre todo al principio. Y todavía lo hace, nos cuida, siempre se preocupa por nosotras si nos retrasamos un poco en llamarla después de un servicio, por ejemplo. Es una norma de la agencia llamar cuando llegamos al lugar de la cita, y, lo más

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importante, cuando hemos terminado. Han pasado cosas muy fuertes, que asustan. Así que Paula se coge unos buenos mosqueos si tardamos en llamar. Lo hace por seguridad, por la nuestra.

Convine con Paula en que sí, que estaría libre. Cuando llevas un tiempo en la agencia puedes disponer de tu horario como a ti te convenga. No tienes que decir que sí a todos los servicios, puedes elegir. La antigüedad te da esa ventaja, por decirlo de alguna manera.

Eran casi las cinco, faltaba mucho todavía para la cita. Cuatro horas daban de sí. Bueno, tres y media, necesitaba al menos veinticinco minutos para llegar.

Estuve todo el tiempo imaginando que era Lourdes con quien me iba a

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encontrar. Si fuera así sería una suerte tremenda para mí. Habían pasado dos semanas desde que nos vimos en aquella especie de cita extraña, tan forzada. Así que tenía la esperanza de volver a verla, quizá también ilusión. Es curioso cómo cualquier acontecimiento por muy pequeño que sea, consigue que de repente te resurja una ilusión. Quería encontrarme con esa mujer, me quedé con las ganas, las ganas de ¡más!

Eran las siete y me puse a arreglarme, una ducha, maquillaje y escoger un vestido acorde. Como era en un hotel, tenía que ser discreto, que no llamara la atención. No me supo decir Paula si bajaríamos a cenar al comedor o

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estaríamos en la habitación, así que opté por uno de color negro, por la rodilla, muy elegante, de esos que yo denomino, «siempre aciertas».

A las ocho y media salía por la puerta de mi casa, anduve un poco y enseguida vi un taxi que se acercaba, alcé la mano.

—¡Taxi! —le grité mientras pensaba en la suerte que había tenido, normalmente a esta hora y por esta zona te cuesta bastante encontrar uno, a no ser que los llames por teléfono, que es lo que hago normalmente. He tenido suerte con el taxi, preludio de algo bueno. Ya solo falta que sea ella.

Tardamos casi media hora en llegar porque el centro estaba caótico a pesar de no ser ya hora punta. Bajé del taxi en

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la misma puerta de hotel, entré y me dirigí directamente a los ascensores, como en la cita anterior. Subí hasta la planta tercera, habitación 322. Al llegar llamé a la puerta. El corazón se me salía del pecho, estaba intranquila. Siempre me ponía nerviosa, pero no tanto como esta vez.

De repente se abrió la puerta. —Hola, pasa —me dijo.

No me lo podía creer, era ella, era Lourdes. No me salían las palabras. Entré y cerró detrás de mí.

—No tenía la esperanza de volverte a ver —dije con la voz un poco tímida. Había estado toda la tarde dándole vueltas a la cabeza pensando que, a lo

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mejor, ¡ella! podría ser mi cita.

—Exactamente dos semanas. Trabajo en Londres pero vuelvo a Madrid un par de veces al mes, me suelo quedar de sábado a lunes. El lunes cojo el primer avión y vuelvo a casa —hizo una pausa y después continuó. El otro día me quedé muy avergonzada, pensarías de mí cualquier cosa o, a lo mejor, simplemente que estaba un poco trastornada o algo así. En realidad estaba aterrada. Pasas por una mala racha sentimentalmente hablando, el trabajo te agobia más de lo normal y…, como te dije la otra vez, y no te mentí, te encontré en Internet, pero no por casualidad, busqué a conciencia. Me parecía algo que se salía de lo

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cotidiano. Creo que necesitaba un poco de, no sé cómo expresarlo…, y según comprobaste, soy un desastre.

—¿Qué te parece si nos olvidamos del otro día y nos centramos en este? Me fui con una sensación rara, no sé si porque esperabas a lo mejor a un hombre.

—No, no, para nada, soy lesbiana, me gustan las mujeres —me interrumpió Lourdes.

—Entonces, ¿soy yo, que no te gusto? —pregunté.

Soltó una carcajada, a la vez que se tapó la cara con las manos y se puso colorada. Hacía mucho tiempo que no veía a nadie ruborizarse así y me encantó el gesto.

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—No has contestado a mi pregunta — insistí.

Se quedó mirándome con una sonrisa de oreja a oreja.

—Estoy esperando que me contestes. —¿Tú crees que si no me gustases estarías aquí? —me respondió, con otra pregunta.

Estábamos sentadas en los sofás que había en la habitación, uno enfrente del otro. Me levanté y me puse a su lado.

—Quiero que sepas que estoy muy contenta de gustarte —dije.

Me acerqué a ella y le acaricié la cara. Ella me tocó el pelo.

—Eres muy guapa, María —me dijo —. Te confieso que estuve a punto de

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llamarte nada más irte, pero no sabía qué decir.

Nos acercamos, nos acercamos mucho. Ella me acarició los labios y me acercó hasta su boca. Nos besamos.

Seguimos besándonos en el sofá un buen rato. Durante este tiempo, me puse como una moto. Eran sus besos, su boca, sus manos, que no dejaban de moverse por encima de mi vestido. Sin contar con lo guapa y sexy que me parecía.

Llevaba una camisa blanca y un pantalón vaquero, muy casual, le quedaba como un guante. Y a mí no me faltaban ganas de quitárselo.

—¿Quieres que cenemos antes? —me preguntó Lourdes, entre beso y beso.

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ahora quiero estar contigo. Llevo dos semanas esperando esto —contesté sin dejar de besarla.

No sé el tiempo que pasamos así. Cuando me di cuenta, mi vestido negro estaba en el suelo, junto a su camisa y su pantalón. Era algo que no me había pasado nunca en mi trabajo, perder la noción del tiempo de esa manera.

Lo que ocurrió es que desde que la vi abrir la puerta mi cita se convirtió en algo personal, estaba allí porque me apetecía estar, porque quería que fuera ella. Sé que si me hubiera encontrado a Lourdes en cualquier otro lugar, me hubiera sucedido lo mismo.

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muy bajito, al oído.

Nos levantamos del sofá y fuimos de la mano hasta llegar a los pies de la cama, donde nos volvimos a besar.

Nos tiramos literalmente en ella, nos comimos a besos, nos acariciamos por toda nuestra piel. Hicimos el amor. Fue maravilloso sentir aquello de nuevo.

Desde entonces, no hemos dejado de vernos. Todo esto ocurrió hace más de tres años y ahora estamos en mi casa. De nuestros primeros encuentros, pasamos a ser amigas. Tiempo más tarde la amistad se convirtió en lo hoy tenemos. Para mí nunca fue una clienta, me gustó desde el minuto uno.

Soy lesbiana, aunque no lo parezca. Lo descubrí unos meses antes de empezar

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en este trabajo. Yo ya lo intuía, me gustaba más de lo normal mi amiga Marta. Éramos amigas de toda la vida, con ella siempre tuve una relación especial. Cuando llegué a Madrid entendí por qué.

Lo de estar con hombres por dinero, me resultó muy difícil, sobre todo al principio. Aprendí a separar lo que solo era trabajo de lo que a mí me gustaba, que realmente eran las mujeres. Sé que es un poco complicado de entender, lo más fácil hubiera sido acostarme solo con mujeres, pero pronto entendí que eso en este trabajo no podía ser. Si soy sincera, diré que son hombres en un noventa y nueve por ciento los que nos

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contratan. El otro uno por ciento sí que pueden ser mujeres. Pero es muy poco si quieres sobrevivir con esta profesión. Lourdes fue ese uno por ciento. Y me tocó a mí. No pienso arrepentirme de nada porque gracias a mi trabajo ahora estamos aquí.

—Lourdes, quiero estar contigo, que nos amemos es lo que vale, es nuestro. Da igual cómo nos conocimos, te quiero —le dije agarrándole la cara con las dos manos y besándola.

Ella me devolvió el beso multiplicado por diez.

Empezamos a besarnos de una manera casi animal. Tenía muchas ganas de hacerlo, desde que la vi en el aeropuerto, por la mañana. Seguimos

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besándonos y besándonos, sin poder parar. Hicimos el amor en mi sofá. ¡Cómo podíamos darnos tanto amor y tanto placer! Casi siempre, terminábamos con la boca seca de gemir, nos encantaba disfrutar la una de la otra. Ha sido siempre tan especial hacer el amor con ella...

Cuando nos dimos cuenta, eran las siete de la tarde. Nos habíamos quedado dormidas. Eso es una de las cosas que más me gustaban de estar con ella. Me sentía tan a gusto, que después de querernos me quedaba dormida entre sus brazos.

Despertarme a su lado era maravilloso. Ver como duerme, como

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respira, incluso en el sofá, que es muy incomodo. ¡Qué paz se respiraba en casa! ¡Qué gozada!

Nos despertamos hechas un cuadro y con la espalda como un siete.

—Recuérdame que en tu cumpleaños te regale un sofá nuevo, porque no me puedo ni mover —me dijo intentando poner su espalda derecha, colocar todas las vértebras en su sitio.

—Lo sé, es muy bonito y cómodo para sentarse, pero como se te ocurra dormirte estás perdida, terminas con la espalda como un acordeón.

El sol se fue y dejó pasó a una luna preciosa. Lourdes y yo decidimos salir a la terraza. Cuando el sol se marchaba, dejaba un ambiente maravilloso, con

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olor a campo debido a los arboles que rodean todo el edificio. Solía sentarme horas y horas con un cigarro y una lata de Coca-Cola. Era el momento más especial del día cuando llegaba a casa, después del trabajo. Sentarme un rato en la terraza era como reconciliarme conmigo misma. Me desprendía de María, y volvía a ser Carmen.

Nos sentamos una al lado de la otra en el sillón de mimbre marrón, con las almohadas de color verde en la terraza.

—Todavía no sé exactamente por qué estoy aquí —me dijo. Pero su tono sonó raro.

—Solo quiero que sepas quién soy en realidad, dónde vivo, cómo es mi vida,

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por qué quererte me la ha cambiado. Quiero que descubras que a pesar de mi trabajo, que es una mierda, yo soy una mujer normal que cuando está contigo deja de serlo para convertirse en especial. Tú me haces sentir así y por eso te quiero. Has cambiado mi vida.

—Pero no como yo quisiera —me interrumpió.

—Y, ¿cómo quieres cambiármela? — pregunté.

Hubo un silencio. Se podía cortar la tensión, es como si Lourdes callara lo que de verdad pensaba. Pero, ¿qué es lo que quería decirme con eso de «no como yo quisiera»?

—¿Quieres retirarme? —le pregunté con un poco de sorna.

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—Eres idiota, yo jamás jugaría con un tema tan importante —contestó en un tono un poco borde.

—Venga, no te pongas así, es una broma —dije agarrándola de la mano para que pusiera en mí toda su atención —. Te he contado mil veces cómo llegué a este oficio. Sé que no es el mejor, pero a veces se escoge porque no se tiene otra alternativa, o porque piensas que es el camino más rápido para salir del agujero, no sé. El paso del tiempo lo único que me ha enseñado es que la vida no es siempre como a nosotros nos gustaría, ¡ojalá fuera así! —en ese momento bajé la cabeza, tragué saliva y seguí hablando—. Me arrepiento de

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muchas cosas, pero no puedo cambiar el pasado, ni quiero. Porque cambiaría también mi presente, que eres tú, y eso sí que no.

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MI LLEGADA A MADRID

Acababa de terminar selectividad. Les conté a mis padres que quería estudiar algo relacionado con el turismo, porque los idiomas siempre se me dieron muy bien. El susto vino cuando les dije que para ello tendría que irme fuera de mi comunidad y venirme a Madrid.

—Hija, pero, ¿tú estás preparada para irte sola a una ciudad tan grande? — preguntó mi madre.

—Mamá, por favor, cualquiera que te oiga hablar así pensaría que es como ir a la guerra. Por muy grande que sea, no deja de ser una ciudad.

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—Ya sé que es solo una ciudad, pero parece tan diferente a nuestro pueblo — me siguió insistiendo.

Mi padre, como mucha gente de su generación, no tuvo la oportunidad de viajar, de conocer sitios más allá de las vacaciones o de algún viaje por motivos familiares, que en el caso de mis padres era Barcelona. Una tía suya murió y, como había sido quien lo había criado, no tuvieron más remedio que ir. Ya de paso, conocieron Barcelona. Menos mal. No por la muerte de la tía, pobre, sino por ellos.

Mis padres no se tomaron bien lo de irme de mi pueblo a la capital, no lo tenían demasiado claro, pero también

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sabían que sería bueno para mí y que si me empeñaba lo haría, dijeran lo que dijeran. Yo era muy tenaz, cosa que me preponía cosa que conseguía. Siempre a base de esfuerzo, de estudiar. Hay que luchar por las cosas que piensas que valen la pena. Y esto lo era.

Luego había otro tema, el dinero. Ellos me podrían ayudar en lo que tenía que ver con los estudios, pero lo de venirme a vivir a Madrid era impensable para su economía. Por más que trabajaran en la tienda, por muchas horas que echaran detrás del mostrador, no daba para tanto. Yo lo entendía.

Estuvimos unos días buscando otras posibilidades, pero para lo que yo quería estudiar el sitio más cercano era

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Madrid. Incluso mi padre estuvo hablando con un amigo que vivía allí, intentando buscar un sitio donde quedarme que estuviera cerca de su familia, por si me pasaba algo. A mí eso no me hizo ninguna gracia, la verdad. Parecía que me estaba poniendo niñera y yo quería volar. Mi pueblo se me quedaba pequeño. Irme a Madrid es lo que deseaba. Saber lo que es estar sola. Luego más tarde, me arrepentiré de desearlo. Porque en muchos momentos hubiera vuelto a mi casa sin plantearme siquiera regresar. La vida se te complica, no sale como tú planeas. Pero eso hubiera sido un acto de cobardía, o de idiotez. Sé que si lo hubiera hecho,

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mis padres me hubieran recibido con los brazos abiertos y sin hacerme preguntas. Mis padres son maravillosos.

Pasó el verano y mi marcha estaba a la vuelta de la esquina. Ya estaba todo organizado, preparado el piso compartido donde viviría con otras dos chicas más, por supuesto cerca del amigo de mi padre. Y lo más importante, un trabajo de camarera en un bar de copas de un conocido del amigo niñera de mi padre. Así que me fui con todo más o menos atado.

Mi llegada a la capital fue casi un drama. Me acompañaron mis padres y mi hermana. Vinimos en tren. Luego cogimos un taxi hasta la dirección de mi piso, donde viviría los próximos cuatro

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años. Si no pasaba nada, claro.

Llegamos en unos minutos, la estación no estaba lejos. Mi piso era bastante céntrico. De donde sí que estaba lejos era de la universidad, aunque con el metro todo está cerca.

Subimos los cuatro en el ascensor. Los cuatro y las dos maletas que traía. Mi madre me aconsejó que no me llevara muchas cosas, que prefería que lo hiciera poco a poco, por si las moscas. Creo que lo que mi madre quería es que me cansara pronto de Madrid y volviera. Pobre, se equivocó, pero de pleno. Ya no volví jamás.

Salimos del ascensor con mucha impaciencia, teníamos ganas, sobre todo

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yo, de ver cómo sería mi casa. ¡Qué bien sonaba! ¡Mi casa!, como E.T. Era un segundo. Antes de venir, estuve hablando con una de las chicas con la que compartiría el piso y quedamos en que estaría cuando llegara, así que llamé al timbre.

—Voy, enseguida abro —se oyó una voz que venía de dentro.

—¿Estás nerviosa, hermanita?, vas a conocer a tus compañeras, espero que no sean ruidosas, porque con lo tonta que te pones con eso cuando estás durmiendo…, como tengas que compartir habitación que se vaya preparando.

—No seas aguafiestas, hay tres habitaciones, cada una tendrá la suya —

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contesté. En ese momento no me di cuenta de lo que la echaría de menos.

Se abrió la puerta. Era Lola, una chica de un pueblo cerca de Burgos. Tenía un año más que yo, era el segundo que estaba en Madrid. Nos llevamos bien todo el tiempo que estuve viviendo en el piso. Luego cuando me fui, ya no la volví a ver más.

Mi otra compañera, Lucía, también novata, como yo. Acababa de cumplir dieciocho años. Era de pueblo y, como yo, estaba más perdida que un pingüino en el desierto. Lo pasó bastante mal hasta que se adaptó a la gran ciudad. Nos acompañábamos casi a todas partes, estudiábamos en el mismo sitio.

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Tengo que decir que me lo pasé muy bien con las dos, hicimos una buena amistad y nos divertimos mucho. De hecho, con una de ellas tuve algo más que una buena amistad. Fue entonces cuando descubrí que era lesbiana, cosa que ya intuía, porque mi relación con una de mis mejores amigas de la infancia, nunca fue digamos del todo «normal», como ya dije.

Hacíamos lo que hacen todos los adolescentes, pasarlo bien. Y como era un pueblo pequeño y sin demasiado divertimento para los chavales de nuestra edad, organizábamos fiestas en las casas que disponían de sitio, intentando que no fuera siempre en la misma. Lo organizábamos todo nosotros,

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cada uno se encargaba de una casa y así, entre todos, conseguíamos unas fiestas chulísimas, nada que envidiar a las que más tarde asistiría, por mi profesión.

Lo que no era normal, y lo supe después, es que mientras mis otras amigas buscaban sitios para estar con sus novios sin que nadie las viera, también lo hacíamos mi amiga y yo, primero sin darnos cuenta, solo nos reíamos de las otras. Pero más tarde, ya con dieciséis en adelante, éramos nosotras las que buscábamos escondernos. Nos gustaba estar a solas, hablar de nuestras cosas y quedarnos mirándonos sin decir nada. Esos silencios eran la diferencia entre las

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demás amigas y nosotras. Esos silencios querían decir tantas cosas.

Años más tarde, se casó con un chico de otra ciudad y se fue del pueblo. Hace mucho que no sé de ella, espero que la vida la trate muy bien. Fue mi primer amor.

Por eso, cuando empecé a vivir en el piso, no le di ninguna importancia a que Lola me pareciera tan guapa. Hasta que una noche, después de haber estado toda la semana estudiando para los exámenes finales del primer trimestre, justo antes de Navidad, nos propuso ir a un local que habían abierto hacía poco, estaba en el centro. Lucía dijo que sí, ella se apuntaba a todo, todo le gustaba. Yo al principio le dije que no, también

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trabajaba en el bar de copas y los horarios eran parecidos, pero luego nos enteramos que cerraban más tarde, así que allí nos plantamos.

Todo fue bien hasta que nos percatamos de que era un local de chicas y para chicas. Lucía decidió que eso no era para ella y se fue. Lola y yo bailamos todo el rato, me lo pasé genial. Me encantaba que me miraran, que fueran chicas las que me miraran. Lola se dio cuenta enseguida porque ella sí era lesbiana, aunque nunca me lo dijo. Después de esa noche, ya lo tenía mucho más claro y mi vida fue mucho mejor.

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Seguíamos sentadas en el sofá Lourdes y yo. Discutiendo y besándonos a partes iguales. Mi trabajo no le gustaba nada y así me lo hacía saber cada vez que sacábamos el tema.

Ya era noche cerrada. Iba a ser una noche de calor y no solo en la calle, sino también en mi cama. Todos mis sueños más calientes los tenía con ella y estaba dispuesta a cumplir alguno. La sensación de estar abrazada a ella toda la noche ya me proporcionaba un cierto placer, aunque la realidad superaba cualquier pensamiento.

Cenamos algo ligero, ninguna de las dos tenía mucha hambre. Lo que sí nos hicimos fue dos cócteles de zumo de

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frutas, con un chorrito de ron. Nos encantaba. Los preparamos y fuimos a la terraza, donde se estaba de lujo, mucho mejor que antes. Sin ruido, parecía mentira estar en Madrid.

—Lo mejor de mi casa es este rinconcito, se está estupendamente, ¿no te parece? —pregunté a Lourdes.

—Tú también estás estupenda. Ven, acércate. Eres muy importante para mí, te quiero. Perdóname. Antes me he enfadado porque ya sabes lo que siento cuando se trata de tu trabajo.

—Escúchame —interrumpí—. Sé lo que soy para ti, porque tú para mi eres eso y más. Pero esto es así.

—No tiene que ser siempre así, en algún momento tendrás que dejarlo —

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dijo.

—Bueno, pero para eso todavía no hay fecha.

—Ponla tú —me interrumpió.

—No es fácil—. Después hubo silencio. Yo no quería ni mirarla. Algunas veces, habíamos fantaseado con la posibilidad de dejar mi trabajo, pero era la primera vez que me lo pedía. Me asusté, me asusté como nunca frente a ella. No sabía qué decir o qué hacer, así que me quedé en silencio.

—No te estoy pidiendo que lo dejes ya, sin más, ahora mismo, pero sí que te plantees hacerlo. Carmen, no necesitas trabajar en esto. Con los estudios que tienes podrías trabajar en algo

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relacionado con el turismo. Te costó mucho esfuerzo sacar adelante tus estudios y creo que podría ser un buen momento para poner en marcha todo lo que con tanto esfuerzo te costó conseguir —menos mal que Lourdes rompió el silencio, aunque mejor hubiera sido que se quedara callada.

—En este momento no podría hacerlo, por más que quisiera. No todo depende de mí, hay gente detrás.

—No me digas, ¿dependen de ti? Mientras tú te acuestas con los clientes hay otros que ganan dinero. No les tengo ninguna pena, lo siento. Mejor que no sigamos con el tema —zanjó.

Se fue dentro, al salón, cabreada, enfadada. Fui tras ella.

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Cuando entré, no la vi, no sabía dónde estaba. Busqué en la cocina y tampoco estaba. Me asusté. Apareció por el pasillo.

—Venga, no te pongas así.

—Será mejor que me vaya, no tengo ganas de pasarme todo el fin de semana discutiendo contigo. No tiene ningún sentido —me interrumpió.

—Esta discusión no tiene lógica, pero tú y yo sí. Sabes cuál es mi trabajo. No le demos más vueltas.

—No quiero que me repitas más que ya sabemos cuál es tu trabajo. Ya lo sé —me gritó yendo hacía la habitación.

No sabía qué decirle, no quería estropear más la situación.

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—Será mejor que coja mis cosas y me vaya —dijo abriendo el armario. Cogió su maleta.

—De eso ni hablar. Tú no te vas. Por favor, hablemos. Esto no se puede quedar así. Nosotras estamos por encima de todo esto —dije, mientras le ponía la mano en la puerta del armario para que no pudiera sacar del todo la maleta—. Te quiero, no te vayas —le susurré al oído. Nos abrazamos y nos pusimos a llorar.

Nunca había pasado esto. Lourdes y yo estábamos llorando como dos niñas de quince años que tienen su primera pelea de enamoradas. La nuestra, no era la primera discusión y, por supuesto, no

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teníamos quince años, pero en ese momento sentíamos lo mismo. No quería que se marchara, que se fuera de esa manera tan fea. También tenía miedo a que si eso pasaba, lo nuestro se rompiera. No lo podía consentir.

—No quiero que te vayas, lo siento si he sido un poco dura, o tonta, lo que tú quieras, pero no te vayas. Me haces mucha falta.

—Y tú, ¿crees que yo no te necesito? Nuestras citas clandestinas se han convertido en toda mi vida. Pero no puedo seguir así.

No la dejé terminar.

—Pero, ¿por qué irte?, nos queremos —dije con la voz entrecortada.

Referencias

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