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2. Marco teórico

2.2 Referentes teóricos

2.2.8. Hacer visible el pensamiento, una tarea para desarrollar en el aula de clase

Generalmente los docentes dedican poco interés en conocer el pensamiento de los estudiantes, esto porque casi siempre se concibe el proceso de enseñanza como la entrega de unos contenidos respectivos a cada asignatura y año. Visto de esta forma el docente dedica gran atención a la

obtención de resultados concretos sin mucha participación y construcción por parte del estudiante, con preguntas que requieren respuestas literales y pocas inferencias que permitan visibilizar el pensamiento como punto de partida para superar las dificultades. Además se considera que la enseñanza de la lectura y escritura son responsabilidades de los docentes de los primeros años de escolaridad y de ahí en adelante solo la asignatura de lenguaje se dedica a la entrega de contenidos, por lo que la lectura y la escritura no son asumidas muchas veces de manera transversal en el resto de las asignaturas.

Al desconocer lo que nuestros estudiantes comprenden, es muy difícil saber lo que no comprenden, por tal razón según Ritchhart, Church, y Morrison (2014) “sacar a la luz el pensamiento de los estudiantes nos ofrece evidencias de sus ideas al igual que nos muestra sus concepciones erróneas” (p. 64), y para el docente esto es la gran oportunidad de planear sus estrategias enfocadas en lo que falta y lo que necesitan los estudiantes. Para el caso de la comprensión de lectura es necesario hacer visible el pensamiento de los niños, para que ellos y los docentes sepan lo que comprenden y hacer de esto un componente continuo de enseñanza efectiva.

Esto se constituye un desafío para la educación y para el docente interesado en superar las dificultades a nivel académico de sus estudiantes, pues las prácticas asumidas como efectivas y que parecen ser aceptadas de generación en generación, requieren de transformaciones y que nos cuestionemos sobre qué es lo que queremos que nuestros estudiantes comprendan. Esto requiere de una mirada diferente en cuanto a asumir al estudiante como persona activa que construye, que se inquieta y que lleva un proceso mental, que gracias a sus experiencias y del apoyo del docente puede visibilizar el pensamiento para mejorar y reflexionar de manera propositiva.

La gran preocupación que en los últimos años ha unido a varios docentes y algunos de los investigadores del proyecto zero de la escuela de graduados en Educación de la Universidad de Harvard es como promover el pensamiento, la comprensión y la creatividad en los contextos de aprendizaje. En ese ejercicio de investigación y promoción se ha dado gran relevancia al pensamiento como eje de toda actividad humana, que se sitúa en un contexto y tiene un propósito específico. Estos estudiosos han querido captar la atención de docentes a nivel mundial que estén

interesados en que sus estudiantes logren comprensiones progresivas y tengan mayor éxito en su proceso académico y en su vida personal.

Este trabajo no es ajeno a esta investigación, por el contrario ha querido adoptar los planteamientos hechos por Ron Richhart, Mark Church, Karin Morrison, David Perkins, Robert J. Swartz, Arthur L. Costa, Barry K. Beyer, Rebecca Reagan y Bena Kallick, quienes proponen fomentar una cultura del pensamiento desde las aulas de clase, que se evidencie en la vida cotidiana y genere verdaderas comunidades que hagan visible lo que piensan y en consecuencia desarrollen el aprendizaje. Al respecto se deduce que el aula debe ser centro de aprendizaje real, donde no solo se de dominio a la memoria, sino que se fortalezca el valor de pensar y saber hacerlo sobre leer información; por lo que plantean que “debemos hacer visible el pensamiento, pues esto nos da la información que como docentes necesitamos para planear oportunidades que lleven el aprendizaje de los estudiantes al siguiente nivel y les permita seguir involucrados con las ideas que están explorando” (Ritchhart, Church, y Morrison, 2014, p. 64)

Para alcanzar esta meta es necesario tener claridad respecto a algunas percepciones que aún se mantienen en las aulas. Es importante precisar que enseñar no es transferir conocimientos del docente al estudiante y llenar recipientes vacíos. El trabajo en el aula no debe estar destinado a brindar contenidos a un grupo de personas que aparentemente los desconocen y garantizar que los memoricen sin ningún sentido, para luego evaluarlos con pruebas de memoria con las que se busca justificar un plan de estudios. La tarea del docente debe traspasar estas pretensiones ambiguas, debe adoptar una mirada crítica frente al aprendizaje que le permita modificar esas percepciones tradicionales.

En este orden de ideas, para que el docente actual cumpla con la intención de visibilizar el pensamiento y garantizar verdaderos aprendizaje, es necesario que en las aulas de clase se involucre al estudiante y se le comprometa con su formación, orientándolo para que se esfuerce, explore, reconozca su contexto, indague, dé sentido a lo que estudia, comprenda, sea autónomo, responsable y genere nuevas ideas. Al respecto Ritchhart, Church, y Morrison (2014) plantean “cuando ponemos al estudiante en el centro del proceso educativo, nuestro enfoque como docentes cambia radicalmente y nos da el potencial de definir la enseñanza de una manera totalmente diferente” (p. 62).

De acuerdo con lo dicho, cuando el estudiante es el eje de la educación vemos que el pensamiento se constituye en el centro del trabajo docente, por tanto conocerlo, saber de qué forma lo utilizan los niños y las niñas, como potenciarlo en sus clases; habilita al educador para buscar estrategias, que al ser aplicadas permitan que dicho pensamiento inicie su crecimiento y maduración. En el momento en el que pensar se hace relevante para el docente, es cuando se puede hablar de pensamiento visible. En ese instante cambia las expectativas que tiene sobre sus estudiantes, ya no espera que completen sus tareas y actividades, memoricen y repitan sino por el contrario que comprendan, construyan y propongan, es decir, garantiza un aprendizaje eficaz, definido por Swartz (2008) “el pensamiento eficaz se refiere a la aplicación competente y estratégica de destrezas de pensamiento y hábitos de la mente productivos que nos permiten llevar a cabo actos meditados de pensamientos, como tomar decisiones, argumentar y otras acciones analíticas, creativas o críticas. Los individuos que son capaces de pensar con eficiencia pueden emplear, y de hecho emplean, esas destrezas y hábitos por iniciativa propia, y son capaces de monitorizar su uso cuando les hace falta” (p.15).

Un paso acertado que posibilita a los docentes hacer visible el pensamiento y apoyar el desarrollo de la comprensión de los estudiantes, es el uso continuo y metódico de las rutinas de pensamiento en el aula, desde las diferentes áreas de conocimiento. Estas constituyen una herramienta que merece ser tenida en cuenta a la hora fomentar apropiación y autonomía por parte de los estudiantes frente a su proceso de comprensión, pues la práctica continua de ellas conlleva a que tareas de pocos pasos se conviertan en hábitos que ayudan a mejorar la comprensión y que de manera consciente y gradual permitan observar avances.