actitudinales para la realización del hombre
4. Los elementos de lo interhumano y las condiciones actitudinales para la realización del hombre
4.2. El “hacerse presente a la persona” como condición actitudinal
Si la autenticidad es uno de los requisitos fundamentales para que el hombre alcance su propia realización a través de la relación intersubjetiva, no es menos importante que tome conciencia del otro que se le revela en esa misma relación. Por esto es que el hecho de tomar conciencia del otro, o en términos de Buber, “hacerse presente a la persona”, es la segunda de las condiciones actitudinales:
“El principal presupuesto para el surgimiento de un diálogo genuino es que cada uno piense a su compañero como ese –y justamente como ese– ser humano particular. Tomo conciencia de él, de lo suyo, de que es distinto, esencialmente distinto a mí, esencialmente distinto a mí de una forma determinada que le es propia y que es única, y acepto al ser humano que he percibido de modo que precisamente a él puedo dirigirle mi palabra con toda seriedad.”88
El “hacerse presente a la persona” consiste en la aceptación del otro y en la confirmación de ese otro como el que es. Ese otro es, como afirma Buber, esencialmente distinto a mí; incluso puede presentarse como un rival o un antagonista (pongamos por caso el de dos hombres que dialogan, y cada uno posee una opinión contradictoria con respecto a la del otro). Pero, en cualquier caso, para que la esfera de lo interhumano pueda desplegarse, es necesario que el Yo haga presente la persona del otro en un acto de confirmación. Este es el presupuesto básico para el diálogo: pensar a mi compañero como “ese” ser humano particular; y pensarlo de esta manera implica
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confirmarlo en su alteridad. Sólo sobre la base de este acto de confirmación puede surgir la verdadera reciprocidad entre mi compañero y yo:
“Por supuesto, esto depende de si entre nosotros surge un auténtico diálogo, la reciprocidad hecha lenguaje. Pero recién si llego al punto de legitimar al otro como un ser humano con el que estoy dispuesto a tratar dialógicamente es que puedo esperar y confiar en que él también actúe como compañero.”89
Explicitemos un poco más estas ideas. Como expusimos más arriba, la primera de las condiciones para el despliegue de lo interhumano consiste en la autenticidad. Si retomamos el ejemplo de la “mirada”, hay que decir que el hombre esencial posee una mirada desprejuiciada, sincera y espontánea. Esa mirada particular depende de su forma particular de existir: al sentirse seguro de lo que es y de lo que puede hacer, no precisa “construir” su mirada, ni refugiarse en alguna apariencia ajena a su modo de ser. Una mirada auténtica, en suma, es la mirada de un hombre que posee confianza en su existencia. Ahora bien –y aquí es dónde se agrega la segunda de las condiciones actitudinales–, cuando ese hombre esencial mira a otro ser humano, debe procurar que su mirada llegue a ese ser humano particular. De lo que se trata aquí es que el hombre esencial sea capaz de transmitir su confianza existencial90 al compañero con el que se relaciona (incluso cuando el vínculo que los une sea tan fugaz como una mirada). Sólo a través de esta transmisión es que el hombre puede hacerse presente a la persona del otro. El hecho de que alcancen o no la reciprocidad completa depende del vínculo que establezcan. Pero lo indudable aquí es que el presupuesto o la condición para dicha reciprocidad es la capacidad de hacerse presente al otro como el que es.
¿En qué consiste esta capacidad? Para Buber, hacerse presente la persona del otro implica percibir su totalidad como persona. Esa totalidad está determinada por el espíritu, esto es, por el ámbito ontológico en el que se “mueve” como ser personal –
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Idem.
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Retomando la ya citada experiencia que tuvo Buber con el joven Méhé, podemos decir que esta “confianza existencial” tiene que ver con el poder que la presencia del otro ejerce sobre la persona. Friedman refiere la reflexión que realizó Buber a partir de esta experiencia con Méhé: “‘¿Qué esperamos cuando a pesar de la desesperación acudimos a un hombre?’, se preguntó Buber cuando los labios del interrogador ya estaban sellados. ‘Seguramente –se respondió–, esperamos una presencia que nos asegure que a pesar de todo, hay un sentido.’” [op. cit., p. 97].
como “ese” ser personal–. Así queda definida la segunda de las condiciones actitudinales para la realización del hombre:
“Tomar conciencia de un ser humano significa, percibir especialmente su totalidad como persona determinada por el espíritu, percibir el medio dinámico que imprime un reconocible signo de exclusividad en todas sus expresiones, acciones y actitudes.”91
El espíritu es el “medio dinámico” en el que el otro se muestra tal cual es, en su exclusividad. Tomar conciencia del otro implica, justamente, ser capaz de percibir ese medio dinámico, donde se revela la totalidad del otro. “El espíritu no está en el Yo, sino entre Yo y Tú”, había dicho Buber en su libro de 1923. La conclusión a la que arriba en este ensayo (publicado por primera vez en 1951) está en perfecta consonancia con aquella afirmación. En Yo y Tú, Buber explica cómo la presencia del Tú capta todo el interés del Yo con el poder de su exclusividad. El Tú, en consecuencia, es una totalidad viva y espontánea; si se intenta fragmentarlo de cualquier manera, se convierte en Ello. En Elementos de lo interhumano, esa misma conclusión adquiere un valor ético: percibir la totalidad del otro implica reconocerlo y confirmarlo en su propio ser personal.
Por último, hay que decir que esta capacidad de tomar conciencia del otro sólo es posible cuando establezco una relación esencial con él, es decir, cuando el otro se me “hace presente”. En la medida en que lo que percibo no es la totalidad del otro, sino tan sólo un fragmento recortado por mi percepción, entonces no hay confirmación posible. Y sin confirmación, tampoco hay realización para el hombre:
“Pero esta toma de conciencia es imposible si –y en tanto que– el otro es para mí un marginado objeto de mi contemplación o de mi pura observación, pues a éstas no se les da conocer ni esa totalidad ni ese medio dinámico. Ella sólo es posible
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cuando entro en una relación elemental con el otro, o sea, si se me hace presente.”92
A la incapacidad de percibir la totalidad del otro –y, en consecuencia, de “hacerlo presente”–, Buber la denomina “insuficiencia de la percepción”. Esta insuficiencia es uno de los estorbos que obstruyen el crecimiento de lo interhumano; el otro es la apariencia que se entromete en la relación. Hay un tercer obstáculo, que se relaciona con la voluntad de influir perniciosamente en el otro, al modo de la imposición. Este último sobresalto para lo interhumano se salva mediante la tercera de las condiciones actitudinales, a saber, el “respeto”.