Este periplo por las identidades nacionales y su relación con las músicas tradicio- nales nos permite dar cuenta del movimiento oscilante entre lo uno y lo múlti- ple, entre la pureza y el mestizaje, presentes tanto en construcciones discursivas como en producciones artísticas.
Como hemos visto, las más de las veces la nación es presentada como una totali- dad, y precisamente es lo propio de los discursos sobre la identidad seleccionar un cierto número de rasgos en desmedro de otros para decir quiénes somos y en qué nos diferenciamos de los otros. Estas operaciones están atravesadas por lu- chas por la hegemonía y por operaciones de invisibilización, a partir de los cuales las influencias y aportes de los grupos subalternos son, la más de las veces, sos- layados o sub-valorados. El trabajo acerca de la producción cultural de los inmi- grantes, tanto desde un punto de vista histórico como del análisis de las transfor- maciones actuales que se están suscitando en nuestra sociedad, resulta de vital importancia para pensar los imaginarios de nación que queremos construir, así como también para comprender con mayor profundidad las nuevas dinámicas socio-culturales de las identidades locales, nacionales y translocales.
Pero como pudimos aclarar en nuestra exposición sobre la emergencia y difu- sión de ciertas facetas del imaginario moderno, hoy en día tanto la sociología crítica del arte y la cultura como las demandas políticas actuales a favor del in- migrante y sus derechos, lejos de negar las nociones de nación, autenticidad (u originalidad) y reconocimiento de las diferencias identitarias, las presuponen. La historia pasada y la realidad presente muestra que los latinoamericanos, incluso los miembros de los así llamados pueblos originarios, se han apropiado de un len- guaje típicamente moderno que legitima y respalda no solo la igual dignidad de todo ser humano (reconocimiento universalista) sino, además, el reconocimiento de las distintas identidades y culturas (reconocimiento de la diferencia). Dentro de Chile se ha instalado gradualmente en la discusión nacional la idea de que el mapuche, pero también el peruano, el venezolano o el haitiano recientemente llegado, merecen un reconocimiento y una dignidad. Gracias a la apropiación de este lenguaje, el mapuche (basándose en una unidad identitaria que no siempre existió en el pasado) incluso puede exigir un tratamiento diferencial, el recibir ciertos derechos y facultades que no gozarían otros chilenos.
En un sentido general, se entiende por multiculturalismo al conjunto de políticas que buscan tanto un reconocimiento de las diferencias como el objetivo de una
integración de todos los miembros de una comunidad. Pero en un sentido más estricto —como anunciábamos en la introducción de este artículo— el multicul- turalismo es una subespecie que tiende a enfatizar más el reconocimiento de la diferencia, mientras que el interculturalismo se cargaría más hacia el aspecto integrativo, al tiempo que la noción de mestizaje ha adquirido preeminencia den- tro del contexto latinoamericano. Quizás estas diferencias, como sugiere Charles Taylor, no tengan tanto que ver con las políticas concretas que se implementan, como con las ‘historias’ que nos contamos a nosotros mismos dentro de cada re- gión del mundo (Taylor, Interculturalism, 413-423). La Canadá inglesa después de la década del sesenta, por haber eliminado la referencia a una cultura ancestral común (inglesa), se abrió al discurso multicultural, descentrado, por decirlo así; mientras que Quebec, a pesar de la apertura a la diferencia, siguió buscando una integración en torno a la lengua y tradición francesa, lo que acerca a esta región al discurso intercultural. Desde este punto de vista, la elección del enfoque espe- cífico puede cambiar de país en país, dependiendo de su historia y necesidades particulares.
Pero no podemos olvidar que la moderna preocupación en general por la identi- dad y el reconocimiento se retrotrae al menos hasta el siglo xviii, hasta Herder, quien, lejos de inventar la idea ex nihilo, supo más bien captar y articular una tendencia de su época de enormes consecuencias. Según su concepción del Volk, como veíamos, los alemanes debían ser fieles a su propia cultura, pero también los eslavos debían seguir su propio derrotero; y así con cualquier nación, como las latinoamericanas, por pequeña y débil que sea en el concierto de los Estados modernos. El colonialismo europeo debería, según esta concepción, desapare- cer para dar a los pueblos del llamado Tercer Mundo, o países periféricos de los centros más industrializados, su oportunidad de ser ellos mismos. Esto se ha he- cho carne, al menos, en los debates culturales y políticos actuales. De acuerdo a esta interpretación, somos modernos, y no otra cosa, cuando denunciamos la asimilación de un grupo subalterno por una identidad dominante o mayoritaria, o cuando hablamos de invisibilización; y somos modernos cuando, en su lugar, promocionamos el ideal de la autenticidad y la apertura a escuchar la multiplici- dad de voces y poéticas que nos reúnen en nuestras sociedades contemporáneas.
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