PROBLEMÁTICAS EPISTEMOLÓGICAS EN CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
HACIA UNA EPISTEMOLOGÍA DE LA LECTURA: LA BANDA DE MOEBIUS
Nicolás Garayalde
Doctorado en Letras - FFyH - UNC
Conocerán ustedes esa figura que Jaques Lacan emplea en diversas ocasiones bajo el nombre de banda de Moebius. Si no es así, les he traído una. Verán: el reverso y el anverso son la misma cosa. Pues bien, mi investigación (pero ¿no toda?) está atrapada precisamente allí. E insisto: ¿pero no toda? Sí, en tanto que podamos admitir que no hay una exterioridad sobre la cual dar cuenta del lenguaje, en tanto estemos aquí de acuerdo en la imposibilidad del metalenguaje.
Asumamos, por un momento, que así es, que estamos todos de acuerdo en la inexistencia de esta exterioridad. Entonces, tendremos que reconocer un problema epistemológico: ¿cómo leer? O aún: ¿hay una legibilidad? Porque pronto nos vemos sumergidos en esa fantástica situación expuesta en “La continuidad de los parques” de Cortázar: comenzando a leer nuestro objeto, como la novela en el cuento, terminamos por llegar precisamente a vernos la espalda, pero no precisamente como acto reflexivo de cuestionamiento. Nos vemos, en todo caso, sorprendidos de llegar al punto en el que comenzamos.
Pierre Machery sostiene que deberíamos partir no de la filosofía hacia la literatura, sino de la literatura hacia la filosofía: “en lugar de considerar la literatura como un
objeto junto a otros, se podría tratar de hacer un camino común con ella, (…), para conocer con la literatura, más que conocer la literatura” (citado en Gaudez, 1997: 54).
Quiero basarme en esta lógica: si no hay exterioridad puedo bien usar la literatura para estudiar la teoría. Y puedo bien usar el cuento de Cortázar para decir, redundantemente, que no hay anverso, que ya se está allí, que se ve a nosotros mismos, ni afuera, ni adentro. No en vano el género fantástico emplea esa
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experiencia que Freud ha designado bajo el nombre de lo ominoso, y que remite también a la disolución de la frontera entre lo exterior y lo interior, a la vez que a la figura del doble.
En mi caso, y déjenme decirles que me siento, en cierta medida, afortunado, la experiencia fue incluso más sorprendente. Porque yo llegué aquí más tarde, no fue mi punto de partida. Mi punto de partida fueron las preguntas: ¿qué es leer?, ¿quién lee?, ¿cuál es la autoridad de la interpretación? Y cuando recorrí la banda y volví sobre mi propia espalda no sólo me vi leer: ¡me vi leer sobre cómo leer! O aún más: me leí leyéndome.
Supongo yo que esta experiencia es inevitable, y me pregunto cómo se las arreglarán ustedes cuando un doble viene a tocarles la espalda. Porque en lo que a mi refiere tuve la suerte de estar preparado. Lo que investigaba, justamente, me ofrecía, no la solución, no la escapatoria, puesto que no la hay, pero sí al menos los elementos de su comprensión. Les ejemplifico: mi investigación doctoral aborda tres teorías de la lectura. Una de ellas, sostenida por Norman Holland, desarrolla bajo un marco psicoanalítico el siguiente axioma: cada lector lee su propia identidad. ¿Qué significa esto? Holland sostiene que la lectura es un proceso (esta palabra es importante) transaccional: hay un juego interactivo de defensas y fantasías que definen, mediante lo que Holland llama identidad (relación de un tema y sus variaciones), el modo en que cada lector desarrolla su experiencia receptiva. Holland demuestra esto de la siguiente manera: hace leer un cuento de Faulkner, “Una rosa para Emily”, a cinco estudiantes. Elabora, mediante entrevistas y series de test psicométricos, el tema identitario para cada uno. Explica, a través de esta elaboración, las diferencias y la singularidad de cada una de las modalidades de lectura de sus cinco estudiantes. La consecuencia es que Holland es también un lector, y por tanto también él pone en juego su propia identidad al “leer” a los estudiantes. Hasta aquí la cosa no es demasiado problemática. Con Holland yo podía aceptar que los niveles se superponen y que pronto alguien vendría desde
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atrás. Alguien, y aquí debí apartarme del ego psicoanálisis hollandiano, que era yo y no yo, mi afuera y mi adentro. Digámoslo con Lacan: mi extimidad.
Ahora bien, estaba todavía el asunto de si esa experiencia dejaba margen a la posibilidad de la lectura, y yo tenía otra teoría a mano, tan poco trabajada en Argentina como la de Holland: los estudios de la Escuela de Yale, particularmente la propuesta de Paul de Man, donde es posible hallar el desarrollo teórico de una
epistemología de la lectura. Hasta aquí me vi absolutamente afortunado. Buscando una teoría de la lectura, bosquejando aquí y allá la metodología necesaria para abordarla, ya volveré a esta cuestión, me encontré con una epistemología, en el momento exacto en que podía advertir que era necesaria.
Hace poco menos de diez años la editorial Akal publicó una antología representativa de las teorías literarias del siglo XX a cargo de José Manuel Cuesta Abad y Julian Jiménez Heffernan. Voy a seguir de cerca el prólogo de este libro porque atiende al problema que me ocupa acá. Es el problema de la legibilidad y la
literalidad. Es un problema que, asumo, toda teoría necesita enfrentar. Dicen los autores:
la legibilidad del discurso teórico (entendida aquí como diafanidad referencial e inteligibilidad semántica y lógico-conceptual de su lenguaje) condiciona kantiano modo la posibilidad misma del objeto de comprensión; y la autocomprensión crítica del lenguaje, al anteponer el análisis de la estructura verbal del propio discurso teórico como constitutiva de la comprensibilidad de su objeto, fluctúa entre el problema de la ‘literalidad’ y el de la ‘legibilidad’” (Cuesta Abad y Jiménez Heffernan, 2005: 21).
Los autores plantean que una legibilidad del discurso teórico es necesaria para poder concretar una legibilidad del texto literario. Por ello mismo señalan a las teorías de la recepción como un apuesta superadora de aquellas heredadas a partir
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del formalismo. En cuanto la lectura es puesta en foco lo que se problematiza a su vez es la condición de posibilidad de un metadiscurso.
Parte de esta dificultad ha sido eje de discusiones entre, por ejemplo, los críticos de la reader-response criticism norteamericano. La polémica, pongamos por caso, entre Norman Holland, David Bleich Stanley Fish, Janice Radway entre otros, acerca de la objetividad/subjetividad en la crítica. La pregunta era, más o menos, la siguiente: ¿es posible elaborar una lectura objetiva en el sentido en que puede llamarse científica?, ¿debemos hablar de intersubjetividad?, ¿qué sucede en teorías como la de Stanley Fish donde prácticamente la noción de texto es anulada en su existencia?
Voy a ser breve. Pretendo dejar situado el problema de la legibilidad/literalidad. Vuelvo, por eso, a la banda de Moebius y al modo en que yo mismo la atravieso. Parto, como he dicho, de un conjunto de preguntas teóricas: ¿Qué es la lectura? ¿Quién lee? ¿Cuál es la autoridad de la interpretación? Abordo, entonces, algunas teorías precisas donde encuentro ya modalidades metodológicas, que es, después de todo, un aspecto que debo de inmediato enfrentar. Acudo, así, primeramente a la teoría reader-active de Norman Holland. Desde aquí respondo: la lectura es un proceso transaccional donde quien lee es una identidad como tema y sus variaciones. Por supuesto, la dificultad que emerge pronto es el de la evaluación. Holland resuelve esta problemática bajo la siguiente lógica: serán canónicas aquellas obras que ofrezcan mejores posibilidades de reelaboración de las fantasías y defensas y manejo de la ansiedad.
Para demostrar su teoría Holland toma la decisión metodológica de trabajar con lectores reales. Es este el camino que va siguiendo también mi propio trabajo de investigación, puesto que acuerdo con Holland en sostener la determinación de la subjetividad (aunque discrepe en los conceptos de identidad y yo, pero para el caso es lo mismo). Este posicionamiento metodológico se opone, por ejemplo, a las visiones más sociológicas de la lectura. La teoría, sin embargo, queda siempre al borde del solipsismo.
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Lo que es notable aquí, de un modo u otro, es el reconocimiento de un límite insuperable: no hay modo de investigar la lectura sin caer en aquello que se resuelve. Se pasa aquí a una dimensión epistemológica, y mi recorrido siguió este decurso. Si quien lee es un tema identitario y debo ir allí, no al texto, para responder la pregunta por la lectura, debo admitir a la vez que no puede leer ese tema identitario sino a través del mío propio.
Anudo en este instante la teoría, la metodología y la epistemología. Pero este anudamiento, por su mero reconocimiento, no resuelve el problema. Y es aquí donde me interesa la propuesta de mañana y su epistemología de la lectura. Por supuesto, nos es que aquí vayamos a encontrar soluciones muy fáciles. De entrada, De Man nos habla que existe una imposibilidad inherente a la teoría literaria. “El auténtico debate de la teoría literaria –dice De Man– no es con sus oponentes polémicos, sino con sus propios supuestos y posibilidades metodológicos. En vez de preguntar por qué la teoría literaria es amenazadora, quizá deberíamos preguntar porqué le es tan difícil cumplir su cometido” (De Man, 1990: 24 - 25). El problema es la noción misma, siempre esquiva, de lenguaje. El lenguaje, Port- Royal, por ejemplo, se ha abordado desde la lógica, la gramática y la retórica. El asunto con la gramática, su esencia, si seguimos al modo en que De Man lee a Greimas, radica en la capacidad de explicar un gran número de textos, en universalizar. Ese es el proyecto semiótico de Greimas. Hay una simbiosis entre gramática y lógica sostenida en este optimismo metodológico. De ahí que una teoría literaria basada en la gramática no represente ninguna amenaza. Pero bajo esta modalidad del estudio basado en la gramática se sigue sosteniendo la continuidad entre la teoría y el fenomenalismo. El problema surge cuando entra en juego la dimensión retórica del discurso: es decir, cuando se lo deja de tener en cuenta como un mero ornamento dentro de la función semántica. El problema de los tropos es que a menudo han estado a caballo entre la gramática y la retórica.
Aquí aborda lo que nos interesa: el concepto de lectura. Y dice: “La tensión latente entre la retórica y la gramática se precipita en el problema de la lectura, el proceso
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que necesariamente participa de ambas. Resulta que la resistencia a la teoría es, de hecho, una resistencia a la lectura, una resistencia que tiene quizás su forma más eficaz, en los estudios contemporáneos, en las metodologías que se llaman a sí mismas teorías de la lectura pero que, sin embargo, evitan la función que proclaman como su objeto” (De Man, 1990: 29). ¿Qué significa aquella tensión? Significa que la literatura no es un mensaje transparente en el que se puede distinguir entre el mensaje y su medio; significa que siempre hay en la decodificación de un texto un “residuo de indeterminación” que no puede ser resuelto por la gramática. Esto implica la imposibilidad de decisión y, así, la imposibilidad del acto de lectura.
Obtenemos así dos problemas fundamentales en la misma noción teórica de lectura que repercute sobre la metodología primero, sobre la epistemología después. Con Holland, admitimos que es necesaria una atención sobre la psicología del lector y que epistemológicamente estamos condenados a conocer a través de nuestro propio tema identitario. Con De Man, obtenemos que es necesario prestar atención al modo en que el texto exhibe su propia indecibilidad, sus mismas condiciones de ilegibilidad y que epistemológicamente debemos admitir un fracaso inherente al objeto. En el primer caso hay una dificultad intrínseca a la identidad del conocedor; en el segundo una dificultad inherente al lenguaje.
Entre uno y otro parece conducírsenos a una fatalidad epistemológica que no por eso nos detiene en una apatía investigativa. La objetividad se plantea, en todo caso, en otro plano. Dos opciones, compatibles entre ellas, me parecen aquí interesantes: la objetividad de Jean Piaget, para quien la objetividad es un proceso constructivo de enriquecimiento interactivo entre los mecanismos de asimilación y adaptación; la objetividad para el pragmatismo al estilo de Stanley Fish (o incluso Richard Rorty) donde el eje pasa por la persuasión.
La conclusión ineludible, en todo caso, radica en lo que podríamos llamar una política y una ética de la lectura y, por tanto, de la investigación. Bajo la misma modalidad derrideana de imposible pero necesario, la legibilidad imposible conduce
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a una decisión insondable pero finalmente necesaria, donde lo que se pone en juego es un mecanismo que implica, según me parece, tres aspectos fundamentales: 1) el reconocimiento de la propia identidad; 2) la decisión como política de lectura; 3) el desarrollo de la persuasión. Tres aspectos anudados a la conciencia de que nunca es posible salirse, de que la banda de Moebius es la estructura topológica de cualquier pensamiento.
Bibliografía
CUESTA ABAD, José Manuel y JIMÉNEZ HEFFERNAN, Julián (Eds.) (2005).
Teorías literarias del siglo XX. Una antología. Madrid: Akal. DE MAN, Paul (1990). La resistencia a la teoría. Madrid: Visor.
GAUDEZ, Forent (1997). Pour une socio-anthropolie du texte littéraire. Paris: L’Harmattan.
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TRES PROBLEMAS EN TORNO AL CORPUS: NULIDAD DE DATOS,