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Haiku de Buson

In document 3 Maestros Del Haiku Basho Buson e Issa (página 53-79)

37 En rincones y esquinas Fríos cadáveres: Flores de ciruelo. Yo me marcho. Tú te quedas: Dos otoños.

¡Oh, cruel chaparrón!

¡Un vuelo de pequeños gorriones Se aferra al césped!

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Lluvia de primavera En el carruaje compartido Mi bien amada suspira. Los días son lentos: Hay ecos que se escuchan

En algún lugar de Kyo18.

Lento día; Un faisán

Reposando sobre el puente19.

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Halo de la luna:

¿No es el aroma del ciruelo florecido

Naciendo sobre el cielo?20

Niña muda

Convertida en mujer: Ya se perfuma.

Bajo el follaje amarillo El mundo reposa enterrado… Excepto el Fuji.

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Sobre la campana del templo Reposa y duerme

La mariposa21

Aire mañanero. Se mueven

Los pelos de las orugas. Lluvia de primavera y aún Los vientres de las espigas No se han mojado.

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Aquí y allá

Sonido de cascadas: Hojas tiernas por doquier. Frío en la alcoba Al pisar tu peine, Mi muerta esposa. Faisán de la montaña, El sol primaveral Pisa su cola22.

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Voy hacia los cerezos A dormir bajo sus capullos,

¡Sin deberes!23

Un barrilete: En el mismo sitio

Que en el cielo de ayer24.

Nada se mueve,

Ni una hoja: inquietante Yace el bosque en verano.

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Labrando el campo:

Desde el templo sobre la cumbre El canto del gallo25.

El uguisu está cantando, Su pequeña boca

Abierta.

Indiferente y lánguido Quemo incienso:

Anochecer de primavera.

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Las flores me han enloquedico: Y retorno a casa

Hastiado de cortesanos26.

¡Pareja de patos!

Pero el estanque es viejo y la comadreja

Los vigila27. ¡Un ruiseñor…!

Y en el momento de la comida. Toda la familia.

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El luchador, ya viejo,

Cuenta a su mujer el combate Que no debió perder.

Estación lluviosa:

Con una linterna de papel en la mano,

Camino a lo largo del pórtico28.

Bajo la lluvia primaveral Absortos en sus palabras

La capa de paja y el paraguas29.

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El crisantemo amarillo Pierde su color

Bajo la luz de la linterna de mano. Llegado para ver las flores,

Bajo ellas dormité, Sin sentir el tiempo. Ayer un vuelo;

Hoy otro ¡Los gansos salvajes No están aquí esta noche!

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Peonías

Del gran jardín

En una región del cielo. Labrando el campo: La nube inmóvil Se ha ido30.

El cerezo florecido desapareció: En templo entre los árboles Convertido31.

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Dentro de una línea ruedan Los gansos salvajes; al pie de la

colina

La luna es un sello32

¡Una ballena!

¡Nadando por debajo y más y más Arriba, su cola!

¡Mirad la boca de Erruna O! ¡Desde la que está por escupir

Una peonía!33

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Amarillas colzas en flor: Del costado este, la luna, El sol, poniéndose34. El ruido

De una rata sobre un plato ¡Qué frío resulta!35

¡Melancólicamente, Asciendo la colina De zarzas en flor!

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Almacenes y detrás un camino En donde golondrinas

Van y vienen. Capullos en el peral

Y una mujer a la luz de la luna Leyendo una carta.

Primavera que parte: Y capullos de cerezo Irresolutos todavía.

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¡Floreciente espina

Tan parecida a los caminos En donde he nacido! Siento un agudo frío:

En el embarcadero aun resta Una brizna de luna

Corta noche

Cerca de mí, junto a la almohada Un biombo de plata.

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La noche pasó rápido: Sobre la velluda oruga

Cuentas de rocío36.

Voces de pobladores de la villa Inundando los campos:

Luna de verano. Con la brisa vespertina El susurro del agua contra Las patas de la garza.

Issa

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Issa

Hay una poesía para gozar y otra para sentir. La piedad aparece en los poemas de Issa como un elemento que busca soluciones éticas. Pero éstas se alejan del andamiaje brillante con el que Buson estructuraba su haiku. Blyth lo distingue como el “poeta del destino”, y agrega: “La poesía de los versos de Issa yace en una inexpresada e indirecta, pero profunda, piedad por la imperfección de la palabra, necesaria para la religión y la poesía mismas”. Sin embargo, Issa asite al espectáculo del mundo sin pretender enmendar o deducir. El pecado no existe en el budismo. Le basta amar o satirizar con un medido humor, con toda la humana simpleza que descubre en los insectos, en los insignificantes bichos, a la manera de una actitud que no recuerde al hombre sus propios alcances, sus dudas y sus reservas. Quizás la adversidad de su existencia se tradujo en comprensión, y llegó así a conocer el lenguaje de las moscas o a saber que un gorrión tiene también la posibilidad de beber el reflejo de la l una.

Issa nació en la aldea de Kashiwara, Prefectura de Pagano, el 5 de mayo de 1765, y tres años más tarde, perdió a su madre. Este hecho dramático sería el primero de una larga vida de adversidad. Su propia madrastra economizaría todavía más el afecto y la comprensión. Refieren los historiadores que a la edad de seis años el niño asistió a un festival, con sus tropas andrajosas, aumentando el contraste con los otros niños. Quienes, cuidadosamente vestidos, trataban de alejarse de su lado. Entregado a su soledad,

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el pequeño repara de improviso en un pichón de gorrión apenas cobijado en sus tiernas plumas, y exclama:

Gorrión huerfanito, Ven y juega

Conmigo.

Este haiku resume quizás el espíritu de su poesía. El mismo Blyth anota: “Pero sobre todo nos hallamos ante el hecho de que todas las cosas, animadas o inanimadas, están solas, son huérfanas por la causa misma de haber comenzado a existir, de ser “finitas”. Así planteado, este sentimiento poético, realizado literariamente mediante la conocida sencillez de estilo, auspicia la comprensión a menudo panteísta que surge de ese deseo de contemplar y entender la actividad de los seres. Issa no duda en inter relacionar con habilidad un hecho con la justicia implícita en tal hecho, y la solución que el budismo propone.

El poeta se alejó de su casa y estuvo ausente durante largo tiempo, retornando en ocasión de la muerte de su padre, en 1801, en cuya oportunidad fue nombrado primer heredero. No obstante, su madrastra y su hermano desconocieron el testamento y con el apoyo de las autoridades lo mantuvieron alejado por espacio de trece años. Establecido en Edo, su corazón retornaba, sin embargo, a la aldea natal. Una vez en ella, restituidos sus derechos, sintió que algo renacía, como si le devolvieran los elementos perdidos de la dicha. Era en 1814, y entonces, casi absorto al poder tocar y contemplar nuevamente el hogar de otros años, escribió:

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¡Una extraña, extraña sensación En la casa donde nací,

En esta mañana de primavera!

Muy pronto se casó con Kiku, una muchacha que apenas tenía la mitad de sus años. No obstante, esta unión estaría constantemente amenazada por la enfermedad del poeta y por el triste hecho de ver morir a sus cinco hijos casi en plena juventud. En esta época escribe algunos de sus mejores poemas. Es cuando el asidero religioso tampoco alcanza a tranquilizarlo, ni siquiera esa experiencia filosófica que parece vislumbrarse en la intención de muchas de sus obras. Ama los lugares y los animales y los insectos porque relaciona las pasiones y los conceptos con sus maneras de adherirse a la existencia. Véase un fragmento del Shichiban Nikki (Diario Shichiban): “Realicé una peregrinación al Templo de Tokai-ji, en Fuse. Y, sintiendo pena por las gallinas que me seguían, les compré algunos granos de arroz en la casa situada enfrente del templo, desparramándolos entre las violetas y los almorzones. Muy pronto empezaron a luchar aquí y allá, entre ellas. Mientras tanto, palomas y gorriones bajaron de las ramas y comenzaron a picotear los granos de arroz. Cuando las gallinas volvieron, volaron de nuevo a sus ramas, más rápido de lo que hubieran querido, ya que deseaban que la riña durara más tiempo. Los samurai, labradores, artesanos, comerciantes, y todo el resto de la gente, se portan del mismo modo en su manera de vivir”.

Miembro de la secta de los Tierra Pura (Iôdo), o Shin, su amor al Buda Amida le indicó la ruta ética, que de una u otra manera aparece en su obra, y que él desarrollaría como

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defensa, piedad, sarcasmo, amor, o simplemente revelación de las cosas menudas. Acaso ese mismo sentimiento es el que lo animaría a enfrentar displicentemente a los grandes señores y a vestirse con ropas desaliñadas y gastadas. Sus poemas son extremadamente simples; en tal sentido puede decirse que la forma le importaba menos que el contenido, y que éste nos llega con toda su gran emoción poética, precisamente por la audacia de la síntesis y por su enternecedora transparencia.

Una nueva tristeza llegaría hasta el corazón de Issa: la muerte de Kiku, su mujer. A su memoria escribió muchos poemas, algunos de los cuales aluden a ciertas cosas que indirectamente recordaban a quien había compartido su existencia. Cuatro años más tarde el poeta la acompañaría. Sin embargo, y quizás por la necesidad de dejar un heredero, Issa volvió a casarse, y si bien consiguió realizar su propósito, no pudo conocer al nuevo ser: Yata, su hija, nació luego de la muerte del poeta.

Bashô y Buson han entrado en lo humano por lo que de hondo puede tener la propia experiencia de poetas que tratan de asir la esencia de las cosas. A ello agréguese que Issa alcanzó a tocar con sus dedos todo aquello que se hallaba azotado por la ingratitud, por la pena y por la incomprensión. Su poesía nos vigila como la garza del poema de Li Tai Po lo hacía con el invierno. Leyendo sus haiku los órdenes se trastocan y de improviso sucede que un insecto es capaz de conmovernos tanto como los mismos rituales del medioevo.

Issa murió en pleno invierno, en el año 1827, en esa casa donde había un almacén sin ventanas, a la que se había

mudado después del incendio de su hogar. Desde su lecho vería seguramente caer la nieve, mientras sus pensamientos jugaban con los espectros de la luz a la manera de un enano surgiendo del sueño. Bajo su almohada se encontró, luego de su muerte, este poema:

Hay que dar gracias: Esta nieve sobre el techo Pertenece también al cielo.

In document 3 Maestros Del Haiku Basho Buson e Issa (página 53-79)

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