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En el sentido en que Hegel nos dice: “La Naturaleza es exte­ rioridad”.

UN NUEVO MÍSTICO

13 En el sentido en que Hegel nos dice: “La Naturaleza es exte­ rioridad”.

¿Qué es, por lo tanto, ese tiempo que roe y que separa sino el tiempo científico, el tiempo cada uno de cuyos instantes corres­ ponde a una posición de un móvil en una trayectoria? ¿El señor Bataille está seguro de que una verdadera experiencia interior del tiempo le habría dado los mismos resultados? Sigue siendo cierto que para él ese yo “en prorrogación”, nunca acabado, compuesto de partes exteriores las unas a las otras, aunque se descubre al sujeto que muere, no es sino una apariencia engañosa. Se ve nacer lo trágico: somos una apariencia que quiere ser realidad pero cuyos esfuerzos mismos para salir de su existencia fantasma son apariencias. Pero se ve también la explicación de esa tragedia: es que el señor Bataille toma sobre sí mismo dos puntos de vista contradictorios simultáneamente. Por una parte se busca y se encuentra mediante una diligencia análoga a la del cogito, que le descubre su individualidad irreemplazable; por otra parte sale de pronto de sí para contemplar esa individualidad con los ojos y los instrumentos del sabio, como si fuese una cosa en el mundo. Y este último punto de vista supone que ha aceptado por su cuenta cierto número de postulados sobre el valor de la ciencia y del análisis, sobre la naturaleza de la objetividad, postulados de los que tenía que hacer tabla rasa si quería encontrarse inmediata­ mente. De ello resulta que el objeto de su investigación parece un ser extraño y contradictorio, muy semejante a los “ambiguos” de Kierkegaard: es una realigad, no obstante, ilusoria, una unidad que se desmorona en multiplicidad, una cohesión que desgarra el tiempo. Pero no hay motivo para admirar esas contradicciones; si el señor Bataille las ha encontrado en sí mismo es porque las ha puesto en él, introduciendo por la fuerza lo trascendente en lo inmanente. Si se hubiera atenido al punto de vista del descubri­ miento interior habría comprendido: l?, que los datos de la ciencia no participan de la certidumbre del cogito y que deben ser considerados como simplemente probables; si uno se encierra en la experiencia interior, ya no puede salir de ella para con­ templarse luego desde fuera; 29, que, en el dominio de la expe­ riencia interior ya no hay apariencia, o más bien que la aparien­ cia es en él realidad absoluta. Si sueño con un perfume, es un perfume falso, pero si sueño que siento placer al respirarlo, es un placer verdadero. Uno no puede soñar su placer, no puede soñar la simplicidad o la unidad de su Yo. Si se los descubre es porque existen, pues se los hace existir al descubrirlos. 3^, que el

famoso desgarrón temporal del Yo nada tiene de inquietante. Pues el tiempo es también enlace y el Yo en su ser mismo es temporal. Esto significa que, lejos de ser anulado por el Tiempo, necesita del Tiempo para realizarse. En vano me objetará que el Yo se deshace en jirones, en instantes, pues el Tiempo de la experiencia interior no se compone de instantes.

Pero he aquí el segundo momento del análisis, el que nos va a revelar la contradicción permanente que somos. El ipse> unidad inestable de partículas, es ella misma partícula en con­ juntos más vastos. Es lo que el señor Bataille llama la comunica­ ción. Observa muy justamente que las relaciones que se establecen entre los seres humanos no podrían limitarse a las simples rela­ ciones de yuxtaposición. Los hombres no existen primeramente para comunicarse luego, pero la comunicación los constituye ori­ ginalmente en su ser. También a este respecto podemos creer ante todo que nos hallamos en presencia de las últimas conquistas filosóficas de la Fenomenología. Esa “comunicación”, ¿no re­ cuerda la “Mitsein” heidegeriana? Pero en este caso, como ante­ riormente, esa resonancia existencial parece ilusoria cuando se la examina mejor. “Un hombre —escribe el señor Bataille— es una partícula inserta en conjuntos inestables y embrollados”, y más adelante: “El conocimiento que tiene el vecino de su vecina no está menos alejado de un encuentro de desconocidos que la vida de la muerte. El conocimiento parece de esta manera un nexo biológico inestable, no menos real, sin embargo, que el de las células de un tejido. La comunicación entre dos personas posee, en efecto, la facultad de sobrevivir a la separación momentánea”. Añade que “sólo la inestabilidad de los nexos permite la ilusión del ser aislado”. Por lo tanto, el ipse es doblemente ilusorio: ilusorio porque es compuesto, e ilusorio porque es componente. El señor Bataille revela los dos aspectos complementarios y opues­ tos de todo conjunto organizado : . “composición que trasciende los componentes, autonomía relativa de los componentes”. Es esta una buena descripción: se une a las apreciaciones de Meyerson sobre lo que él llamaba “la estructura fibrosa del universo”. Pero es precisamente el Universo lo que Meyerson describía así. es decir, la Naturaleza fuera del sujeto. Aplicar estos principios a la comunidad de los sujetos es hacerlos volver a entrar en la Natu­ raleza. En efecto, ¿cómo puede discernir el señor Bataille esa composición que “trasciende los componentes”? No puede ser

mediante la observación de su propia existencia, pues no es sino un elemento en el conjunto. La unidad escurridiza de los elementos no puede aparecer sino a un testigo que se ha colocado delibe­ radamente fuera de esa totalidad. Ahora bien, sólo Dios está fuera. Y además es necesario que ese Dios no sea el de Espinosa. Por añadidura, el descubrimiento de una realidad que no es nuestra realidad no se puede hacer sino por medio de una hipó­ tesis y sigue siendo siempre probable. ¿Cómo se puede ordenar la certidumbre interior de nuestra existencia con esa probabilidad de que pertenezca a esos conjuntos frágiles? Y, en buena lógica, ¿no hay que invertir a este respecto la subordinación de los tér­ minos? ¿No es nuestra autonomía la que se convierte en certi­ dumbre y nuestra dependencia la que pasa a la categoría de ilusión? Pues si tengo conciencia de mi dependencia, la depen­ dencia es objeto y la conciencia es independiente. Por otra parte, la ley que el señor Bataille establece no se limita al dominio de las relaciones interhumanas. En los textos que hemos citado la extiende expresamente a todo el universo organizado. Si, por lo tanto, se aplica a las células vivientes así como a los sujetos, no puede ser sino en la medida en que los sujetos son considerados como células, es decir, como cosas. Y la ley no es ya la mera des­ cripción de una experiencia interior, sino un principio abstracto, análogo a los que rigen la mecánica, y que gobierna al mismo tiempo muchas regiones del universo. La piedra que cae, si pudiera sentir, no descubriría en su propia caída la ley de la caída de los cuerpos. Experimentaría su caída como un acontecimientos único. La ley de la caída de los cuerpos sería para ella la ley de la caída de los otros.

Del mismo modo, cuando el señor Bataille legisla sobre la “comunicación” alcanza necesariamente a la comunicación de los Otros entre ellos. Reconocemos esta actitud: el sujeto establece una ley por inducción sobre la observación empírica de los otros hombres y luego emplea un razonamiento analógico para colocarse a sí mismo bajo la ley que acaba de establecer. Es la actitud del sociólogo. No en vano el señor Bataille ha formado parte de ese extraño y famoso Colegio de Sociología que habría sorprendido tanto al honrado Durkheim cuyo nombre reivindicaba y cada uno de cuyos miembros, mediante una ciencia naciente, perseguía pro­ pósitos extra-científicos. El señor Bataille aprendió en él a tratar del hombre como de una cosa. Más que al “Mitsein” heideggeria-

no, esas totalidades inconclusas y volátiles, que se componen de pronto y se embrollan para descomponerse inmediatamente y recomponerse en otra parte, se parecen a las “vidas unánimes” de Romains y sobre todo a las “conciencias colectivas” de los soció­ logos franceses.

¿Es una casualidad que esos sociólogos, los Durkheim, Levy- Brühl y Bouglé, sean quienes, hacia el final del siglo pasado, trataron inútilmente de sentar las bases de una moral laica? ¿Es una casualidad que el señor Bataille, el testigo más amargo de su fracaso, adopte de nuevo su visión de lo social, la supere y les. robe, para adaptarla a sus fines personales, la noción de “sagrado”? Pero precisamente el sociólogo no puede formar parte integrante de la sociología, pues es el que la hace. No puede entrar en ella como no puede entrar Hegel en el hegelianismo, ni Espi­ nosa en el espinosismo. El señor Bataille trata en vano de ingre­ sar en la maquinaria que ha montado: queda afuera, con Durk­ heim, con Hegel, con Dios Padre. Veremos en seguida que ha buscado socarronamente esa posición privilegiada.

Como quiera que sea, tenemos a mano los términos de la contradicción: el yo es autónomo y dependiente. Cuando considera su autonomía quiere ser ipse: “Quiero poner mi persona —escribe nuestro autor— en los cuernos de la luna”. Cuando vive su de­ pendencia quiere ser todo, es decir, dilatarse hasta abarcar en sí la totalidad de los componentes: “La oposición insegura de la autonomía a la trascendencia pone al ser en posición resbaladiza: al mismo tiempo que se encierra en la autonomía, y por eso mismo, cada ser ipse quiere hacerse el todo de la trascendencia; en primer lugar el todo de la composición de que forma parte y luego un día, sin límite, quiere convertirse en el universo” 1G. La contradicción es evidente: está a la vez en la condición del sujeto así descuartizado entre dos exigencias opuestas y en el fin mismo que quiere alcanzar : “El Dios universal. . . está solo en la cima, se deja confundir incluso con la totalidad de las cosas y sólo arbitrariamente puede mantener en sí la “ipseidad”. En su his­ toria, los hombres se empeñan así en la extraña lucha del ipse que debe llegar a ser el todo y no puede llegar a serlo sino muriendo” 1G. No expondré, con el señor Bataille, las peripecias de esa

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