UN NUEVO MÍSTICO
2 Parece también a veces que el señor Bataille se divierte en remedar el estilo de Pascal: ‘Que se contemple, por último, la historia de los hom
lo comparte con gran número de escritores contemporáneos. Pero los motivos que alega al respecto le son propios; reivindica el odio del místico, no el del terrorista. Nos dice que, ante todo, el lenguaje es proyecto: el que habla se espera al término de la frase; la palabra es construcción, empresa; el octogenario que habla es tan loco como el octogenario que planta. Hablar es des garrarse, dejar el existir para más tarde, al cabo del discurso, des cuartizarse entre un sujeto, un verbo y un atributo. El señor Bataille quiere existir todo entero y prestamente: en el instante. Las palabras, por otra parte, son “los instrumentos de actos útiles” : por consiguiente, nombrar lo real es cubrirlo, velarlo con fami liaridad, hacerlo pasar de golpe a la categoría de lo que Hegel llamaba “das Bekannte”, lo demasiado conocido, que pasa inad vertido. Para desgarrar los velos y trocar la quietud opaca del saber por el arrobamiento del no saber hace falta un “holocausto de las palabras”, ese holocausto que realiza ya la poesía : “Cuando palabras como caballo o manteca entran en un poema, lo hacen desprendidas de las preocupaciones interesadas ... Cuando la moza de granja dice la manteca o el mozo de muías dice el caballo, conocen la manteca o el caballo. .. Pero, al contrario, la poesía lleva de lo conocido a lo desconocido. Puede hacer lo que no pueden la moza de granja ni el mozo de ínulas: introducir un caballo de manteca. De esta manera coloca delante lo incog noscible”.
Pero la poesía no se propone comunicar una experiencia precisa. El señor Bataille debe observar, describir y persuadir. La poesía se limita a sacrificar las palabras; el señor Bataille quiere darnos las razones de ese sacrificio. Y es con palabras como debe exhortarnos a sacrificar las palabras. Nuestro autor se da plena cuenta de ese círculo vicioso. Es en parte por eso por lo que coloca su obra “más allá de la poesía”. De ahí resulta para él una dificultad análoga a la que se imponían los trágicos. Así como Racine podía preguntarse: “¿Cómo expresar los celos, el temor, en versos de doce pies que terminan con rimas?” y extraía la fuerza de expresión de esa dificultad misma, así también el señor Bataille se pregunta cómo se puede expresar el silencio con palabras. Quizá este problema no implica ninguna solución filo sófica; quizá, desde este punto de vista, no es sino un simple juego de palabras. Pero desde el punto de vista en que aquí lo consi deramos parece una regla estética que vale tanto como cualquier
otra, una dificultad suplementaria que el autor se impone por su plena voluntad, como el jugador de billar que traza marcos en el tapete verde. Es esta dificultad consentida la que dará al estilo de Uexpérience intérieure su sabor singular. Ante todo encontra remos en el señor Bataille un mimetismo del instante. Como el silencio y el instante no son sino una sola y misma cosa, es la configuración del instante la que debe dar a su pensamiento. “La expresión de la experiencia interior —dice— debe responder de alguna manera a su movimiento” 3. Renunciará, por lo tanto, a la obra compuesta, así como a las exposiciones ordenadas. Se expresará mediante breves aforismos, mediante espasmos, que el lector puede discernir de una sola mirada y que figuran como una explosión instantánea, limitada por dos blancos, dos abismos de reposo. Él mismo lo explica en estos términos:
“Una continua puesta en duda de todo priva del poder de proceder mediante operaciones separadas, obliga a expresarse me diante chispazos rápidos, a separar todo lo que se puede la expre sión de su idea de un proyecto, a incluirlo todo en algunas frases: la angustia, la decisión y hasta la perversión poética de las pala bras, sin la cual el dominio parecería soportado” 4.
En consecuencia la obra ofrece el aspecto de una sarta de frases. Es curioso observar a este respecto que el antiintelectualista Bataille se encuentra, en la elección de su modo de exposición, con el racionalista Alain. Es que esta “continua puesta en duda de todo” puede proceder de una negación mística tanto como de una filosofía cartesiana del libre juicio. Pero la semejanza no va más lejos: Alain tiene confianza en las palabras. Bataille tratará, al contrario, de reducirlas en la trama misma del texto a la porción conveniente; hay que deslastraslas, vaciarlas y empaparlas de si lencio para aligerarlas todo lo posible. Tratará, por lo tanto, de utilizar “frases resbaladizas”, como tablas jabonosas que nos hacen caer de pronto en lo inefable; y también palabras resbaladizas, como la misma palabra “silencio”, “abolición del ruido que es la palabra”; entre todas las palabras__la más perversa y la más poética. . . ” Insertará en el discurso, junto a palabras que signi fican —indispensables a pesar de todo para la intelección—, palabras que sugieren, como risa, suplicio, agonía, desgarrón,
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poesía, etcétera, a las que desvía de su sentido original para con ferirles poco a poco un poder mágico de evocación. Estos dife rentes procedimientos llevan a que el pensamiento profundo —o el sentimiento— del señor Bataille parezca contenerse enteramente en cada uno de sus “Pensamientos”. No se construye, no se enri quece progresivamente, sino que aflora, indiviso y casi inefable, en la superficie de cada aforismo, de modo que cada uno de ellos nos presenta la misma significación compleja y temible bajo una iluminación particular. En oposición a las maneras de proceder analíticas de los filósofos, el libro del señor Bataille se presenta, podría decirse, como el resultado de un pensamiento totalitario.
Pero este pensamiento mismo, por muy sincrético que sea, podría, después de todo, tender a lo universal y alcanzarlo. Por ejemplo, el señor Camus, a quien no ha impresionado menos lo absurdo de nuestra condición, ha esbozado, no obstante, un retra to objetivo del “hombre absurdo”, independientemente de toda circunstancia histórica, y los grandes Absurdos ejemplares que nos cita —como Don Juan— tienen un valor cuya universalidad no cede en nada a la del agente moral kantiano. La originalidad del señor Bataille consiste en haber, a pesar de sus razonamientos cascarrabias y quisquillosos, elegido deliberadamente la historia contra la metafísica. También a este respecto hay que volver a Pascal, a quien yo llamaría de buena gana el primer pensador histórico, porque él fué el primero que comprendió que en el hombre la existencia precede a la esencia. Según él, hay demasiada grandeza en la criatura humana para que se la pueda comprender partiendo de su miseria; demasiada miseria para que se pueda deducir su naturaleza partiendo de su grandeza. En una palabra, al hombre le ha sucedido algo, algo indemostrable e irreductible y, por consiguiente, algo histórico: la caída y la redención. El cristianismo como religión histórica se opone a toda metafísica. El señor Bataille, que fué cristiano devoto, conserva del cristia nismo el sentido profundo de la historicidad. Nos habla de la con dición humana, no de la naturaleza humana; el hombre no es una naturaleza, es un drama; sus características son actos: proyecto, suplicio, agonía, risa, otras tantas palabras que designan procesos temporales de realización, no cualidades dadas pasivamente y pasivamente recibidas. Es que la obra del señor Bataille es el re sultado de un redescenso, como la mayoría de los escritos místicos. El señor Bataille vuelve de una región desconocida, redesciende
entre nosotros, quiere arrastrarnos con él, nos describe nuestra miseria que fué su miseria, nos relata su viaje, sus largos errores, su llegada. Si, como el filósofo platónico al que se sacaba de la caverna, se hubiese encontrado bruscamente en presencia de una verdad eterna, el aspecto histórico de su relación habría desapa recido sin duda, para ceder el lugar al rigor universal de las Ideas. Pero ha encontrado el no-saber, y el no-saber es esencial mente histórico, pues no se lo puede designar sino como cierta experiencia que cierto hombre ha hecho en cierta fecha. A este respecto debemos tomar Uexpérience intérieure a la vez como un Evangelio (aunque no nos comunique ninguna “buena nueva”) y como una Invitación al Viaje. Relato edificante: he aquí cómo se puede llamar a su libro. Esa mezcla de pruebas y de drama le da a la obra un sabor muy original. Alain había escrito primera mente Propos objectifs y luego, para cerrar su obra, una Histoire de mes pensées. Pero aquí las dos cosas se unen, se traban. Apenas se dan las pruebas aparecen de pronto como históricas: un hombre las ha pensado, en cierto momento de su vida, y se ha hecho mártir de ellas. Leemos al mismo tiempo Les faux-mon- nayeursy el Journal d’Edouard y el Journal des faux-monnayeurs. Para terminar, la subjetividad se vuelve a cerrar sobre las razones como sobre el arrobamiento. El que está ante nosotros es un hombre, un hombre solo y desnudo, que desarma todas sus deduc ciones al fecharlas, un hombre antipático y “prensil”, como Pascal. ¿He hecho sentir la originalidad de este lenguaje? Me ayu dará a hacerlo un último rasgo: el tono es constantemente des deñoso. Recuerda la agresividad desdeñosa de los superrealislas. El señor Bataille quiere tratar a su lector a contrapelo. Sin em bargo, escribe para “comunicar”. Pero parece que nos habla a disgusto. Por otra parte, ¿se dirige a nosotros? Ni siquiera eso, y cuida de advertírnoslo. Siente “horror de su propia voz”. Si juzga necesaria la comunicación —pues el éxtasis sin comunica ción no es ya sino vacío— “se irrita pensando en el tiempo de actividad que pasó —durante los últimos años de la paz— esfor zándose por llegar a sus semejantes”. Por lo demás, hay que tomar en rigor esa palabra “semejantes”. El señor Bataille escribe para el aprendiz de místico, para quien, en la soledad, se encamina al suplicio mediante la risa y el disgusto. Pero la esperanza de ser leído por ese Nathanaël de un tipo tan particular nada tiene de reconfortante para nuestro autor. “Hasta cuando se predica a
convencidos hay en la predicación un elemento de angustia”. Si fuésemos nosotros ese discípulo eventual tendríamos el dere cho de escuchar al señor Bataille, pero —nos lo previene con altivez— no de juzgarle: “No hay lectores... que tengan con qué causar mi confusión. Si me acusara el más perspicaz, me reiría: es a mí mismo a quien temo”. Eso hace que el crítico se sienta a sus anchas. El señor Bataille se entrega, se desnuda ante nuestros ojos, pero, al mismo tiempo, terminantemente, rechaza nuestro juicio: no depende sino de sí mismo y la comunicación que quiere establecer carece de reciprocidad. Está en lo alto y nosotros abajo. Nos entrega un mensaje y lo recibe el que puede. Pero lo que aumenta nuestra incomodidad es que la cima desde la que nos habla es al mismo tiempo la profundidad “abismal” de la ab yección.
La predicación orgullosa y dramática de un hombre más que a medias empeñado en el silencio, que habla a disgusto una lengua febril, amarga, con frecuencia incorrecta, para ir lo más rápida mente posible, y que nos exhorta, sin mirarnos, a que nos unamos a él oreullosamente en su vergüenza y en su oscuridad: tal parece ante todo, U expérience intérieure. Aparte de un poco de énfasis vacío y de cierta inhabilidad en el manejo de las abstracciones, todo es elogiable en ese modo de expresión: ofrece al ensayista un ejemplo y una tradición; nos acerca a las fuentes, a Pascal, a Montaigne, y, al mismo tiempo, propone una lengua, una sintaxis más adaptadas a los problemas de nuestra época. Pero la forma no es todo: veamos el contenido.
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Hay hombres a los que se Ies podría llamar sobrevivientes. Han perdido, temprano, un ser querido, un padre, un amigo, una querida, y su vida no es ya sino el triste día siguiente de esa muerte. El señor Bataille sobrevive a la muerte de Dios. Y cuando se reflexiona parece que nuestra época entera sobrevive a esa muerte que él ha vivido, sufrido y sobrevivido. Dios ha muerto: no entendemos que no existe, ni siquiera que no existe ya. Está muerto; nos hablaba y ahora calla, no tocamos ya más que su cadáver. Quizá se ha deslizado fuera del mundo, se ha ido a otra parte, como el alma de un muerto; quizá no era sino un
sueño. Hegel trató de substituirlo con su sistema,\ y el sistema ha zozobrado; Comte, con la religión de la humanidad, y el positi vismo ha zozobrado. Hacia 1880, en Francia y en otras partes, señores honorables, algunos de los cuales tuvieron la consecuencia suficiente para exigir que se los cremara después de muertos, se imaginaron que constituían una moral laica. Hemos vivido durante algún tiempo de esa moral, y luego el señor Bataille se presenta, con tanto otros, para atestiguar su bancarrota. Dios ha muerto, pero no por eso el hombre se ha hecho ateo. Ese silencio de lo trascendente, iuntamente con la permanencia de la necesidad relieriosa en ¿I hombre moderno, oonstituve el Erran problema, hoy como aver. E* el nroblema que atormenta a Nietzsche. Heidegger y Jaspers. Es el drama íntimo de nuestro autor. Al salir de una “larga piedad cristiana” su vida se ha “disuelto en la risa”. La risa era revelación: “Hace quince años de eso ... yo volvía no sé de dónde, tarde en la noche. .. Al atravesar la calle du Four entré de pronto en esa “nada” desconocida ... negué los muros grises que me rodeaban, me sumí en una especie de arrobamiento. Reí divinamente: el paraguas que descendía sobre mi cabeza me cubría (me cubrí expresamente con ese sudario negro) .Reía como quizá nunca había reído y el fondo de cada cosa se abría, se des nudaba, como si yo estuviera muerto”. Durante al^ún, tiempo trató de eludir las consecuencias de esas revelaciones. El erotismo, lo “sagrado” demasiado humano de la sociología le ofrecían refu gios precarios. Y luego todo se desplomó y helo aquí ante nosotros, fúnebre y cómico como un viudo inconsolable que se entrega, completamente vestido de negro, al pecado solitario en recuerdo de la muerta. Pues el señor Bataille se niega a conciliar esas dos exigencias inconmovibles y opuestas: Dios calla, pero yo no puedo renunciar a él; en mí todo exige a Dios, no podré olvidarlo. Leyendo más de un pasaje de Uexperiênce intérieure se creería encontrarse de nuevo con Stavroguin o Iván Karamazov, un Iván que hubiera conocido a André Bretón. De ahí surge para nuestro autor una experiencia particular de lo absurdo. En verdad, esa experiencia se encuentra, de una manera u otra, en la mayoría de los autores contemporáneos: es el desgarrón de Jaspers, la muerte de Malraux, el desamparo de Heidegger, el estar en sus penso de Kafka, el trabajo maniático e inútil de Sísifo en Camus y el Aminadab de Blanchot.
trado dos clases de absurdo. Para unos, la absurdidad fundamen tal es la “facticidad”, es decir, la contingencia irreductible de nuestro “estar ahí”, de nuestra existencia sin objeto y sin razón. Para otros, discípulos infieles de Hegel, consiste en que el hombre es una contradicción insoluble. Es esta absurdidad la que siente más vivamente el señor Bataille. Considera, como Hegel, a quien ha leído, que la realidad es conflicto. Pero para él, como para Kierkegaard, para Nietzsche y para Jaspers, hay conflictos sin solución; de la trinidad hegeliana suprime el momento de la sín tesis y sustituye la visión dialéctica del mundo por una visión trá gica o, para hablar su lenguaje, dramática. Se pensará sin duda en el señor Camus, cuya bella novela comentamos el mes pasado. Pero para éste, que no ha hecho sino rozar a los fenomenólogos y cuyo pensamiento se mueve dentro de la tradición de los mora listas franceses, la contradicción original es un estado de hecho. Hay fuerzas en presencia —que son lo que son— y la absurdidad nace de su relación. La contradicción se produce, por lo tanto, fuera de tiempo. Para el señor Bataille, que ha frecuentado más de cerca el existencialismo y que inclusive le ha tomado prestada su terminología, lo absurdo no está dado, se hace; el hombre se crea a sí mismo como conflicto: no estamos hechos de cierto tejido substancial cuya trama se desgarraría por usura o bajo el efecto de frotamientos o de algún agente exterior. El “desga rrón” c no desgarra nada más que a sí mismo y es su propia materia y el hombre es su unidad: extraña unidad que no inspira absolutamente nada, que, al contrario, se pierde para mantener la oposición. Kierkegaard la llamaba ambigüedad; en ella las contradicciones coexisten sin fundirse, cada una remite a la otra indefinidamente. Es de esta unidad perpetuamente evanescente de la que el señor Bataille hace en sí mismo la experiencia inme diata; es ella la que le proporciona su visión original de lo absurdo y la imagen de que usa constantemente para expresar esa visión: la de una llaga que se abre por sí sola y cuyos labios tumefactos se dilatan hacia el cielo. Entonces, se preguntará, ¿hay que incluir al señor Bataille entre los pensadores existencialistas? No corra mos tanto. Al señor Bataille no le gusta la filosofía. Su propósito es relatarnos cierta experiencia. Habría que decir más bien: expe-
5 La expresión se encuentra en Jaspers y en Bataille. ¿Ha ejercido