El delirio que ha presentado la enferma Aimée A. ofrece la gama casi completa de los temas paranoicos. En él se combinan estrechamente los temas de persecución y los temas de grandeza. Los primeros se expresan en ideas de celos, de prejuicios, en interpretaciones delirantes típicas. No hay, en cambio, ideas hipocondríacas, ni tampoco ideas de envenenamiento. En cuanto a los temas de grandeza, se traducen en sueños de evasión hacia una vida mejor, en intuiciones vagas de tener que llevar a cabo una excelsa misión social, en idealismo reformador, y finalmente en una
erotomanía sistematizada sobre un personaje de sangre real.
Tracemos brevemente los rasgos más prominentes de estos temas y la historia de su aparición. La historia clínica permite situar a la edad de veintiocho años, o sea diez años antes de su último internamiento, el comienzo de los trastornos psicopáticos de Aimée. Lleva a la sazón cuatro arios de casada, tiene un trabajo en la misma oficina de su marido, y está embarazada.
Aimée tiene, por esos días, la impresión de que cuando charlan entre si sus compañeros de trabajo, es para hablar mal de ella: critican sus acciones de manera insolente, calumnian su conducta y le anuncian desgracias. En la calle, los transeúntes cuchichean cosas contra ella y le demuestran su desprecio. En los periódicos reconoce alusiones dirigidas asimismo contra ella. Según parece, ya anteriormente le habla hecho a su marido una escena de celos muy desprovista de base. Las acusaciones se vuelven precisas y netamente delirantes: "¿Por qué me hacen todo eso? Quieren la muerte de mi hijo. Si esta criatura no vive, ellos serán los responsables."
La nota depresiva es bien clara. En el momento de su ingreso en la clínica, en una carta dirigida a nosotros (junio de 193 ... ), la enferma escribe: "Durante mis embarazos yo estaba triste, mí marido me tomaba a mal mis melancolías, los pleitos vinieron, y me decía que estaba enojado conmigo porque yo habla andado con otro antes de conocerlo. Esto me hizo sufrir mucho."
Su sueño está atormentado por pesadillas. Sueña con ataúdes, y los estados afectivos del sueño se mezclan con las persecuciones diurnas.
Presenta toda clase de reacciones, las cuales son observadas con creciente alarma por las personas con quienes vive. Un día, revienta a navajazos los dos neumáticos de la bicicleta de un compañero de oficina. Una noche se levanta, coge una jarra de agua y se la echa a su marido en la cabeza; en otra ocasión, lo que sirve de proyectil es una plancha doméstica.
A todo esto, Aimée colabora ardientemente en la confección de la canastilla del bebé esperado de todos. En marzo de 192 ... da a luz una niña que nace muerta. El diagnóstico habla de asfixia a causa de haberse enredado el cordón umbilical. Este episodio produce una enorme conmoción en la enferma. Aimée imputa la desgracia a sus enemigos; bruscamente, parece concentrar toda la responsabilidad de esta desgracia en una mujer que durante tres años ha sido su mejor amiga. Esta mujer, que trabajaba a la sazón en una ciudad muy lejana, telefoneó poco después del parto para saber noticias, y Aimée encontró muy extraña la cosa. La cristalización hostil parece haberse iniciado allí
Por esos mismos días Aimée interrumpe bruscamente las prácticas religiosas que hasta entonces conservaba. Por otra parte, hace ya mucho tiempo que quienes están en relación con ella la rechazan en sus tentativas de expansión delirante. Así, pues, permanece hostil, muda, encerrada en sí misma durante días enteros.
El segundo embarazo la pone en un estado depresivo análogo al anterior, con la misma ansiedad, con el mismo delirio de interpretación. Finalmente nace un niño, en julio del año siguiente. La enferma (que tiene ahora treinta años) se entrega a él con un ardor apasionado; nadie más que ella se ocupa del bebé hasta que éste cumple cinco meses. Le da el pecho hasta la edad de catorce meses. Durante el amamantamiento, Aimée se va haciendo cada vez más interpretante, hostil para con todo el mundo, peleonera. Todos amenazan a su hijito. Provoca todo un incidente con unos automovilistas a quienes acusa de haber pasado demasiado cerca del cochecito del bebé. Estallan escándalos de toda índole con los vecinos. Ella habla de llevar el asunto a los tribunales.
Así las cosas, le llegan un día al marido, una detrás de la otra, estas dos noticias: a espaldas suyas, Aimée ha presentado una carta de renuncia a la compañía que les da trabajo a los dos, y ha pedido pasaporte para los Estados Unidos, utilizando un documento falsificado para presentar la
autorización marital que pide la ley. Lo que ella contesta es que tiene deseos de ir a buscar fortuna en los Estados Unidos: va a ser novelista. En cuanto al niño, confiesa que hubiera tenido que abandonarlo. En la época actual, esta confesión no provoca en ella una excesiva reacción de vergüenza: si se hubiera lanzado a esa empresa, habría sido por el bien de su hijo. Sus familiares le suplican que renuncie a sus locas imaginaciones. De estas escenas, la enferma conserva un recuerdo penoso. "Mi hermana -nos cuenta- cayó de rodillas y me dijo: Ya verás lo que te sucederá si no renuncias a esa idea." "Entonces -añade- tramaron un complot para arrancarme a mi hijo, niño de pecho, e hicieron que me encerraran en una casa de salud."
Conocemos ya su internamiento en el asilo privado de E., su permanencia de seis meses en ese lugar, y el diagnóstico que se pronunció: delirio de interpretación. Es difícil precisar actualmente los rasgos de discordancia que parecen colorear entonces el cuadro clínico. Tenemos una carta escrita por ella desde la casa de salud a un escritor (diferente de su futuro perseguidor) muchas veces mencionado por ella, como atestiguan sus familiares:
Domingo por la mañana, E...., Seine. Señor:
Aunque yo no lo conozca a usted, le dirijo una ferviente súplica para pedirle que emplee la potencia de su nombre en ayudarme a protestar contra mi internamiento en la casa de salud de E ... Mi familia. no podía entender que yo pudiera salir de M ... y abandonar mi hogar, de ahí un complot, un verdadero complot y heme aquí en una casa de vigilancia, el personal es encantador, el doctor D. también, mi médico, le ruego que examine mi expediente con él y haga cesar una permanencia que
no puede ser más que dañosa para mi salud. Señor novelista, usted se sentiría tal vez muy contento de estar en mi lugar, para estudiar las miserias humanas, interrogo a mis vecinas algunas de las cuales están locas, y otras tan lúcidas como yo, y cuando hubiera (sic) salido de aquí, ¡me propongo reventar verdaderamente de risa a causa de lo que me sucede¡ pues termino por divertirme realmente de ser siempre una eterna víctima, una eterna desconocida, Virgen santa, ¡qué historia la mía! usted la conoce, todo el mundo la conoce más o menos, se cuentan de mí tantos chismes, y como sé por sus libros que usted no es amigo de la injusticia, le pido que haga algo por mí. Señora A..., casa de salud, avenida de .... E .... Seine.
Llama la atención en esta carta una jovialidad bastante discordante con el conjunto de lo que se dice, y la frase 'Todo el mundo conoce más o menos mi historia" deja planteada la cuestión de si no se expresarán en ella ciertos sentimientos de penetración o de adivinación del pensamiento. En todo caso, después de salir de la clínica "no curada", sino sólo mejorada, descansa durante algunos meses en el seno de la familia y vuelve a hacerse cargo del niño. Según parece, se ocupa de él en forma satisfactoria.
Se niega, sin embargo, a reasumir su trabajo en la oficina de la ciudad de E ... Más tarde le contará al médico experto que sus perseguidores la forzaron a salir de esa ciudad. En sus conversaciones con nosotros, lo que dice es que no tenía ánimo de reaparecer ante sus compañeros de trabajo con la vergüenza de un internamiento. Sometida a un interrogatorio más apretado, nos confía que en realidad seguía conservando una -inquietud profunda. "¿Quiénes eran los enemigos misteriosos que parecían estar persiguiéndola? ¿No tenía ella un alto destino que llevar a cabo?" Si quiso salir de su casa y trasladarse a la gran ciudad fue para buscar la respuesta de esas preguntas.
Así, pues, se dirige a la administración de la compañía y pide ser trasladada a París. Obtiene una respuesta afirmativa, y en agosto de 192 ... (cerca de seis años antes de su atentado) se viene a vivir en París.
Es aquí donde construye progresivamente la organización delirante que precedió al acto fatal. Según ella, la señora Z., su víctima, amenazó la vida de su hijo.
Cien veces se le hizo la pregunta de cómo habla llegado a abrigar semejante creencia.
Un hecho es patente: antes del atentado, la enferma no tuvo ninguna relación directa o indirecta con la actriz.
"Un día -dice Aimée- estaba yo trabajando en la oficina, al mismo tiempo que buscaba dentro de mí, como siempre, de dónde podían provenir esas amenazas contra mi hijo, cuando de pronto oí que mis colegas hablaban de la señora Z. Entonces comprendí que era ella la que estaba en contra de nosotros.
"Algún tiempo antes de esto, en la oficina de E..., yo habla hablado mal de ella. Todos estaban de acuerdo en declararla de fina raza, distinguida... Yo protesté, diciendo que era una puta.
Seguramente por eso la traía contra mi."
Uno no puede menos de sentirse impresionado por el carácter incierto de semejante génesis. Una encuesta social muy cuidadosa que hicimos no pudo revelamos que Aimée le hubiera hablado a nadie de la señora. Z. Una sola de sus compañeras de trabajo nos refiere algunas vagas invectivas suyas contra "la gente de teatro".
La enferma nos hace notar, con exactitud, que poco después de su llegada a París los periódicos estaban llenos de los ecos de un proceso muy sonado, que ponía bajo los reflectores a su futura víctima. Y seguramente, al lado de las intuiciones delirantes, hay que dejarle un lugar al sistema moral de Aimée (cuya exposición coherente habremos de encontrar en sus escritos), o sea, en concreto, a la indignación que siente al ver la desmedida importancia que en la' vida pública se da a 'los artista?.
Por otra parte, Aimée reconoce que, a raíz de su llegada a París, vio por lo menos en dos ocasiones a la señora Z. en sus funciones de actriz, una vez en el teatro y la otra vez en la pantalla. Pero es incapaz de recordar qué obra se representaba en el teatro, a pesar de que sabe que pertenecía al repertorio clásico y de que, dada la amplitud de sus lecturas, debe resultarle bastante fácil dar con el titulo. El argumento de la película se' le escapa igualmente, si bien tenemos razones para pensar que no puede tratarse más que de una novela cuyo autor es precisamente P. B., su principal perseguidor. ¿Habrá aquí un disimulo destinado a ocultamos un acoso pasional asiduo? Creemos más bien que se trata de una especie de amnesia electiva, cuyo alcance trataremos de demostrar más tarde.
Sea como fuere, el delirio interpretativo prosigue su marcha. No todas las interpretaciones giran en torno a la actriz, pero si un gran número de ellas. Estas interpretaciones surgen de la lectura de los periódicos y de los carteles, así como de la vista de las fotografías publicitarias. "Ciertas alusiones, ciertos equívocos en el periódico me fortificaron en mi opinión", escribe la enferma. Un día, Aimée lee en el periódico Le Journal (y la enferma precisa el año y el mes) que su hijo va a ser asesinado "porque su madre era una maldiciente" y una "inmoral" y había alguien decidido a "vengarse de ella". Así estaba escrito, con todas sus letras. Había, además, una fotografía que mostraba el frontón de su casa natal en la Dordogne, donde su hijo pasaba entonces sus vacaciones, y se le veía aparecer, en efecto, en una esquina de la fotografía. Otra vez, la enferma tiene noticia de que la actriz viene a actuar en un teatro que está muy cerca de donde ella vive, y la noticia la agita muchisimo. "Es para provocarme."
Todos los elementos turbios de la actualidad son utilizados por el delirio. El asesinato de Philippe Daudet es evocado con frecuencia por la enferma. Alude a él en sus escritos.
Los estados de ansiedad onírica desempeñan un papel importante. La enferma ve en sueños a su hijo "ahogado, asesinado, raptado por la G. P. U." Cuando despierta, se halla en un estado de ansiedad extrema. Está en verdad esperando de un momento a otro el telegrama en que se le va a decir que la desgracia ya ha ocurrido.
Más o menos un año antes del atentado, según nos cuenta una de sus compañeras de trabajo, Aimée está obsesionada por la amenaza que la guerra significa para su hijo. Este miedo se expresa con tal inminencia que, considerando la corta edad de su hijito, todos se burlan de ella, y esta conversación llega a ser una de sus raras ,expansiones.
"Temía mucho por la vida de mi hijo -escribe la enferma-, si no, le sucedía una desgracia ahora, le sucedería más tarde, a causa de mi, y yo seria una madre criminal."
Estos temores, en efecto, presentan en el espíritu de Aimée un grado variable de inminencia. En las ansiedades post-oniricas son amenazadores de una manera inmediata; otras veces, por el contrario, se refieren a un futuro indeterminado. "Harán morir a mi hijo en la guerra, lo harán batirse en duelo." En ciertos periodos, la enferma parece haberse tranquilizado. Persiste, sin embargo, la idea obsesiva. "Nada es urgente -se dice a si misma-, pero allá se está amasando la tormenta."
La futura víctima no es la única perseguidora. Así como ciertos personajes de los mitos primitivos se revelan como "dobletes" de un tipo heroico, así detrás de la actriz aparecen otras perseguidoras,
cuyo prototipo último, según habremos de ver, no es ella misma. Esas otras perseguidoras son Sarah Bernhardt, estigmatizada en los escritos de Aimée, y la señora C., esa novelista contra la cual quería publicar artículos en un periódico comunista. Así pues, es fácil ver cómo la perseguidora "seleccionada" por Aimée, o sea la señora Z., tiene un valor más representativo que personal. La señora Z. es el tipo de la mujer célebre, adulada por el público, la mujer que "ha llegado" y vive en el lujo. Y si la enferma emprende en sus escritos una invectiva vigorosa contra tales vidas, hay que subrayar la ambivalencia de su actitud, pues, como veremos, ella misma quisiera ser una novelista, vivir la vida en grande, tener influencia sobre el mundo.
Parecido a ese enigma es un segundo enigma, o sea el planteado por la implicación del novelista P. B. en el delirio de Aimée. Ya hemos visto cómo, en sus primeras declaraciones, hechas bajo el impulso de la convicción todavía persistente, este perseguidor figuraba en el primer plano de su delirio.
Se podría pensar, de acuerdo con ciertas expresiones empleadas por la enferma, que la relación delirante, en un principio, fue aquí de naturaleza erotomaniaca, y que posteriormente pasó a la etapa de despecho. En el informe del doctor Truelle se puede leer, en efecto, que según ella fue P. B. quien "la obligó a abandonar a su marido"; "se daba a entender que ella estaba enamorada de él, se decía que eran tres". Si vemos las cosas más de cerca, no nos es difícil descubrir que desde un principio se trató de una relación ambivalente, no distinta, salvo en algún matiz, de la relación que vincula a Aimée con su principal perseguidora. "Yo creía -nos escribe la enferma- que me iban a obligar a tornarlo como por una liaison espiritual: encontraba eso odioso, y si hubiera podido, me hubiera ido de Francia." En cuanto a las relaciones que Aimée imagina entre esos dos perseguidores principales, no nos dan mayores luces. Ella no creía que fuesen amantes, "pero hacen como si fuera eso... pensaba que allí había intrigas, como en la corte de Luis XIV'.
También la fecha de aparición del perseguidor masculino en el delirio sigue siendo un problema. Contrariamente al contenido del informe médico-legal, la enferma siempre ha sostenido en sus conversaciones con nosotros que no fue sino después de su llegada a París cuando él ocupó un lugar en su delirio.
Nos encontramos aquí frente a la misma imprecisión en las conjeturas iniciales, la misma amnesia en la evocación de sus circunstancias, aspecto sobre el cual ya hemos insistido. A pesar de estas particularidades, la revelación del perseguidor ha dejado bien grabado en la enferma el recuerdo de su carácter iluminativo. "Aquello dio una especie de rebote en mi imaginación", nos ha declarado en varias ocasiones al evocar ese instante. Y añade esta explicación, probablemente secundaria: "Pensé que la señora Z. no podía ser la única en estarme perjudicando tanto y tan impunemente, sino que de seguro estaba sostenida por alguien importante." Lectora asidua de novelas recién aparecidas, y ávidamente al corriente de los éxitos de los autores, Aimée veía, en efecto, como algo inmenso el poder de la celebridad literaria.
Aimée creyó reconocerse en varias de las novelas de P. B. Veía en ellas alusiones incesantes a su vida privada. Se cree aludida por la palabra choléra ["el cólera"], que aparece a la vuelta de un renglón, y se cree escarnecida por la ironía del escritor cuando en alguno de sus párrafos aparecen estas exclamaciones: "¡Qué porte, qué gracia, qué piernas!"
Estas interpretaciones parecen tan fragmentarias como inmediatas e intuitivas. No es menos deleznable la argumentación que emplea Aimée en otra ocasión. Le ha pedido con insistencia a una amiga que lea cierta novela de P. B.; "Es exactamente mi historia" le ha dicho. Pero la amiga se ha quedado sorprendida por no hallar ningún parecido, y ella le contesta: "¿No le roban unas cartas a la heroína? Pues a mí también me las han robado", etcétera.
perseguidora. Son R. D. y M. de W., redactores en Le Journal. En artículos de ellos, Aimée ha reconocido alusiones y amenazas. En algunos borradores de escritos que hemos podido estudiar, encontramos sus nombres cubiertos de invectivas. A veces, un sobrenombre de intención estigmatizante enmascara a la persona a quien quiere designar: as¡, "Robespierre', personaje aborrecido por ella, designa a veces a P. B., "que dirige contra ella escándalos, mancomunado con las actrices". Estos personajes la han plagiado, han copiado sus novelas inéditas y su diario íntimo. "Hay que ver-escribe- las copias que han hecho a mis espaldas." "El periódico L´Oeuvre -escribe asimismo- ha sido lanzado contra mis espaldas." Piensa, en efecto, que este periódico ha sido subvencionado para oponerse a su misión benéfica.
Sobre los temas delirantes llamados de grandeza, se hace más difícil recabar informaciones mediante el interrogatorio. Pero sabemos que, en la época en que su delirio estaba floreciente, Aimée sostenía categóricamente, frente al encogimiento de hombros de sus familiares, sus acusaciones megalomaniacas contra el periódico L´Oeuvre. Por otra parte, han llegado a nuestras