afectivos determinados?
Complemento de la observación del caso Aimée: historia del desarrollo de la personalidad del sujeto. Su carácter: los rasgos psicasténicos son en él primitivos y predominantes, los rasgos llamados paranoicos son en él secundarios y accesorios. El conflicto vital y, las experiencias con él relacionadas.
Nos es preciso ahora completar la observación de la enferma, resumiendo los hechos que en gran número hemos recogido en nuestras investigaciones sobre los acontecimientos de su vida y sobre sus reacciones personales. Para estas investigaciones no hemos descuidado ningún medio, ninguna pista. Hemos interrogado oralmente tanto a la enferma como a su marido, a su hermana mayor, a uno de sus hermanos, a una de sus compañeras de trabajo en la oficina; hemos mantenido correspondencia con otros miembros de su familia. Finalmente, a través de una asistente social ilustrada, hemos completado nuestras observaciones ante los superiores jerárquicos de la enferma, ante el gerente de su hotel, sus vecinos, etc.
De todos estos hechos acumulados, sólo extraeremos aquellos que hemos controlado con una verificación al menos, tomando en cuenta por lo demás, en la apreciación y la jerarquía de nuestras fuentes, las reglas comúnmente recibidas de la critica del testimonio.
Las dificultades con que nos hemos topado para obtener de la familia algunos hechos precisos sobre la infancia de la enferma sugieren una observación general: podríamos decir que, acerca de la infancia de un sujeto, los aparatos registradores familiares parecen sufrir los mismos mecanismos de censura y de sustitución que el análisis freudiano nos ha enseñado a conocer en el psiquismo del sujeto mismo. La razón de esto es que la observación pura de los hechos está enturbiada en ellos por la participación afectiva estrecha que los ha mezclado en su génesis misma. En cuanto a los colaterales, entra además en juego la discrepancia vital que unos pocos años bastan para producir en la época de la infancia.
Hemos podido entrevistar a dos de ellos: la hermana mayor, que tiene cinco años más que Aimée, y uno de los hermanos, que es diez años menor. Ciertas necesidades económicas, por otra parte, agregaron su efecto a los factores psíquicos: la hermana, que se ocupó de la crianza de Aimée durante sus primeros años, tuvo que abandonar el techo paterno a los catorce, y la enferma misma a los dieciocho, lo cual nos muestra los limites de observación de la hermana y del hermano.
Hay, sin embargo, rasgos generales de la personalidad de la enferma que han sido conservados por la tradición de la familia, y el trabajo de trasformación casi mítica que es común observar en esos rasgos no los descarta, sino que revela mejor aún su valor característico y profundo.
La enferma, se nos dice, era ya muy "personal". Era, en toda la casa, la única que sabia contradecir la autoridad un tanto tiránica, y en todo casó incontestada, del padre. Estas contradicciones, para precisar, se referían en general a detalles de conducta. Ahora bien, por insignificantes que sean en si mismos, se sabe qué valor afectivo pueden representar, muy particularmente, los detalles de significación simbólica, como por ejemplo los que se refieren al arreglo personal: manera de llevar el pelo, manera de ajustarse un cinturón. Las esperanzas que daba a sus padres la inteligencia reconocida de nuestra enferma le valían sobre estos puntos ciertas concesiones, e incluso ciertos privilegios más positivos. Algunos de estos privilegios, como el de usar prendas interiores más finas que las de sus hermanas, parecen provocar todavía en éstas una amargura que no ha perdido su punzada.
La autora responsable de esta diferencia de trato parece haber sido la madre. El lazo afectivo intensísimo que unió a Aimée muy particularmente con su madre nos parece digno de algunas consideraciones.
Aimée misma confiesa la existencia de ese lazo: "Eramos dos amigas", nos dice. Todavía ahora no piensa en ella sin que se le salten las lágrimas, mientras que la idea misma de estar separada de su hijo nunca se las ha provocado en presencia nuestra. Ninguna reacción es comparable en ella a la que suscita la evocación de la pena actual de su madre: "Debía haberme quedado al lado de ella" tal es el tema constante de las, deploraciones de la enferma.
Ahora bien, por lo visto la madre habla dado señales desde mucho tiempo atrás de ser una interpretativa, o, para decirlo con mayor precisión, manifestaba en las relaciones pueblerinas una vulnerabilidad con fondo de inquietud, muy pronto trasformada en suspicacia. Citemos, como ejemplo, el siguiente hecho que se nos ha referido: hablando sobre uno de sus animales enfermos, una vecina le ha predicho que no sanará; la madre, por principio de cuentas, resiente mucho la amenaza implícita en esas palabras, y la percibe como una amenaza mágica; en seguida se muestra convencida de que hay en la vecina una voluntad de perjudicarla; después sospecha que ella ha emponzoñado al animal, etc. Esta disposición, antigua y reconocida, se ha precisado desde hace más de diez años en un sentimiento de ser espiada y escuchada por los vecinos, temor que la lleva a pedir que la lectura de las cartas se haga en voz baja (como es analfabeta, alguien tiene que leérselas). Finalmente, a raíz de las recientes calamidades que le han ocurrido a su hija, se ha encerrado en un aislamiento huraño, imputando formalmente a la acción hostil de sus vecinos directos la responsabilidad del drama.
Más adelante precisaremos lo que pensamos acerca del alcance de la semejanza entre el desarrollo psíquico de la hija y el de la madre.
Observemos que Aimée, desde que se acuerda, no tuvo intimidad de infancia más que con sus hermanos, todos ellos menores; con los mayorcitos la unieron unas relaciones de camaradería de juegos, etc., que ella no evoca sin enternecerse. En cuanto a sus hermanas mayores, hablan ejercido sobre ella una autoridad maternal, y luego, de acuerdo con las necesidades de todos, hablan salido del hogar.
Hay un rasgo particular de la conducta que aparece desde la infancia en Aimée: "Nunca está lista cuando lo están los demás. Ella está siempre atrasada." Este rasgo clínico manifiesto, lentitud y retraso de los actos, cuyo alcance en el orden de los síntomas psicas-ténicos ha sido mostrado por Janet, tomará todo su valor a medida que se le vayan agregando los muchos rasgos del mismo
orden que aparecerán en el curso del desarrollo.
Los escrito! de la enferma nos han conservado la huella de la influencia profunda que sobre ella ha ejercido la vida del campo. Son conocidas las cualidades educativas superiores que presenta esta vida en comparación con la que se lleva en las ciudades. "Los trabajos y los días de los campos, gracias a su alcance concreto lo mismo que a su valor simbólico, no pueden menos de ser favorables al desarrollo, en el niño, de un equilibrio afectivo y de relaciones vitales satisfactorias. Los escritos ulteriores de Aimée nos dan testimonio de que, sin precisión de tiempo pero
seguramente desde antes de la adolescencia, el contacto con el medio agreste propició la formación de unos rasgos de su sensibilidad que no son comunes: la expansión casi erótica que la niña Aimée encuentra en la naturaleza tiene todos los caracteres de una pasión y, cultivada o no, esta pasión ha engendrado el gusto de la ensoñación solitaria.
Según confesión de la enferma, este cultivo de la ensoñación fue precoz. Es posible que una parte de las promesas intelectuales que dio se haya derivado de ahí, y tal vez esa particularidad fue la que la hizo parecer a sus familiares como designada entre todas para llegar a la situación superior de maestra de escuela.
Pero este desarrollo de la actividad imaginativa tomó en Aimée la forma de una verdadera derivación de la energía vital. No es tamos todavía capacitados para definir las relaciones de la psicosis con esa anomalía. Digamos esto por ahora: el, hecho de que la anomalía haya tenido nacimiento en relaciones con lo real marcadas con un valor positivo, puede haber desempeñado un papel en la evolución favorable de la psicosis misma.
Del estado psicológico de la pubertad, manifestada a los quince años, no tenemos nada que decir. La deficiencia psíquica cuyo origen estamos tratando de precisar manifiesta sus primeras señales en el orden escolar hacia la edad de diecisiete años. Al parecer, se puede afirmar que su naturaleza fue afectiva y no capacitaria. Aimée, en efecto, recibió en la escuela comunal unas calificaciones lo bastante buenas para ser enviada, la primera de su casa, a la escuela primaria superior de la ciudad vecina. Allí, sus educadoras la creen destinada a satisfacer las ambiciones de su familia entrando en la carrera de la enseñanza primaria.
Ahora bien, después de un fracaso en exámenes. Aimée se descorazona y renuncia a continuar por ese camino. A partir de entonces asombra a su familia pretendiendo aspirar a caminos más libres y más elevados. Da así señales al mismo tiempo de esa abulia profesional y de esa ambición inadaptada que Janet describe también entre los síntomas psicasténicos. En correlación con su indocilidad, Aimée parece manifestar ese otro síntoma reconocido que es la necesidad de dirección moral. Dejemos sin embargo a ese sentimiento el valor puramente retrospectivo y tal vez
justificativo que tiene, cuando la enferma nos confía, por una parte, su decepción y su censura de las educadoras laicas, "que dan sus clases y no se ocupan de una" y su añoranza, por oídas, de una escuela de monjas, que, "ellas sí, formaban a las señoritas, velan lejos" etc.
Ya en ese momento, el carácter ambiguo de su personalidad es interpretado por una de sus profesoras como un rasgo de disimulo natural. "Cuando uno cree agarrarla, ella se escapa." En esta época se sitúa el florecimiento, y luego el fin desdichado, de la primera de las relaciones de amistad que han dejado huella en la vida de la enferma. Una camarada de infancia, candidata con ella a los exámenes de enseñanza, sucumbe en unos cuantos años a la evolución de una bacilosis pulmonar. Esta muerte precoz, que Aimée, de acuerdo con la visión de la adolescencia, vincula con algún drama sentimental, la conmueve profundamente y, según hemos visto, inspira la mejor de sus dos novelas.
Después de regresar durante un tiempo a la casa natal, Aimée sale de ella de nuevo para entrar en la Administración de la cual dependerán sus desplazamientos en lo sucesivo.
No abandonemos el período de infancia y de adolescencia (que llega por entonces a su final) sin mencionar un episodio que vale, a nuestro parecer, no tanto por la emoción, viva, todavía, que provocó en la enferma, cuanto por el valor casi mítico que conservó en la tradición familiar. Todos los rasgos característicos de la conducta de Aimée se encuentran reunidos en esta historia: se ha retardado en su arreglo personal cuando los demás, terminados los preparativos para un
desplazamiento en común, han salido ya de casa; para alcanzarlos, ella toma una vereda a campo traviesa y tiene la torpeza de irritar a un toro, del cual se salva por un pelo. Este tema del toro corriendo para atacar reaparece frecuentemente en los sueños de Aimée (en compañía de un sueño de víbora, animal que pulula en su tierra natal), y es siempre de nefasto agüero. El tema aparece asimismo en sus escritos. Tal vez el psicoanalista conseguirla penetrar más en el determinismo de ese acontecimiento, en sus secuelas afectivas e imaginativas, y podría descubrir relaciones simbólicas sutiles entre esos elementos.
Aimée entra en contacto con el vasto universo en una capital provinciana alejada de su región natal. Allí no vive sola. Vive en casa de un tío, cuya mujer no es otra que la hermana mayor de Aimée, la cual se ha casado con el anciano a los quince años, después de haber trabajado como empleada suya. Esta persona, que. ha ejercido ya su autoridad sobre la Primerisima infancia de Aimée, reaparecerá más tarde en su vida para desempeñar en ella un papel que, según veremos, será decisivo.
Esta vez el contacto será breve: no durará más que un trimestre.
Después de ese breve periodo, en el que Aimée ha sido puesta, a ensayar sus nuevas funciones, Aimée aprueba, y "en las primeras filas" el examen administrativo que le da una situación titular, y es destinada inmediatamente a una comunidad bastante retirada, donde permanecerá durante tres años. Pero su estancia en la pequeña capital provinciana le habrá dejado una huella.
En efecto, es allí donde se decide el primer amor de Aimée. Para atenernos a las reglas criticas que nos hemos impuesto, deberíamos dejar a un lado este episodio, puesto que nuestras informaciones acerca de él se reducen sólo a lo que Aimée nos ha contado. Por poco riguroso que pueda ser su relato, éste es sin embargo tan revelador de las reacciones de nuestra paciente -y estas reacciones son tan típicas en ese acontecimiento-, que no podemos pasarlo por alto.
Un análisis como el que estamos intentando está condenado al fracaso si el observador no se ayuda con toda su capacidad de simpatía. Es difícil, sin embargo, evocar la figura del seductor de Aimée sin que se nos cuele una nota cómica. Don Juan de poblacho y poetastro de camarilla "regionalista", este personaje sedujo a Aimée con los encantos malditos de un porte romántico y de una reputación bastante escandalosa.
Aimée manifestó en esta ocasión la reacción sentimental típica de su carácter. Ella nos dice: 'Tara haber hecho de eso lo que hice en mi espíritu y en mi corazón, necesitaba estar seducida hasta un punto extraordinario." Es ante todo una delectación sentimental completamente interiorizada. La desproporción con el alcance real de la aventura es manifiesta; los encuentros a solas, bastante raros puesto que se escaparon del espionaje de una ciudad pequeña, le han desagradado al principio; Aimée cede al fin, pero para enterarse al punto, y de boca de su seductor, hombre decididamente enamorado de su papel, que todo ha sido una simple apuesta, cuyo objeto ha sido ella. En total, la aventura abarca sólo el último de los tres meses que Aimée permaneció en la pequeña ciudad. Sin embargo, esta aventura, que lleva en si las marcas clásicas del entusiasmo y de las cegueras propias de la inocencia, va a decidir por tres años el camino de la vida afectiva de
Aimée. A lo largo de tres años, en el pueblecito alejado adonde la confinará su trabajo, mantendrá activo su sueño mediante una asidua correspondencia con el seductor, a quien, por cierto, nunca más volverá a ver. El es el objeto único de sus pensamientos, y sin embargo es capaz de no revelar nada de eso a nadie, ni siquiera a la colega, medio paisana suya, que es por entonces la segunda gran relación amistosa de su vida. Completamente dada a la acción moral a que se ha consagrado para con su ídolo, y consciente sin embargo de ser engañada, se complace en un ardor cuya materia no consiste más que en sueños: en ellos se aísla, "descartando-como ella nos dice- a todos los que se hubieran ofrecido como partidos conveniente?. Su desinterés es entonces entero, y se expresa de manera conmovedora en un pequeño rasgo: declina las satisfacciones de vanidad que le ofrece la colaboración literaria en la revistilla provinciana cuyas puertas están guardadas por su amante. Interiorización exclusiva, gusto del tormento sentimental, valor moral, todos los rasgos de esta historia de amor se muestran de acuerdo con las reacciones que Kretschmer da como propias del carácter sensitivo. Puesto que hemos presentado su descripción muy detalladamente, nos será licito remitir a ella. Las razones del fracaso de semejante episodio afectivo no parecen deberse más que a la elección desdichada del objeto. Esta elección traduce, al lado de impulsos morales elevados, una falta de instinto vital de la cual, por otra parte, es testimonio la impotencia sexual que la continuación de la vida de nuestra paciente permite afirmar, dentro de los límites de certidumbre que una encuesta así comporta.
De repente, cansada de sus complacencias, tan vanas como dolorosas, Aimée no tiene ya más que odio y desprecio por el objeto, indigno de sus pensamientos. "Paso bruscamente del amor al aborrecimiento" nos dice ella de manera espontánea. Ya tendremos. ocasión de ver lo bien fundado de esa observación.
Estos sentimientos hostiles no se han extinguido aún. Se siguen señalando, por la violencia del tono con que habla de él cuando contesta, haciendo un esfuerzo, a las preguntas que le hacemos: "Triste individuo" lo llama, poniéndose todavía pálida. "Por mi, que reviente. No me vuelva a hablar de ese rufián, de ese bueno para nada." Encontramos aquí esa duración indefinida, en la conciencia, del complejo pasional que Kretschmer describe como mecanismo de contención.
En el momento en que se lleva a cabo esta inversión sentimental, Aimée ha cambiado una vez más de residencia. Trabaja ahora en una ciudad en la cual seguirá viviendo hasta la época de su primer internamiento.
Vivirá en este nuevo puesto durante cuatro años (hasta su matrimonio) en una relación de gran intimidad con una compañera de oficina sobre cuya personalidad creemos necesario detenemos un instante.
En una primera aproximación, esta personalidad puede ser clasificada dentro del tipo
kretschmeriano del carácter expansivo. Se, complementa con algunos rasgos de actividad lúdica y de afición al dominio por si mismo, rasgos que la aproximan, para no salirnos de los marcos de Kretschmer, a la subvariedad que él designa con el nombre de intrigante refinada.
Todo esto quiere decir que su actividad y sus reacciones, tal como lo escribe Kretschmer acerca de los tipos correspondientes, se oponen a las de nuestra paciente "a la manera como se opone al objeto su imagen invertida en el espejo".
Vamos a mostrar esto con una comparación de la actividad de las dos mujeres, y este contraste nos hará captar mejor la actitud social de nuestra paciente, tal como se presentaba antes de cualquier brote propiamente mórbido. Digamos, de una vez por todas, que nuestros informes proceden de varias fuentes opuestas.
Estamos antes de la guerra de 1914. La señorita C. de la N. pertenece a una familia noble que ha decaído socialmente desde no hace mucho y que no ha perdido del todo sus lazos con familias de parientes que siguen conservando un rango elevado. Ella considera el trabajo que está obligada a desempeñar como muy inferior a su condición moral, y no le dedica más que un mínimo de atención, a regañadientes. Toda su actividad está consagrada a mantener bajo su prestigio intelectual y moral al mundillo de sus compañeras de trabajo: es ella quien guía sus opiniones, es ella quien gobierna sus tiempos libres, y por cierto que no descuida acrecentar su autoridad mediante el rigorismo de sus actitudes. Gran organizadora de reuniones en que la conversación y el