R
anke no estuvo al margen de la política; por el contrario, fue un funcionario público e ideólogo del estado prusiano. Se dedicó a combatir las ideas de la Ilustración y sus males, en particular la filosofía hegeliana y su idea central de que la historia universal expone cómo el espíritu va adquiriendo la conciencia de aquello que de por sí representa. La historia universal es, según Hegel, la evolución hacia la libertad, y es lo que también se denomina historicismo idealista de Hegel. Ranke se dedica a refutar las ideas liberales y revolucionarias de 1830, y a sostener que el principal papel del historiador es “abrir el camino a una política sana y acertada” (Ranke 1948, 516-517).Dios, Estado y Nación son fundamentos claves en la comprensión histórico- ideológica de Ranke. El primero –su fundamento teológico– convierte al Ser
Supremo en el motor que articula la fragmentación de los individuos y los pueblos, así como en su referente de progreso. En el segundo –el Estado– los reyes, la corte, los ministros y sus formas de organización identifican su esencia y relación con otros Estados, de tal modo que la diplomacia y las guerras fundamentan varias de sus explicaciones históricas. Y la tercera –la Nación– es vista como el componente vital e individual de cada sociedad. Es el reflejo de la actividad de los hombres que la integran y, por ende, identifica una política propia para cada nación. Es decir, los factores decisivos de la historia son los hombres de acción.
La intención era proclamar el deber de los Estados de salvaguardar su individualidad desarrollándose conforme a la orientación de su crecimiento histórico (Ranke 1948, 17-18). Fue un fiel convencido de que cada Estado poseía su individualidad y que los estadistas debían conocer su Estado y su historia. Las doctrinas universales de gobierno eran despreciables y peligrosas, pero era un convencido de la unidad de la familia europea. Ésta fue su armadura para afrontar su obra principal, el estudio de las potencias directoras en su desarrollo interno y en sus relaciones recíprocas (Ranke 1948, 18).
En Ranke se personifica un historiador que reverencia el poder y el respeto a los dirigentes. Éste es el modo como un historiador puede preparar el camino hacia la sumisión absoluta de los ciudadanos al poder, sin discusiones ni críticas, según Josep Fontana (2001, 170), “ya que el Estado encarna la nación y ésta no hace otra cosa que seguir las pautas que ha fijado el dedo de Dios”. Los tres componentes, Dios, Estado y Nación, identifican su esencia ideológica, pero también constituyen el referente de la escuela prusiana, la cual tuvo un elemento que la diferencia de las otras: convirtieron la historia en un agente activo de la unidad germana y después del pangermanismo. Cambiaron, sí, sus posicionamientos políticos y apreciaciones conceptuales respecto a las explicaciones históricas.
Johann Gustav Droysen, Heinrich von Sybel y Theodor Mommsen fueron partidarios del liberalismo. Heinrich von Treitschke, en cambio, siguió identificándose, reverente, con el Estado. Jacob Burckhardt se retiró de la política para centrarse en el análisis de la cultura, la religión y el Estado, del siguiente modo: el Estado, la religión y la cultura son las tres agencias principales a través de las cuales las sociedades se componen y se descomponen. El actor principal no era el Estado, sino la religión y la cultura. No obstante, el Estado viene de la antigüedad y es la
cuna de las religiones. Estables en el tiempo son el Estado y la religión, y movible es la cultura. Las tres agencias se influyen, se reabsorben o disgregan, se enredan o procuran su predominancia respectiva, así como el pasado y el presente andan mezclados a cada instante. La muerte les llega cuando no existe una armonía que garantice la libertad.
El tiempo, para Burckhardt (1996, 466-468), no tiene edades de oro, pues la idea es mantenerse libre de la exaltación de un pasado específico, del tiempo presente y del propio futuro. Y son las religiones lo más duradero de nuestras civilizaciones. Para él, la historia, desde una comprensión cronológica, encierra un peligro: “[…] el de que, en el mejor de los casos, degeneran en historias de la cultura universal –a las que a veces se da el nombre abusivo de filosofía de la historia– y, además, pretenden ajustarse a un plan universal” (1946, 45).
Para entonces, y desde una perspectiva nacionalista, los términos civilización y nación empezaban a tener una visión distinta en el mundo germano y británico. Esta teoría de los ciclos históricos, aunque de mayor complejidad, eran muy parecidas a las concepciones de Platón, Aristóteles y Polibio. Pero otro tratamiento le dio a la persona humana y sus aspiraciones, el cual se funda en un criterio historicista, es decir, un hombre sujeto al cuadro en que desenvuelve su existencia; aunque su tiempo presente y los problemas contemporáneos son vistos desde la perspectiva de los aspectos políticos, internacionales, económicos, y por sus efectos sobre el arte y la literatura. Su interés por la cultura, en cambio, fue resultado de sus posiciones en torno a los acontecimientos políticos de su tiempo. Abandonó la política. La explicación de Burckhardt (1996, 11), en la década turbulenta de 1840, fue la siguiente:
Sobre la gente de mi índole –decía– no se pueden construir los Estados. En adelante, mientras dure mi vida, prefiero ser un hombre de bien, solícito para los semejantes y buena persona privada… No puedo cambiar mi destino, y antes de que irrumpa la barbarie universal (que me parece inminente), continuaré mi aristocrático y deleitoso trabajo de cultura, para servir al menos de (algo) el día de la inevitable restauración […]. Fuera de los deberes inapelables, no quiero más experiencias con mi tiempo, si no es la de salvaguardar, cuanto me sea dable, el patrimonio de la vieja cultura europea.
Su actitud lo hizo desconfiar de las democracias y las revoluciones liberales de su tiempo. Prefirió el sufragio limitado y las monarquías restringidas.
En cuanto a Johann Gustav Droysen (1983), quien fue discípulo de Hegel y su filosofía de la historia, emerge muy joven, por su talento y capacidad, en el campo de los historiadores. Detrás de él está la formación de una época saturada de historicismo, en que alumbran y florecen los grandes adalides de la ciencia histórica. Puede señalarse que él hace una proverbial interpretación idealista de la historia, aunque nos ofrece su experiencia metodológica a partir de la heurística, la crítica, la interpretación y la sistemática.
Las grandes fuerzas motrices del mundo, plasmadas en ideas, son palancas centrales de la historia manejada por los héroes y los genios. La historia es el drama y los héroes sus protagonistas. Droysen, como historiador de la antigüedad, es el gran descubridor de la época del helenismo y quien le dio ese nombre. Enriqueció la historia de la antigüedad clásica con un nuevo período. Pero la historia para él tiene también a un gran artífice: Dios y una concepción mitológica y religiosa. Para él, la razón y misión de la historia era justificar la fe en Dios. Sin embargo, el Estado, el pueblo y la iglesia son “algo sólo transitorio”, resultado de las esferas éticas, que en su conformación temporal forman el contenido concreto de la historia y el contenido de la vida de la humanidad. Entonces el Yo universal, el Yo de la humanidad es el sujeto de la historia (Droysen, 1983). En cuanto a lo transitorio, se concentra en la idea de continuidad, de tal modo que cada etapa no es totalmente diferente de la anterior sino que se nutre de ella y, al mismo tiempo, cada etapa va ampliándose y completándose con aquello que aporta cada formación nueva. La historia se dispone como “una especie de crecimiento en sí mismo” y ésta, marca del desarrollo en progresión, tan sólo se manifiesta en el hombre. Pedro Amorós (s.f.) bien señala que estas ideas de progreso son distintas de las propuestas materialistas y positivistas de la época. En esencia, la idea de Droysen es que el agotamiento de un pueblo se debe a la tensión suprema de sus fuerzas intelectuales, y que desde sus ruinas y restos emergen nuevas formaciones que permiten restablecer la continuidad. Es desde la idea de la tensión de las fuerzas intelectuales y su agotamiento, que se da la renovación de la “cultura progresiva”.
Como reflejo de las ideas fundamentales que hacen parte de la mentalidad, política e ideología de Droysen, en sus conferencias sobre las guerras de independencia contra Napoleón encontramos ideas de libertad y nacionalidad. Es, como otros historiadores y escritores alemanes de su tiempo, un servidor ideológico de los
intereses de Prusia y de la dinastía de los Hohenzollern en la obra de la unificación de Alemania, ideología que puede clasificarse entre las liberales nacionalistas.
El surgimiento del pensamiento de la unidad nacional alemana lo explica en la Reforma, con la cual la idea de pueblo está sometida a la concepción de unidad y conciencia nacional (Droysen 1983, 168-169, 262-263). El pueblo “es la conciencia, la voluntad de unidad, cualquiera que sea su tipo y la forma en que se manifiesta”. Esta conciencia, esta voluntad de unidad, es un resultado histórico. Una vez existente como resultado histórico, aprehende y abarca a todos los copertenecientes con toda la fuerza de la determinación natural e innata (Droysen 1983, 262).
Este concepto de pueblo nos remite al ambiente cultural y político de la época, marcado por una obsesión: la unidad de la nación alemana. Por ello, Droysen (1983, 254) señala que la investigación histórica y la exposición narrativa tienen “una gran tarea y deber”, que consiste en presentar al pueblo y al Estado una imagen de ellos mismos. El historiador se inspira en la historia romana para tratar de ofrecer continuidad a la historia del pueblo alemán, potenciando la conciencia estatal y nacional. Ésta es precisamente la tarea que se había impuesto Droysen escribiendo la Historia de la política prusiana, una obra monumental y no acabada, de quince volúmenes publicados entre 1855 y 1886. Droysen es, de este modo, un historiador exponente del nacionalismo alemán, al igual que Heinrich von Sybel, otro comprometido político con la causa nacionalista prusiana y el protestantismo germano.
En cambio Theodor Mommsen, quien recibió un premio Nóbel de Literatura en 1902 por su obra maestra Historia romana, –texto escrito con pasión y gran capacidad literaria– no sintió vocación de militancia política y se dedicó más a la historia, haciendo uso de técnicas auxiliares y un gran conocimiento en el campo de la epigrafía.
El último de esta escuela fue Heinrich von Treitschke, partidario de la expansión y nuevas conquistas de Prusia, y con un perfil de publicista político. Dedicó su obra a justificar los actos políticos de Prusia y a glorificar y predestinar la grandeza de Alemania. Su pensamiento político estuvo en concordancia con sus lecciones universitarias, en las que se caracterizó por lanzar ataques contra los Estados europeos, los socialistas, los judíos, los gobiernos parlamentarios y el pacifismo.
Es bueno enfatizar que las anteriores concepciones político-ideológicas responden a un contexto y a circunstancias históricas particulares al pueblo alemán. Primero porque es una reacción alemana a la Ilustración, que se negaba a deducir reglas generales a partir de la razón. Segundo porque su fortalecimiento se debe en parte al fracaso de la revolución alemana de 1848. Y tercero porque responde a la creación del Estado-nación alemán en 1871, bajo el predominio de Prusia y en cabeza de Otto von Bismarck. Su difusión iría paralela al debilitamiento de lo religioso, que de algún modo había exaltado la obediencia a la autoridad gubernamental; lo que desde la perspectiva historicista permitió resaltar la importancia de la nación y del Estado.
El historicismo alemán le dio un gran prestigio a las universidades alemanas atrayendo a estudiantes de todas partes del mundo, pero su influencia no se limitó al ámbito universitario. Los historicistas clásicos fueron aliados de Bismarck, lo que hizo que esta minoría se hiciera poderosa por lo menos hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Los dramáticos acontecimientos y graves problemas de la posguerra en Alemania no fueron asimilados de un modo científico, manifestando su débil base teórica e incidiendo en su desprestigio. En cualquier caso, su influencia se extendió a muchos países, como Francia, Inglaterra y, sobre todo, Estados Unidos. El reflejo norteamericano del historicismo alemán se llama institucionalismo, y sobrevivió casi hasta nuestros días.
Referencias
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Marxismo
E
l marxismo es la concepción teórica y tendencia historiográfica más influyente en el siglo veinte. Abordarlo implica entenderlo desde su concepción teórica y filosófica, y desde su impacto en la historiografía contemporánea.Es una concepción del mundo que implica tener en cuenta al hombre y la historia. Es también un método histórico de análisis –a la luz de la dialéctica hegeliana– de la realidad humana con énfasis en los fenómenos económicos. Es una doctrina económica sobre el valor, el trabajo, el cambio y la organización del trabajo. Ello sin excluir que durante el siglo veinte fue tomado como un programa político, como consecuencia práctica del materialismo dialéctico e histórico, que reivindicó el papel de la clase trabajadora y la revolución socialista en cabeza del proletariado.
El marxismo es también una concepción teórica interdisciplinar, pues sus presupuestos tienen distintas fuentes de inspiración. La doctrina en gran parte se inspira en el materialismo de Ludwig Feuerbach, la dialéctica de Wilhelm Friedrich Hegel y la teoría del valor de Adam Smith y David Ricardo. Sin desconocer los antecedentes y relaciones críticas contra concepciones antirreligiosas y socialistas utópicos como Paul-Henri Thiry (Baron) d’Holbach, Henri Claude Saint-Simon de Rouvroy y Charles Fourier, por citar unos pocos.
Lo original de Marx consiste en que logra combinar el materialismo de Feuerbach con la dialéctica de Hegel, aplicando esta dialéctica a la historia, y la teoría del valor y de la plusvalía. Hay dos aportes fundamentales: la concepción materialista del hombre y de la Historia, y la concepción dialéctica de la Historia, que tiene como condición a priori del proceso dialéctico la lucha de clases, pieza esencial y clave de toda la teoría marxista.
En la concepción marxista hay que diferenciar lo que es la teoría inicial acompañada de la actividad política de Karl Marx y de Friedrich Engels, y lo que significan sus interpretaciones posteriores, que no sólo corresponden al componente teórico, económico, político, ideológico, sino también al historiográfico. Por eso el marxismo tiene distintas interpretaciones desde quienes creen que se trata de una concepción economicista, estructuralista, mecanicista y humanista, hasta los partidarios de un presupuesto ideológico, político e histórico, entre otras acepciones o interpretaciones.
Los historiadores en formación rara vez tienen claridad sobre los presupuestos teóricos del marxismo, y las diferencias en su aplicación y experiencia historiográfica. Al contrario: igual que con el historicismo, existe un fuerte sesgo o prejuicio en torno a su papel y función historiográfica. A continuación analizaremos su impacto desde una perspectiva historiográfica. Nos limitaremos a ello. Diferenciaremos tres grandes concepciones y aportes teórico-prácticos. El marxismo ortodoxo ruso, el empírico-social de corte británico, y el marxismo estructuralista de concepción francesa.
Antecedentes
L
a profesionalización de la historia ocurre en el contexto de la emancipación de la burguesía liberal europea y la consolidación de los estados modernos de corte nacionalista. Tanto el historicismo como el positivismo son manifestaciones de la ideología burguesa. Sin embargo, el siglo diecinueve no fue el siglo de la burguesía; una nueva clase adquirió connotación política: la clase trabajadora, y por consiguiente una nueva ideología: el socialismo; y una nueva compresión teórica del fenómeno: el marxismo.En el agitado ambiente político y revolucionario europeo de la década de 1840 aparece el Manifiesto del Partido Comunista, cuya autoría es compartida por Marx y Engels (1976). El texto es un análisis histórico sobre el desarrollo y transformación social puesto en la perspectiva de la “lucha de clases”. La historia empieza a ser vista como resultado de tal conflicto. La sociedad esclavista antigua, el feudalismo de la edad media y la sociedad moderna burguesa son puestas en escena, sin que en el discurso se manifiesten relaciones contradictorias entre sí. La una parece reemplazar a la otra.
El Manifiesto analiza las condiciones histórico-económicas de la posición burguesa y la clase del proletariado. La Revolución Industrial no significa más que un aislamiento de la clase trabajadora, lo que a su vez produce una condición revolucionaria. El proletariado es visto como un producto de la demanda de la clase burguesa.
Lo interesante del Manifiesto es que con el enfoque histórico-económico y el contexto político de la interpretación, se constituyó en un fundamento político. Es decir, la argumentación de Marx sobre los mecanismos histórico-económicos y sobre el desarrollo básico de la civilización, conllevan a una conclusión de tipo político.
Lo central del marxismo de la época es que logra analizar de modo crítico la condición del sistema capitalista. El trabajo fundamental de Marx (1968) es El Capital. En el considera importante la lucha del proletariado contra el capitalismo.