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4. Mujeres que viajan solas

4.1.7. El hombre de la casa

Leyla, mujer embarazada y emigrante clandestina de Senegal en busca de una vida mejor, cumple un viaje por mar extremadamente peligroso con rumbo España:

Nadie hablaba. Algún susurro al principio del viaje, alguna pregunta sobre la procedencia de los que se tenía a su lado, pero enseguida se hizo el silencio. Quizá porque casi todos viajaban solos, sin familia ni amigos; quizá porque tenían miedo del viaje y de lo que podría pasarles después. Quizás estaban demasiado cansados; algunos habían pasado semanas escondidos en el desierto, alimentándose de pan, Coca-Cola y latas de sardinas y de caballa antes de poder embarcarse. Ella fue afortunada: apenas tuvo que esperar cuatro días. […] —Hemos cumplido. España— dijo el patrón señalando hacia tierra y se pasó la lengua por las encías. Tiró de la mano de Leyla, que se había quedado arrodillada, y la agarró por el cuello. Su compañero rebuscó en el hato que llevaba bajo el brazo, sacó el dinero, un pequeño amuleto de obsidiana, una foto de una gran ciudad, y tiró el hato al agua. Entonces, cerrando aún más la mano que le había puesto en el cuello, la obligó a acercarse a la borda y la empujó al agua. (Ovejero, 2004: 118 y 121)

El único consuelo para Leyla en esta terrible circunstancia —en la que los viajeros tienen como único objetivo su propia salvación y los traficantes de seres humanos piden sexo a las mujeres a cambio de ayuda— es el embarazo. De hecho, con la convicción de que el bebé que lleva en su vientre sea una niña, Leyla le habla, sacando de esta relación su fuerza interior. Cuando, por fin, da a luz en un hospital español, se queda decepcionada descubriendo que el bebé es en realidad un varoncito.

Un vez llegada a la costa española encuentra a un hombre francés que la aloja en su casa a cambio de un poco de sexo: una figura masculina más positiva que los traficantes de personas que, sin embargo, como ellos, está listo para usarla cuando quiera. A finales de sus

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vacaciones en España, antes de volver a Francia, el hombre lleva a Leyla al hospital, donde da a luz a su niño, su hombre de la casa, precisamente.

4.1.8. Mujeres que viajan solas

El protagonista de este cuento, que da el título al entero libro, es un personaje masculino que está de vacaciones en Cuba. El hombre nos cuenta que es posible aburrirse también en un lugar paradisíaco:

Los hoteles (pretenciosos, cursis, llenos de referencias tropicales, como los de cualquier otro centro de vacaciones que quiere atraer turistas de medio pelo deseosos de sentirse ricos y afortunados) no se ven desde la playa: como si no existiesen. Así lo contaremos de regreso en nuestros paíes: desde la playa no se veía un sólo edificio. Un edén.

Llevo una semana en el paraíso.

El paraíso es un lugar mortalmente aburrido. (Ovejero, 2004: 133-134)

A pesar de la abundancia de personas a su alrededor, el hombre se interesa en dos mujeres sin hombres acompañantes a su lado. Con el pretexto de una irritación en los labios consigue obtener su atención y, poco a poco, establece con ellas una relación de ligera confianza. El punto crucial del cuento coincide con un diálogo en el que el autor nos explica el título del cuento y de la entera colección:

—¿Viajáis siempre solas?

El silencio que sigue a mi pregunta es audible como lo sería un cañonazo. Esta vez es Marieke la que interviene, con tono algo azorado.

—Viajamos juntas.

—Ya, bueno, quiero decir… Lieve vuelve a interrumpirme.

—Quiere decir sin un hombre. Diez mil mujeres viajando juntas estarían solas según él.

—No, no es eso… —Entonces, ¿qué es?

Pero sí sí es eso. La pregunta jamás se la habría hecho a dos hombres viajando juntos. Pero dos mueres que viajan juntas son mujeres que viajan solas. Oh, mierda, estoy diciendo idioteces y no sé cómo dar la vuelta a la situación. (Ovejero, 2004: 142)

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4.1.9. La recompensa

El protagonista es un hombre que está de vacaciones en Costa Rica, alojado en un

bungalow en el medio de la selva, cerca del mar. Allí está rodeado por personas raras y

aviesas, como el estadounidense Peter, que adiestra a guerrilleros, y un ladrón de restos precolombinos. Sus vacaciones tendrían que durar pocos días, pero no quiere volver a su casa. Tampoco quiere llamar a su mujer y a su hija. Su fuga a Corcovado es una fuga de la rutina, del trabajo, de los compromisos, de las facturas para pagar, del inexorable avanzar de la vida hacia la vejez.

Sin embargo, cuando sus compañeros de viaje le comprometen en un asesinato, vuelve a la realidad y, mientras espera al asesino que él mismo ha acompañado en todoterreno al lugar del crimen, se da cuenta de lo absurdo y peligroso de la posición en la que se ha metido y decide dejar la selva para volver a su casa, donde le espera su familia:

Poseer diez hectáreas de selva y construir una cabaña de madera con vistas al mar, levantarme todas las mañanas y ver aquel paisaje increíble, las aguas del Pacífico, oler la selva, sentir esa misma sensación que me acompañaba desde hace días de que, en un lugar así, yo podría ser una persona diferente, sin agobios ni angustia. Y un día me tumbaría en la arena, con los ojos abiertos al cielo y me moriría, escuchando las olas y las aves, satisfecho, feliz, agradecido. Era una hermosa fantasía que incluso me hizo olvidar unos instantes el miedo a lo que nos esperaba minutos más tarde. Sentí que se me encogía el corazón con, a ver cómo lo digo, una intensa nostalgia de lo imposible. Nostalgia de una vida que podría haber sido la mía, si yo fuera esa otra persona que a veces me gustaría ser. […] Giré la llave de contacto: el coche tardó en arrancar como de costumbre, pero arrancó. Metí la marcha atrás y regresé al camino principal. […] Era un poco tarde, pero en cuanto tuviese cobertura llamaría a Rebeca y le diría que regresaba al día siguiente. Seguro que se alegraría. (Ovejero, 2004: 159-160 y 161)

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