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4. Mujeres que viajan solas

4.1.10. Mujeres de luto

Otro país europeo es el escenario del antepenúltimo cuento de la colección, ambientado en Alemania; un viaje interior para los personajes femeninos, y el viaje final — el hacia el Más Allá— para el personaje masculino. También en este caso las verdaderas protagonistas son las mujeres: Andrea, viuda de Arno, profesor universitario; Alina, viuda de un campesino desconocido; y las amigas de Andrea que, una vez terminado el funeral, consuelan a su amiga, recordando juntas los pasatiempos favoritos de cuando eran jóvenes: charlar, fumar, estar despiertas hasta el amanecer para después dormir juntas.

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—¿Pasáis la noche en mi casa? No quiero estar sola. Podemos dormir las tres en mi cama, como antes.

—Claro—susurramos a la vez Monika y yo. Como antes, antes de Arno, cuando las tres íbamos a la misma facultad y pasábamos juntas los fines de semana y cocinábamos y estudiábamos y hasta nos bañábamos juntas, y nos acostábamos a las tres, con Andrea siempre en el centro, y hablábamos y fumábamos, y a veces amanecía en medio de nuestra conversación y una preparaba café, lo tomábamos, nos dormíamos después para levantarnos casi a la tarde. Como antes, repetí, quizá porque sabía que no hay nada que pueda volver a ser como fue, que la nostalgia es siempre un espejismo. (Ovejero, 2004: 176-177)

Durante la ceremonia hay una mujer extranjera llorando convulsamente. Las amigas de Andrea no la conocen y empiezan a hacer suposiciones, incluso que esta desconocida sea una amante de Arno. Sólo a finales de la función descubren que es Alina, la asistenta de Andrea, que ha perdido a su joven marido, fallecido durante una acción de guerra muy violenta contra los civiles en su país de origen. Alina no lo ha podido enterrar dignamente porque ha tenido que abandonar su país para huir de la guerra, por esto Andrea le ha dado la posibilidad de rezar por él y recordarlo, dejándole exponer también una fotografía suya durante el funeral de Arno, demostrando una profunda hermandad y sensibilidad femenina:

Señalaba hacia una de las coronas que había quedado apoyada contra el armazón de madera. Alguien había prendido con una cinta morada una foto que no era de Arno, sino de un hombre mucho más joven, vestido con un traje que le quedaba holgado, un traje de campesino, con solapas y bolsillos demasiado grandes. Miraba la cámara con recelo, o quizás era sólo la inseguridad de alguien que no ha aprendido a aguantar la mirada fija de un objetivo. (Ovejero, 2004: 172)

4.1.11. Cobalto 60

Cobalto 60 es el útimo cuento de la colección. Es el cuento más estructurado, ya que

no habla sólo de lugares y viajes, sino también de ciencia, y de tópicos y prejuicios hacia lo extranjero, lo desconocido:

«¿Por qué viaja la gente? Es decir, no por qué van de vacaciones a la playa o a esquiar.» Helena Schneider había nacido en un pueblo del Tirol austríaco, a pocos kilómetros de Innsbruck, y empezó a esquiar poco después de aprender a caminar. Lo que se preguntaba no era por qué la gente viajaba a lugares en los que huir del calor, del ruido, o donde buscar una naturaleza placentera y cercana a las comodidades exigibles en el mundo moderno, sino por qué había gente que pasaba su tiempo libre escarbando entre la miseria del Tercer Mundo, arriesgándose a atrapar la malaria o una hepatitis, pasando penalidades en sus primitivos medios de transporte, por qué, en fin, soportar el polvo, el calor, la suciedad, incluso la hostilidad y el desprecio de

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los habitantes de los destinos en los que supuestamente iban a encontrar la simplicidad y la austeridad perdidas en las sociedades del despilfarro. —Helena Schneider, si tenía que elegir, prefería el despilfarro a la escasez—. ¿Para contarlo después? ¿Para enseñar orgullosos las diapositivas? Helena, si viajaba era a la fuerza. Prefería la paz de una biblioteca pública a la del desierto, la adrenalina producida por un descubrimiento científico a la que generaba una situación de riesgo, el aire de los parques al de las selvas.

Por eso no acogió la posibilidad de viajar a Pakistán como una grata interrupción de la rutina, sino como una engorrosa tarea que la arrancaba a la fuerza de la concentración, de la perfecta calma, de la ausencia de sobresaltos que le procuraba su trabajo en el laboratorio. (Ovejero, 2004: 183-184)

Helena, arqueóloga forense austríaca, amante del frío, del esquí y de la montaña, tiene que ir a Pakistán por trabajo, en un clima caliente en el que no está a gusto y con personas de las que desconfía: Jamal, un estudioso con el que tiene que trabajar, y Amira, directora del Museo Nacional de Karachi. El objeto de su trabajo es una investigación sobre una momia, cuya autenticidad tiene que ser comprobada.

En un primer momento las dos mujeres se miran con sospecha pero, después de un dramático incidente —el robo y la destrucción de la momia por parte de un grupo de delincuentes locales— reconocen una los méritos y las competencias de la otra, y viceversa. Después de este recíproco descubrimiento de cualidades la atmósfera es más relajada y su relación vuelve a empezar desde una base diferente: profesional y humana.

—¿Me vas a enseñar Karachi? —preguntó de repente Helena—. ¿La ciudad nocturna? ¿Lugares a los que no van los turistas? ¿Nos vamos a cenar esta noche los tres?

Le salieron todas las preguntas seguidas, sin pausa, sin dar a Jamal tiempo a responder.

—Mañana no trabajamos —añadió.

Helena se sentía casi aliviada viendo los restos de la momia en la caja de madera; tenía ganas de salir del despacho, de no regresar al hotel, de no seguir trabajando con esos huesos semidesmoronados, de no tener que demostrar que se trataba de una estafa. Y ganas de hacer algo que no hubiese hecho nunca.

—Me gustaría salir esta noche, esta tarde.

Amira suspiró allá abajo; parecía sentirse a gusto con la cabeza sobre el regazo de Helena. Jamal hurgaba entre los despojos con gesto compungido. Se volvió hacia la doctora y se frotó el esternón con los dedos, con ese gesto típico de cuando no sabía qué decir.

«Vieja idiota», se dijo a sí misma Helena, y aguardó expectante la respuesta de Jamal. (Ovejero, 2004: 227-228)

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4.2. Temas

Las mujeres de Ovejero “viajan solas” porque, aunque estén en compañía de amigos, hombres, maridos o amantes, están, en realidad, profundamente solas. Solas porque son autónomas, libres en su pensamiento y su conciencia. O solas porque son incomprendidas, no apoyadas por sus hombres, o apoyadas en sus elecciones por conveniencia o desinterés de su pareja. Son mujeres autónomas, capaces de vivir sin un hombre a su lado, como Inge, que no toma el avión para ir a ver a Abdoulaye, o Andrea y Alina, las dos viudas de Mujeres

de luto, que han perdido a sus maridos, una por una enfermedad y la otra por una guerra.

Mujeres con su propia capacidad de elección y pensamiento, con una visión anti- convencional de la vida, a las que Ovejero mira con interés y cariño, y con un toque de admiración.

Las mujeres de Los compañeros de viaje, aunque en posiciones antitéticas, tienen una sensibilidad más profunda que la de su pareja, característica común que les permite establecer una especie de alianza. Esto no impide que, al final, la tragedia se cumpla, pero, en el curso del relato, el lector puede notar un vínculo sutil que lleva a la asesina a alejarse de la asociación delictiva con su propio marido por algunos instantes. Por ejemplo, empatiza con María Elena cuando, durante un viaje en taxi con su marido, le cuenta que a ella le gustaría tener un hijo mientras que a Carlos no. Elías, en cambio, a la sensibilidad de su mujer reacciona con una bofetada:

Patricia me contó que habían hablado de niños, de lo importante que era para María Elena tener hijos. Que incluso pensaba que tendrían que separarse si él no acababa por aceptar. Ella no podía esperar eternamente; el reloj biológico y esas cosas.

—Él no quiere, ¿verdad? —No.

—Qué pena.

Le di una bofetada. El taxista no se atrevió a intervenir. A Patricia le temblaban los labios. (Ovejero, 2004: 79)

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