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El hombre y lo invisible

7 ¿Gnósticos o desencantados?

13. El hombre y lo invisible

- ¿A qué se refiere la cotrascendencia, —tercera categoría o etapa de tu hermenéusis antropológica—, ámbito donde se resguarda la sa- biduría relativa a las relaciones del hombre con lo invisible, el arte y lo sagrado?

En un texto memorable, Hans Jonas pone de manifiesto que lo que constituye al ser humano como tal, lo que le hace diferente de los otros seres vivos, puede resumirse por mediación de tres grandes creaciones: la herramienta, la imagen y la tumba. Creo que algo intrínseco a la exis- tencia humana, quizá lo que, por mediación de un larguísimo proceso, constituyó al hombre como tal, es la relación con “lo ausente”, el con- vencimiento de que “lo invisible” como tal, forma parte de la visibilidad humana. A lo largo de la historia de la humanidad, la gran tentación ha sido intentar concretar, determinar lo invisible, y apropiarse de él, reduciéndolo a términos manejables para los intereses de todo tipo del ser humano. Eso es lo que he designado con la expresión “utilización de lo sagrado como forma política”. Cuando lo invisible se convierte en un artefacto visible (físico o mental) deja de ser lo que es y se cosifica como un objeto entre objetos. Entonces, la imagen en lo que tiene de

indecible, inaprehensible y trascendente se transforma en un ídolo, en algo disponible, condicionado y sometido a los intereses de los mani- puladores de turno.

Con utillajes simbólicos muy diferentes en las distintas culturas, la tumba es la expresión directa de la autoconciencia del ser humano, del reconocimiento de su condición de ser mortal, de lo que en el fondo se esconde, con mayor o menor claridad, a partir del uso que hacemos de los futuros verbales. Por parte del hombre, la tumba viene a ser como una oferta de diálogo con el más allá, el gran desconocido, el supremo interrogante, el gran desafío. Para mí, lo que enturbia este panorama es el cambio radical que está experimentando el vivir y el morir (no sim- plemente la vida y la muerte, sino el acto humano de vivir y morir) en el momento presente. Tradicionalmente, la tumba expresaba la continui- dad del ser humano, era la expresión de un “cambio de domicilio y de oficio”, el difunto dejaba de ejercer su oficio de hombre o de mujer bajo unas determinadas condiciones e iniciaba una nueva carrera profesional bajo otras condiciones.

Ernst Bloch decía con una cierta frecuencia que “lo mejor de la religión es que produce herejes”. Herejes, en el sentido más literal del vocablo, son personas que escogen, que se deciden, que se comprome- ten de manera diferente a como lo hace el establishment religioso o polí- tico; son personas que, de alguna manera, argumentan contra el sistema. El sistema con posterioridad intentará recuperarlas, cuando ya se haya hecho evidente la necesidad de nuevos herejes. La religión siempre me ha interesado más desde la perspectiva de las periferias que desde el centro. Las periferias son creadoras de nuevas formas expresivas de la vida, llevan a cabo eso que Michel de Certeau denominaba “rupturas instauradoras”, las necesarias demoliciones para que pueda nacer algo valioso, que quiebre la monotonía del semper idem y reinstaure la vida

in statu nascendi. De ahí la enorme importancia que otorga Hannah

Arendt al nacimiento como irrupción de posibilidades humanas hasta entonces inéditas e insospechadas.

En una primera aproximación, la cotrascendencia reúne a quie- nes se sirven de los mismos materiales simbólicos por el hecho de en- contrarse insertos en una misma o parecida tradición cultural. En este

primer sentido, la cotrascendencia vendría a ser el resultado de la so- cialización de lo invisible, de lo indisponible, de lo incondicional, que lleva a cabo un determinado grupo humano a partir de simbolismos culturales compartidos y transmitidos de generación en generación. Como contraparte, en un libro publicado en 1984 en catalán y en su traducción española en 1995, analizaba lo que llamo la “desestructura- ción simbólica”, que es la deslocalización de las referencias simbólicas de un determinado grupo humano a causa de invasiones, derrotas mi- litares, esclavitud, humillación cultural, etc. El ser humano continúa teniendo como atributo esencial, común a todos los seres humanos del pasado, del presente y del futuro, la capacidad simbólica, pero se tra- ta de la posesión de una capacidad que no puede actualizarse, lo que equivale a decir que, prácticamente, resulta inexistente. Para formalizar este cuadro más o menos teórico me serví de una crónica de Indias, la de Gerónimo de Mendieta, en la que expone de una manera casi pa- tética lo que a nivel religioso, social, cultural, político y económico fue la desestructuración simbólica de los habitantes del Valle de México en el primer tercio del siglo XVI. Me parece que fueron los primeros que afirmaron que “nuestros dioses han muerto”, o sea, que nuestra sociali- zación de lo invisible se ha fracturado definitivamente. Ya no tenemos la posibilidad de hacer presente lo ausente, lo invisible, lo que sin dejar de ser mundano es supramundano.

Me parece que en la actualidad, aunque sea por causas completa- mente diferentes a las que sufrieron los aborígenes del Valle de México, nos encontramos plenamente inmersos en una situación de desestructu- ración simbólica, de pérdida de las referencias que permiten la orienta- ción en los senderos de la vida (a menudo, simples caminos de bosque).