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7 ¿Gnósticos o desencantados?

11. El misterio del mal

- Uno de los rasgos en el que más insiste tu antropología es en la “ambi- güedad” como atributo inherente a la condición humana. Mientras el animal, dices, es el ser de la “facticidad”, en contraste, el hombre es un ser de “lo posible”. El hecho de que jamás esté definitivamente fijado, hace posible nuevas perspectivas y posibilidades de lo humano pero es, también, ocasión de la regresión y de las recaídas que acos- tumbran a configurar las expresiones más aberrantes de lo inhu- mano. Esta problemática se enlaza con las pretensiones de absoluto de lo que llamas “las estrategias del mal”. ¿Es acaso otra manera de plantear la vieja cuestión del mal inherente a la humana condición? ¿Nace la caída en el mal y lo demoníaco de la propia contingencia? ¿Operan las “estrategias del mal” también como pedagogías?

Tengo que reconocer mi deuda intelectual con el antropólogo judío ale- mán Helmuth Plessner, sobre todo, en relación con su comprensión

del hombre como un ser excéntrico. El animal vive fijado en su centro. Cierto que, al menos en algunas especies, es capaz de aprender, de ir más allá de las estrictas posibilidades de su instinto específico, pero sa- lirse de su centro no es lo que caracteriza fundamentalmente su vida. El ser humano, en cambio, necesita como el animal tanto de procesos de imitación como de las trasmisiones que bien o mal le proporcionan las estructuras de acogida y, muy en primer lugar, la codescendencia. Porque se determina como tal en la medida en que sale de su centro, es decir, contempla y evalúa la realidad y, en particular, a él mismo desde “fuera”, es libre, ni que sea siempre una libertad condicionada. De ahí, creo yo, se desprende que la ambigüedad constituya lo que llamo el “estado natural” del hombre, lo que va siendo a lo largo y ancho de su periplo vital. La excentricidad del ser humano le ofrece la posibilidad de ser autocrítico, de examinarse a sí mismo, de corregirse y cambiar de rumbo, de fijarse objetivos, de hacer comparaciones y analogías, de utilizar metáforas, de desear, a pesar de su condición mortal, lo infinito, lo situado más allá de las palabras y los convencionalismos socialmente sancionados. La excentricidad humana es en ella misma ambigua, in- determinada a priori, punto de partida de los juicios de valor (tomando aquí “valor” no en un sentido estrictamente moral, sino a la manera de Spinoza, “perspectivísticamente”). Y ese vivir descentrado saliéndose de sí mismo, permite al hombre ser simpático en el sentido que da Max Scheler a la simpatía, poniéndose o, al menos intentándolo, en la piel del otro. Es evidente que la excentricidad también puede tener conse- cuencias altamente negativas e, incluso, superlativamente patológicas. Pero todo eso, me parece, no es sino una expresión de lo que realmente es el hombre, ese ser no-fijado del que habla Nietzsche.

Creo que el misterio, no el problema, del mal es una de las inte- rrogantes mayúsculas que se plantea cualquier persona que reflexione y que viva de acuerdo con lo que es propiamente, un être du questionement, dice el poeta judío francés Edmond Jabès. Opino que es insensato e, incluso en ocasiones, de mala fe, pretender solucionar el qué, el por qué y el cómo de la presencia del mal en el mundo y en nosotros mismos. Eso no significa en modo alguno quedar paralizado ante él. Por ser un misterio y no un simple problema, el mal pertenece a la esfera de lo in-

justificable. Tal vez sí que, en algunos momentos privilegiados (el rapto místico, por ejemplo), puede intuirse que más allá del caos hay cosmos trascendente (concebido personal o impersonalmente) que, sin tener idea de ello, instaurará orden y belleza y destruirá todas las formas de la negatividad. En distintas ocasiones he podido comprobar que muchas personas que se movilizaban ante los efectos devastadores del mal (des- de el mal físico hasta el mal moral) no lo explicaban, no se reconciliaban con él, pero, al situar su pensamiento y su acción más en los afectados que en la causa del efecto, sin dejar de comprobar y afirmar lo inexpli- cable y terrorífico del mal, intuían que finalmente alcanzarían algún tipo de inteligencia. Naturalmente, esto no es ni una explicación ni una justificación, sino sencillamente algo parecido a lo que los escolásticos designaban con la expresión “argumentos de conveniencia”.

Ante la inquietante problemática que plantea la presencia del mal en el mundo y en nosotros mismos, existe el peligro de “trascendentali- zar” todos sus efectos, todas sus fechorías es decir, de reducirlos todos a la sigla “mal absoluto”. Esas son las “estrategias del mal” que, con fre- cuencia, no son sino las distintas formas que adopta el mal que el hom- bre puede hacer al hombre. Las “estrategias del bien” son respuestas humanas a las “estrategias del mal”. Aquí, es importante tener presente que utilizo el esquema antropológico “pregunta-respuesta” que, induda- blemente, posee fuertes connotaciones éticas. A causa de la relacionali- dad del hombre, en términos absolutos (si podemos hablar así), la supe- ración del mal absoluto es una imposibilidad total. Por eso me intereso por la posible superación del mal relativo, el mal que el hombre puede hacer (y hace) al hombre, ya que creo, como decía Goehte, que todo lo pasajero es sólo una parábola. Estoy convencido de que lo que hacemos en términos finitos, inmanentes, tiene una traducción en térmi- nos infinitos, trascendentes. Un bien conocido adagio judío dice que “quien ha salvado a una persona, ha salvado a todo el mundo”. Y porque creo (intento creer) que ni el mal ni la muerte tendrán la última palabra, las “estrategias del bien” son ya, en medio de nuestra situación de éxodo, pregustaciones de “lo último”, porque éste, mítica y lógicamente al mis- mo tiempo, siempre se encuentra y se encontrará precedido por “lo pe- núltimo”.