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Hombres de pan de maíz y un dios hormiga

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Molinero

Don Quijote atacó molinos de viento confundiéndolos con gigantes. En las bajas llanuras de la Mancha, estas estructuras de aspas de tela ciertamente debían parecer inmensas, visibles desde kilómetros de distancia.

Los viejos molinos de viento hoy son apenas simpá- ticos elementos decorativos en la campiña holandesa. Pero la molienda sigue siendo una actividad fundamen- tal, como lo es desde el comienzo de los tiempos.

Todo se muele. Granos y cereales, para hacer ha- rinas. Trigo sobre todo, pero también maíz, mijo, arroz, garbanzos, mandioca, centeno, avena, cebada. Se muelen huesos, pescado, soja, para hacer alimento para animales. Se muele el café para utilizarlo en la cafetera, se muele el cacao para fabricar chocolate. Se muelen piedras para fabricar cemento. Se muele plástico reciclable para fabri- car más objetos de plástico. Se muele madera para fabri- car aglomerados y pasta de celulosa, que se convertirá en papel. Se muele el vidrio para fundirlo y reciclarlo.

Hay grandes fábricas e instalaciones industriales de- dicadas a la molienda. De los antiguos molinos de viento, movidos por agua o por tracción a sangre, se pasó a los modernos, electrificados. Esta transformación permi- tió que el volumen de producción de un molino creciera enormemente, y cambió la antigua costumbre del moli- nero de pueblo por la industria a escala nacional.

Los molineros de granos y los panaderos son herma- nos de oficio. De la calidad de la harina de trigo depende el sabor del pan. En un molino harinero, los granos de trigo son lanzados a través de cañerías, impulsados por aire comprimido. A medida que van cayendo, pasan por distintos rodillos dentados, que los van triturando. Cuan- tas más moliendas atraviese el grano, la harina será de mejor calidad. La harina especial, por ejemplo, es la que se utiliza para fabricar el pan dulce.

Un molino puede llegar a procesar más de 500 to- neladas de trigo por día. Moler harina es ruidoso, pero moler piedra puede ser ensordecedor, si el molinero no protege sus oídos. El polvo, tanto de la piedra como de la harina, puede producir enfermedades pulmonares. Por ello los molinos deben contar con sistemas de acondicio- namiento del aire adecuados. El mayor peligro para un molinero es quedar atrapado dentro de la molienda.

Los molinos mutaron, pero su esencia permanece. Hoy don Quijote no podría enfrentarse a molinos de vien- to cuyas aspas movieran enormes ruedas de piedra que aplastaran cereales, pero encontraría sin problemas a sus descendientes, y podría enfilar su lanza alocada con- tra los blancos molinos de viento que «muelen» el aire para generar electricidad.

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Buzo

El santo patrono de los practicantes del buceo debería ser Jacques-Yves Cousteau, el submarinista francés conocido sobre todo por sus hermosos documentales sobre la vida marina, pero también inventor del aqualung, el ahora popular sistema de buceo con tanques a la espalda y un respirador. El invento de Cousteau y sus posteriores me- joras reemplazaron totalmente al antiguo sistema, con- sistente en un traje hermético, pesas, una enorme esca- fandra metálica y una manguera que proveía aire desde la superficie. Desde Cousteau, los buzos pueden disfrutar libremente esa sensación parecida a la de volar, y el ac- ceso ilimitado a cualquier rincón sumergido que esté a profundidades aptas para el ser humano.

Con todo, trabajar bajo el agua es complicado. Hay muchos oficios que lo hacen, desde la pesca o la reco- lección de moluscos hasta la reparación de barcos sin sacarlos a dique seco, el cuidado de las plataformas pe- troleras, los colectores submarinos o los cables subacuá- ticos, la búsqueda de tesoros y, claro, la enseñanza del

buceo a otras personas. Para todos estos trabajadores el cuidado de su equipo es fundamental: son extraños en un mundo diferente, y para preservar el privilegio de mover- se en él solo cuentan con una mascarilla, dos tubos y dos tanques de oxígeno.

Además, a partir de determinada profundidad hay que tener mucho cuidado con las diferencias de presión. Para un buzo de profundidad, que desciende mucho más allá de lo común, un breve paseo por los fondos marinos (que en realidad están apenas arañando la superficie de los au- ténticos abismos oceánicos, tan profundos que solo unas pocas máquinas pueden alcanzarlos) significa largas horas de descompresión antes de poder volver a la superficie.

Y, por supuesto, un buzo debe estar atento a todo peligro. Por más profesionalismo, horas de buceo y expe- riencia que acumule, siempre será un intruso en el mar, y no sería la primera vez que un intruso descuidado termi- nara en la panza de un tiburón, que sí es el dueño y señor de esos andurriales.

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Minero

Aristóteles definió tres grandes reinos en la naturaleza: el reino animal, el reino vegetal y el reino mineral. Se llaman minerales aquellos elementos o compuestos in- orgánicos que se han formado por procesos geológicos. Estas sustancias son tan importantes para la vida como el agua. Dentro de los seres vivos existen muchos mine- rales, como el calcio, el hierro, el sodio y el fósforo. Pero el agua constituye el 70% del cuerpo humano.

Los tres elementos más abundantes del planeta son el oxígeno, el silicio y el aluminio. Con el silicio se fabrica gran parte de las piezas de una computadora. En Cali- fornia, la zona que concentra numerosas empresas de informática y electrónica es conocida como Silicon Va- lley (valle del Silicio). El aluminio es utilizado para las puertas y ventanas de una casa, o incluso para fabricar autos y aviones. Curiosamente, el oxígeno no se puede extraer de las minas como los minerales, pero a la larga termina siendo el elemento más necesario para sobrevi- vir en sus profundidades.

En Brasil existe la mina más profunda del planeta: un complejo laberinto de túneles y galerías que ingresa en las entrañas de la Tierra hasta alcanzar tres kilóme- tros. El fin es extraer oro. La temperatura en lo más pro- fundo de la mina alcanza los 57 grados, la humedad es de 100% y la cantidad de oxígeno es menor de 18%. Si estas condiciones se reprodujeran en una habitación, la sola acción de conversar podría transformarse en una tarea

titánica. El minero no se dedica a conversar, sino a picar la piedra una y otra vez, buscando el preciado metal.

Cuando el hombre se enfrenta a la Tierra, esta puede reaccionar de formas imprevisibles. Las explosiones por gases a presión, los derrumbes rocosos y las emanaciones tóxicas son un peligro constante para los mineros. Por ello deben construir vías de escape rápidas, cuidar la ventila- ción de las minas y conocer los minerales que manipu- lan. Respirar los gases que se desprenden en las minas de carbón durante algunos minutos puede ser letal. Las antiparras, el tanque de oxígeno y el casco linterna son parte del equipo obligado del minero.

De todos modos, el precio que se paga por la explo- tación minera siempre es alto. La principal exportación de Bolivia es el estaño, mineral muy preciado para fa- bricar pasta de dientes. Hasta la década del setenta, el promedio de vida de un minero boliviano era de 30 años. En el Lejano Oeste, en los primeros 50 años del siglo xix, muchos hombres perdieron su vida buscando oro, en la época denominada con justicia fiebre del oro.

Hoy en día las cosas no han cambiado mucho. Siem- pre hay sustancias, minerales o no, que le hacen perder la cabeza al hombre. El caso del petróleo (en latín, ‘aceite de roca’, compuesto de fósiles animales, especialmente algas prehistóricas) es uno de ellos. Desde que en 1973 ocurrió la primera crisis mundial del petróleo, diversas guerras y millares de hombres han muerto a causa del oro negro.

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