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Recolector de residuos

In document Qué quieres ser cuando seas grande? (página 144-146)

Cuando uno dice basura, normalmente la palabra evo- ca aguas turbias y otras asociaciones repugnantes, que hasta guardan el olor particular de lo que se ha podrido. De hecho, cuando uno dice basura, habla en general de los desechos, desperdicios y residuos, pero también de lo despreciable, lo malo o lo ruin (un contrato basura, la comida basura, etcétera). Quizá nos cueste admitir que la basura se nos parece, que habla tanto de nosotros como lo hace una radiografía, y que, como la basura es inevi- table, es bueno consumir responsablemente y procesarla de la mejor manera posible.

Si hiciéramos el experimento de revisar nuestros de- sechos y compararlos con los de nuestros vecinos y ami- gos, e incluso con los de habitantes más lejanos, com- prenderíamos hasta qué punto todo lo que desechamos habla de nuestros gustos y disgustos, de nuestro modo de consumir, de nuestras opciones ante las tendencias industriales, de las diferencias sociales y de los avances de la tecnología.

Es mucha la basura que generamos. Una persona produce, como promedio, 1 kilo de basura por día.

¿Quién recoge todo aquello que día a día tiramos por inútil u obsoleto? El recolector o basurero. Su oficio es vital para la buena convivencia y la organización de una comunidad. Él se encarga diariamente, trepado al camión, de juntar la basura que los dueños de casa dejan a la in- temperie en el horario de recolección, generalmente noc- turno. Él se ocupa de llevarla al vertedero en el camión, que mientras marcha la tritura y la compacta. Cuando en la ciudad existen contenedores (destinados a la basura doméstica), el recolector altera su actividad: ya no corre desde el camión tras los residuos embolsados y vuelve con ellos, sino que trabaja como operario de un moderno ca-

mión compactador que con una gran pinza alza el vagón de basura, lo da vuelta, vacía su contenido y lo devuelve a la calzada. O quizá también trabaje como operario de un segundo camión, diseñado para lavar los contenedores.

El de los basureros es un oficio que enfrenta varios riesgos biológicos, puesto que durante el trabajo toman contacto con elementos descompuestos, que pueden pro- vocar enfermedades. Las picaduras, una eventual mordi- da o el roce con las heces de animales diversos pueden transmitir todo tipo de afecciones. La piel es la barrera fundamental que impide el ingreso de microbios al or- ganismo. Si la piel se corta o se lastima, las barreras se desploman y los gérmenes aprovechan el paso libre. Es por eso que los guantes, el casco y el uso adecuado del uniforme serán los grandes salvavidas del basurero. Y si se ocupa de levantar la basura de hospitales o de la- boratorios, el tapabocas y los guantes especiales serán imprescindibles para evitar pinchazos o el contacto con fluidos peligrosos.

Cuando nosotros cambiamos, también nuestra ba- sura cambia. En el último tiempo se nota una tendencia a la reducción de los desperdicios de alimentos y al in- cremento de los envoltorios. ¿Por qué? Una posible res- puesta es que hoy se comen más alimentos preparados o congelados, se usan más el freezer y los recipientes. El plástico, que ha venido creciendo en las últimas décadas, no solo ocupa mucho lugar en la basura, sino que ade- más puede demorar, en algunos casos, hasta 600 años en biodegradarse. La ley de las tres erres (reducir, reutilizar, reciclar) es una buena aliada para que nuestra inevitable basura no sepulte al planeta.

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Limpiadora

Los riñones filtran la sangre del aparato circulatorio y permiten la evacuación, a través de la orina, de diversos residuos del organismo. Cada día purifican varias veces la sangre de nuestro cuerpo, 200 litros totales para filtrar unos dos litros de desechos y exceso de agua. Su trabajo es importantísimo; podemos andar por la vida tan cam- pantes pues nuestros riñones (dos, con forma de poroto, cada uno del tamaño de un puño) nos desintoxican y nos mantienen a salvo de las impurezas. Si tomamos como ejemplo nuestro cuerpo y la noble tarea de limpieza que en él ejecutan los riñones, y pensamos en nuestra casa, el edificio, las calles, el barrio, la empresa, el estadio o el cine como si se trataran de un organismo, comprendere- mos la magnitud del trabajo de los limpiadores.

Armados con escobas, aspiradoras, trapos y cepi- llos ellos avanzan barriendo, lustrando o desinfectando calles, oficinas, hospitales, teatros, centros de estudio, fachadas, chimeneas, pisos, alfombras, vidrios, marque- sinas, luminarias y un sinfín de otros objetos y sitios que

frecuentamos o usamos diariamente. El aseo es la mi- sión principal de estos trabajadores, que a veces son pú- blicos (funcionarios municipales, a cargo de la limpieza de calles, plazas, cementerios o playas de la ciudad) y a veces privados (el deshollinador, el limpiador de facha- das, el personal de limpieza de un comercio).

Quizá entre los limpiadores las empleadas domésti- cas sean las únicas que día a día duplican su tarea: an- tes o después de la jornada laboriosa deben ocuparse de asear su propia casa. En general, todos los limpiadores deben ser cautos con aquello que limpian, por posibles cortes y lastimaduras, y estar atentos para no resbalar o caerse. Aquellos a cargo de la limpieza de ventanales de edificios altos tienen trabajar en andamios y usar cintu- rón de seguridad. El deshollinador se protege con másca- ras y tapabocas para no inhalar el carbón o el hollín.

Después de todo, el cuidado de la higiene es una manera de preservar la salud, no solo la personal, sino la de todos.

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