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1. LOS GRIEGOS Y LA TRANSFORMACIÓN

1.7 Las ideas biológicas del Medioevo

Claudio Galeno (131 d. C.) es el célebre médico, griego de nacimiento, también reputado médico romano que se ocupó de los temas biológicos desde el cuerpo humano. Galeno es, junto con Aristóteles, el más célebre de los fisiólogos del medioevo. Devoto del pensamiento hipocrático, dedicó mucho de sus esfuerzos a comentar el trabajo de su maestro Hipócrates y es de quien hereda, en gran parte, toda la ciencia médica que le sucedió. No obstante, los trabajos de Galeno no se ocupan de las ciencias naturales como lo hicieron Aristóteles o sus antecesores ya comentados. Su obra ignora de modo pleno todo lo relativo a la vida de los demás organismos distintos al hombre. Si puede ser o no problemático referirse al medioevo como un capítulo de

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oscurantismo, lo que no tiene lugar a dudas es la condición de mínimo interés por el conocimiento del mundo natural. Esta condición se posterga hasta la época del flamenco Andrés Vesalio (1515- 1564) quien tampoco se ocupa del tema cuya celebridad radica en haberse opuesto a la autoridad de Galeno al sostener que sólo la disección y la observación podían conducir a la certidumbre y el progreso. Su famosa obra Fabrica humani corporis, que aparece publicada en Basilea en 1543, lo hizo célebre en la anatomía y el desarrollo de la fisiología médica, pero tal y como su maestro Galeno, el interés por el mundo natural es casi nulo, limitándose así al estudio y fisiología del cuerpo humano.

De modo práctico, se puede decir que, dividió el imperio romano en los reinos de Constantinopla y el de Roma, el progreso de las ciencias naturales se restringe prácticamente a las notas de San Alberto (1206-1280), cuyo trabajo intelectual, de amplitud enciclopédica, es mucho más reconocido por sus conceptos teológicos que por aquellos que se ocuparon de las ciencias naturales. En los tiempos en los que San Alberto se dedica a enseñar sus quaestiones, se manifiesta una asimilación viva de la filosofía griega; San Alberto es quien realiza un completo comentario de la obra de Aristóteles, en el cual se ocupa, extensa y detalladamente, sobre sus aspectos relativos a la ciencia de la naturaleza y también de la metafísica. Si bien Platón había sido asimilado por los Padres de la Iglesia en síntesis variadas que le habían expurgado de su idealismo, es preciso decir que durante la época de San Alberto, Aristóteles era considerado como un lógico sospechoso, un manducator verborum que llegaba al mundo medieval a través de las traducciones grecolatinas y de comentaristas árabes. Las sospechas frente al pensamiento aristotélico fueron permanentes. Desde el año 1210, en un sincretismo mal discernible, las autoridades eclesiales habían presentido y denunciado el peligro de la filosofía aristotélica, cuyos textos se habían filtrado por muchos lugares, acompañados de los comentarios hechos por Averroes (m. 1198). Este hecho no obsta para que –a falta de otro–, el modelo de comprensión acerca del mundo natural fuera el aristotélico.

Ya comentamos cómo las obras de Aristóteles llegaron a Occidente como un corpus particular que proporcionó al mundo medieval materia de particular interés para el trabajo de universidades como la de París. Éste es el período en el que el naturalismo científico aristotélico chocaba con el simbolismo cósmico de los doctores orientales, así como contra proposiciones de la teología del momento. El debate se hizo más vivo en el seno de las primeras generaciones de las órdenes mendicantes, cuya vocación académica favorece el trabajo de algunos monjes como San Alberto. Su proyecto, sin embargo, de “hacer inteligible a los latinos todas las ramas de la filosofía

de Aristóteles”, pretendía suavizar las disputas y hacer comprensibles todos los conceptos, inclusive aquellos naturales, al mundo de su tiempo. Así lo afirma en su comentario a la física en el que se encuentra definido su proyecto:

“Nuestra intención es dar satisfacción a los hermanos de nuestra Orden que desde hace varios años me piden que les componga un tratado de las ciencias de la naturaleza, en el que puedan encontrar un conocimiento perfecto de la naturaleza y un medio para leer con competencia las obras de Aristóteles”.25

Pese a los frecuentes prejuicios relativos al oscurantismo científico del medioevo, el trabajo de Alberto Magno manifiesta un deseo de conocimiento de las causas inmersas en el mundo, incluida la naturaleza y sus transformaciones. San Alberto Magno afirma que “el ánimo de las ciencias naturales no puede consistir en aceptar los juicios (narrata) de otros, sino la investigación de las causas que son ejercidas en la naturaleza”.26 También hay ideas que reafirman el valor experimental del conocimiento, como se observa en su tratado de las plantas, donde se encuentra el siguiente principio: Experimentum solum certificat in talibus (El experimento es la única guía segura en tales investigaciones).27 Así mismo, sobre el tema de Dios en la naturaleza declara:

“Al estudiar la naturaleza, no investigamos como Dios, el Creador, puede, como él mismo libremente desea, usar a sus criaturas para realizar milagros y de este modo mostrar su poder: sino, debemos preguntarnos qué es lo que la Naturaleza con sus causas inmanentes, puede naturalmente realizar”.28

La hipótesis inmanentista de causalidad en la naturaleza no es un obstáculo para que, en asuntos de ciencias naturales, él prefiera a Aristóteles en vez de San Agustín, como lo manifiesta de la siguiente manera:

“Quienquiera creer que Aristóteles fue un dios, también debe creer que nunca se equivocó. Pero si uno cree que Aristóteles fue un hombre, entonces, sin dudas, era posible para él el error como lo es para nosotros”29 (Physic. lib. VIII, tr. 1, xiv).

Sobre el tema, San Alberto dedica un largo capítulo a lo que él llamó “los errores de Aristóteles” (Sum. Theol. P. II, tr. i, quaest. iv). La intención de San Alberto merece crédito no sólo por mostrar las enseñanzas científicas del estagirita para atención de los académicos

25

SAN ALBERTO MAGNO.: Opera Omnia, París (Louis Vivés), en 38 volúmenes, publicados bajo la dirección del Abad Augusto Borgnet, Diócesis de Reims. 1890-99. Prólogo del comentario de la Física.

26

SAN ALBERTO MAGNO.: Ob. Cit. De Miner., Lib. II, tr. ii, i. 27

SAN ALBERTO MAGNO.: Ob. Cit. De Veg., VI, tr. ii, i. 28

SAN ALBERTO MAGNO.: Ob. Cit. De Coelo et Mundo, I, tr. iv, x. 29

medievales, sino también por mostrar el método y el espíritu bajo el cual tales enseñanzas debían recibirse. Tal como su contemporáneo, Roger Bacon (1214-1294), San Alberto también era un estudioso de la naturaleza pero sus inquietudes sobre los trabajos de Aristóteles y su aplicación al estudio de la doctrina revelada, ocupan la mayor parte de su obra.

2. EL ‘TRANSFORMISMO’ DE LINNEO