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CAPÍTULO 2. MODELO DE ANÁLISIS TEÓRICO CONCEPTUAL:

2.4 La Identidad Colectiva

Para Gilberto Giménez6, las identidades colectivas se construyen por analogía con las identidades individuales, por lo tanto, ambas son a la vez diferentes y semejantes. Serían diferentes básicamente por tres razones: las identidades colectivas carecen de conciencia y de psicología propia, no son entidades discretas, homogéneas y bien delimitadas, en tanto, no son una entidad material y orgánica, y por último, no se constituyen en un “dato” si no en un “acontecimiento” contingente que debe ser explicado. Por otro lado, éstas se parecen, en tanto las identidades colectivas tienen “la capacidad de diferenciarse de su entorno, de definir sus propios límites, de situarse en el interior de un campo y de mantener en el tiempo el sentido de tal diferencia y delimitación, es decir, de tener una “duración” temporal” (Melucci, 2001 citado en: Giménez, 2009:48).

Una de las funciones de la identidad es marcar fronteras entre un “nosotros” y los “otros”, a partir de la apropiación distintiva de un conjunto de rasgos culturales que se encuentran en el entorno social en la sociedad o en un grupo. De allí que la identidad vista en estrecha relación con la cultura puede ser considerada como su lado intersubjetivo: La cultura interiorizada en forma específica, distintiva y contrastiva por los actores sociales en relación con otros actores (Giménez, 2009).

La identidad permite entender el paso de lo individual a lo colectivo, lo que hace posible comprender cómo un individuo decide adherirse, participar y luego mantenerse en una dinámica colectiva. Así la identidad vincula prácticas estructuradas (límites y oportunidades para la acción) con la interacción de actores. Melucci propone entender la identidad colectiva como “aquellos ingredientes culturales compartidos por los miembros del movimiento”. Su propuesta es identificar los procesos mediante los cuales los individuos evalúan y reconocen lo que tienen en común y deciden actuar juntos (Melucci, 1999).

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Este autor sitúa sus aportes sobre la teoría de la identidad entre una teoría de la cultura y una de los agentes, para salirle al paso al caos terminológico reinante después de 1968, año en que afirma empieza a ser más utilizado este concepto en el ámbito académico (1997:1).

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En este sentido, la identidad colectiva “define la capacidad para la acción autónoma, así como la diferenciación del actor respecto a otros dentro de la continuidad de su identidad” (Melucci 2001, citado en Giménez, 2009:49).

En la construcción de identidad colectiva hay un proceso permanente de interacción entre los sujetos que no necesariamente es coherente y homogéneo, y que implica varios aspectos entre ellos: Las definiciones cognitivas, relacionadas con las orientaciones de la acción, en torno a los fines, los medios y el campo de la acción. Es decir, el sentido y finalidad que las acciones colectivas tienen para el actor entendiendo que estas definiciones albergan la contradicción y que no necesariamente son iguales a las de los demás (Melucci 2001, citado en Giménez, 2009:49). Según Giménez, estos aspectos son generalmente incorporados a un conjunto de prácticas, rituales, lo que permite a los sujetos involucrados asumir las orientaciones de la acción, definidas como “valor” o “modelo cultural” susceptible de adhesión colectiva.

La identidad colectiva implica un cierto grado de involucramiento emocional (pasiones y sentimientos) o inversión emocional, que permite a los individuos sentirse a gusto y parte de una común unidad, logrando que la identidad colectiva no sea enteramente negociable; dado que moviliza emociones, no puede ser entendida exclusivamente desde la lógica de cálculo costo-beneficio. La identidad colectiva implica una relación activa entre los actores, procesos de interacción, comunicación, influencia de cada uno con el otro, de negociación y construcción de decisiones (Melucci citado en Rodríguez, 2007), ésta es negociada, concertada y construida (Melucci, 1999). Su contenido, o el sentido del nosotros, incluye definir unos fines para la acción, unos sentidos que los actores le trazan, unos medios relacionados con las posibilidades y límites para la acción y la relación con el ambiente, o unos ámbitos en los que la acción tiene lugar.

Para Melucci (2001), el problema de las fronteras puede ser expresado en términos de reconocimiento de los límites y como juego de la apertura y del cierre de tales fronteras. Propone enfrentar el problema de continuidad del sujeto como la organización procesual de diferentes sistemas de relaciones y no como el tránsito entre diferentes estados metafísicos o metamorfosis. En este sentido, el responsable de decidir elegir cómo organizar el campo, es decir, quien tiene la posibilidad de definir los confines y de mantener la continuidad de un sujeto de acción, de reconocer los límites y posibilidades del campo de relaciones que constituye la identidad, no es el sujeto. En este sentido, Melucci pone el acento en la relación, sobre el constituirse recíproco del actor y del campo, señalando la importancia de los procesos de negociación

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entre diferentes partes de sí, tiempos diferentes de la acción y ambientes o sistemas de relaciones diferentes en los que el actor se sitúa.

Desde la perspectiva de este autor, no existe ninguna demanda inherente en cuanto a que la identidad deba mantener coherencia y estabilidad. No se considera a la identidad producto de un lugar de la mente, sino más bien de la relación. Entonces, existiría una multiplicidad de “yoes” en tanto distintas relaciones, ya que las personas o colectivos pueden autonarrarse de muchas maneras dependiendo del contexto relacional (Bravo, 2002).

En otras palabras, la identidad colectiva permite comprender de qué manera quienes hacen parte de un grupo, construyen un nosotros que los identifica frente a los otros, generando rasgos distintivos, para crear sentido de pertenencia a través de la interacción entre los sujetos y su ambiente (Rodríguez, 2009). En otras palabras, las identidades son experiencias compartidas de determinadas relaciones sociales y representaciones de esas relaciones sociales (Tilly 1998 citado en Rodríguez, 2009). Para Rodríguez, el análisis de la identidad colectiva permite indagar por las conexiones cognitivas, morales y emocionales de un individuo con una comunidad más amplia, categoría, práctica o institución.

La identidad colectiva promueve la unidad y el sentido de pertenencia de los asociados y miembros de las organizaciones. La construcción social de la identidad colectiva brinda la posibilidad de que el grupo o movimiento social defina semejanzas y diferencias que demarcan el sentido del nosotros frente a un ellos. Dicha posibilidad nace como consecuencia de una dinámica social y política, caracterizada por el reconocimiento y la visibilidad de formas alternativas de identidad. De ello afirma que la identidad colectiva está asociada muchas veces a la definición que el grupo realiza de una situación catalogada como injusta. Así, a través de la vivencia compartida de los mismos problemas y anhelos, también se va construyendo un nosotros, es decir de una identidad diferenciada de otras (Delgado, 2009).

En este orden de ideas, por identidad colectiva de las organización sociales se entenderá la capacidad de la organización y de sus miembros de reconocerse como tal, esta “no solo se configura por poseer una historia común, participar de una ideología, unos propósitos, unos recursos y unas relaciones estables, sino también por mantener conversaciones recurrentes respecto a dichas historias, propósitos y vínculos, y por compartir ritos, costumbres, símbolos, valores y creencias que garantizan la continuidad en sus acciones y la cohesión de sus miembros en torno a ellas” (Torres, 2007:156).

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Ésta se constituye por un conjunto de atributos, de semejanzas y diferencias que delimitan la construcción de un nosotros frente a un ellos (Torres, 2002). La identidad de la organización actúa como un cúmulo de representaciones sociales compartidas que funcionan como una matriz de significados para definir un conjunto de atributos idiosincráticos propios, los cuales dan sentido de pertenencia a sus miembros y les permite distinguirse de otras entidades colectivas (Torres, 2007; Giménez, 1997).

Torres (2007) retomando a Giménez (1997) propone una serie de rasgos o características que operarían para colectivos y en este caso para las organizaciones, una suerte de distinguibilidad cualitativa a saber; en este sentido, se ubican las narrativas biográficas constituida por los mitos fundacionales, los hitos históricos, los personajes míticos y las movilizaciones del colectivo, por rasgos distintivos que incluyen ritos de la organización, actividades ritualizadas, símbolos, costumbres o los modos cotidianos de hacer y relacionarse de la organización; así como por la forma como se ven a sí mismas. Por último se hallan las redes de interacción constituidas por las relaciones de alianza o confrontación, en su lucha por diferenciarse de los otros.