IV. LENGUA, IDENTIDADES EN BRASIL Y POLÍTICA EXTERIOR
2. La construcción histórica de la identidad nacional de Brasil
2.4. Identidad nacional ante la asimetría globalizada
En el proceso de redemocratización del país, momento en que se configura un nuevo orden mundial tras la estrepitosa victoria del liberalismo en el mundo caduco bipolar, el país se ve obligado a abandonar su estado de reclusión y ensimismamiento en el que se encontraba mediante políticas públicas de cuño neoliberal, basadas en el desmantelamiento del Estado y fieles a su lógica de desregulación del mercado. En el campo cultural no ha sido diferente, ya que había legislado de manera que pudiera delegar a la iniciativa privada la responsabilidad de promoción y gestión de la cultura en el país mediante incentivos fiscales. Medidas éstas que llegaron a trasladarse incluso al ámbito educativo, tal y como hemos podido comprobar en el capítulo anterior con la implantación del español en el sistema educativo brasileño.
Aunque esta clase de gestión de políticas públicas provocó un incremento muy significativo de las inversiones en el ámbito cultural desde la iniciativa privada, impulsando por tanto la industria cultural del país, se había constatado que estarían más bien preocupados los inversores con la viabilidad económica que con la función social que pudieran cumplir estas acciones (Bijos y Arruda 2010: 44). Este ha sido el precio que hemos pagado todos por haberse aplicado la lógica de mercado a los bienes culturales del país y a la estratégica gestión formativa en la educación pública.
89 Tras la apertura de una nueva etapa con la llegada de Lula al poder, la cultura vuelve a desempeñar un papel fundamental de desarrollo, tanto en el plano nacional como internacional, en el sentido de diseminar la centralidad de la cultura y de las actividades económicas relacionadas a ella, defendiendo públicamente la idea de que la cultura debe ser una de las protagonistas del gobierno y de la sociedad en la construcción de un nuevo proyecto de nación (Bijos y Arruda 2010: 47). Así pues, a primera vista, no parece apuntar ninguna novedad frente a los anteriores planteamientos y acciones llevadas a cabo por los regímenes autoritarios, ya que el Estado volvía a asumir la responsabilidad de promoción en la creación y producción de bienes culturales:
[...] o Estado não deve deixar de agir. Não deve optar pela omissão. Não deve atirar fora de seus ombros a responsabilidade pela formulação e execução de políticas públicas, apostando todas as suas fichas em mecanismos fiscais e assim entregando a política cultural aos ventos, aos sabores e aos caprichos do deus-mercado60.
Sin embargo, en esa ocasión sus promotores afirman que se encuadra en una proposición en la que se reconoce la «multiplicidad cultural brasileña como un hecho, así como, paradójicamente, su unidad de cultura, unidad básica, amplia y profunda». Gilberto Gil asume la obviedad de que el brasileño es un pueblo mestizo, que ha venido a lo largo de los siglos cultivando una cultura sincrética, sin embargo, reconoce que ésta es «una cultura diversificada, plural como un verbo conjugado por diversas personas, en tiempos y modos distintos, pero al mismo tiempo esta cultura es una». Cultura ésta, según el ex ministro, que «se revela como tropical sincrética y tejida al abrigo y a la luz de la lengua portuguesa» (Gil 2003). Aquí vemos cómo Gilberto Gil procura asignar a la cultura brasileña mediante la lengua, un elemento unificador de modo que la articule frente a la evidencia de su pluralismo. Se omite por tanto a reconocer dos factores esenciales que caracterizan la ecología lingüística de Brasil: en primer lugar la existencia de un multilingüismo, ―la mayoría de ellas menos rentables desde la lógica mercantilista pero no por ello menos importantes a nuestro juicio― y en segundo lugar, el contacto de las mismas con la lengua de Camões en suelo brasileño, especialmente las lenguas amerindias y africanas, depositaria por tanto de una especificidad que la caracteriza como portuguesa brasileña.
60 Discurso del ex Ministro de Cultura Gilberto Gil durante la ceremonia de toma de posesión del cargo
90 A pesar de ello, se tiene una revaluación de lo que sería la identidad nacional brasileña, orientada al pluralismo y a la incorporación de expresiones culturales históricamente excluidas, en la que la diversidad ya no resulta ser una síntesis, sino todo lo contrario, «es el polo identitario que cede a la diversidad y se multiplica en identidades» (Barbalho 2007: 17).
Se ha procurado enfatizar, según Menezes, que la acción internacional del gobierno brasileño en el ámbito cultural en los últimos años, no sólo se hace patente en la promoción de la cultura brasileña, tanto a nivel simbólico como económico, sino que especialmente desde una perspectiva más amplia, estaría orientada, como ya se ha dicho, por la defensa de la diversidad cultural, con el fin de combatir las asimetrías sistémicas del mundo afectado por la globalización (Ferreira Menezes 2011: 14).
Debemos admitir por tanto que en los últimos años las políticas públicas han tratado de reconocer y promover las diferentes manifestaciones culturales en el país al establecer una relación recíproca entre identidad y diversidad. Es interesante observar que el discurso de Seixas sigue estando vigente en la actualidad cuando sugiere que tenemos un país que se presenta ante sí mismo y ante el mundo en fragmentos contradictorios e imágenes frecuentemente desconectadas. «Un país que es como un rompecabezas, en busca de una visión integral capaz de revelar el sentido profundo de sus diferentes realidades» (Seixas, 1999: 6).