IV. LENGUA, IDENTIDADES EN BRASIL Y POLÍTICA EXTERIOR
2. La construcción histórica de la identidad nacional de Brasil
2.1. Monarquía y el debate sobre la formación étnica de Brasil
No estaría de más recordar aquí un hecho en la historia que ha contribuido enormemente a asignar una cierta singularidad al proceso de construcción del espacio
81 geográfico de Brasil. Un hito en la historia de Brasil que ha podido nutrir el imaginario de un pueblo aún en proceso de formación. En 1808 la corte portuguesa, con el apoyo de Gran Bretaña, lidió con el expansionismo de las tropas napoleónicas en la Península Ibérica trasladándose a Brasil. La presencia del Príncipe Regente D. João en la ciudad de Rio de Janeiro se extendería hasta 1821. Esta ciudad es testigo por tanto de un hecho sin precedentes en la historia del colonialismo: el traslado de la metrópoli a la colonia, lo que algunos historiadores llamaron de «inversión metropolitana», es cuando «Brasil es elevado a la categoría de Reino Unido a los de Portugal y Algarves», momento en que la capital del Reino de Portugal fue establecida en la capital de Brasil: la ciudad de Rio de Janeiro (Lafer 2001: 32).
Con la llegada de la familia Real portuguesa a Brasil y de toda su corte56, el
monarca D. João VI crea algunas de las instituciones que proporcionarían un impulso relevante en la vida cultural y artística del país, la fundación de la Academia Imperial de Bellas Artes; la Biblioteca Nacional; la Academia Real Militar; el Museo Nacional; el Jardín Botánico y etc. La apertura de algunas escuelas, entre las cuales dos de Medicina, una en Bahía y otra en Rio de Janeiro, quizás estuvieran entre las acciones más relevantes que pudiéramos destacar en ese hito en la historia de Brasil. Podríamos subrayar asimismo otro hecho que fue de significativa importancia para la formación de la nación: la creación de la Prensa Regia y la autorización para el funcionamiento de tipografías y finalmente la publicación del primer periódico en Brasil: A Gazeta do Rio
de Janeiro, fundada en 1808.
No olvidemos en cambio, que cincuenta años antes, el Marqués de Pombal, entonces Primer Ministro del Monarca portugués, le había arrebatado a la iglesia Católica la tarea estratégica de la enseñanza formal, asumiendo dicha misión con la implantación de las llamadas Aulas Regias, impartidas por personas que ya no estaban bajo órdenes clericales, todo ello tras la violenta expulsión de los jesuitas, momento en que se intensifica de forma muy significativa, lo que Oliveira calificó de «glotocidio» mediante el desplazamiento lingüístico, es decir, la sustitución de las lenguas amerindias por la lengua portuguesa. Estas medidas afectaron muy especialmente a las lenguas tupi y tupinambá, lenguas consideradas vehiculares por indios, negros y blancos desde la franja costera brasileña del sudeste hasta la Amazonia, donde más tarde
56 Se estima que alrededor de 15 mil personas entre la nobleza portuguesa y demás personas vinculadas a
la corte, desembarcaran en los puertos brasileños huyendo de la invasión napoleónica. Podríamos estar hablando de un inusitado «éxodo real».
82 descendió el nheengatu. Valorada como língua geral (lengua general) y por tanto una fuerte amenaza al dominio político y económico del Imperio portugués (Oliveira 2000).
Tras la derrota de Napoleón estalla una revolución en Portugal en 1820 exigiendo el regreso de la corte portuguesa a Lisboa dos años más tarde. Momento en que el hijo del Rey D. João VI, el príncipe heredero D. Pedro I proclama la independencia de Brasil en 1822 como regente. Se concluye el proceso de independencia con el apoyo inglés y el reconocimiento internacional del nuevo imperio por el tratado de 1825, celebrado entre padre e hijo. El régimen monárquico es perpetuado por el nieto D. Pedro II en 1831, ―nacido ya en tierras brasileñas― bajo el título de Emperador de Brasil. Sin duda, es un acontecimiento singular histórico que ayuda a explicar el motivo por el cual la relación entre Portugal y Brasil, desde la independencia, no es propiamente de una ex metrópoli y una ex colonia, como frecuentemente ocurrió entre España y sus antiguas posesiones en las Américas (Lafer 2001: 32).
En ese sentido, las vinculaciones entre la independencia brasileña, la valorización nacional y la influencia del Romanticismo ―escuela literaria que prescindía de las reglas o preceptos tenidos por clásicos― dieron origen a un movimiento de valorización de la lengua tupi como lengua nacional por parte de un segmento importante de la población en el siglo XIX. José de Alencar, considerado el padre de la literatura brasileña ―dado sus esfuerzos por dotar a Brasil de conocimiento y cultura propios― en las obras O Guarani e Iracema, el autor trata de representar la etapa de formación de la nacionalidad brasileña:
A revolução (idiomática) é irresistível e fatal, como a que transformou o persa em grego e céltico, o etrusco em latim e o romano em francês, italiano, etc.; há de ser tão larga e profunda como a imensidão dos mares que separam os dois mundos a que pertencemos (Alencar en Souza 2001: 65).
Es justamente en esa época cuando la búsqueda por la identidad brasileña empieza a tomar un impulso considerable, durante el período de D. Pedro II (1831- 1889) motivada por la preocupación del Emperador en establecer algunos elementos iniciales de nacionalidad. En ese contexto, algunos pensadores empezaban a cuestionar ―informados y documentados por las teorías socio-biológicas y racistas vigentes en el siglo XIX― sobre el problema de la identidad nacional y cómo se coloca de forma incisiva y recurrente a los intelectuales de la América Latina incluso antes de la constitución de sus naciones independientes (Barbalho 2007: 1).
83 Es a través del Instituto Histórico Geográfico Brasileiro fundado en 1838, que el Estado brasileño se propone escribir su historia mediante la creación de su revista en el mismo año. Ya en la primera edición aparece la tesis presente en todos los debates sobre la identidad brasileña en la cual aborda el mito de las tres razas, donde «las tres razas humanas son colocadas una al lado de la otra en la formación del pueblo brasileño», así lo definía el botánico alemán Von Martius en su artículo inaugural (Ferreira Menezes 2011: 7).
Desafortunadamente, una parte de la intelectualidad brasileña atribuye al pueblo de ese país una cierta carencia cultural nacional, critican la falta de tradición local o lamentan la inexistencia de singularidades que nos distingan en cuanto nación. Silvio Romero, famoso intelectual de la generación de 1870 se revela en ese sentido como su mejor interlocutor. En líneas generales, se lamentaba de la «poca originalidad de la cultura brasileña» e indicaba la «copia» como una señal reveladora de nuestro mayor mal: Essa mania de passar pelo que não somos (Romero en Schwarcz 1993). Un siglo más tarde nos seguíamos reprochando la ineficacia y mal gusto que nos ha representado la huella dejada por el estigma de la «copia». Una marca que se ha manifestado a lo largo del proceso de formación del país y de la identidad individual y colectiva de su población:
Na política, por exemplo, copiamos o modelo do federalismo americano, num país como o nosso, sem tradição de governo local, que chegou às vezes a um servilismo grotesco. Nas altas rodas do Império e da 1ª República era de bom tom falar francês e citar versos de Victor Hugo. A propósito da filosofia, escreve Cruz Costa: “O que desde logo nos impressionou, quando tentamos estudar a história da filosofia no Brasil, foi a longa e variada importação de idéias e doutrinas que viemos fazendo no decorrer da nossa história. Que sentido tem para nós estas doutrinas? (Costa en Schneider 1988: 442)
Desde una óptica caduca donde se estrechan los vínculos entre raza y nación, la cultura brasileña pasa a ser comprendida como el resultado de esa mezcla de razas, entendidas no sólo en el plano biológico en una especie de proceso de blanqueamiento, sino también en el plano espiritual (Carneiro 1994: 7). Adeptos a la tesis monogenista, ―que preveía la existencia de un único origen para las diferentes razas― esos primeros cultivadores de la mezcla racial del siglo XIX observaron una relación casi milagrosa entre nación y mestizaje, una especie de predestinación de un pueblo (Schwarcz 1993). Se creía que en la selección natural del mestizaje del pueblo brasileño al cabo de algunas generaciones prevalecería la más numerosa, es decir, la blanca, y que por tanto el brasileño mestizo estaría bien caracterizado al cabo de dos o tres siglos, cuando «la
84 fusión étnica estuviera completada» (Romero 1953: 110). El primer censo celebrado en el país en 1872 revela un alto porcentaje de personas libres no esclavas, un 84,34%, sin embargo no matiza las diferentes etnias que conformaban el mosaico socio-demográfico del país en aquel momento, con una población total de 9.975.841 de habitantes (Botelho 2005: 80).
Al margen de cuestiones ligadas a la formación étnica del pueblo brasileño, se llega a afirmar en el ámbito de las Américas, que «la Monarquía fue la base de la identidad internacional sui géneris de Brasil en el siglo XIX: un Imperio en medio a Repúblicas; una gran masa de habla portuguesa» que permaneció unida en un mundo hispánico que se fragmentaba. En función de la inserción de Brasil en América del Sur, «ser brasileño era no ser hispánico». En este sentido, en palabras de Lafer, Brasil recrea de alguna forma en escala continental la singularidad lingüística y sociológica que, en Europa y en la Península Ibérica, han caracterizado históricamente a Portugal (Lafer 2001: 35).