CLASIFICACIÓN DE LAS FUENTES PRIMARIAS En función de:
TERCER CICLO
1.2. Identidad y memoria como armas arrojadizas.
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El padre José Moret, erudito, anticuario, jesuita y, por encima de todo, navarro, se vio envuelto en una confrontación historiográfica, continuación de un enfrentamiento navarroaragonés que se inició medio siglo antes. En esta dura y larga batalla se pusieron en duda los cimientos de los sistemas jurídicos navarro y aragonés, las fórmulas de ingreso de los reinos en la Monarquía hispánica y, sobre todo, los hitos e iconos identitarios de Aragón y Navarra. En su pugna dialéctica por ser los mejores y más antiguos españoles dentro del movimiento general por encontrar un sitio en el conglomerado político hispano y por ocupar el mayor número posible de cargos, sillas y prebendas, la historia se aupó como el arma principal que esgrimieron unos y otros por conservar sus peculiaridades dentro de un proceso homogeneizador castellano. La identidad y la memoria se convirtieron en los asuntos más recurrentes para reivindicar una mejor posición y denostar al rival.
Resulta curioso cómo, una vez que todas y cada una de las tesis fueron contestadas y rebatidas en las barricadas histórico-jurídico-literarias, ambos contendientes se vieron abocados a ponerse de acuerdo en dos únicos puntos: En primer lugar, que su convivencia y supervivencia estaría marcada por las decisiones que se tomaran fuera de ambos reinos, esto es, en Castilla. En segundo lugar, que una cosa era la historia y otra, muy diferente, la apología, dirigida a ensalzar una parte del curso histórico, aun a costa de no ser fieles al conjunto:
169 MORET, J.: Congressiones Apologéticas sobre la verdad de las investigaciones históricas de las antigüedades
«(…)Que a ser versados en esto, con el mismo titulo de la Descripción de Navarra tuviera su desengaño, y no se metieran a juzgar lo que no es de su jurisdicción: que si el título del libro dixiera, Historia general del Reyno de Navarra, tuviera obligación su autor tratar de todos sus Reyes, sucesos, y conquistas (…); mas si el título del libro dice Historia Apologética, y Descripción, Antigüedad, y Calidades de Navarra, muy bien cumple su autor con lo que ofrece; pues hace tantas apologías contra los autores que han pretendido turbar lo mas honroso deste Reyno, convenciéndolos con instrumentos, y fundamentos muy solidos; cosa que ninguno hasta ahora lo ha hecho»170.
El autor de este discurso pretende convencernos de que el Libro al que se refiere, la Historia Apologética de García de Góngora y Torreblanca, no se debe medir por las leyes de la Historia, sino por las de la Apología. Esta puntualización se enlaza con los primeros párrafos de esta introducción para reforzar la idea de una cosa es hacer historia y otra bien distinta es novelar el pasado con el fin de justificar o reivindicar un presente. Ambas son respetables, siempre y cuando se las “diferencie” convenientemente: si se quiere obtener datos, hay que acudir a la historia; si lo que se quiere es acceder a los sentimientos habrá que acudir a otras fuentes. «El historiador cuenta lo que pasó, el novelista da cuenta de la “verdad” que
subyace a lo que pasó»171. Y esa precisamente será nuestra labor: llegar a conocer al
sentimiento colectivo que fue capaz de “crear” la historia, hacerla suya y convertirla en su mejor arma, independientemente de que detrás hubiera verdad. Lo importante era que se había convertido en su verdad.
Resulta evidente que el sustantivo novela no debe ser malinterpretado. El uso que estamos haciendo de él no debe trasportarnos más que a la idea de construcción de la realidad. Sin embargo, la borrosa frontera entre ambos mundos acaba desapareciendo cuando el constructor parte de una posición de fe ciega en sus argumentos y acaba anteponiéndolos a la verdad histórica. Y lo que es más peligroso, cuando esas creencias se enquistan en toda una tradición histórico-jurídica que acaba imponiendo todas y cada una de estas construcciones como certezas históricas, jurídicas y políticas. Es entonces cuando la historia deja de serlo y se convierte en argumento político.
Pero si reconocemos que la Historia es necesariamente una construcción de los historiadores, y llamo historiador a todo el que aporta algo a la historia, aunque no toda aportación de los historiadores sea necesariamente historia, empezaremos a
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Discurso en que se satisface a la censura y emulación de algunos (s.l, s. f). 7ª carta del intercambio que a fines de la década de los veinte del siglo XVII se intercambiaron aragoneses y navarros.
171 Entrevista al escritor E. L. DOCTOROW. EL PAÍS, 13 de mayo de 2006, Babelia. 171
Afirmación, anquilosamiento y supervivencia de la identidad aragonesa en el siglo XVII
entender cómo fue posible que en pleno siglo XVII tuvieran lugar una serie de disputas por las señas de identidad de unos reinos que, aunque se negaran a reconocerlo, estaban en vías de extinción. De esta manera, Navarra y Aragón se convertirán en reclamadores de lo que eufemísticamente hemos denominado la Herencia del Pirineo172.
Sin embargo, mentiras, exageraciones y apropiaciones de gestas, héroes y mitos, aunque habituales, acabarían resultando insuficientes y accesorias a la hora de asegurar las identidades en el modelo de Estado que se avecinaba y que se aceleró con el cambio dinástico. La suerte o la elección interesada de un bando en la Guerra de Sucesión en detrimento del otro hicieron más por los particularismos que siglos de argumentaciones y hechos consumados.
Una serie de paradojas resumen la historia de estos territorios, conformados como referentes territoriales antes incluso que Castilla, que tuvo que apropiarse de la memoria asturleonesa para crearse un pasado digno y competitivo:
Unos fueros locales iniciales aragoneses (Jaca, 1063) acaban incorporándose a regímenes generales de ambos reinos a lo largo del siglo XIII173. Sin embargo, como
son concesiones reales, no se reclaman para montar los entramados pactistas. Para levantar el aparato foral de ambos reinos se generan unas imágenes de cuño navarro, pero situadas legendariamente en un territorio aragonés (Sobrarbe). Aragón, los toma prestados y configura un sólido sistema pactista sobre ellos como si fueran propios, en lugar de sobre su propia trayectoria foral. Navarra, que los había abandonado durante siglos, sólo los reclama cuando comprueba que resultan válidos para hacerse un hueco en la Monarquía hispánica. Pero, cuando consigue que se tengan en cuenta sus argumentos, los cambia por otros más cantábricos.
Sobre estas paradojas se edificaron formidables proyectos historiográficos de pies de barro que nos dejaron atractivos intercambios de ataques, debates y argumentos, demostrando que la historia, como instrumento de la memoria y hacedora de identidad, podía ser una poderosa arma. Se trató de unas batallas entre
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Como ya aludíamos en una de las frases con las que abríamos el presente trabajo, tomada del libro de GARCÍA DE GÓNGORA, Historia Apologética y Descripción del reino de Navarra, El escudo de armas del príncipe de Viana traía por divisa dos sabuesos que reñían entre sí por un hueso, lo que representaba la porfía que los Reyes de Francia y Castilla tenían por Navarra. Una leyenda junto a los dos perros lo confirma: "Utrinque roditur", por todas partes me roen. Esa misma imagen podríamos aplicarla a la disputa que tenían Navarra y Aragón por la herencia del Pirineo: Los fueros de Sobrarbe, el primer rey, el linaje de Túbal, la pureza de los prisci hispan, la imbatibilidad ante todos los invasores y la inviolabilidad de su Cristianismo Romano.
173 RAMOS Y LOSCERTALES, J.M.: «Los Fueros de Sobrarbe», Archivo de filología aragonesa, Vol. 28-29, 1981,
memorias174 que, a la par que vibrantes y, en muchos casos, brillantes, resultaron
finalmente inútiles para Aragón. El destino político de cada territorio no lo iba a determinar el pasado sino la realidad histórica y algunos avatares bélicos que tuvieran que afrontar, independientemente de las glorias pretéritas.
Por ello, la suerte fue desigual para los territorios pactistas. Navarra se adentró en la Edad Contemporánea de la mano de una asimetría positiva que reforzó su particularismo a la par que su compromiso paccionado, mientras que la identidad de Aragón acabó integrándose y diluyéndose en la idea de España, sin necesidad de contratos. Para que la idea de España eclosionara podían permitirse ciertas excepciones, pequeñas asimetrías, pero la contundencia y volumen de un Aragón como excepción no podía admitirse en una España con vocación uniformadora. Su trayectoria foral jugó en su contra y se procedió a desmontar el aparato foral para castellanizar definitivamente Aragón. Era un proceso iniciado en los albores del siglo XV, con el advenimiento de los Trastámara que tuvo su culminación en la cesión de mitos aragoneses a la causa española tras la Guerra de Independencia. De nuevo una guerra obligaba a los aragoneses a pasar página. Y en el sincretismo se perdieron los matices y todo lo que no reforzara la idea única.
Pero había una diferencia fundamental: mientras que la extensión (o imposición) de los mitos castellanos al resto de territorios se realizó cuando no se había culminado su configuración como nación castellana y la imagen de sí mismos como comunidad era vaga y poco precisa, por lo que el tránsito fue natural, los aragoneses lo hicieron desde una asentada idea de sí mismos como comunidad diferenciada. Cuando desde tiempos de los Reyes Católicos se lanza la idea de una
España bajo una misma Corona, Aragón era ya una nación, o al menos los
sentimientos hacia su territorio y sus instituciones así lo demostraban. La construcción de su identidad, labrada a fuerza de fueros, pactos y gestas, estaba culminada, mientras que la construcción de España como comunidad estaba alumbrándose. Por ello, era necesaria su visualización para generar una identidad cimentada en la invención de su pasado175.
Desde el siglo XVI nos encontramos con un elenco de autores que pusieron su empeño en convertir la historia en un campo de juego de reglas difusas donde poder confrontar argumentos, argucias y pretensiones. La Monarquía hispánica todavía era
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vid. CARRERAS ARES, J.J.: « ¿Por qué hablamos de memoria cuando queremos decir historia?», en FORCADELL ÁLVAREZ, C., SABIO ALCUTÉN, A.(coords.): Las escalas del pasado…, op. cit., pag.16.
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Afirmación, anquilosamiento y supervivencia de la identidad aragonesa en el siglo XVII
un proyecto inacabado que necesitaba ser culminado. Desde los aparatos del poder se trató de presentar a la monarquía como la protagonista de una narración colectiva fabulada a la que debía añadirse un desenlace apropiado. Era tiempo ya de cerrar el círculo y regresar al punto donde se rompió la uniformidad. Pero los demás se rebelaron contra esa homogeneidad. Se pretendía desde Castilla que todo lo sucedido desde el siglo VIII no fuera más que una gran anomalía, formada por unas excepciones, los reinos, de una ley suprema que marcaba como norma fundamental la unidad peninsular.
«Planteada así, la invasión musulmana habría provocado la destrucción de una nación española unitariamente cohesionada y, por ello, el obligado regreso a la normalidad no podría ser otro que una reconquista que signifique no sólo expulsar al invasor sino retomar la unidad existente previamente»176.
La explicación consiguiente, la de la gran redención tras el pecado, hizo del dominio musulmán una penitencia que debía anticipar el triunfo de una verdadera y única fe y de un legítimo y único monarca. El mismo Mariana se referirá a los españoles que sufrieron la ocupación musulmana como a aquellos a los que «los vicios principalmente y la deshonestidad los tenía de todo punto estragados, y el
castigo de Dios los hizo despeñar en desgracias tan grandes177».
176
SABATÉ, F.: «Frontera peninsular e identidad (siglos IX-XII)», Las Cinco Villas aragonesas en la Europa de los siglos XII y XIII, IFC, 2007, pag. 56.
177 MARIANA, Juan de: Historia General de España, la edición que hemos manejado es la de Francisco Pi y
Así ese concepto ideologizado de la Reconquista178 se erigió como eje que
permitía vertebrar una España identificada con un sistema recuperado de valores concretos y con una misión específica en la historia, entroncada con los mismos designios de Dios179. El avance hacia el sur se erige en el referente de la común
identidad histórica por su extraordinaria eficacia sintética, que dota de un punto de vertebración cohesionador y justificador de la existencia de una realidad previa.
Desde hacía siglos, la “cruzada” buscaba dos objetivos: el inmediato consistía en ganar tierras, riquezas y vasallos que colocaban a cada reino en mejor posición ante el resto en el inestable equilibrio político y militar. El segundo, usar ese poder para hacer suyo la encomienda divina de reunir las Españas. Muchos reyes soñaron con este desenlace e intentaron hacerse merecedores de ese caudillaje e ilusionar de ello a cada poblador de su reino. La justificación última, por tanto, era concluir el largo proceso del destino único confiado por Dios. Así, el dolor por la pérdida de España y el gozo por su vigorosa y exultante recuperación se incrustan en el coetáneo acervo cultural común180. «Como comunidad imaginada, España se
construyó como pérdida», dirá el historiador Fernández Albaladejo181.
Muchos personajes, especialmente en el entorno cortesano, se ilusionaron con lo que se interpretaba como una prueba de la Providencia que acercaba las profecías medievales y recogía las herencias godas y romanas, pero la idea no llegaba a cuajar por la dificultad del encaje de las diferentes tradiciones que ahora se reconocían como identidades bien diferenciadas y arraigadas182: «La falta de una unidad
jurídica, institucional, fiscal, monetaria y lingüístico-cultural de los territorios peninsulares de la monarquía hispánica no permitía distinguir un territorio compacto,
reconocido como propio ni individual ni colectivamente»183.
La articulación del entramado alrededor del “pivote” castellano convirtió el proyecto en posible pero en claramente desigual, de manera que la idea de España
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El término «Reconquista» no se incorpora al escenario historiográfico hasta el siglo XIX. Historiadores tan significados como Modesto Lafuente (Historia general de España desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, 1850) lo utilizaron para explicar cómo los españoles se esforzaron largamente para expulsar al invasor y recuperar lo propio. Se adapta así al período medieval, y no casualmente, la misma palabra que se había utilizado para «reconquistar» el país a los franceses a inicios de siglo.
179 GARCÍA CÁRCEL, R.:«La manipulación de la memoria histórica en el nacionalismo español», Manuscrits, 12
(1994), pp. 180-181.
180
SABATÉ, F.: op.cit., pag. 59.
181 FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P.: Materia de España, Marcial Pons, 2007, Prólogo, pag. 15. 182
SIMÓN I TARRÉS, A.: «Cataluña Moderna (tercera parte)», en BALCELLS, A. (dir.): Historia de Cataluña. La Esfera de los libros, 2006, pag. 328. Este pensamiento se percibe en las obras de Diego de Valera, Hernando de Pulgar o J. Margarit.
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Afirmación, anquilosamiento y supervivencia de la identidad aragonesa en el siglo XVII
como comunidad histórica inició su andadura por el pensamiento político de la mano de un ideal supremacista y asimilista castellano que dará pie a las construcciones ideológicas particulares que marcarán el siglo XVI y sellarán el enfrentamiento entre los idearios constitucionalistas-patrióticos aragoneses y los planteamientos imperialistas y absolutistas provenientes de la Corte castellana184.
La novedad acudió en el inicio mismo del proceso. Aun antes de incorporar Navarra y mucho antes del conato portugués, el devenir de los acontecimientos convirtió la empresa de reunir las Españas en una tentativa de mayor envergadura. La aventura americana y el advenimiento de los Habsburgo convirtieron el proyecto “nacional” en ecuménico y le dotó de una impronta imperialista. El frenesí de la unificación dejó paso al paroxismo de la hegemonía europea y la profecía de la recuperación del reino de los godos se transformó en una monarquía católica de vocación universal, tal y como se encargó de popularizar fray Juan de Salazar185.
«Además, y en tonos milenaristas, Salazar presentó a España como el pueblo elegido por Dios. Esto ya lo habían hecho otros autores, poetas y políticos, quienes sólo podían encontrar una explicación providencialista a la espectacular expansión de la Monarquía española en el Viejo Mundo y en Nuevo Mundo. Pero Salazar añadió una razón adicional: España era como el pueblo de Israel. Para probarlo, señaló una serie de paralelos elocuentes, de modo especial sus respectivos cautiverios (el español, bajo los musulmanes) y las parejas de caudillos y reyes: Moisés y Don Pelayo, David y Carlos V, Salomón y Felipe II»186
Los historiadores que se encontraron ante el reto de narrar el pasado debieron adaptarse a las nuevas circunstancias. Si la unidad político-dinástica había sido el lugar común desde la crónica de Ximénez de Rada, ahora, una vez lograda (o casi) debían añadir otro peldaño en el destino imperial de España en función del mandato divino hacia la hegemonía. España reinaba en el mundo como una nueva Israel.
España estaba llamada a ser la cabeza del mundo.
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Ídem., pag. 331.
185 Una de las obras que mejor resume el pensamiento providencialista y profético del advenimiento de esa
Nueva Israel en la que pretendían convertir a España es la obra de Fray Juan de SALAZAR, Política Española (Diego Mares, Logroño, 1619; edición de Miguel Herrero García; Instituto de Estudios políticos, Madrid, 1945. Reeditada en 1997). De las doce proposiciones en que se divide la obra, es la primera, titulada “El imperio y señorío que tiene España en el mundo, es dicho con propiedad Monarquía”, la que mejor resume los planteamientos tutelares de la monarquía para la evangelización y dominio del orbe.
186 GIL PUJOL, X.: «Un rey, una fe, muchas naciones. Patria y nación en la España de los siglos XVI y XVI», op.
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188
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Mapa realizado por Sebastian Munster (Basel, Suiza, 1570), en el que se representa a Europa como una reina cuya cabeza es España (tomado de http://cartographia.blogspot.com.es/).
188 Heinrich Bunting: Europa Prima Pars Terrae In Forma Virginis (1548). Este mapa y el anterior son versiones
del Imago-Europa, primer mapa en mostrar a Europa como una reina, del tirolés Johannes Putsch (1537). Putsch celebró la regla de Habsburgo mediante la presentación de una plácida "Europa Regina" vistiendo la España de Carlos V como una corona y Austria de Fernando como una medalla en su cintura, lo que representa el triunfo de los Habsburgo. Ediciones posteriores de Europa como una reina fueron emitidas por Sebastian Münster, Heinrich Bunting y Matthias Quad. Llama la atención cómo Aragón y Navarra son simples accesorios de la cabeza Hispana; Los Pirineos se destacan en el cuello separando a Hispania de Francia. Tomado de http://www.raremaps.com/gallery/detail/21632?view=print
Afirmación, anquilosamiento y supervivencia de la identidad aragonesa en el siglo XVII
Y allí estaban los Florián de Ocampo, Ambrosio de Morales o Esteban de Garibay, que abordaron su labor con el objetivo de agradar a sus reyes sin olvidarse de las peculiaridades de los territorios que ahora conformaban el nuevo estado. Peculiaridades que debían ser recordadas ante el rumbo que tomaba la monarquía pero sin eclipsar a las generales, a las de Castilla o a las de los propios reyes. Para ello intentaron aunar las tradiciones cronísticas medievales aderezadas con las nuevas corrientes italianas. En el camino encontraron mitos, leyendas y fábulas avaladas por Viterbo que acabaron formando parte de sus escritos. De hecho, el