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Capítulo III Los cronistas

B. Carlos Monsiváis La metafísica popular

2. Identidades trans y reterritorializaciones

A partir de la certeza de que la homosexualidad es una "construcción cultural", Lemebel quiere otorgar un estatuto distinto a la marginalidad homosexual y asignarle un lugar propio

dentro del orden establecido, alborotándolo, poniendo en duda la competencia del "registro civil", porque a la hora de la hora el perfil homosexual se nos va de las manos. Por eso, Pedro Lemebel juega a la indiferenciación sexual y construye seres andróginos. Así, Lemebel evidencia su posmodernismo presidido por el travesti como figura emblemática trans de fin de siglo que desbarata el dualismo del orden moderno en cuya "taxonomía" no cabe el "tercer sexo".

En principio, al situarse Lemebel en el margen -en ese "borde con encaje" así definido por él-, lo que hace es otorgar un nuevo estatuto a la marginalidad homosexual en un trayecto de doble vía por el que se instala él en el margen a tiempo que traslada la marginalidad hacia el centro. "De alguna manera lo que hacen mis textos es piratear contenidos que tienen una raigambre más popular para hacerlos transitar en otros medios donde el libro es un producto sofisticado", dice Lemebel, y aclara que sus crónicas pasan antes del libro por revistas o diarios y que su trabajo en Radio Tierra tiene igualmente la intención de "panfletear" los contenidos de sus crónicas "a través de la oralidad para que no tengan esa difusión tan sectaria, tan propia de la llamada Crítica Cultural o de los ámbitos académicos". De esta manera, lo que hace es otorgar a la marginalidad un valor distinto que resulta paradójico al colocarla en el centro de la escena -del debate-, precisamente por su carácter lateral que ciertamente pierde aunque Lemebel intente preservarlo -como se advierte en la cita anterior- en su trabajo textual mediante la estética de la violencia.

Juan Poblete cree que Lemebel otorga un estatuto distinto a la marginalidad porque al recuperarla, por un lado, reterritorializa los espacios habitados por el lumpen: Lemebel resacraliza los lugares desacralizados por el orden, dice, rescata y "explora el activo habitar de aquellos que viven en los márgenes". Por otro lado, al recuperar la marginalidad, Lemebel se apropia de ella como valor literario y estético, lo que implica "hacer ingresar estos actores y estos sujetos a una economía del valor" y, por tanto, en el circuito literario como constatación,

además, de que la crónica o, como dice Poblete, "más generalmente la producción de discursos, participan del proceso general de producción histórica del sentido"235.

Este es el efecto fundamental de la centralidad de la marginalidad: la producción de sentido. Porque al instalarse en el centro, es decir, la marginalidad puesta en vitrina, provoca reacciones precisamente en aquellos que se ven representados. Porque tiene razón Poblete cuando afirma que "en su concisión horizontal y en su intensidad vertical, en sus cuatro páginas y veinte minutos, la crónica es capaz de producir una reflexión que dinamiza el cotidiano cultural de capas más amplias que aquellas élites que han tradicionalmente accedido a lo literario"236. Por tanto, lo que hace la marginalidad es develar su lugar ganado como

espacio en el que se disputan los sentidos.

Precisamente, el segundo aspecto referido a este punto es la intención de Lemebel de otorgar un lugar distinto a la homosexualidad a partir de la idea de que ésta es una construcción cultural preñada por todas las taras del sistema. Es decir, si la escritura es un lugar privilegiado en la producción y circulación de sentidos y son estos sentidos los que posibilitan las construcciones culturales, los sentidos desplegados por el lugar asignado a la homosexualidad en las crónicas de Lemebel son fundamentales para lograr esa otra forma de imaginar el mundo como él pretende: "no sólo desde la teoría homosexual sino desde todos los lugares agredidos y dejados de lado por esta maquinaria neoliberal y globalizante". Y esos lugares agredidos y laterales no son sino las esquinas del suburbio, los rincones nocturnos o los micros perfumados por el sudor obrero, es decir los espacios mínimos ignorados por la mirada oficial -aquellos que Lemebel registra en plano de detalle-:

Me interesan las homosexualidades como una construcción cultural como una forma de permitirse la duda, la pregunta; quebrar el falogocentrismo que uno tiene instalado en la cabeza.

235 J. Poblete, ob. cit., s/p. 236 Idem.

Es como la construcción cultural de un otro, tal vez en ese otro están incluidos otros colores, otras posibilidades insospechadas de las minorías237.

Lemebel quiebra el falo-logocentrismo cuestionando el género del discurso oficial. Por eso el "ojo coliza" traviste el mundo por doble partida: cuando mira la realidad a partir del

negativo que invierte blanco por negro extrayendo el lado hembra del macho, y en el sentido

carnavalesco del travesti camaleónico cuyo sexo se extravía zambullido entre "Los mil nombres de María Camaleón", crónica en la que Lemebel despliega la multiplicidad de apelativos de la poética del sobrenombre gay en una cadena sin fin que "desfigura el nombre, desborda los rasgos anotados en el registro civil. No abarca una sola forma de ser, más bien simula un parecer que incluye momentáneamente a muchos, a cientos que pasan alguna vez por el mismo apodo"238. El nombre multiplicado, afirma Julio Ortega, "dirime en el cuerpo del

lenguaje la prohibición del cuerpo transgresivo: contra la reducción del habla que lo condena, sanciona, persigue y victimiza, este derroche nominal transfiere este cuerpo a la zona acrecentada de significación permutante, donde la identidad es una máscara y el sujeto una mascarada"239.

Lemebel hace del juego del sobrenombre el espacio simbólico donde se juega la identidad, aquella de la indiferenciación sexual que el discurso trans ha puesto de moda, aquel que de ese modo juega a la tolerancia maquillándola de publicidad donde todos los actores son unisex. Por eso Lemebel cabe en el marco posmoderno cuya figura emblemática es el transvesti que disuelve en su androginia el dualismo de la modernidad. Por tanto, Lemebel recupera las identidades marginales y marginadas que se encuentran -se afilian- en sus textos, asignándoles un lugar distinto que por el momento las visibiliza pero fundamentalmente señala -a través de ellas- el desborde del espacio de circulación de sentidos. Porque no son sólo los marginales representados en el texto que al mirarse en vitrina reconocen una complicidad que los mueve

237 J. Ortega, ob., cit. s/p.

238 Lemebel, "Los mil nombres de María Camaleón", en Loco Afán, p. 57. 239 J. Ortega, ob. cit., s/p.

un poco más allá del rincón, sino que son los espacios centrales quienes reconocen que las identidades no sólo pasan por el centro sino que la industria cultural se expande y se derrama por los bordes y devuelve identidades trans.