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DIAGNÓSTICOS CONFUSOS

Es relativamente frecuente que hagamos diagnósticos simplificados del estado en el que nos encontramos. Dependiendo de cómo “estemos”, sacamos unas conclusiones u otras. Por ejemplo: haciendo esto me siento feliz; me encuentro vacío; qué bien lo he pasado; siento miedo pero no sé porqué; estoy confundido; me siento coartado; etc.

A la hora de diagnosticar nuestro estado, no da igual que empleemos una palabra que otra. Si empleo la verdadera, encuentro la libertad –la verdad siempre engendra libertad–; y las consecuencias que saque a partir de ella me van a resultar beneficiosas. Sin embargo, cuando empleo una palabra falsa, aquello me desorienta y hace que las directrices que me marque partan de la confusión y, por lo tanto, me engañen irremediablemente.

Es frecuente la confusión de palabras. Recientemente me hacían este comentario: cuando no lucho y voy a mi rollo estoy más feliz que cuando me esfuerzo. Es un claro ejemplo de confusión. Como le conocía bien, entendí lo que quería decir: que cuando se comporta de manera egoísta lo pasa bien, es decir, obtiene enseguida una satisfacción sensible, satisfacción que no recoge en tan corto espacio de tiempo cuando se esfuerza por hacer las cosas bien.

Me comentaba una chica: estoy triste, y no sé porqué, pues ayer estaba feliz. Quizá no quería decir eso exactamente, sino más bien: Hoy siento tristeza, siento una tentación de tristeza... que no me permite saborear la felicidad que tengo en el fondo. Lógico, pues de un día para otro es difícil que cambie el estado del alma.

Los términos que se presentan a confusión son muchos. Aquí nos limitamos a establecer algunas diferencias que pueden resultar de utilidad.

SER FELIZ Y ESTAR CONTENTO

A. Ser feliz y estar contento es distinto. Entrar en disquisiciones filosóficas para establecer las diferencias de significado entre una y otra expresión sería largo y complicado.

Ser feliz nos habla de algo estable, de algo que se tiene poseído, de paz interior o tranquilidad. El gozo, la alegría, la risa se experimentan de forma pacífica. Y lo despiertan situaciones ordinarias, comunes o fáciles: no se requieren excitantes fuertes. Cualquier ocasión es propicia para la alegría.

Se parece a ese mar tranquilo que apaciblemente lame la costa con su constante y ordenado oleaje: el mar está tranquilo. Es compatible con agentes externos que traten de alterar la calma: el viento no conseguirá más que picar la superficie, pero la mar está tranquila; la lluvia alborotará algo también, pero su fondo continúa apacible; la luna con sus fuerzas ocultas le llevará a sufrir sus altibajos de pleamar y bajamar, pero no es capaz de mayor distorsión. De la misma forma, a quien es feliz le afectarán agentes externos: sufrimiento, dolor, soledad, carestía, abundancia, altos y bajones... pero la paz continúa. Aunque a veces cueste no perder la paz, y uno no disfrute, uno se sabe feliz.

Estar contento, pasarlo bien, disfrutar o echar risas es fácil para quien es feliz, pero también lo puede conseguir quien no lo es. Quien no es feliz lo consigue, pero –como los mismos verbos de las perífrasis indican (estar, pasar, echar...)– hablan de algo más pasajero, coyuntural, provisional o temporal.

Es normal entonces que lo ordinario, lo de todos los días, lo obligado y rutinario, haga vivir en el fastidio, en el “gris”, en el “no me dice nada”, “me falta algo”, “a ver si llega el fin de semana”. En una palabra: hacen vivir en el aburrimiento de fondo, del que se consigue salir cuando las circunstancias son propicias.

Se recurre a excitantes externos –más o menos fuertes–, de los que se pueden comprar, para despertar las risas, la diversión. El estado global de la persona depende mucho de los agentes externos: las contrariedades –dolor, carencia, incomprensión, cansancio…– le alteran notablemente.

Cuando este es el caso, la máxima expresión que uno puede entonar es la de “estoy feliz”, “esta noche me siento feliz”, como decía recientemente una cantante en la entrega de un premio, reconocimiento público de su carrera artística; quizá eran sus muchos desengaños amorosos e inestabilidad sentimental la que no le permitía decir soy feliz.

Si recurrimos, como antes, a la imagen del mar, se trataría de esos días en que hay mar de fondo: el estado de la superficie dependerá de algunos agentes externos –puede parecer tranquilo o movido–, pero el fondo está agitado. No hay calma, el fondo está

AMAR Y SENTIR

B. En segundo lugar, recordar que no es lo mismo amar que sentir.

En la relación del adolescente con sus padres, esta distinción entre amor y sentimiento es fácil de adivinar. “El joven –copio de un libro con el título La edad del pavo– daría un brazo por defender a su madre de la adversidad; pero a la vez la simple presencia de ésta en el salón le pone en guardia. Y si a la madre se le ocurre la atrocidad de abrir la boca para preguntar: '¿Qué tal los deberes?', lo que antes era guardia ahora se convierte en ataque. Desea en lo más profundo de su ser que la madre salga del cuarto o cierre el pico; que le ignore, que deje de fijarse en él.

La alergia a los padres se debe a una batalla interna de sentimientos contradictorios en el joven. Quiere a sus progenitores, desea estar con ellos, sentirse amado e importante en el hogar, pero a la vez esta imagen de amor, candidez y dependencia le fastidia muchísimo”. (Alejandra Vallejo-Nájera, p. 43).

Es posible sentir alergia por la presencia de alguien y amarle. Y esta extraña convivencia es posible –y normal– porque son movimientos que se dan a distinto nivel.

El amor habla de la persona entera, de la voluntad e inteligencia, de lo estable en el hombre. Mientras que esa alergia –o cualquier otro sentimiento, como la desgana por tratarle, el aburrimiento, el nerviosismo, la pereza,…– se dan en un nivel muy superficial de la afectividad: duran poco, como vienen se van, responden a antojos o causas caprichosas. En fin, no son verdaderos ni falsos: simplemente son sentimientos irracionales, vida afectiva en el más amplio sentido. Tanto es así, que esta vida afectiva la compartimos con el resto de los animales: también las vacas sienten.

Es importante aplicar esta distinción en el trato con Dios o con cualquier amor al que queremos ser fieles pues, de otra manera, nos haremos unos líos que acabarán siendo un auténtico martirio. Es posible amar a Dios y tener alergia a un acto religioso.

Es tremendamente sabio, en este sentido, el refrán que nos enseña a dar carga objetiva al amor. Nos dice:

Obras son amores, y no buenas razones.

En el mismo sentido nos decía Jesucristo: No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Así es: dar la vida, obras de entrega –con ganas o sin ganas, pero con amor– a la persona amada: eso es amar. Buscar el bien del otro –con ganas o sin ganas–, pero buscarlo como busco mi bien propio: eso es amar. ¿Acaso, en ocasiones, no busco mi bien sin ganas? Obras son amores, y no apetencias.

SENTIR TRISTEZA Y ESTAR TRISTE

C. Otra distinción: No es lo mismo sentir sensación de tristeza, que estar triste.

Las sensaciones de tristeza, aunque puedan tomar pie en algo objetivo, globalmente consideradas, son inmotivadas. La sensación de tristeza inmotivada es frecuente: “no sé, pero estoy apagado, triste”, solemos decir. Y si no se corta, crece y envuelve.

Existe en nosotros una extraña tendencia masoquista que nos hace encontrar, en ocasiones, cierto deleite en penas pasadas: nos revolcamos en ellas recordándolas y repasándolas sin motivo.

La tristeza es siempre mala, y cuando no hay razón para tenerla, peor. ¿Por qué repasar una y otro vez el penalty que fallé, el error que cometí, el desacierto en tal ocasión, el suspenso, la omisión inconsciente que causó un grave mal, lo pesado que me resulta tal cosa, la injusticia que han cometido conmigo, la pereza que me da tal asunto…? Una vez ha ocurrido y soy consciente, lo corrijo –aunque sea internamente, en la medida que sea posible–, y basta.

La sensación de tristeza se distingue notablemente de la auténtica tristeza. Y la reacción debe ser también distinta. Ante la sensación de tristeza, debo “pasar”: mi atención debo centrarla en otro asunto; la mirada siempre hacia fuera y hacia delante: hacia Dios y hacia los demás. Y basta. Ante la auténtica tristeza, debo tratar de encontrar el motivo y poner arreglo.

OCURRENCIA, TENTACIÓN Y PECADO

D. Otra distinción importante, que sólo mencionaremos, es aquella que se establece entre lo que no es más que una mera ocurrencia, lo que es una tentación, y lo que es el pecado.

La ocurrencia no es más que un fruto de nuestra imaginación. Si ésta es algo calenturienta, tiene una enorme capacidad de hacer que pasen por la cabeza los asuntos más variopintos. La ocurrencia se padece; podríamos decir que uno no es protagonista activo de sus ocurrencias. Sería una pena darles valor, y que llegasen incluso a quitar la paz. Es frecuente que las ocurrencias asusten. Muchas ocurrencias son auténticas aberraciones, y ante esos pensamientos uno puede alarmarse: “soy un tal, porque se me ha ocurrido tal cosa”. Eso es una tontería y un error: no soy “nada” porque se me haya ocurrido un asunto determinado, porque las ocurrencias más peregrinas se le ocurren a la persona más normal del mundo.

Es importante no asustarse ante las ocurrencias, mirarlas de frente, reírse (y darse cuenta de que Dios también se ríe), porque son sólo ocurrencias. Cuando no se actúa así, las ocurrencias toman cuerpo, agobian, y pueden convertirse en verdaderas tentaciones; y eso ocurre por el hecho de tenerlas miedo y no afrontarlas. Por eso, un buen ejercicio, que ayuda a mantener la paz, es el aprender a reírse de uno mismo, reírse de las propias ocurrencias.

Las tentaciones corren más o menos la misma suerte. Jesucristo estuvo sometido a ellas, como nos refiere el Evangelio. Proceden en su origen del Espíritu del mal. Siempre tratan de engañarnos, a cada uno por el flanco que presenta más vulnerable. Jesús nos enseña a reaccionar: las desenmascara y las rechaza sin más. No es malo sufrir tentaciones. Es más: cuando nos llegan, son buenas. Y, además, nos dan la verdadera medida de nosotros mismos.

Por último, lo que es el pecado. Ahí el sujeto entra con su voluntad, y elige el mal con toda libertad. Eso sí daña al hombre.