1.- ¿Cómo satisfacer nuestras necesidades?
Esta es una pregunta que muy frecuentemente está en nosotros, aunque no seamos siempre conscientes de ella, porque, en el fondo, sabemos que es la única manera de ser felices. Y mucho de lo que hacemos, decimos y pensamos es intentando darnos una respuesta a esta pregunta de ¿cómo satisfacer nuestras necesidades?. Pero de hecho muchas veces no quedamos satisfechos con lo que hacemos, ni con lo que decimos. Hasta nos reprochamos con frecuencia algunos de nuestros propios pensamientos. Cuando yo no estoy satisfecho con lo que hice, trato de que nadie se dé cuenta, de taparlo o disimularlo, o tal vez, de arreglarlo, si todavía estoy a tiempo. Otras veces trato de justificarme con expresiones como: “Otros lo hacen peor”, “La culpa no es mía”, “No puedo estar en todo”, “ Yo no soy Dios para resolverle los problemas a todo el mundo”. Yo muchas veces me he reprochado a mí mismo: “¿Por qué dije eso?”. “¡Qué metida de pata!” “¿Para qué me comprometí con esa persona?” “La próxima vez a mí no me agarran” “Eso me pasa por meterme a arreglar problemas que no me corresponden”.A veces me auto castigo: “está bien; me lo merezco; cuando voy a aprender”. Pero lo que con mucha frecuencia me ocurre es que culpo a otros de no poder satisfacer mis necesidades: “Aquí no se puede descansar”, “Nadie valora lo que yo hago”, “La gente no me quiere, y si me busca, es por interés”, “A la hora de la verdad nadie me ayuda”. Y a veces me doy cuenta que hasta culpo a los otros de cómo yo me siento: “Mi tensión es por la informalidad de la gente”, “Las mentiras me ponen fuera de mí”, “Me desanima la gente que no hace nada por superar sus propios problemas y dice que los problemas de la sociedad no tienen solución”. Estas u otras expresiones parecidas, y los sentimientos (de tristeza, enojo, o miedo), que de ellas surgen, me hacen ver las luces rojas que se prenden frecuentemente dentro de mí.
¡Qué importante es tener en cuenta y observar bien el
termómetro de mis sentimientos! Estas luces rojas son valiosas
porque me están indicando que no estoy satisfaciendo mis necesidades; ya que cuando las satisfago adecuadamente encuentro verdadera paz en mí interior. Si esta paz no aparece en mí, es porque
en vez de satisfacer mis necesidades como corresponde, lo que estoy haciendo es compensar o buscar evasiones. Y esto, parece que calma de momento, pero no alcanza.
2.- Las compensaciones no satisfacen nuestras necesidades:
Lo que los humanos más generalmente hacemos frente a nuestras necesidades es buscar compensaciones o evasiones. ¡Por eso vivimos tan insatisfechos! Y es que es más fácil para nuestra naturaleza humana, viciada por el pecado, buscar el placer de la compensación que la satisfacción profunda de la necesidad. Por el contrario, satisfacer las necesidades exige autodominio, ir muchas veces en contra de nuestra natural inclinación o compulsión y estar atentos a no perder el equilibrio. Si tengo hambre, debo comer, ciertamente. Pero ¡cuántas veces como más de lo que necesito; o como lo que me puede hacer mal! Y así, en vez de buscar la satisfacción adecuada de una necesidad (con su consiguiente placer) lo que hago muchas veces es buscar el placer por el placer, lo que a la larga me deja más insatisfecho, y hasta me puede llevar a enfermarme. Y lo que decimos de la comida podemos decirlo de cada una de nuestras necesidades básicas, como veremos más adelante. Es de personas equilibradas y sanas (o en búsqueda de su equilibrio y sanación) reconocer sus continuas compensaciones y
evasiones, que no le satisfacen ni le permiten crecer como persona ni
le llevan a la paz. Es fácil reconocer que la borrachera no satisface ninguna necesidad, y que es una evasión, que acarrea mayores insatisfacciones a las necesidades de la persona. Pero muchas veces es más difícil aceptar que la venganza, el capricho, el silencio que aísla, o la indiferencia frente a personas, también son formas de
compensación o evasión, y que tampoco equilibran ni dan paz,
aunque produzcan un placer momentáneo, o eviten un posible sufrimiento.
3.- ¿Qué son las compensaciones?
Con todo lo expresado anteriormente, ya está bastante claro que las compensaciones y evasiones son actitudes, acciones concretas o decisiones con las que pretendemos satisfacer nuestras necesidades básicas, pero que en el fondo nos siguen dejando insatisfechos. Buscar compensaciones o evasiones es buscar
antivalores. Y, si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que nos provocan un aumento de la necesidad, en vez de satisfacerla. Y esta insatisfacción la percibimos por las luces rojas de nuestros sentimientos (tristeza, enojo o miedo) que se prenden en nuestro interior.
Podemos confundirnos y llegar a pensar que compensando o evadiéndonos podremos ser felices. Pero realmente, tanto las compensaciones, como las evasiones son siempre negativas, incapaces de hacernos sentir bien y un camino equivocado para la verdadera felicidad, ya que son antivalores.
Una religiosa que participaba de un curso sobre sentimientos compartía abiertamente “no es fácil evitar las compensaciones”. “Ciertamente que no es fácil -le contesté- porque muchas veces es lo
primero que nos aparece: el deseo de compensar o de evadirnos, como consecuencia de nuestra inclinación natural al pecado”.
Esto me hace recordar lo que una psicóloga le decía a su paciente que se revelaba contra el tratamiento: “usted quiere tener
razón o ser feliz”.
4.- Compensaciones más frecuentes ante cada una de nuestras necesidades:
Son muchas y muy variadas las formas de compensar (o de evadirnos) que practicamos constantemente. Pero nos puede ser útil analizar un poco algunas de las más frecuentes frente a cada una de nuestras necesidades básicas.
Frente a las necesidades básicas físicas:
- de alimentos para mantener bien nuestro cuerpo: muchas veces las compensaciones más frecuentes a esta necesidad suelen ser la gula, la bulimia (ansiedad insaciable de comer) y la anorexia.
- de descanso: podemos compensar esta necesidad tanto por exceso como por defecto, con la pereza, el abuso de tranquilizantes o de estimulantes y el excesivo trabajo (como auto justificación para no descansar).
- de techo y vestido: podemos compensar estas necesidades con el lujo, el derroche y la acumulación de ropa y adornos más allá de los que realmente necesitamos o el abandono y la miseria.
Frente a las necesidades básicas psíquicas:
necesidad suelen ser buscar ser admirados o alabados por los demás (por nuestros superiores principalmente) pretender ser el centro de atención de los que nos rodean y quejarnos de que nadie nos hace caso, de que no se aprovechan bien nuestros conocimientos, de que nos usan, de que nadie admira lo que hacemos o lo que sufrimos, de que nadie nos agradece nada. Otra forma de evadir o compensar esta necesidad es buscar frecuentes cambios de pareja experimentando insatisfacción ante la primera dificultad.
- de auto valor: las compensaciones más frecuentes están por el lado de la autoafirmación (= afirmarse en uno mismo, imponerse, creerse superior).
Una forma muy común y primaria de autoafirmación es buscar y acumular riquezas y posesiones para que así los demás nos valoren (ya que no nos valoramos nosotros mismos). Por algo existe el refrán: “Tanto tienes tanto vales”. Y ¡cuántas veces hablamos de lo que tenemos o teníamos como forma de pretender darnos importancia ante los demás y que nos valoren por ello! ¡Qué pena!.
En nuestra sociedad competitiva es frecuente creerse superior (autoafirmarse) por los títulos universitarios o cargos que se ejercen, o se ejercieron, en la sociedad. Nos gusta presentarnos o que nos presenten mencionando nuestros títulos o cargos, aunque sean del pasado (“ex director”). Las empresas modernas quieren muchas veces hacer creer que un empleado vale más por el título que tiene o por el cargo que ocupa que por sus conocimientos y habilidades, Hay quienes siempre están repartiendo títulos a todo el mundo, como forma de halagar, y los hay también que no se dan por aludidos, y hasta se enojan, si no se menciona su título o cargo. Cuántos padres dicen a sus hijos: Tienes que tener un título sino no eres nadie.
Otra forma de auto afirmación es juzgarnos valiosos y hasta superiores a los demás por las cualidades que tenemos o por la experiencia que hemos acumulado. Estas formas de compensación son más sutiles, ya que las cualidades y la experiencia son importantes; pero es claro que, aunque no las tuviéramos tan desarrolladas, no dejaríamos de valer por eso. ¡Con qué facilidad tanto en el matrimonio como en la familia y en la misma comunidad religiosa, nos comparamos y nos juzgamos superiores a otros porque tenemos cualidades que ellos no tienen o no las han desarrollado de la misma manera! Y esas comparaciones no nos dan paz, porque son
autoafirmaciones.
- de pertenencia: Esta necesidad la compensamos muchas veces con relaciones superficiales tanto en la familia como con los vecinos y amigos. ¡Cuántas veces por pena, o para no tener problemas en la casa o en la comunidad no tocamos temas difíciles como el dinero, la religión, la política, lo que me gusta y lo que me disgusta de ti, los planes que tengo para el futuro!, Preferimos “una paz barata”. Por eso se rompen con tanta facilidad muchas amistades, que hasta nos parecían tan profundas, pero que se volvieron interesadas: “te ayudo para que me ayudes”. Porque nos preocupamos por tener muchas amistades, pero no las profundizamos adecuadamente. Se quedan en relaciones y amistades superficiales.
- A la necesidad de autonomía: Las formas más comunes de compensar esta necesidad son la dependencia y la independencia. Nuestras inseguridades pretendemos muchas veces canalizarlas de la forma más sencilla: sometiendo nuestra libertad a otros. Pensamos que así es la manera más cómoda de vivir o que nadie nos podrá responsabilizar si nos equivocamos. Pero, sometidos, no crecemos; sólo compensamos. La doble moral, la simulación y la mentira, aunque muchos lo hagan y nos permita salir airosos en algunas oportunidades, no son más que compensaciones que nos deterioran y pueden llegar a despersonalizarnos. Y, si se prolongan en el tiempo, pueden llevarnos a no saber ya quiénes somos o a rasgos esquizofrénicos, aceptando y justificando que convivan en nosotros mismos dos tipos de personalidad: la que me conviene para subsistir sin problemas y la que responde a mis raíces familiares.
También están los que para no ser ni parecer “dominados” actúan con total independencia. Hay padres que se enorgullecen de haber educado a sus hijos para que sean independientes. Si por ‘independencia” se entiende lo que nosotros llamamos autonomía, está bien (es sólo cuestión de palabras). Pero si por “independencia” se quiere decir que la persona debe tomar sus decisiones y actuar sin contar con nadie, eso ya sería una forma de compensación, que no da paz ni permite crecer. Para que los demás no me cambien la idea, yo muchas veces no pido opinión, hago lo tengo pensado hacer y después informo. Pero así, aunque me salgo con la mía, no encuentro la verdadera satisfacción, ni la paz.
- de trascendencia: La forma más común de compensar esta necesidad es querer dejar una huella de nuestra vida en la sociedad: que la gente nos recuerde positivamente y como una buena persona, una buena madre, un buen vecino, una persona que hizo mucho bien, un buen compañero de trabajo. No es que “ser bueno sea malo”, lo malo es poner el énfasis en dejar esa huella de nuestro paso por la vida. Esto es una forma muy humana de buscar trascender: el padre quiere ser un modelo para su hijo; el educador quiere que los alumnos le recuerden muchos años, pero resulta ser una compensación. ¡Quién sabe cómo nos recordarán después, y si nos recordarán o no!.
- de un guía o modelo: Es frecuente en la niñez tener al padre como modelo indiscutible, casi como un ídolo en el que no aceptamos ver fallas. En la adolescencia buscamos nuestros ídolos entre los profesores, en el deporte, el cine, la televisión, el arte, las modas..., llegando a imitaciones que pueden habernos llevado a hacer el ridículo algunas veces. Si miramos para atrás en nuestra vida, podremos reírnos un poco de nosotros mismos por las evasiones y compensaciones en las que caímos a causa de los ídolos humanos que elegimos o nos fabricamos. También en la edad adulta compensamos nuestra necesidad de un guía idealizando a personas ¡Cómo me ha costado aceptar fallas en compañeros sacerdotes a los que yo había idealizado desde mi juventud! ¡Cuántos enojos e incomprensiones de mi parte cuando me he topado con sus límites humanos!. Y, por supuesto, nunca pensé en qué podría yo ayudarlos o complementarlos. En el fondo yo tenía claro que ellos no me necesitaban; yo sí los necesitaba y no me podían fallar como modelo. No me daba cuenta de que, con esas exigencias, lo que hacía era compensar, ya que los humanos no pueden llenar esa necesidad de un guía que hay en mí. Sí me podrán orientar y ayudar un poco en la medida en que reflejen al único guía que es Cristo.
Otra forma de compensar es el fanatismo, cuando se deja que un líder disponga a su arbitrio de nuestra vida y hacienda, o justificando todas sus palabras y acciones hasta perder la capacidad de pensar con cabeza propia, o imitándolo hasta en las formas externas.
Si las compensaciones no cubren nuestras necesidades ¿cómo llegar a satisfacerlas?
IV – VALORES
1.- Sólo los valores pueden satisfacer nuestras necesidades:
Es evidente que las necesidades no se satisfacen, ni nunca se pueden satisfacer con las compensaciones ni con las evasiones, sino que las necesidades sólo se satisfacen con los valores. Esta es una de esas frases que deberíamos aprender de memoria para repetírnosla a nosotros mismos con frecuencia: “mis necesidades sólo se satisfacen con los valores”.
Pero ¿qué entendemos por un valor? ¿a qué llamamos un valor? No encontré en los libros ni en las conversaciones sobre el tema una definición que me satisficiera. La mayoría de los muchos autores que escriben sobre el tema se expresan más o menos así:
“Algo que, universal y objetivamente, en sí mismo, por su propia virtualidad, es entendido como positivo, digno, apreciable, merecedor de nuestro esfuerzo para lograrlo” (Gustavo Villapalos:
“El libro de los Valores” pág. 10). Esta definición me parece tan descabellada que por eso me atreví a hacer mi aporte. La palabra valor lleva implícito fuerza, bondad y vida. Por lo tanto podríamos intentar una definición diciendo que: los valores son ideas-fuerza hechas vida, que movilizan a la persona para el bien propio y el de los demás, y son causa de la felicidad humana.
2.- Utopías y valores:
Puedo decir que la amistad no es un valor para mí hasta que yo no tengo amigos. Mientras yo no tenga amigos, la amistad no será más que uno utopía, un anhelo, un buen deseo; pero nunca un valor. Por lo tanto un valor es un verdadero valor cuando lo tengo asumido o por los menos estoy luchando por hacerlo mío, por vivirlo. Mucho se escribe hoy sobre valores, pero a mi criterio mucho de lo escrito se queda en teorías, en utopías, que no se discuten, tal vez, pero que se quedan en los papeles y no se viven. “Los valores, si se consigue
practicarlos en la propia vivencia personal, constituyen el único y verdadero estado del bienestar y de la felicidad humana” (G.
Villapalos: “El libro de los valores”, pág. 11), vivir los valores nos lleva a la paz
supone un desafío constante. Es un reto apasionante y, a veces, muy exigente. Por ejemplo, yo sé desde mi infancia que la aceptación de las personas tal y como son es un valor. Y desde mi juventud he repetido muchas veces en la canción de “Viva la gente”: “Ámalos
como son”, pero ¡cómo me cuesta hacerlo mío y vivirlo en concreto
cuando trato a algunas personas que no me caen bien o que me han defraudado!. También me cuesta aceptar mis propias necesidades y algunos de mis límites. Entonces, ¿dónde está para mí este valor de la aceptación de las personas, si ni a mí mismo me acepto en muchas cosas?. Con esto no quiero decir que la aceptación de las personas no sea para nada un valor en mí; pero ¡qué débil esta todavía!. Y muchas veces se queda en utopía. Si estoy así en este valor que es tan claro y universalmente aceptado, ¡¿cómo estaré en otros?!.
3.- Yo soy responsable de satisfacer mis necesidades:
Si las necesidades se satisfacen con valores, y los valores no son valores hasta que no se hacen vida en uno, entonces soy yo responsable de mi vida y de mi felicidad; soy yo el principal responsable de satisfacer mis necesidades viviendo los valores. No puedo seguir culpando a los demás de que mis necesidades no estén satisfechas. Por otra parte, si depende de mí el satisfacer mis necesidades, podré hacer algo, o al menos intentarlo. ¡Menos mal!. Porque, si dependiera de los otros el poder satisfacer mis necesidades, ¿Cuándo lo lograría? o ¿cómo convencerlos de lo que yo necesito?.
Pero no sólo depende de mí. Los demás pueden y deben ayudarme a satisfacer mis necesidades, como yo puedo y debo colaborar con los demás en la satisfacción de sus necesidades. 4.- Los valores en Cristo y en los santos:
A los autores modernos, que escriben sobre valores y que prescinden de la Revelación de Dios en Cristo, los veo muy teóricos y un tanto confusos o perdidos en el tema. En cambio con Cristo, Hombre-Dios, que encarnó y reflejó como espejo los valores, la cosa está mucho más clara. Y es que nosotros necesitamos ver que los valores son vividos por personas concretas en forma clara. Y necesitamos que alguien vaya adelante y nos muestre cómo esa vivencia de los valores los dignificó como personas y los hizo
positivos para la sociedad de su tiempo y para la historia. En Jesús de Nazaret esto es muy claro. Vivió en plenitud los valores, y hasta dio la vida por ellos. En él están vivos los valores permanentes para la humanidad. Pero las formas de encarnar esos valores van cambiando a lo largo de la historia. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el
que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer” (Jn.15. 5)
Ejemplos claros, tanto de los valores como de las distintas formas de hacerlos vida, los tenemos en los santos, quienes vivieron los valores en grado heroico en distintos momentos de la historia que les tocó vivir a cada uno. Francisco de Asís amó la naturaleza y hoy es patrono de los ecologistas. Mónica, madre de san Agustín, fue perseverante en la oración y las lagrimas por la conversión de su hijo hasta poder decir: “Por fin donde yo, tú”, al verlo regresar a la fe. Conocer buenas vidas de santos nos ayudará a asumir valores.
Nosotros tenemos ya en Cristo y en los santos muchos testigos de la vivencia de los valores. Por eso decimos que los
valores son posibles. Ahora, y en el lugar que cada uno ocupa, nos
toca a nosotros encarnar los valores para nuestro bien personal y el de esta sociedad en la que vivimos.
5.- Principales valores para cada necesidad:
Necesidades básicas físicas: Las necesidades de alimento, vestido y techo se satisfacen con los valores de trabajo, confianza en
la Providencia de Dios y austeridad de vida. El valor del trabajo ha pasado por muchos enfoques a lo largo de la historia de la