“DE LOS
SENTIMIENTOS A LOS
VALORES”
Para un equilibrio personal y una comunicación
profunda
INDICE Página PRESENTACION: 5 INTRODUCCION: 7 I – LOS SENTIMIENTOS 1.- Aclaraciones 11
a) Distintas definiciones sobre sentimientos 11
b) Nuestra opción 12
2.- Familias de sentimientos 13
3.- Los sentimientos ¿son buenos?, ¿son malos? 13
4.- Luces verdes y luces rojas 14
Ejercicios prácticos 16
5.- ¿Qué hacer con los sentimientos? 16
a) Clarificarlos 16
b) Aceptarlos 17
c) Valorarlos 18
d) Compartirlos 19
II – NECESIDADES BASICAS DE LA PERSONA
1.- ¿De dónde nos vienen los sentimientos? 23
2.- Necesidades básicas físicas: 25
3.- Necesidades básicas psíquicas: 25
a) Ser amado 25
b) Auto valor 26
c) Pertenencia 26
d) Autonomía 27
4.- Necesidades básicas espirituales: 28
a) Trascendencia 28
b) El guía o modelo 29
Ejercicios prácticos 29
III – COMPENSACIONES - EVASIONES
1.- ¿Cómo satisfacer nuestras necesidades? 31 2.- Las compensaciones no satisfacen nuestras necesidades 32
3.- ¿Qué son las compensaciones? 32
4.- Compensaciones más frecuentes ante cada una
de nuestras necesidades 33
IV – VALORES
2.- Utopías y Valores 37 3.- Yo soy responsable de satisfacer mis necesidades 38 4.- Los valores en Cristo y en los santos 38 5.- Principales valores para cada necesidad 39
6.- Resumen y gráfico 45
V – BUSCANDO UN EQUILIBRIO PERSONAL
1.- El hombre es un animal in-se-guro 47 2.- Consciente, subconsciente y supraconsciente 48 3.- Pasos para lograr este equilibrio 49 a) Ver y elegir el sentimiento presente más fuerte 49 b) Ver los pensamientos que me trae ese sentimiento 51 c) Ver las acciones a que me impulsó ese sentimiento 51 d) Juzgar el sentimiento y las reacciones que le
siguieron a la luz de necesidades y compensaciones 52 e) Actuar asumiendo el valor que satisfaga la necesidad
descubierta 53
4.- Diálogo de sentimientos 53
a) Tomar la decisión de hablar 54 b) Tomar la decisión de escuchar 54 APENDICES
1.- Aplicación a la ESPIRITUALIDAD 56
a) Carta diaria a Jesús 58
b) La respuesta de Jesús 61
c) Intimidad con Jesús 61
d) Sanación 61
e) Testimonio de paz 62
f) Opción por compartir 63
2.- Aplicación a la EVANGELIZACION 64 a) La búsqueda de felicidad en los hombres y
mujeres de hoy 64
b) Evangelizar desde las Bienaventuranzas 65 c) Sobran maestros y faltan testigos 66
3.- Aplicación a la PEDAGOGIA 68
a) Testimonio 68
b) ¿Cómo educar para sentirse realmente bien
y ser feliz? 69
PRESENTACION
Alegría y temor son dos sentimientos muy presentes en el momento de ponerme a escribir este folleto: DE LOS SENTIMIENTOS A LOS VALORES. Hace años me vienen pidiendo que lo escriba los que conocen el contenido del mismo a través de mis charlas en grupos o en privado. Parece, una vez más, que lo imposible (o lo que yo consideraba totalmente “imposible”) puede llegar a ser una realidad: que ponga por escrito estos pensamientos experimentados en mí y transmitidos a otros (matrimonios, jóvenes, universitarios y comunidades rurales) en distintos países de América Latina a lo largo de más de 20 años. De ahí mi alegría. Es algo así como si me naciera un hijo largamente esperado, y cuando ya lo consideraba imposible. Por eso mi total agradecimiento a Dios, autor de todo bien, y a tantos que han colaborado para que esto se haga una realidad.
Mis temores han ido disminuyendo según se iba haciendo realidad cada página. Pero ¿estará suficientemente claro y accesible hasta para la gente más sencilla?. Porque cuando yo aprendí esto y comencé a ponerlo en práctica, allá por el final de la década del 70, no me resultó nada fácil aplicarlo a mi vida. Claro que mi formación, tanto en la familia como en la escuela y hasta en el seminario, no tuvo en cuenta todo este aspecto tan amplio y tan rico de los sentimientos. Fue el movimiento católico de Encuentro Matrimonial quien me introdujo y me enseñó a dar los primeros pasos en este importante mundo de los sentimientos. Fueron muchas las parejas de este querido movimiento las que durante 20 años me acompañaron en este estilo de vida y me ayudaron a ejercitarme en este lenguaje tan desconocido y difícil para mí.
Otra alegría es que estas páginas puedan servir a los animadores y a los miembros de las pequeñas comunidades de Hogares Sanos y Apacibles para su formación personal, para su espiritualidad y como una herramienta importante para su acción en favor de las familias. Tal vez algunos se animarán también a impartirlo como un curso.
INTRODUCCION
VERDADES – IDEALES – SENTIMIENTOSHubo siglos en que lo importante era anunciar, clarificar, propagar y defender las VERDADES. Algunos pretendieron hasta imponer las VERDADES por la fuerza. Y se llegó a la conclusión de que quien no estaba en la verdad, sino en algún error, era un mal para la sociedad, y había que obligarlo a cambiar, o reprimirlo y hasta, en algunos casos, eliminarlo. Por algo se dio el fenómeno, tan discutido en algunos tiempos y tan rechazado hoy, de La Inquisición.
Hubo otras épocas en las que lo importante era tener IDEALES claros y grandes, y comprometerse en alcanzarlos, aunque costasen la vida, como la igualdad entre los seres humanos, la raza
superior, el mundo nuevo. No todos los ideales buscados fueron
positivos en si mismos o en los métodos empleados para alcanzarlos. Algunos trajeron frustraciones y mucho dolor a la sociedad. Pero, con “la caída del muro de Berlín”, como acontecimiento significativo e indicativo, se cayeron muchos ideales en la sociedad del siglo XX.
Hoy estamos en una época en la que se relativizan tanto las verdades como los ideales y muchos piensan que lo importante para ser feliz es SENTIRSE BIEN. Y sólo lo buscan en una forma inmediata, individualista y narcisista sin reparar en los medios para intentar atrapar la felicidad que esperan de sentirse bien consigo mismo. Así muchas veces no sólo no logran ser felices, ni mejorar su calidad de vida, sino que complican la felicidad y la vida de los demás.
Buscar SENTIRSE BIEN no es negativo, como no es negativo, buscar ideales o querer vivir en la verdad. Aunque muchos en su vida se equivocan de camino o de método, y por eso ni se sienten bien, ni logran concretar sus ideales, ni llegan a la verdad plena. El énfasis que hoy se pone en SENTIRSE BIEN nos introduce de lleno en el tema de los SENTIMIENTOS, tan ignorados o despreciados durante décadas.
En toda época hubo profundas HERIDAS en la gente, pero su forma de encararlas (orientarlas, sublimarlas, superarlas, compensarlas o pretender ignorarlas) era desde las verdades que aportaba la inteligencia o desde los ideales que hacían más valiosa la entrega de la propia vida, si suponía una dosis de sacrificio. Hoy estas heridas afectan más a las personas al estar más centradas en sí mismas; y muchos pretenden superarlas buscando sentirse bien a cualquier precio, como la única manera de ser feliz. Esto puede explicar, al menos en parte, la “fragilidad” de nuestra juventud y de la sociedad en general.
Al mismo tiempo hoy se relativizan las verdades, que muchas veces han sido y están siendo muy manipuladas. También se relativizan los ideales, que en muchos casos se han vuelto inalcanzables, produciendo lamentables frustraciones. Parecería que la única salida es sentirme bien.
Todo esto hace que palabras como VERDAD, BONDAD y COMPROMISO se presenten no tan ricas de contenido como en otras épocas y no movilicen a la gente de hoy como movilizaban en décadas pasadas, cuando, por ejemplo, asumir un COMPROMISO se tomaba como algo “casi sagrado”.
Es necesario el conocimiento de las VERDADES, porque
“la verdad nos hace libres”. Pero se puede llegar a ellas desde un
orden lógico incuestionable o desde la experiencia de vida, desde lo que necesito para sentirme realmente feliz. Un sacerdote me afirmaba con énfasis que, para superar la ignorancia religiosa de la gente, “lo importante es lograr que las verdades estén claras en la
mente de las personas”. Yo pienso que necesitamos dar un paso más,
y que lo verdaderamente importante es lograr que las verdades las personas las convirtamos en vida. Esto es lo que hoy se expresa como “vivir los valores” Para algunos, si los valores no se viven, no son verdaderamente valores, sino “utopías” solamente, algo inalcanzable, como explicaré más adelante.
Es necesario también que toda persona tenga sus IDEALES de vida (más o menos explícitos) y se comprometa con ellos. Pero, dado el “fracaso” de tantos idealismos, particularmente en el siglo
XX, incluso de aquellos por los que muchos expusieron su vida, y algunos hasta la dieron, hoy no son tan atrayentes palabras como ideales, compromiso, aunque no se les niegue su valor. En cambio, compartir contigo la experiencia que te hace feliz a ti y experimentarte como una persona cercana me puede mover a seguirte.
Jesucristo es la VERDAD que nos hace libres; es el IDEAL y la meta para toda persona, el CAMINO, “el Principio y el Fin” (Ap. 22. 13). Y Jesucristo también es la VIDA verdadera, la vida feliz. Él es quien satisface adecuadamente nuestras necesidades más profundas. Por eso dijo: “el que tenga sed, que venga a mí. Pues el
que cree en mí tendrá de beber” (Jn. 7. 37 y 38). Es el mismo Jesús
quien nos habla de ser FELICES en nuestra vida, mostrándonos el camino de las Bienaventuranzas.
I – LOS SENTIMIENTOS
1.- Aclaraciones:
Normalmente comienzo mis cursos sobre este tema pidiéndole a los participantes que me digan palabras que para ellos son sentimientos, y las voy anotando para que todos las vean. Aparece de todo: amor, amistad, rencor, dolor, felicidad, insatisfacción, celos, pasión, esperanza, culpa... y la lista se vuelve interminable. Cuando después sigo conversando y pidiendo que me digan si puedo borrar alguna de las palabras anotadas porque alguno opine que tal vez no sean sentimientos, las sorpresas van en aumento y las caras lo manifiestan, llegando al culmen cuando alguno intenta borrar el amor de la lista de sentimientos, y yo se lo apruebo. Ahí surge en muchos con tono de desconcierto la pregunta: “Entonces,
¿qué es un sentimiento?”
a) Distintas definiciones sobre sentimientos:
Los que escriben sobre este tema de los sentimientos llegan a las más variadas, complejas y largas definiciones. Imposible transcribir todas. Ponemos algunas que nos parecen significativas.
“Descartes definió los sentimientos como acción y efecto de sentir” (“Guía práctica de Psicología”, pág. 188).
“Wund concibe los sentimientos como pares de fuerzas extremas que contarían de dos polos opuestos englobando todos los sentimientos en tres pares siguientes: placer-displacer, excitación-reposo, tensión-relajación” (ídem, pág. 189).
“Krueger los considera en razón de su profundidad, dividiéndolos en profundos y superficiales. Los profundos serían auténticos sentimientos ya que éstos proceden de nuestra intimidad y se mantienen presentes durante mucho tiempo. Los superficiales serían aquellos que proceden del exterior, como reacción a estímulos externos, y que, aunque pueden tener cierta intensidad, duran menos que los anteriores” (ídem, pág. 189).
“Sentimientos: impresión que causan en el alma las cosas espirituales. Estados de ánimo afligido por un suceso triste. Parte afectiva y emocional de una persona” (Diccionario Enciclopédico,
Grijalbo).
“Los sentimientos son el reflejo en el cerebro del hombre de sus relaciones reales, o sea, de las relaciones del sujeto que experimenta las necesidades con los objetos que tienen significado para él”(Petroski: Psicología general, pág. 392).
“Los sentimientos son específicos del hombre, tienen carácter histórico puesto que han aparecido en el desarrollo histórico de la humanidad y se modifican en el curso de este desarrollo”. Leontiev.
b) Nuestra opción:
Los sentimientos son reacciones internas y espontáneas ante personas, lugares o situaciones que se experimentan o se piensan.
Esta definición, tomada de Encuentro Matrimonial, es la que me parece más completa, más clara y más fácil de asimilar. Y sobre ella vamos a trabajar el resto de este escrito. Por eso la explico un poco: Ver una persona a la que queremos nos produce una reacción interna distinta a la que nos puede producir cruzarnos con una persona que nos trató mal en nuestra infancia, aunque externamente lo disimulemos. Pasar por delante de la escuela donde cursamos la primaria o por una calle donde tuvimos un accidente también nos produce reacciones internas y espontáneas inevitablemente. Escuchar en grupo la misma noticia deportiva puede producir reacciones internas (y ¡hasta externas!) bien diferentes en los que la reciben, según sea que ganó o perdió su equipo favorito.
Pero no sólo ver, escuchar, tocar, oler, gustar, produce esas reacciones internas y espontáneas a las que llamamos sentimientos, sino que nuestros pensamientos sobre las personas, los lugares o las distintas situaciones que vivimos también producen en nosotros ese tipo de reacciones. En definitiva, podemos decir que constantemente estamos sintiendo, como constantemente estamos oyendo, aunque a veces digamos que no oímos nada. Evidentemente no todos nuestros sentimientos son de la misma intensidad. No suele producir un sentimiento de la misma intensidad pensar en una persona muy querida o encontrarnos con ella por sorpresa, o recibirla cuando la estamos esperando.
2.- Familias de sentimientos:
Siguiendo este enfoque de la definición anterior, podemos decir que todos (o casi todos) los sentimientos pertenecen a una de estas cuatro grandes familias de sentimientos:
ALEGRIA TRISTEZA ENOJO MIEDO
A la familia de la alegría pertenecen sentimientos como:
entusiasmado, expectante, en paz, seguro, eufórico, tranquilo, maravillado, feliz, gozoso, satisfecho...
A la familia de la tristeza pertenecen sentimientos como:
depresivo, nostálgico, insatisfecho, apenado, melancólico...
A la familia del enojo pertenecen sentimientos como: rabia,
indignación, impotencia, acompañados a veces por la agresividad y el deseo de venganza...
A la familia del miedo pertenecen sentimientos como:
inseguro, angustiado, avergonzado, ansioso, asustado, temeroso, preocupado, indeciso...
3.- Los sentimientos ¿son buenos?, ¿son malos?
¡Cuantas veces escucho decir que tal persona tiene sentimientos muy malos, o que pareciera no tener sentimientos!. ¡Y cuantas veces yo mismo he dicho que determinada persona, aunque es alcohólico o presenta otros problemas de conducta, sin embargo, en el fondo, tiene muy buenos sentimientos! No voy a pretender con este escrito cambiar el lenguaje de la gente, que, en expresiones como esas, es más un lenguaje figurado que literal.
Pero, de acuerdo con la definición elegida, podemos afirmar que los sentimientos por ser reacciones internas y espontáneas no
son ni malos, ni buenos en sí mismos. Las que si pueden ser buenas o
malas son las acciones que uno realice impulsado por sus sentimientos. Pero los sentimientos en sí mismos no tienen moralidad. No es malo que yo me enoje, pero o que yo haga impulsado por ese enojo, eso sí puede ser bueno o malo. Impulsado por el enojo puedo golpear a uno, o puedo tomar decisiones de cambiar en lo que estoy obrando mal. El mismo Jesús se enojó varias
veces, según leemos en el Evangelio, no sólo con los vendedores en el templo, a los que sacó de ahí con palabras y actitudes muy firmes (Jn.2. 14-16) sino también con los escribas y fariseos, a los que llamó: “Serpientes, raza de víboras” (Mt. 23. 33). Hasta con sus mismos discípulos: “Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: “Dejen
que los niños vengan a mí” (Mc.10. 14).
Tampoco es malo que algo me ponga triste, lo que sí es malo es que yo alimente mi tristeza. Esto sí es responsabilidad mía. Pero la tristeza me puede acercar al dolor de otros, y eso es bueno. También Jesús experimentó varias veces la tristeza: “Cuando Jesús estuvo
cerca de Jerusalén y contempló la ciudad lloró por ella”. (Lc.19.
41). Y ante el sepulcro de su amigo Lázaro “Jesús se puso a llorar”. (Jn.11. 35).
El miedo puede ser signo de poca confianza en uno mismo, en los demás o en Dios. Pero también me puede llevar a ser prudente tanto al cruzar una calle, como a buscar la mejor forma de decir las cosas. Yo, por temor a que el lector no me entienda, me estoy esforzando por presentar este escrito lo mejor que puedo. Esto me está ayudando en este intento de escribir. Pero, si el miedo me lleva a mentir, la mentira ya no es buena. Jesús experimentó también fuertes miedos: “Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio
mientras llega!” (Lc.12. 50) “Él, en su angustia mortal, oraba con mayor insistencia, y comenzó a sudar gruesas gotas de sangre que caían hasta el suelo” (Lc.22. 44).
Son significativas las alegrías de Jesús: “En aquella misma
hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo” (Lc.10. 21) “Jesús dijo abiertamente a sus discípulos: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean” (Jn.14. 15) “Digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos”
(Jn. 17. 13) “Llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus
discípulos y les dijo: “Cuanto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer” (Lc.22. 14).
Como vemos Jesús experimentó las cuatro familias de sentimientos en forma intensa.
4.- Luces verdes y luces rojas:
Los sentimientos de la familia de la alegría podríamos decir que son como luces verdes que se encienden dentro de nosotros, y
que indican que vamos bien, que podemos seguir adelante...
Los sentimientos de las otras tres familias (enojo, tristeza y miedo) podríamos decir que son como luces rojas que se encienden dentro de nosotros, y que indican que debemos parar, que algo está fallando, que hay peligro o simplemente que se necesita reponer algo antes de que se acabe.
Si uno no hace caso a sus luces rojas, puede ser como un automovilista, que se salta un semáforo luz roja en el centro de una populosa ciudad. Se expone inevitablemente a un accidente. También me gusta comparar los sentimientos luz roja con el conductor que ve encenderse una lucecita roja en el automóvil, pero como el vehículo sigue andando y él no entiende nada de mecánica, no le da importancia, hasta que se le para totalmente el vehículo y ya no puede seguir porque se le fundió el motor. Así pasa a algunas personas que no le hacen caso a los sentimientos de luz roja que se prenden en su interior, “funden su psiquis” y caen en depresiones, angustias, obsesiones... Muchas veces llegan a esos estados no porque no se le hayan prendido las luces rojas de sus sentimientos avisando del peligro, sino porque no les hicieron caso en su momento.
Cuando esperaba en Argentina la visa para radicarme en Cuba, un amigo me invitó a su casa. Como es dentista, aproveché para que me revisara la dentadura, antes de salir para un país desconocido para mí en ese memento. Cuando mi amigo comenzó su trabajo de inspección en mi boca enseguida me dijo:
“Esta muela hay que sacarla” “Está bien –le dije- sácala”
“Esta otra, vamos a ver si te la puedo salvar”. Y, revisando
el maxilar superior, añadió:
“Y aquí tienes otra que también hay que sacarla”
Esto ya me pareció demasiado, y le contesté, como defendiéndome de las molestias y dolores que me imaginaba para los próximos días:
“!No puede ser!. ¡Pero si a mí nunca me ha dolido la dentadura!”
“Eso es lo malo –me contesto muy seguro mi amigo- Porque si hubieras tenido dolores, éstos te habrían avisado con tiempo, y hubieras venido un año antes por lo menos. Entonces sí las
hubiéramos podido salvar. Pero ahora es tarde. Hay que sacarlas por lo menos estas dos”.
Ahí comprendí que el dolor no es malo cuando avisa de algo que debemos corregir a tiempo. Lo mismo pasa con los sentimientos luz roja: son avisos para que pares, te detengas y analices lo que te está pasando, y le des la importancia que merece. De lo contrario, te expones a sufrimientos innecesarios para ti y para los que te rodean.
Un seminarista comentaba en un curso sobre el tema: “Yo
parezco un arbolito de Navidad: continuamente se me encienden luces rojas, y algunas verdes; pero son muchas más las rojas”.
EJERCICIOS PRACTICOS:
1º.- Un sentimiento de alegría que tuve hoy a sido... (escribir y describir esta alegría y su intensidad) ¿Qué cosas me hace recordar?.
2º.- Un sentimiento de “luz roja” que experimenté en estos últimos días ha sido... (describir la tristeza, la rabia o el miedo que experimenté y su intensidad) ¿Qué cosas me hace recordar?.
5.- ¿Qué hacer con los sentimientos?:
A esta pregunta las respuestas más frecuentes en los cursos suelen ser: “Controlarlos”, “Reprimirlos”, “Encausarlos”...
Sería muy positivo que también el lector se contestara la pregunta anterior (¿Qué hacer con los sentimientos?) antes de seguir con esta lectura; para que este folleto no sólo lo lea, sino que le ayude a ser un poco más feliz... ¿Cuál es tu respuesta, lector?
En contadas ocasiones algunos de los participantes en los cursos responden: “Disfrutarlos”, “Expresarlos”...
Pensamos, y así tenemos experimentado personalmente en nosotros y en otras personas, que los pasos a seguir con nuestros sentimientos son cuatro:
a) Clarificarlos: Hay frecuentes confusiones en el lenguaje común de la gente. Sin embargo no podemos pretender cambiar la forma de hablar de las personas cuando conversamos con ellas. Pero sí será bueno que nosotros tengamos las cosas lo más claras posible en este tema por lo que de ello se deriva, como veremos enseguida.
Podemos decir, por ejemplo: “Siento que mi suegra no me
quiere”. Parecería que estoy expresando un sentimiento, pero lo que
estoy manifestando es un juicio o pensamiento porque puedo cambiar “siento que” por “pienso que” y la frase tiene el mismo sentido: “Pienso que mi suegra no me quiere”. Y este pensamiento o juicio sí produce sentimientos en mí. Otras veces decimos o escuchamos: “Yo lo siento así”, como para zanjar y terminar toda discusión. Y no nos damos cuenta de que lo que estamos manifestando con esa frase es en realidad un juicio o un pensamiento. Podríamos decir con el mismo sentido: “Yo lo pienso
así” o “Yo lo juzgo así”, o “Para mí esto es así”. Pero será bueno
tratar de descubrir los sentimientos que esa afirmación despierta en nosotros, ya que todo pensamiento o juicio produce sentimientos.
En cambio cuando decimos, por ejemplo: “Me siento feliz” o
“Me siento angustiado” y la expresión “me siento” la puedo cambiar
por “estoy” y la frase tiene el mismo sentido, ahí sí nos encontramos frente a un sentimiento.
Es importante clarificar esto, porque los sentimientos no se discuten mientras que los juicios sí pueden discutirse, y llegar a clarificar si son acertados o equivocados.
Un párrafo aparte merece el tan mentado sentimiento de culpa: Según lo que he podido investigar, ya en el año 1978 apareció algún escrito clarificando que no se trata de un sentimiento como tal, sino de un juicio, que uno hace sobre sí mismo. En vez de “me siento culpable” sería más correcto decir: “me juzgo culpable, y esto me hace sentir...” Por ser un juicio y no un sentimiento yo podré analizar (y discutir) hasta dónde llega mi culpa, y si soy tan culpable como yo pienso o más culpable de lo que pienso, o menos. Y no seré justo conmigo mismo tanto si me pongo una culpa que no tengo, como si niego una que tengo.
Cuando comencé a incursionar en este tema de los sentimientos (a mis 38 años de vida y 13 de sacerdote católico) me resultaba muy difícil ponerle nombre a mis sentimientos. Yo sentir, sí sentía; pero muchas veces no sabía cómo se podía llamar eso que yo estaba sintiendo.
b) Aceptarlos: No negarlos. Si no aceptas tus sentimientos, hay una parte importante de ti que no aceptas. Algunos llegan a decir
que si no aceptas tus sentimientos, no te aceptas a ti mismo. Si además, ya sabes que los sentimientos no son ni buenos ni malos, ¿qué te puede impedir aceptarlos? Racionalmente parece claro, pero ¡cómo cuesta a veces aceptar que determinadas personas, situaciones, lugares o temas me producen enojo, o me ponen triste o me dan miedo! Posiblemente hayas escuchado más de una vez expresiones como esta: “No quiero alegrarme mucho con esto, no vaya a ser que
después me desilusione”; y así esas personas se privan de disfrutar
muchas alegrías de la vida. Si a veces cuesta aceptar las alegrías (que son luces verdes) ¡imagínate lo que puede llegar a costar para algunas personas aceptar sus tristezas, sus enojos o sus miedos (sus luces rojas) aunque logren no dejarlos aparecer externamente!
¡Cómo les cuesta en general a los perfeccionistas aceptar sus enojos; y a los muy decididos, sus inseguridades; y a los machistas, sus miedos; y a los creativos, sus tristezas! Algunos de estos tipos de personalidades llegan a pensar que si aceptan esos sentimientos, no son ellos mismos, o se están destruyendo como personas. ¡Qué equivocados están! Y ¡cuánto se privan de crecer y mejorar como personas! En definitiva podemos decir que no aceptar tus sentimientos es privarte de vivir. Como soy una persona entusiasta, yo muchas veces no he aceptado mis tristezas, ni frente a mí mismo, ni mucho menos frente a los demás. He llegado a pensar que yo nunca podía ni debía estar triste. Y menos siendo sacerdote y misionero. Hoy puedo reconocer que mis tristezas, auque no sean el sentimiento más frecuente ni más fuerte en mí, me han ayudado a crecer, particularmente en cercanía con las personas y en confianza en Dios.
c) Valorarlos: Con todo lo expresado anteriormente ya está claro lo importantes que son los sentimientos en nuestra vida. Pero tal vez alguno de los lectores sea hijo de una época donde no se valoraban los sentimientos. Lo importante eran las ideas y los ideales. En algunas familias hasta no hace muchos años se valoraba más el comportamiento, la imagen ante los parientes y conocidos y los éxitos o fracasos que los sentimientos. De éstos últimos ni se hablaba. Todavía hoy cuesta romper este esquema. Una buena madre me comentaba angustiada, que lo que más le preocupaba de su hija de 26 años era lo que la gente del pueblo pudiera estar comentando,
dada la facilidad que ésta tiene para cambiar de pareja, cuando en realidad lo más grave es que su hija no quiere vivir; y esto la madre se lo ha escuchado muchas veces a su hija.
Pero no sólo en la familia, también en los sistemas educativos todavía vigentes se educa para saber mucho, para ser el primero, el mejor, para ganar dinero o, al menos, para tener un título y defenderse de la vida; pero no se educa para ser feliz. Esto explica muchos fracasos en la educación de la niñez, de la adolescencia y de la juventud actuales.
Hoy nos encontramos frecuentemente con otro planeamiento, muy apoyado desde algunas corrientes psicológicas: la sobre-valoración de los sentimientos. Hay profesionales de la psicología que con facilidad y superficialidad aconsejan: “Haz lo que
te haga sentir bien”, “Si tú te sientes bien así...; lo importante es tú te sientas bien”. Este camino está hoy lleno de personas que van a la
deriva, deprimidas, encerradas en sí mismas y sin sentirse realmente bien ni lograr la felicidad que buscan constantemente y a cualquier precio.
A pesar del desafío y las críticas que supone en esta época lo que diremos a continuación, afirmamos que sí son muy importante los sentimientos en la vida de cada uno; pero que los sentimientos no son la norma de conducta de las personas. Ciertamente siempre debo tener en cuenta como me estoy sintiendo en mi interior, pero a la hora de tomar decisiones, y a la hora de actuar, si quiero obrar bien, si quiero ser realmente feliz, debo guiarme por mis principios, mis opciones, mis compromisos..., en definitiva por los valores, como veremos más adelante, no por los sentimientos. Pero, si mis decisiones están bien tomadas, experimentaré un sentimiento de paz en lo más profundo de mi ser. Esa paz, cuando es profunda, y aunque no esté ausente de tensiones, es como un juez interno que me está afirmando que mi decisión es correcta.
d) Compartirlos: Podemos decir que “tus sentimientos son realmente tuyos, pero no son sólo para ti”. ¡Cuánto bien nos hace compartir los sentimientos y experimentar que son aceptados por otras personas!. Y es que los seres humanos estamos hechos para compartir. No puede ser de otra manera, ya que fuimos creados a imagen de Dios y podemos decir, parafraseando a San Juan, que
“Dios es compartir”.
La teología nos enseña que Dios-padre comparte todo su ser con el Hijo, y esa comunión y ese compartir entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo. Por eso decimos que si, como dice la Biblia,
“Dios creó al hombre a su imagen” (Gn.1. 27) y Dios es compartir,
cuanto más y mejor compartamos más y mejor reproduciremos esa imagen de Dios en nosotros. Y el compartir más profundo entre los seres humanos es el compartir de los sentimientos.
Un refrán popular dice: “una pena compartida es media
pena, y una alegría compartida es doble alegría”. John Powell
escribe: “Si debo abrirme a ti, tengo que permitirme tener la
experiencia (encuentro) de mi persona, para lo cual debo hablarte de mi enfado y de mi miedo. Se ha dicho con razón que o verbalizamos nuestros sentimientos o los somatizamos. Los sentimientos son como el vapor que se acumula en el interior de una olla: si se guardan dentro y se permite que acumulen intensidad, pueden acabar haciendo saltar la “tapadera” humana que los reprime, lo mismo que el vapor puede hacer saltar por los aires la tapadera de la olla. La medicina sicosomática sostiene que la represión de las emociones constituye la causa más frecuente del cansancio y de determinadas enfermedades. Ello forma parte del proceso de somatización. Las emociones reprimidas pueden encontrar salida en la “somatización” de dolores de cabeza, erupciones cutáneas, alergias, asma, resfriado, dolores reumáticos..., pero también pueden somatizarse en tensiones musculares ,en violentos portazos ,en apretar los puños, en el aumento de la presión sanguínea, en el rechinar de dientes, en llantos, en rabietas y en todo tipo de actos de violencia” (¿Por qué
temo decirte quien soy? pág. 61).
* Compartir los sentimientos es una decisión
No esperes que el compartir de tus sentimientos surja siempre en forma espontánea. En algunas oportunidades puede ser que sí te sea fácil compartirlos; y sería deseable que se convierta en ti en algo habitual, espontáneo y profundo. Pero muchas veces compartir los sentimientos supone una fuerte decisión. Y cuando los sentimientos son fuertes, ¡cómo nos afectan la conducta hasta que los podemos compartir o se van eclipsando lentamente ante la presencia
de otros!.
Habrás experimentado muchas veces en ti mismo cómo algunos sentimientos que pensabas ya se habían borrado, reaparecen con nueva fuerza ante cualquier recuerdo o pensamiento que los ponga en activo. Y es que los sentimientos no se borran tan fácilmente como a veces pensamos o deseamos. Tampoco te los debes guardar, si quieres avanzar, superarte y crecer como persona que vive en relación con otros en este mundo.
Aquí surge normalmente en todos los cursos una pregunta:
* ¿Con quién compartir mis sentimientos?
Esta misma pregunta me la hice yo también varias veces y en ocasiones bien diferentes. Recuerdo especialmente cuando atendía como sacerdote en Argentina una zona muy extensa y poco poblada (5 mil habitantes diseminados en más de 40 mil kilómetros cuadrados). Cuando llegaba mensualmente a un pequeño poblado de 22 casas a 200 Km. del centro de la parroquia, me invadía frecuentemente una gran tristeza por la división entre la gente a causa de la religión: tres cultos cristianos distintos y distantes entre sí. Esto incidía fuertemente en la vida de algunas familias, cuyos miembros participaban de los distintos grupos religiosos. Yo veía que sería saludable para mí compartir con alguien ese fuerte sentimiento de tristeza. Las primeras veces me lo guardé porque pensé que no me comprenderían por ser gente en su mayoría analfabeta. Pero cuando me decidí a compartirlo (con alguno de los matrimonios principalmente) quedé sorprendido al comprobar cómo, antes de que yo terminara de hablar, ya me habían comprendido.
Ahí entendí yo que el lenguaje de los sentimientos no se aprende en la universidad. Antes por el contrario, ciertos desarrollos intelectuales nos pueden alejar de las riquezas del maravilloso mundo de nuestros sentimientos.
También aprendí que no es cuestión de compartir los sentimientos con el primero que pasa por la calle, ni en la peluquería, mientras experimento cierta relajación al poner mi cabeza en manos de otra persona. Pero tampoco mis sentimientos son tan míos que nadie me pueda comprender, ni acompañar en el camino de la vida. Con el tiempo y el ejercicio de decidirme a compartir he llegado a la conclusión y a la experiencia de que siempre puedo encontrar a quien
confiar mis sentimientos antes de que se termine el día. Las mismas reuniones de sacerdotes tienen un mayor clima de familia cuando comenzamos dando un tiempo para compartir cómo nos estamos sintiendo. Después nos resulta mucho más fácil y rápido llegar juntos a las conclusiones en los distintos temas.
Además en el diálogo con Dios yo encuentro también un compartir extraordinario de mis sentimientos, Pero este diálogo no me suprime, sino que me fortalece, la comunicación con otras personas. Aquí vale la pena recordar aquello que Dios dijo en la creación de la humanidad: “No es bueno que el hombre esté sólo” (Gn.2. 18) Y estas palabras no sólo se refieren a la pareja matrimonial, sino a toda persona, ya que no hemos sido creados para vivir solos, y necesitamos de los otros para completarnos. Y una forma privilegiada de completarnos es compartir nuestros sentimientos.
EJERCICIO PRACTICO:
Te invito a compartir con una persona de tu confianza alguno de tus sentimientos presentes ya sea de los que escribiste en el ejercicio anterior o de los que este tema te está produciendo.
II – NECESIDADES BASICAS DE LA PERSONA
1.- ¿De dónde nos vienen los sentimientos?
Sería bueno, lector, que antes de seguir leyendo intentaras tu mismo dar una respuesta a esta pregunta. En los cursos que doy las respuestas de los participantes son de los más variadas.
-“Del corazón”, dicen los más espontáneos.
-“Del interior de la persona”, responden los que lo piensan un poco más.
-“De la relación con las personas”, manifiestan algunos.
-“De los acontecimientos que a uno le tocan vivir”, expresan otros. Y tú, lector, ¿Te identificas con alguna de estas respuestas? ¿Tienes otra para añadir a esta lista?. Escríbela antes de seguir con esta lectura ... ... ... Cuando yo escuché por primera vez en el mes de septiembre de 1979 dentro del movimiento católico de Encuentro Matrimonial que los sentimientos proceden de las necesidades de la persona, me costó aceptarlo en un primer momento. Necesite llegar hasta el final de la explicación para comenzar a verlo más claro y para llegar a entusiasmarme con este descubrimiento. Sí, porque esta afirmación de que “mis sentimientos proceden principalmente de mis
necesidades” terminó siendo para mí un verdadero e insospechado
descubrimiento, con importantes consecuencias tanto para mi autoconocimiento como para mi vida espiritual: así comencé a darme cuenta que no es justo responsabilizar totalmente a nadie de cómo yo me siento. ¡Cuántas veces en mi interior he pensado (y todavía lo pienso espontáneamente con frecuencia) que “por culpa de esta
persona yo me estoy sintiendo así”, o que “son las circunstancia que me tocan vivir las que no me dejan ser feliz”!
Pero ¡qué distinto es saber que si mis necesidades están debidamente satisfechas, experimentaré sentimientos de la familia de la alegría (luces verdes); y que si en mí aparecen sentimientos de enojo, tristeza o miedo (luces rojas) eso estará indicando que alguna de mis necesidades básicas no está debidamente satisfecha!
lleva, sin duda, a responsabilizarme más de ellos y del tratamiento que pudiera llegar a darles en cada oportunidad. Mi experiencia es que este enfoque de que mis sentimientos proceden de mis necesidades, me permite y motiva a enfrentarme conmigo mismo más frecuentemente y a ver con más claridad y menos complacencias el camino para un crecimiento personal. Y éste es otro de mis descubrimientos (un poco más lento, pero no menos profundo): aceptar que debo darle la debida importancia a mis necesidades personales.
Es posible, lector, que estés tan ansioso como yo cuando me explicaban esto de que mis sentimientos vienen de mis necesidades, y ya quieras llegar al final de cómo satisfacer tus propias necesidades.
Considero como un gran descubrimiento para mí el saber que mis necesidades se satisfacen con los valores.
Y que vivir los valores me lleva a la paz.
Por eso adelantamos este gráfico de lo que explicaremos más adelante.
Del sentimiento a la paz:
Entendemos por necesidades básicas aquellas que tenemos todos, tanto en el aspecto físico, como en el psíquico y en el espiritual. Todas ellas corresponden al nivel más básico de nuestras necesidades como seres humanos.
2.- Necesidades básicas físicas: Hay 4 necesidades físicas:
* 2 interiores: alimento y descanso * 2 exteriores: casa y vestido
Todas ellas corresponden al nivel más primario de nuestras necesidades como seres humanos. Y cuando estas necesidades no están debidamente satisfechas aparecen en nosotros fuertes sentimientos que nos pueden impulsar a acciones insospechadas hasta por nosotros mismos. Por eso está el refrán “La necesidad
tiene cara de hereje” ¡Qué sentimientos tan fuertes pueden surgir en
las personas cuando no tiene lo mínimo necesario para alimentarse ellas o sus hijos, o cuando los emigrantes no saben dónde pasaran la noche, o cuando las exigencias de trabajo no permiten ni siquiera un poco de descanso! ¡Cuántas veces escuché de algunas personas que no quieren salir de sus casas ni participar de reuniones sociales o religiosas porque no tienen la ropa adecuada! ¡Qué tensiones experimento cuando no estoy cómodo con mi vestimenta o pienso que los demás me estarán viendo ridículo!
3.- Necesidades básicas psíquicas:
* 2 personales: ser amado y auto valor. * 2 sociales: pertenencia y autonomía.
Aunque estas palabras son suficientemente expresivas, viene bien agregar alguna aclaración.
a) Ser amado es la necesidad que todos experimentamos de recibir amor y de poder dar amor. Hoy está ya muy aceptado que necesitamos recibir amor desde la concepción. Y que, por lo tanto, no es lo mismo si fui concebido por amor, o si faltó amor de mis padres ya desde ese momento. Según la Dra. Marie Paul Ross, esta necesidad de afecto la hemos experimentado con mayor intensidad en nuestra vida desde la concepción hasta los 7 años, cuando ya comenzó nuestro razonamiento. Y, si en esta etapa de nuestra vida, no fue suficientemente satisfecha esta necesidad de ser amado, tendremos que sobrellevar heridas en los afectos, que necesitarán un tratamiento especial para su sanación, como yo explico ampliamente en “Caja Negra y Sanación Interior”.
b) Auto valor es la necesidad de ser alguien, de valorarme a mí mismo, de saberme persona, de ocupar mi lugar en el mundo como ser único e irrepetible. Esta necesidad también es muy profunda, como la de ser amado, y está en nosotros desde el comienzo de nuestra existencia. He comprobado, analizándome a mí mismo y escuchando a otras personas, que muchos de mis enojos, frustraciones y desalientos me vienen principalmente por mi falta de valoración personal; o “por tu baja autoestima’, me dirían algunos. Me ha costado mucho tiempo reconocer esta necesidad en mí, porque muy frecuentemente pensaba que eran los demás los que no me valoraban, y no me daba cuenta de que en el fondo soy yo quien no me valoro a mí mismo; lo que se me hace más evidente cuando alguien no me valora como yo espero, ya que toca mis viejas heridas. Y en mi interior muchas veces tampoco les creo a los demás cuando tienen expresiones de valoración y alabanzas hacia mi persona o mis acciones.
Para una sana autovaloración es muy importante cómo fuimos recibidos en este mundo: si valemos por nosotros mismos y si ocupamos o no, desde el principio de nuestra existencia, nuestro propio lugar en el cosmos (y en la familia, por supuesto, que era todo nuestro mundo al comenzar nuestra vida). También puede haber fuertes heridas en esta necesidad de auto valor cuando los padres buscaron ese embarazo para arreglar problemas de la pareja o para compañía del otro hermano o, peor aún, cuando pensaron que ese embarazo era un estorbo para sus planes, o hasta quisieron abortarlo.
Estas dos necesidades psíquicas (ser amado y auto valor) son tan importantes y decisivas en nuestra vida que yo las comparo a las dos piernas que los humanos necesitamos para andar.
c) Pertenencia es la necesidad de ser alguien para alguien, con alguien, de alguien. No estamos solos en este mundo: necesitamos de otros para venir a la vida y para vivir, así como otros necesitan de nosotros. Pertenecemos a una familia concreta, que ha puesto su marca en cada uno de sus miembros.
También hablamos de “mis amigos”, “mi comunidad”, “mi pueblo”, ‘mi barrio” , “mi escuela”, “mi época”, mi bandera”, ‘mi equipo favorito”. Todos estos “mi” nos están indicando pertenencia, aunque sean distintos los niveles de la misma. ¡Qué sentimientos tan
fuertes surgen en algunas personas cuando estuvieron enfermas y ninguno de su comunidad fue a visitarlas!. Algo parecido puede pasarle a una persona que regresa de un largo viaje y nadie le espera, aunque avisó oportunamente. Es su pertenencia la que está afectada. Una multitud cantando su himno o agitando su bandera expresan su alegría por pertenecer al mismo país o institución.
d) Autonomía: Para comprenderla mejor, podríamos ver primero lo que no es autonomía:
- La a-nomía (a = sin; nomía = norma, ley) es lo que se da en los bebés: no tienen normas; lo que les agrada lo cogen, se lo llevan a la boca, y lo que les desagrada lo tiran. Se guían por el placer y el displacer. ¡Cuántas veces los adultos tenemos conductas de bebés: buscamos lo que nos da placer (y sólo porque nos da placer) y rechazamos lo que no nos gusta, sólo por eso, porque no nos gusta!. Tal vez no somos conscientes de que de esa manera estamos actuando sencilla y llanamente como bebés. Así podemos ver más claro que el libertinaje y el capricho son formas de vivir en la “a-nomía”, sin ley.
- La hetero-nomía (= los otros ponen las normas) se da en la infancia, donde las normas las ponen los padres, la familia, los educadores. Esto está bien en el niño, pero en el adulto lleva a una conducta muy dependiente de otros, particularmente de adultos en los que se confía. ¡Cuantos adultos, aunque ya hayan formado su propia familia, todavía viven dependientes de los padres o abuelos no sólo en lo económico, sino hasta para tomar las mínimas decisiones!. Y así no crecen.
- La grupo-nomía (= el grupo pone las normas) se da naturalmente en la adolescencia, donde el grupo, la pandilla pone las leyes. Escuché decir a Mamerto Menapace que “el adolescente
quiere ser libre para ser como todos”. Y ¡cómo luchan los
adolescentes por salir de las normas de la familia para entrar sin discusión en las normas de su grupo de amigos!. Esto es comprensible en la adolescencia, y es un paso casi obligado para su crecimiento. Peor será que un adolescente no tenga amigos de su edad. Pero ¡cuántos adultos se dejan llevar por lo que propone el grupo en el que participan, aunque no estén personalmente de acuerdo!. Así por ejemplo, los “viernes de soltero” que se dan en
algunos países, no son más que eso: grupo-nomía, conducta de adolescentes.
- La socio-nomía (= la sociedad pone las normas) se da con mucha frecuencia cuando pensamos o decimos: “¿Qué va a decir la
gente?” o “Para que nadie pueda decirme”... En definitiva se puede
decir que muchas veces actuamos no de acuerdo a nuestros criterios, sino teniendo en cuenta lo que pudieran pensar o decir los demás, la autoridad. Aquí entran también muchos de los miedos que nos impiden hablar y actuar en libertad, así como la doble moral. “No
asumir las renuncias y vivir la doble vida es el caldo de cultivo para una esquizofrenia, donde lo que uno es y lo que aparece están muy distantes. La persona sana es lo que aparece y aparece lo que es”
(Rafael Galindo en su curso “Edad madura” Cochabamba, Bolivia, 1991).
Con todo lo anterior ya puede estar más claro lo que es la necesidad de autonomía: vivir de acuerdo a las normas que uno mismo ha elegido y aceptado libremente. La persona autónoma sabe dónde está parada y enfrenta las situaciones que le toca vivir, superando temores e indecisiones. Sólo el autónomo acepta con apertura el diálogo y es capaz de renuncias por un bien mayor. 4.- Necesidades básicas espirituales:
Como la persona humana es una sola, todas sus necesidades están íntimamente relacionadas. Pero, podríamos decir que, por encima de las necesidades físicas y psíquicas, están las necesidades espirituales. Aunque en una sana espiritualidad están incluidas las 8 necesidades, anteriormente mencionadas, también es importante reconocer que todos los seres humanos tenemos 2 necesidades espirituales, como son la necesidad de trascendencia y la necesidad de un guía o modelo.
a) Trascendencia es la necesidad de ir más allá de uno mismo, de trascender nuestra propia persona y nuestra vida terrena. Todos experimentamos en nuestro interior la necesidad de un ser superior con mayor poder que los hombres. En definitiva es la necesidad de Dios que hay en todo ser humano, y que en muchas oportunidades la experimentamos con fuerza. Es lo que san Agustín experimentó y expresó con tanto realismo y claridad: “Nos hiciste,
Señor, para Ti, y nuestro corazón no puede descansar hasta que no descansa en Ti”.
b) El guía o modelo es también una necesidad de todos los seres humanos en el aspecto espiritual. Para unos será Buda, para otros será Mahoma, para otros será Moisés o Cristo. Pero en todos los casos se trata de alguien que vivió, y que, con su estilo de vida, mostró un camino, una forma de vivir, y, además, dejó un ideario: unas enseñanzas que sus seguidores tratan de asimilar para ser felices. ¡Qué doloroso es el vacío espiritual!. Necesitamos, no sólo un Dios que nos trascienda y que nos quiera, sino también un Dios que haya experimentado en sí mismo nuestra forma de vida. Esto se da en Jesús de Nazaret, que “fue en todo semejante a nosotros menos
en el pecado”. Y que es plenamente Dios y plenamente Hombre al
mismo tiempo. Y en Cristo tenemos un Dios-Hombre, que vivió y sufrió entre los hombres y como los hombres. Un Dios-Hombre que se comunica con los hombres y que los guía con su mismo Espíritu, con su ejemplo y con sus enseñanzas. Un Dios-Hombre que a sus seguidores nos unifica como persona, porque, a causa del pecado, estamos profundamente divididos en nuestro interior. Decía Pablo:
“De hecho no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”
(Rom.7. 19).
EJERCICIOS PRACTICOS:
1º.- Trata de descubrir qué necesidades básicas hay detrás del sentimiento de alegría del ejercicio anterior.
2º.- Trata de descubrir qué necesidad básica hay detrás de tu sentimiento “luz roja” del ejercicio anterior.
3º.- Para una sana introspección: Escuché decir a un psicólogo en la televisión argentina: “menos antidepresivos y más
introspección”. Me parece muy interesante esta propuesta en estos
tiempos difíciles que nos toca vivir. Es cierto que esto supone que uno dedique todos los días un tiempo para sí mismo como una prioridad. Porque estoy convencido de que “quien no sabe encontrar todos los días un tiempo para sí, va a terminar necesitando encontrar un tiempo para el psi...quiátra”.
Pero ¿cómo llegar a una sana introspección?. Para ello te invito también a que, a partir de hoy, puedas tomar la decisión de escribir y describir todos los días el sentimiento más fuerte de las últimas 24 horas, junto con los pensamientos que te trae y las acciones a las que te lleva.
III – COMPENSASIONES – EVASIONES
1.- ¿Cómo satisfacer nuestras necesidades?
Esta es una pregunta que muy frecuentemente está en nosotros, aunque no seamos siempre conscientes de ella, porque, en el fondo, sabemos que es la única manera de ser felices. Y mucho de lo que hacemos, decimos y pensamos es intentando darnos una respuesta a esta pregunta de ¿cómo satisfacer nuestras necesidades?. Pero de hecho muchas veces no quedamos satisfechos con lo que hacemos, ni con lo que decimos. Hasta nos reprochamos con frecuencia algunos de nuestros propios pensamientos. Cuando yo no estoy satisfecho con lo que hice, trato de que nadie se dé cuenta, de taparlo o disimularlo, o tal vez, de arreglarlo, si todavía estoy a tiempo. Otras veces trato de justificarme con expresiones como: “Otros lo hacen peor”, “La culpa no es mía”, “No puedo estar en todo”, “ Yo no soy Dios para resolverle los problemas a todo el mundo”. Yo muchas veces me he reprochado a mí mismo: “¿Por qué dije eso?”. “¡Qué metida de pata!” “¿Para qué me comprometí con esa persona?” “La próxima vez a mí no me agarran” “Eso me pasa por meterme a arreglar problemas que no me corresponden”.A veces me auto castigo: “está bien; me lo merezco; cuando voy a aprender”. Pero lo que con mucha frecuencia me ocurre es que culpo a otros de no poder satisfacer mis necesidades: “Aquí no se puede descansar”, “Nadie valora lo que yo hago”, “La gente no me quiere, y si me busca, es por interés”, “A la hora de la verdad nadie me ayuda”. Y a veces me doy cuenta que hasta culpo a los otros de cómo yo me siento: “Mi tensión es por la informalidad de la gente”, “Las mentiras me ponen fuera de mí”, “Me desanima la gente que no hace nada por superar sus propios problemas y dice que los problemas de la sociedad no tienen solución”. Estas u otras expresiones parecidas, y los sentimientos (de tristeza, enojo, o miedo), que de ellas surgen, me hacen ver las luces rojas que se prenden frecuentemente dentro de mí.
¡Qué importante es tener en cuenta y observar bien el
termómetro de mis sentimientos! Estas luces rojas son valiosas
porque me están indicando que no estoy satisfaciendo mis necesidades; ya que cuando las satisfago adecuadamente encuentro verdadera paz en mí interior. Si esta paz no aparece en mí, es porque
en vez de satisfacer mis necesidades como corresponde, lo que estoy haciendo es compensar o buscar evasiones. Y esto, parece que calma de momento, pero no alcanza.
2.- Las compensaciones no satisfacen nuestras necesidades:
Lo que los humanos más generalmente hacemos frente a nuestras necesidades es buscar compensaciones o evasiones. ¡Por eso vivimos tan insatisfechos! Y es que es más fácil para nuestra naturaleza humana, viciada por el pecado, buscar el placer de la compensación que la satisfacción profunda de la necesidad. Por el contrario, satisfacer las necesidades exige autodominio, ir muchas veces en contra de nuestra natural inclinación o compulsión y estar atentos a no perder el equilibrio. Si tengo hambre, debo comer, ciertamente. Pero ¡cuántas veces como más de lo que necesito; o como lo que me puede hacer mal! Y así, en vez de buscar la satisfacción adecuada de una necesidad (con su consiguiente placer) lo que hago muchas veces es buscar el placer por el placer, lo que a la larga me deja más insatisfecho, y hasta me puede llevar a enfermarme. Y lo que decimos de la comida podemos decirlo de cada una de nuestras necesidades básicas, como veremos más adelante. Es de personas equilibradas y sanas (o en búsqueda de su equilibrio y sanación) reconocer sus continuas compensaciones y
evasiones, que no le satisfacen ni le permiten crecer como persona ni
le llevan a la paz. Es fácil reconocer que la borrachera no satisface ninguna necesidad, y que es una evasión, que acarrea mayores insatisfacciones a las necesidades de la persona. Pero muchas veces es más difícil aceptar que la venganza, el capricho, el silencio que aísla, o la indiferencia frente a personas, también son formas de
compensación o evasión, y que tampoco equilibran ni dan paz,
aunque produzcan un placer momentáneo, o eviten un posible sufrimiento.
3.- ¿Qué son las compensaciones?
Con todo lo expresado anteriormente, ya está bastante claro que las compensaciones y evasiones son actitudes, acciones concretas o decisiones con las que pretendemos satisfacer nuestras necesidades básicas, pero que en el fondo nos siguen dejando insatisfechos. Buscar compensaciones o evasiones es buscar
antivalores. Y, si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que nos provocan un aumento de la necesidad, en vez de satisfacerla. Y esta insatisfacción la percibimos por las luces rojas de nuestros sentimientos (tristeza, enojo o miedo) que se prenden en nuestro interior.
Podemos confundirnos y llegar a pensar que compensando o evadiéndonos podremos ser felices. Pero realmente, tanto las compensaciones, como las evasiones son siempre negativas, incapaces de hacernos sentir bien y un camino equivocado para la verdadera felicidad, ya que son antivalores.
Una religiosa que participaba de un curso sobre sentimientos compartía abiertamente “no es fácil evitar las compensaciones”. “Ciertamente que no es fácil -le contesté- porque muchas veces es lo
primero que nos aparece: el deseo de compensar o de evadirnos, como consecuencia de nuestra inclinación natural al pecado”.
Esto me hace recordar lo que una psicóloga le decía a su paciente que se revelaba contra el tratamiento: “usted quiere tener
razón o ser feliz”.
4.- Compensaciones más frecuentes ante cada una de nuestras necesidades:
Son muchas y muy variadas las formas de compensar (o de evadirnos) que practicamos constantemente. Pero nos puede ser útil analizar un poco algunas de las más frecuentes frente a cada una de nuestras necesidades básicas.
Frente a las necesidades básicas físicas:
- de alimentos para mantener bien nuestro cuerpo: muchas veces las compensaciones más frecuentes a esta necesidad suelen ser la gula, la bulimia (ansiedad insaciable de comer) y la anorexia.
- de descanso: podemos compensar esta necesidad tanto por exceso como por defecto, con la pereza, el abuso de tranquilizantes o de estimulantes y el excesivo trabajo (como auto justificación para no descansar).
- de techo y vestido: podemos compensar estas necesidades con el lujo, el derroche y la acumulación de ropa y adornos más allá de los que realmente necesitamos o el abandono y la miseria.
Frente a las necesidades básicas psíquicas:
necesidad suelen ser buscar ser admirados o alabados por los demás (por nuestros superiores principalmente) pretender ser el centro de atención de los que nos rodean y quejarnos de que nadie nos hace caso, de que no se aprovechan bien nuestros conocimientos, de que nos usan, de que nadie admira lo que hacemos o lo que sufrimos, de que nadie nos agradece nada. Otra forma de evadir o compensar esta necesidad es buscar frecuentes cambios de pareja experimentando insatisfacción ante la primera dificultad.
- de auto valor: las compensaciones más frecuentes están por el lado de la autoafirmación (= afirmarse en uno mismo, imponerse, creerse superior).
Una forma muy común y primaria de autoafirmación es buscar y acumular riquezas y posesiones para que así los demás nos valoren (ya que no nos valoramos nosotros mismos). Por algo existe el refrán: “Tanto tienes tanto vales”. Y ¡cuántas veces hablamos de lo que tenemos o teníamos como forma de pretender darnos importancia ante los demás y que nos valoren por ello! ¡Qué pena!.
En nuestra sociedad competitiva es frecuente creerse superior (autoafirmarse) por los títulos universitarios o cargos que se ejercen, o se ejercieron, en la sociedad. Nos gusta presentarnos o que nos presenten mencionando nuestros títulos o cargos, aunque sean del pasado (“ex director”). Las empresas modernas quieren muchas veces hacer creer que un empleado vale más por el título que tiene o por el cargo que ocupa que por sus conocimientos y habilidades, Hay quienes siempre están repartiendo títulos a todo el mundo, como forma de halagar, y los hay también que no se dan por aludidos, y hasta se enojan, si no se menciona su título o cargo. Cuántos padres dicen a sus hijos: Tienes que tener un título sino no eres nadie.
Otra forma de auto afirmación es juzgarnos valiosos y hasta superiores a los demás por las cualidades que tenemos o por la experiencia que hemos acumulado. Estas formas de compensación son más sutiles, ya que las cualidades y la experiencia son importantes; pero es claro que, aunque no las tuviéramos tan desarrolladas, no dejaríamos de valer por eso. ¡Con qué facilidad tanto en el matrimonio como en la familia y en la misma comunidad religiosa, nos comparamos y nos juzgamos superiores a otros porque tenemos cualidades que ellos no tienen o no las han desarrollado de la misma manera! Y esas comparaciones no nos dan paz, porque son
autoafirmaciones.
- de pertenencia: Esta necesidad la compensamos muchas veces con relaciones superficiales tanto en la familia como con los vecinos y amigos. ¡Cuántas veces por pena, o para no tener problemas en la casa o en la comunidad no tocamos temas difíciles como el dinero, la religión, la política, lo que me gusta y lo que me disgusta de ti, los planes que tengo para el futuro!, Preferimos “una paz barata”. Por eso se rompen con tanta facilidad muchas amistades, que hasta nos parecían tan profundas, pero que se volvieron interesadas: “te ayudo para que me ayudes”. Porque nos preocupamos por tener muchas amistades, pero no las profundizamos adecuadamente. Se quedan en relaciones y amistades superficiales.
- A la necesidad de autonomía: Las formas más comunes de compensar esta necesidad son la dependencia y la independencia. Nuestras inseguridades pretendemos muchas veces canalizarlas de la forma más sencilla: sometiendo nuestra libertad a otros. Pensamos que así es la manera más cómoda de vivir o que nadie nos podrá responsabilizar si nos equivocamos. Pero, sometidos, no crecemos; sólo compensamos. La doble moral, la simulación y la mentira, aunque muchos lo hagan y nos permita salir airosos en algunas oportunidades, no son más que compensaciones que nos deterioran y pueden llegar a despersonalizarnos. Y, si se prolongan en el tiempo, pueden llevarnos a no saber ya quiénes somos o a rasgos esquizofrénicos, aceptando y justificando que convivan en nosotros mismos dos tipos de personalidad: la que me conviene para subsistir sin problemas y la que responde a mis raíces familiares.
También están los que para no ser ni parecer “dominados” actúan con total independencia. Hay padres que se enorgullecen de haber educado a sus hijos para que sean independientes. Si por ‘independencia” se entiende lo que nosotros llamamos autonomía, está bien (es sólo cuestión de palabras). Pero si por “independencia” se quiere decir que la persona debe tomar sus decisiones y actuar sin contar con nadie, eso ya sería una forma de compensación, que no da paz ni permite crecer. Para que los demás no me cambien la idea, yo muchas veces no pido opinión, hago lo tengo pensado hacer y después informo. Pero así, aunque me salgo con la mía, no encuentro la verdadera satisfacción, ni la paz.
- de trascendencia: La forma más común de compensar esta necesidad es querer dejar una huella de nuestra vida en la sociedad: que la gente nos recuerde positivamente y como una buena persona, una buena madre, un buen vecino, una persona que hizo mucho bien, un buen compañero de trabajo. No es que “ser bueno sea malo”, lo malo es poner el énfasis en dejar esa huella de nuestro paso por la vida. Esto es una forma muy humana de buscar trascender: el padre quiere ser un modelo para su hijo; el educador quiere que los alumnos le recuerden muchos años, pero resulta ser una compensación. ¡Quién sabe cómo nos recordarán después, y si nos recordarán o no!.
- de un guía o modelo: Es frecuente en la niñez tener al padre como modelo indiscutible, casi como un ídolo en el que no aceptamos ver fallas. En la adolescencia buscamos nuestros ídolos entre los profesores, en el deporte, el cine, la televisión, el arte, las modas..., llegando a imitaciones que pueden habernos llevado a hacer el ridículo algunas veces. Si miramos para atrás en nuestra vida, podremos reírnos un poco de nosotros mismos por las evasiones y compensaciones en las que caímos a causa de los ídolos humanos que elegimos o nos fabricamos. También en la edad adulta compensamos nuestra necesidad de un guía idealizando a personas ¡Cómo me ha costado aceptar fallas en compañeros sacerdotes a los que yo había idealizado desde mi juventud! ¡Cuántos enojos e incomprensiones de mi parte cuando me he topado con sus límites humanos!. Y, por supuesto, nunca pensé en qué podría yo ayudarlos o complementarlos. En el fondo yo tenía claro que ellos no me necesitaban; yo sí los necesitaba y no me podían fallar como modelo. No me daba cuenta de que, con esas exigencias, lo que hacía era compensar, ya que los humanos no pueden llenar esa necesidad de un guía que hay en mí. Sí me podrán orientar y ayudar un poco en la medida en que reflejen al único guía que es Cristo.
Otra forma de compensar es el fanatismo, cuando se deja que un líder disponga a su arbitrio de nuestra vida y hacienda, o justificando todas sus palabras y acciones hasta perder la capacidad de pensar con cabeza propia, o imitándolo hasta en las formas externas.
Si las compensaciones no cubren nuestras necesidades ¿cómo llegar a satisfacerlas?
IV – VALORES
1.- Sólo los valores pueden satisfacer nuestras necesidades:
Es evidente que las necesidades no se satisfacen, ni nunca se pueden satisfacer con las compensaciones ni con las evasiones, sino que las necesidades sólo se satisfacen con los valores. Esta es una de esas frases que deberíamos aprender de memoria para repetírnosla a nosotros mismos con frecuencia: “mis necesidades sólo se satisfacen con los valores”.
Pero ¿qué entendemos por un valor? ¿a qué llamamos un valor? No encontré en los libros ni en las conversaciones sobre el tema una definición que me satisficiera. La mayoría de los muchos autores que escriben sobre el tema se expresan más o menos así:
“Algo que, universal y objetivamente, en sí mismo, por su propia virtualidad, es entendido como positivo, digno, apreciable, merecedor de nuestro esfuerzo para lograrlo” (Gustavo Villapalos:
“El libro de los Valores” pág. 10). Esta definición me parece tan descabellada que por eso me atreví a hacer mi aporte. La palabra valor lleva implícito fuerza, bondad y vida. Por lo tanto podríamos intentar una definición diciendo que: los valores son ideas-fuerza hechas vida, que movilizan a la persona para el bien propio y el de los demás, y son causa de la felicidad humana.
2.- Utopías y valores:
Puedo decir que la amistad no es un valor para mí hasta que yo no tengo amigos. Mientras yo no tenga amigos, la amistad no será más que uno utopía, un anhelo, un buen deseo; pero nunca un valor. Por lo tanto un valor es un verdadero valor cuando lo tengo asumido o por los menos estoy luchando por hacerlo mío, por vivirlo. Mucho se escribe hoy sobre valores, pero a mi criterio mucho de lo escrito se queda en teorías, en utopías, que no se discuten, tal vez, pero que se quedan en los papeles y no se viven. “Los valores, si se consigue
practicarlos en la propia vivencia personal, constituyen el único y verdadero estado del bienestar y de la felicidad humana” (G.
Villapalos: “El libro de los valores”, pág. 11), vivir los valores nos lleva a la paz