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La imagen de reyes lejanos que vienen a pagar

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15: La imagen de reyes lejanos que vienen a pagar

tributo al rey escogido del dios nacional es un motivo común en todo el antiguo Oriente: “Abiertas estarán tus puertas de continuo; ni de día ni de noche se cerrarán, para dejar entrar a ti las riquezas de las naciones, traídas por sus reyes .. Acudirán a ti encorvados los hijos de los que te humillaban .. Te nutrirás con la leche de las naciones, con las riquezas de los reyes serás amamantada, y sabrás que yo soy Yahvé tu Salvador, y el que rescata, el Fuerte de Jacob” Is 60,11. 16.

El tributo de las naciones al pueblo

16-18: Estas acciones de Ciro (repatriación de los

exilados, retorno de los objetos religiosos y reconstrucción de los templos), están atestiguadas igualmente en el libro de Esdras: “Así habla Ciro, rey de Persia: Yahvé, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique un templo en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, sea su Dios con él. Suba a Jerusalén, en Judá, a edificar el templo de Yahvé, Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén. El rey Ciro mandó sacar los utensilios del templo de Yahvé, que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén y había depositado en el templo de su dios. Todo esto se lo llevó Sesbasar, cuando los deportados subieron con él, de Babilonia a Jerusalén” Esd 1,2- 3.7.11b.

Marduk, el dios nacional, era el mayor de los dioses pero no el único, algo similar a la concepción que prevaleció en la mayor parte del AT en relación con Yahvé, quien es el más grande de los dioses pero no el único: “Porque Yahvé es un Dios grande, rey poderoso más que los otros dioses” Sal 95,3; “más temible que todos los dioses” Sal 96,4); “¿Qué dios hay tan grande como nuestro Dios” Sal 77,13. La imagen que se desprende del cilindro de Ciro, así como de las oraciones babilonias a Marduk, muestran a un dios que, como Yahvé, se relaciona con nociones abstractas como la de soberanía, omnipotencia, realeza, compasión, justicia y atención cuidadosa (Cf. Cahiers, Oraciones 16).

En resumen: al igual que Yahvé, Marduk cuida de los suyos, libera los oprimidos, elige a un rey justo, lo unge, le da la victoria y lo hace instrumento de paz.

Repatriación y reconstrucción.

El dios nacional ¿el único o el mayor?

Política y religión

No debemos olvidar sin embargo, que el Cilindro de Ciro es una inscripción real y por lo tanto, un documento de propaganda oficial con una clara finalidad política: legitimar a un rey persa como monarca de Babilonia. El rey extranjero es saludado, en un documento ordenado por él mismo, como liberador y benefactor. Se busca “suavizar” la imagen negativa de esta empresa de conquista política y militar, indicando que la iniciativa de la misma no proviene del rey Ciro, sino que éste ha actuado en obediencia a una palabra dada a él por el mismo dios babilonio. Es Marduk quien lo llama y le asigna esta tarea. La religión cumple aquí una función legitimadora de una empresa política.

Algo semejante encontramos en el AT en relación con la conquista de Canaán: Yahvé llama a Josué, le asigna la tarea de la conquista, que se justifica dada la maldad de los habitantes originales, cuyo pecado ha provocado su expulsión, cf. Lev 18,26-30. La frase de Yahvé a Josué “Les doy todos los lugares que pisen sus pies” (Jos 1,3), recuerda la frase dicha por el dios moabita Kemosh al rey Mesha: “Vé y toma Nebo (de las manos) de Israel .. Baja y combate contra Hawronen” (Estela de Mesha línea 14 y 32; cf. p. 148ss.). Estas ideas forman parte de la ideología de guerra santa, común en todo el antiguo Oriente. Una ideología que forma parte vital de toda empresa de conquista y colonización, en el pasado y en el presente, y que asigna a Dios la responsabilidad e iniciativa del

dominio político sobre otros. El estereotipo de la maldad de los pueblos vecinos, funciona como una armadura que aísla de un entorno percibido como amenazante y peligroso. Es la separación simbólica entre lo propio y lo ajeno. Un texto sapiensal egipcio dice de los beduinos que llegan a sus fronteras: “No viven en un lugar fijo sino que sus piernas están hechas para deambular. Son gen- tes que han estado peleando desde los tiempos de Horus. No conquistan pero tampoco pueden ser conquistados. No anuncian el día de la batalla sino que son como ladrones. Pueden despojar a una persona aislada, pero no atacan a una ciudad bien poblada” Instrucción de Merikare 93-98 (Pritchard, ANET 416)..

El beduino es pues, esa figura indescifrable que simboliza lo ajeno, lo hostil. Es “el otro” en quien se encarna todo aquello que es contrario a lo propio, a lo seguro, a lo familiar.

Un comentario reciente a 1-2 Samuel incluye un recuadro titulado “David: historia per- sonal”, en el que se lo presenta en los siguientes términos:

“David no sólo era inteligente y hábil sino también bello, sano y descrito como una persona ‘de buena presencia’. La palabra ‘presencia’ significa literalmente ‘forma’ o ‘contorno’. David era físicamente capaz y atractivo. El atributo final de David, era el mejor: ‘Yahvé estaba con él’. Lo que Saúl no logró comprender es que era el espíritu de Yahvé que estaba en David era lo que lo confortaba, y no simplemente la música” (Cartledge, Samuel: 270). Esta valoración de David, en una prestigiosa obra académica publicada en 2001, muestra hasta qué punto la idealización de este personaje ha calado, tanto en la cultura popular, como incluso en los círculos académicos.

Con un acercamiento distinto, encon- tramos en la Biblia Latinoamericana una nota a 1 Samuel 29 titulada “David, el póster y la historia”, en la que se incluye lo siguiente:

“.. las páginas que se acaban de leer ¿son objetivas cuando lo presentan como la esperanza de los israelitas y

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