Capítulo 2. Referentes conceptuales y teóricos
2.4 Imaginarios Sociales
Los imaginarios sociales han sido asumidos desde diversas perspectivas teóricas con Durand (cercano a la antropología), Castoriadis (al psicoanálisis), Ledrut (a la mitología),
Balandier (a la sociología) y Maffesoli (a la filosofía), entre otros. En consecuencia, se considera que los imaginarios sociales son una matriz de sentido determinado que hegemónicamente se impone como lectura de la vida social, es decir son esquemas interpretativos que constituyen un marco de referencia para interpretar y comprender la realidad socialmente legitimada.
En este sentido, Cegarra (2012) expresa que el imaginario social constituye un repertorio de sentidos que se han legitimado en un marco social y cultural para interpretar comportamientos sociales y legitimar determinadas valoraciones ideológicas y culturales. Por lo tanto, el conocimiento que hay en todo imaginario social instituido, es un conjunto de creencias y costumbres, nociones y convicciones construidas y transmitidas a través del lenguaje y el tiempo, y es el modo que tienen los grupos sociales para comprender el mundo y dotarlo de sentido, lo cual opera en lo implícito, por lo que la única manera de acceder a él es a través de discursos y acciones narrativas de los sujetos acerca de la realidad, pues la significación imaginaria no se refiere a algo percibido o representado, sino a aquello a partir de lo cual las cosas son y significan (Agudelo, 2011).
De igual manera, Agudelo afirma que los imaginarios sociales son entendidos como una manera de reaccionar en el mundo y en una sociedad determinada, en el sentido de que puede intervenir sobre los comportamientos y los pensamientos de los sujetos sociales, y de que se exterioriza en prácticas y discursos. Por ello, comprender los imaginarios de una sociedad o grupo social determinado, permitirá al investigador entender muchos de los aspectos de dicha sociedad o grupo, porque se pueden investigar y describir en sus variadas manifestaciones y, sus producciones de sentido. Además, los imaginarios son útiles en la medida en que permiten que una sociedad se comprenda y resignifique sus valores.
En efecto, el imaginario forma parte de la codificación que elaboran las sociedades para nombrar una realidad, y en esa medida se constituye como elemento de cultura y matriz que ordena y expresa la memoria colectiva, mediada por valoraciones ideológicas, auto-
representaciones e imágenes identitarias. Entonces, los imaginarios sociales deben asumirse también como matrices de significados que orientan los sentidos asignados a determinadas nociones ideológicas mayoritariamente compartidas (la nación, lo político, el arte, entre otras) por los miembros de una sociedad (Ugas, 2007 como se citó en Cegarra, 2012).
Entonces, los imaginarios sociales se imponen como lectura preferente de la vida social, pues cada época histórica (a través de los grupos sociales que la lideran) construye o
resignifica los sentidos que desea socialmente transmitir. Aún más, los grupos humanos se desarrollan sobre un territorio, pero éste per se no instituye la carga afectiva y cultural o cualquier asociación simbólica, sino que a través de los diversos imaginarios sociales que circulen en esos grupos sociales se configuran emblemas, narrativas y mitologías, es decir se construye una cultura, y también una historia, una visión sobre el presente y el futuro, porque los imaginarios actúan como elementos coadyuvantes en la elaboración de sentidos subjetivos atribuidos al discurso, al pensamiento, así como a la acción social (Baeza, 2004 como se citó en Cegarra, 2012).
Entre tanto, desde posturas epistemológicas distintas, LeGoff (1995 como se citó en Cegarra, 2012) afirma que los imaginarios sociales tienen una materialidad tangible en los documentos elaborados por las sociedades, por lo tanto, pueden ser objeto de análisis como evidencia empírica. En consecuencia, los imaginarios sociales son históricamente reconocibles y constituyen una fuente para la comprensión de los “esquemas interpretativos” de los grupos sociales. Por ello, es posible recurrir a distintas fuentes como el mito, la literatura, la escultura, la arquitectura y otras tantas prácticas sociales humanas que revelan un simbolismo y un sentido que puede ser “descifrado”, y ofrecen claves sobre distintos aspectos de la vida cotidiana que sería imposible captar con otros métodos.
Por otra parte, Durand (2005 como se citó en Cegarra, 2012) afirma que “el imaginario social viene dado en el bestiario que acompaña la cultura”, y funciona como el conjunto de imágenes interrelacionadas que constituyen el pensamiento social y colectivo, es decir, da sentido a la realidad socialmente compartida, pero en términos antropológicos, desde lo esencialmente humano. Por su parte, Carretero (2001) considera que comprender cómo se configuran los imaginarios y sus implicaciones sociales, culturales, educativas o políticas, permite comprender cómo se regulan a su vez los comportamientos sociales (Pintos, 2005).
Además, con los imaginarios la colectividad define su identidad construyendo su propio sistema de referencias, por ello regulan la acción social, lo que implica designar una “identidad colectiva” que consiguientemente marca su territorio, y las fronteras de éste, para definir sus relaciones con los otros. Es decir, los imaginarios sociales propician la adhesión de los sujetos a un sistema de valores e intervienen eficazmente en el proceso de su interiorización por los individuos, moldean las conductas, cautivan las energías, y llegado el caso conducen a los individuos a una acción común. De este modo, la escuela, los medios de comunicación de
masas y otros aparatos difunden los imaginarios dominantes a fin de controlar la circulación de determinados símbolos, esquemas interpretativos y discursos legitimadores (Baczko, 1999).
Para el contexto regional, se tiene en cuenta lo señalado por Acebedo et. al, (2003, p. 288-289), en el sentido de que los imaginarios sociales:
(…) se nutren con materiales de diverso origen y condición: informaciones fragmentarias obtenidas a través de los medios de comunicación; conocimientos suministrados por instituciones de educación formal e informal; imágenes diversas que perviven en la memoria de grupos e individuos (fotos, audiovisuales, música, etc); juicios de valor de origen colectivo o individual sobre la importancia y el significado de un asunto dado; expresiones emocionales que se relacionan con sentimientos de empatía o animadversión, sentido de pertenencia y arraigo; así como sentimientos de identidad cultural.
Por su naturaleza dinámica, los imaginarios se modifican según circunstancias variables del entorno sociocultural o natural. Tienen funciones cognitivas e inciden en la conducta social de los dirigentes y de los ciudadanos. Funciones cognitivas, en tanto actúan como filtros de la percepción que
seleccionan y decodifican las informaciones cotidianas de los medios masivos según ciertos guiones o pautas generales y a partir de criterios valorativos. En la medida en que intervienen en la formación de juicios de valor sobre la realidad social y natural, repercuten en la toma de decisiones y en la conducta individual y colectiva.
En consecuencia, en el ámbito educativo, partir de los imaginarios que los sujetos elaboran, se convierte en una oportunidad para comprender las relaciones que establecen las personas con el ambiente, además de generar aprendizajes y una apropiación del territorio (Torres, 2017).