La globalización es una corriente que desde años atrás viene imponiéndose en el mundo, más el hecho de que la globalización facilite los intercambios de toda índole, lleva consigo la posibilidad de que pueda actuar como multiplicador de riesgos pues permite que éstos se propaguen con gran rapidez, acorde al avance de las comunicaciones y la facilidad de trasladarse rápidamente a cualquier lugar de esta planeta, ya llamado aldea global.
Para entender mejor lo que es la globalización, tomemos lo que al respecto manifiesta la Enciclopedia Encarta, “Globalización, concepto que pretende describir la realidad inmediata como una sociedad planetaria, más allá de fronteras, barreras arancelarias, diferencias étnicas, credos religiosos, ideologías políticas y condiciones socio-económicas o culturales. Surge como consecuencia de la internacionalización cada vez más acentuada de los procesos económicos, los conflictos sociales y los fenómenos político-culturales” (10).
En sus inicios, el concepto de globalización se ha venido utilizando para describir los cambios en las economías nacionales, cada vez más integradas en sistemas sociales abiertos e interdependientes, sujetos a los efectos de la libertad de los mercados, las fluctuaciones monetarias y los movimientos especulativos de capital. Los ámbitos de la realidad en los que mejor se refleja la globalización son la economía, la innovación tecnológica y el ocio.
La caída del Muro de Berlín y la desaparición del bloque comunista ha impuesto una acusada mundialización de nuevas ideologías, planteamientos políticos de "tercera vía", apuestas por la superación de los antagonismos tradicionales, como "izquierda-derecha", e incluso un claro deseo de internacionalización de la justicia.
La tendencia internacional tiene ya establecido su horizonte: derribar las barreras comerciales. Decenas de acuerdos se han multiplicado en los últimos años y Estados Unidos se ha convertido en líder en esa materia. Su peso económico y su categoría de potencia mundial lo hace un imán para negociar los tratados de libre comercio.
Si se pasa revista a los últimos seis meses del 2004, el Gobierno de Washington ya ha firmado tratados con nueve países: los cinco países de Centroamérica, República Dominicana, Australia, Marruecos y Bahréin.
Adicionalmente, el mes de noviembre del 2004, realizó con Panamá la primera ronda de negociaciones comerciales y desde mayo está embarcado en las negociaciones con tres países andinos: Colombia, Ecuador y Perú.
Eso no para allí. Dentro de poco empezarán las negociaciones con Tailandia y con las cinco naciones de la Unión Aduanera del África Meridional (SACU). Todos estos tratados se sumarán a los ya logrados con Israel, Canadá, México, Jordania, Chile y Singapur.
Sin lugar a dudas, el gran país del norte se ha transformado en el director del panorama comercial mundial. Por ello, la decisión de negociar de las tres naciones andinas obedece, además, a un fenómeno que se impone como una nueva moda.
Situación que obliga a cada país a conocer con más detalle cuáles son sus fortalezas, sus oportunidades, sus debilidades y, sus amenazas, para no lamentar errores en un futuro que se muestra irreversible.
La globalización, que en su inicio pareció encantar a muchos, parece denotar algunas aristas que han sido percibidas como riesgosas para los intereses particulares de algunos actores internacionales, arrastrando a parte de la opinión pública a la manifestación de disconformidad.
En torno a este punto, cabe mencionar que el mismo proceso globalizador, en su vertiente comunicacional, propicia una transculturización, que podría afectar a ciertas sociedades cuya identidad cultural nacional adolece de la fortaleza deseable. Este aspecto, no menor, induce la creación de imágenes sobre estilos y calidades de vida, que pueden incentivar demandas, por el momento, imposibles de satisfacer por los gobiernos, si no se ha incorporado al análisis público, el previo proceso de esfuerzo, no exento de conflictos y de crisis, que condujo a los países “modelo”, al nivel de crecimiento que exhiben en la actualidad.
En el escenario latinoamericano, compuesto por países mayoritariamente productores de “commodities”, la percepción de los efectos de la extensión e interdependencia de los mercados se expresa a través de la, insuperable dificultad de incorporar a sus procesos productivos. El "Know How" a nivel de los desarrollados tecnológicamente, elemento esencial a la hora de la industrialización o de incorporar valor agregado a la producción primaria, lejos aún de la innovación productiva.
La mencionada y evidente dificultad se hace crítica al tenor de la forma como se adecua el “nuevo ordenamiento del mundo industrial y
comercial”. Este proceso actúa casi en forma determinista al irse configurando con la variable "nicho económico productivo" mencionada, asociada a la variable macroeconómica "Producto Interno Bruto", pasando ésta última a depender de la primera. Por supuesto, queda el espacio para superarse en la medida de la eficacia en la explotación de la misma producción primaria.
En efecto, se puede acceder a un mejor nivel tecnológico para hacer mejor de lo mismo, pero se dificulta la intención de pasar a la "Segunda Ola de Toffler", ante la pretensión de incorporarse de igual a igual en la competencia del mercado de productos terminados, por parte de los países en vías de desarrollo.
Surgen entonces los antecedentes político económicos, en parte importante, causales de la no superación de "la pobreza", amenaza endémica y lejos la más grave en materia social.