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CAPÍTULO TERCERO: EL RECONOCIMIENTO DESDE LA PRAXIS EVANGÉLICA Y LA ESPIRITUALIDAD IGNACIANA

1. Implicaciones del Reconocimiento: dignidad humana y praxis

Conviene recordar lo fundamental del reconocimiento y sus elementos teológicos. No se ha querido dar una sola definición sobre el mismo, para valorar la riqueza y la diversidad del término; pero son identificables sus componentes centrales: el reconocimiento, en teología, es la condición de posibilidad de establecer una relación con Dios, con la comunidad y con el entorno. El reconocimiento es planteado, a partir de los autores abordados, como un proceso de fe, de experiencia vital, que implica una afirmación que nace de lo cognitivo, lo afectivo y lo físico; en síntesis, desde una perspectiva integral de la persona, que es condición de posibilidad de la relación con Cristo y que se evidencia en la acción. Este proceso de reconocimiento tiene también algunas dimensiones y ampliaciones: reconocimiento de sí mismo, en términos de interioridad, del otro en términos sociales y comunitarios, del Otro, en términos de trascendencia y fe; un proceso que desencadena la acción y el compromiso y que expresa su dinamismo en términos de espiritualidad.

Si bien, encontramos otras líneas, dentro de la teología sistemática, incluso reconocidas como relacionales, proponemos que un estadio previo es el de reconocimiento,

pues, como se abordó en el capitulo anterior, las relaciones pueden ser asimétricas, conflictivas o incluso negativas, puede hablarse de un no-reconocimiento como base de las relaciones de poder en la misma Iglesia. Encontramos que la clave de una relación, en todo el sentido positivo y abierto, está en un momento previo de reconocimiento que, además, contempla una perspectiva integral de la persona. Involucra todas sus capacidades desde los primeros años, en la primera esfera de la familia, y que se desarrolla en una comunidad de referencia, que implica la segunda esfera y que culmina en un sentido de pertenencia a una institución concreta: la Iglesia universal, que correspondería a la tercera esfera. Por otra parte, se resalta que este reconocimiento no es solamente una operación cognitiva, sino que involucra el mundo afectivo y lo lleva de manera evidente al campo de la acción, es decir, la praxis; esta es la diferencia radical con otras posturas teológicas, sean de corte trascendental, místico o relacional.

Precisamente la vinculación con la praxis nos lleva a dos consideraciones fundamentales que se abordarán: el fundamento del reconocimiento en la propia praxis de Jesús y en una mística volcada a la acción y cuya trayectoria ha sido reconocida a lo largo de los siglos, dentro de su aporte al gran bagaje espiritual cristiano, la espiritualidad de Ignacio de Loyola. Finalmente, se abordarán las implicaciones de este reconocimiento frente a diversos temas y desafíos en la actualidad eclesial.

1.1 Punto de partida: no-reconocimiento en la Iglesia actual

En este último capítulo presentamos, desde el campo de la praxis, la importancia teológica del reconocimiento, especialmente en el contexto actual de la iglesia católica. Si analizamos el momento presente del catolicismo, especialmente durante los dos últimos pontificados, diversos conflictos se han desatado de manera dramática y compleja. El papa Francisco ha empezado una labor considerada por algunos como la culminación del invierno

eclesial. Sin embargo, los asuntos pendientes aparecieron con más fuerza y la necesidad de

medidas urgentes ante problemas de poder y autoridad, que adquirieron dimensiones abrumadoras. Tenemos, además, las brechas en el campo moral, la preocupación por las familias, los jóvenes, el papel de la mujer y, en general, del laico en la Iglesia; la necesidad

de fortalecer el diálogo interreligioso, la espinosa situación de la oposición por parte de cardenales y sectores conservadores y una serie de cuestionamientos a la credibilidad eclesial. Ante esta situación, las líneas teológicas y pastorales de Francisco, son un intento de replantear y asumir varios temas que entran claramente dentro de su magisterio y son un intento de responder de manera humana, cristiana y oficial por parte de la Iglesia. Por ello y desde el objetivo del presente trabajo, las implicaciones del reconocimiento nos llevan a la consideración del momento actual de la Iglesia y al centro de la reflexión sobre la importancia de la comunidad y la dignidad humana particular, dos puntos definitivos de la vivencia espiritual y la praxis cristiana.

1.2 Dignidad humana y comunidad

El punto de partida, como se señaló, es la recuperación del valor de la persona y su vinculación esencial con la comunidad. En este sentido, recordamos la importancia de las esferas y su ampliación en el campo teológico. Honneth planteaba una triada que ponemos en lenguaje religioso: Familia-Comunidad-Iglesia. La importancia de la primera esfera, constitutiva del núcleo familiar, es evidente. En efecto, es el ambiente y el espacio de acogida y primer contacto con lo religioso, donde se configuran las imágenes de Dios y se transmite la primera experiencia de fe; la primera catequesis, de mano de la iglesia doméstica, y el primer sacramento, el don bautismal. Conforme avanza el crecimiento, la persona se incorpora a una comunidad de referencia, sea la parroquia o el colegio católico, con sus diversos grupos, estrategias y procesos de formación. La experiencia eclesial se amplía y se reconoce esta dimensión de iglesia local, que pertenece de manera simultánea a la experiencia de la Iglesia universal. En estos tres espacios vitales, el concepto o la noción integradora es la de la comunidad conformada por personas concretas, consideradas como tales, en virtud de su existencia y dignidad, desde los presupuestos cristianos, de hijos/as de Dios, hermanados/as en Jesucristo. Por ello es esencial el reconocimiento de esta dignidad que, como se apuntó, permite establecer las dinámicas sociales de la comunidad creyente.

Dicha comunidad opera un reconocimiento mayor, a nivel persona y colectivo, el de Dios como Creador y presente, de manera trinitaria, en la Iglesia y en el mundo. El Padre envía al Hijo y éste al Espíritu, acción divina que presenta el paradigma de comunión y vida

divina al cual está invitado el ser humano, personal y comunitariamente. Esta dinámica trinitaria, permite reconocer al Creador en sus criaturas, al Salvador a través de su encarnación y al Espíritu en la vida de la Iglesia. Esta vida eclesial, está marcada por la praxis, a través de diversos elementos no siempre reconocidos, entre ellos los campos ya abordados de la liturgia (rito y símbolo), de la comunicación (lenguaje) y de la ética (moral y praxis). Estas dimensiones hablan claramente de un estadio eclesiológico en sus diversos elementos: la fe que es experiencia compartida, desde la ampliación de su comprensión, como una fe integral, que abarca e involucra a toda la persona. Por otra parte, las diversas maneras de vinculación con la institución y las prácticas de la misma, desde la noción y el compromiso que cada persona elabora; esto atañe a quienes se sienten católicos por su participación en los ritos, por su dimensión personal y privada de espiritualidad o por sus prácticas éticas o de caridad.

En este momento eclesial, encontramos dos elementos problemáticos específicos, además de los esbozados en términos de no-reconocimiento y la relación con la autoridad y el poder. Se trata de la comprensión de Iglesia que está presente en el imaginario del común de los católicos, que asocia la pertenencia eclesial a quienes tienen un rol o una responsabilidad dentro de la misma; en este caso, quienes pertenecen a la Iglesia son el clero, la vida religiosa, los catequistas o ministros, mientras que los fieles son una suerte de espectadores. Por otra parte, esta vinculación se entiende solamente en momentos formales u oficiales, es decir, el católico se considera practicante solamente en función a su participación en los ritos litúrgicos. Este es primer punto frágil que se ha convertido en motivo de deserción en los últimos años, pues muchos no se consideran parte de la Iglesia y no desean hacerlo en función de las celebraciones, las que consideran monótonas, caducas o carentes de sentido.

El segundo punto es la incoherencia existente entre la doctrina y la praxis, especialmente, a raíz de la evidencia de los casos de abuso. Si bien es necesario matizar y presentar todos los elementos en juego, es clara y evidente la percepción de incoherencia; además de los diversos estudios actuales que relacionan la vinculación entre poder y abuso100.

Sabemos, gracias a Rahner, que el centro del problema es la vinculación no adecuada entre autoridad y poder, pero, lo definimos con claridad, es un problema de incoherencia entre los

lineamientos y principios de la Iglesia y su aplicación en la realidad, en definitiva, un problema de praxis. Por ello, nuestro primer acercamiento en este último capítulo, será el ejercicio de volver a la esencia de la praxis cristiana: la acción de Jesús, testimoniada en los Evangelios.