Protección Social Bosque Popular
5.1 La importancia del sentido de hogar para las personas mayores
Todo ser humano desarrolla vínculos afectivos con el entorno, fenómeno que Tuan (2007) ha nombrado “topofilia”. A través de procesos complejos, relacionados con la percepción, la
identidad y los lazos sociales entre otros, un “espacio” se convierte en “lugar”, adquiriendo significado y valor (Tuan, 2007). Las relaciones que se crean, según Tuan, no son siempre positivas, sin embargo la topofilia impacta de manera significativa la salud.
Se ha notado en la literatura (Bhatti, 2006) que el hogar (“the home”) ha sido
tradicionalmente considerado uno de los lugares más importantes para la creación del sentido de lugar. El hogar no es, por lo tanto, una simple vivienda, sino un espacio significado. Un centro simbólico para uno mismo (Bhatti, Church, Claremont y Stenner, 2009), es una extensión de la persona, el punto desde el cual el sujeto involucra el mundo, lo que resuena con la idea de Bachelard (2006), según la cual tomando posesión de la casa, se toma posesión del universo.
Los vínculos de las personas con sus hogares son menos fáciles de percibir, pero más permanentes y profundas que las conexiones fugaces que se crean con otros tipos de espacios (Tuan, 2007). Lo que origina los afectos hacia el hogar es la familiaridad, la experiencia cotidiana (Tuan, 2007), y cada casa que tenemos a lo largo de la vida nos recuerda el arquetipo de la casa natal, en la que hemos adquirido el sentido de la intimidad (Bachelard, 2006). A su
vez, la casa natal está “construida sobre la cripta de la casa onírica” (Bachelard, 2006, p. 116), de la cual trae referencias implícitas a la raíz, a la pertenencia y a la inmersión en los sueños.
La intimidad que es componente fundamental del sentido del hogar viene a mano con la protección que nos inspira. El hogar emerge a menudo como refugio, un lugar de retiro donde encontramos abrigo frente a las amenazas que pueden venir del mundo exterior (Tuan, 2007; Bachelard, 2006).
Pero el significado para cada persona nunca es algo definitivo. Con el pasar del tiempo, identidad, intimidad, protección y pertenencia varían su relativo peso en la compleja ecuación del sentido del lugar. Aún en los contextos de vida más estables, la percepción de la casa está en continua transformación, y los vínculos que se generan son fuertemente influenciados por el inevitable recorrido vital que nos lleva desde el nacimiento a la vejez.
Las personas mayores son más susceptibles que otras en perder su vivienda por razones económicas o de abandono (Organización Mundial de la Salud, 2002), razón por la cual la creación de un entorno propicio y favorable ha sido declarado una de las tres orientaciones prioritarias del Plan de Acción Internacional para el Envejecimiento, elaborado en Madrid en el 2002 (Dulcey-Ruiz et al., 2013). Esto no significa la simple disposición de un lugar físico de vivienda, sino va más allá, en el territorio simbólico del hogar, que con sus promesas de protección y abrigo, se vuelve un lugar fundamental durante esta etapa de la vida.
Varios estudios llevado a cabo sobre el adulto mayor (Bhatti, 2006, Milligan et al., 2004) concuerdan en que las personas de tercera edad son sujetas a más amenazas del mundo exterior que el resto de la población adulta, lo que cambia significativamente su percepción y su
necesidad de sentirse seguras.
Pero la vejez trae también sentimientos contradictorios hacia la casa. Por un lado, hay una necesidad cada vez mayor de sentirse a salvo en un espacio íntimo, donde la persona pueda encontrarse y sentir que pertenece. Por el otro, crecientes limitaciones físicas se vuelven un obstáculo cada vez mayor en la capacidad de la persona de hacerse cargo de su entorno, lo cual lleva a sentimientos de frustración y falta de seguridad en su propio hogar (Bhatti, 2006). Es una de las razones por lo cuales muchos escogen o son forzados a abandonar sus viviendas y acudir a centros de cuidado para personas mayores. Sin embargo, la transición desde un contexto privado a uno institucional es una experiencia fundamental para las personas. Según Bhatti (2006) los gerontólogos señalan que dicho cambio a menudo produce serios problemas psicológicas y
sociales, sentimientos de pérdida, retiro del mundo, y hasta depresión, mientras que otros mencionan el desconcierto y pérdida de referencia espacial relacionadas con la construcción de la memoria afectiva, que dicha situación conlleva (Rodríguez y Vejarano, 2015).
Es fácil entender entonces la importancia de que las personas mayores del Centro de Protección Social “Bosque Popular” lleguen a crear un vínculo afectivo con su entorno, y lo perciban como un hogar. Más que en un centro de cuidado, la población en el CPS es
especialmente vulnerable, y muchos han llegado debido al abandono familiar y la pérdida de sus viviendas. A pesar de que la institución ofrece la protección necesaria, es posible que los adultos mayores no lo perciban de esta forma, ya que la ruptura con sus antiguos espacios de vida puede ser agudamente sentida. Existen también otros factores que pueden dificultar la construcción de un sentido de hogar: no es fácil sentirse en intimidad en un cuarto compartido, y el ambiente institucional implica una falta de control sobre el entorno, que puede impedir la identificación con el espacio y la pertenencia. Cuando se comparte con las personas del centro, el tema de los que “no quieren estar aquí” ha surgido como parte del ambiente social en la institución.
Todo esto puede representar, según advierten los estudios mencionados, una amenaza por la salud y el bienestar de las personas en el Centro de Protección.