CONDUCTA INNATA DEL LOBO Y EL PERRO
TEMA 4. CONDUCTA INSTINTIVA DE CAZA EN EL LOBO Y EL PERRO
4.3. EL IMPULSO DE PERSECUCIÓN Y LAS LOBADAS
Ante la huida de la presa, se dispara el impulso instintivo de persecución. No obstante, depende del nivel instintivo del predador, el que un posible estatismo o inmovilidad defensiva de una víctima ponga o no en marcha la captura instintiva por parte de ese predador.
En el caso del lobo, como buen oportunista que es, la víctima inmóvil no representará, para él, dificultad alguna a la hora de resolver su captura. En los perros encontramos desde la exacerbación al adormecimiento del instinto, y no necesariamente un equilibrio entre los umbrales de los distintos impulsos dentro de una conducta instintiva. Quiero con esto decir que hay perros, como sabemos, con alto impulso de rastreo pero que no saben qué hacer al encontrarse con la presa perseguida, o más acertadamente, no tienen ningún interés por ella; y también perros que no rastrean pero reaccionan al más mínimo movimiento de la presa. Otros hay que persiguen a la presa pero no la capturan, porque carecen de suficiente impulso de sujeción. Y otros más, en cambio, que no reaccionan ante la presa inmóvil. Y así multitud de posibilidades diferentes.
La técnica de caza preferida del lobo es la persecución. En aquellos lugares aún poco antropogenizados, los cánidos salvajes ponen en marcha sus más desarrolladas cualidades. La persecución, que en ocasiones llega a durar horas enteras, evidencia que la resistencia, tesón y capacidad del lobo para dar alcance a sus presas no tiene parangón. Pero, muy pocas veces consiguen los lobos alcanzar a sus rapidísimas y avivadas presas salvajes mediante ataques directos, y deben adoptar sofisticadas estrategias de rodeo y batidas, lo que exige una ingente cantidad de esfuerzo.
Para desarrollar tal esfuerzo, cuentan con una gran energía específica de acción de caza. De esta forma, para desfogarla es necesario que el lance de la caza sea lo suficientemente exigente, lo que no se corresponde con lo que sucede en los eventuales ataques a rebaños domésticos.
Es por ello por lo que, cuando el lobo pleno de energía específica de acción de caza y excitación
específica de caza, encuentra un rebaño doméstico, queda inundado, emborrachado por tan enorme
cantidad de estímulo, y toda la coordinación de caza (persecución-presa) es puesta en funcionamiento consecutivamente, una y otra vez, sin desahogarse plenamente hasta haber terminado con el estímulo en sí. O hasta llegar al cansancio específico de acción del impulso de caza o al
cansancio específico de excitación de caza; es decir, cuando el instinto queda «harto» o el estímulo
deja ya de estimular por auténtico «empacho» —inundación en términos etológicos—. Es así como se producen las terribles lobadas, que tanta polémica siguen creando hoy día, y que persiguen al ganadero desde los albores de la Humanidad. Al contrario que las presas salvajes, el lobo encuentra presas idiotizadas por la domesticación al servicio del hombre. Lo mismo le ocurre a un zorro que penetre durante la noche en un gallinero, o a cualquier mustélido —garduña, turón, comadreja… Se encuentra, de pronto, con una ingente y desproporcionada cantidad de estímulo de caza a su alcance y con una energía instintiva enorme por desfogar.
En cambio, ante ganado vigilado, el predador encuentra condiciones más equilibradas y acordes con las dictadas por el medio natural. Es el caso de los rebaños que están protegidos por mastines. En los Alpes de Transilvania, donde la cabaña ganadera de montaña es mayor que en España, y donde la población de predadores —osos y lobos— es muy superior, pude comprobar cómo el uso de los perros molosos de protección de los rebaños, unido a la estabulación nocturna, evitaban las bajas masivas por predación.
El proceso instintivo de estas matanzas antinaturales sería este: el impulso de persecución, antes de haber podido desahogarse plenamente en esforzada carrera y estrategia de rodeo, es interrumpido rápidamente, debido a que la presa es increíblemente fácil de capturar para él; por tanto, antes de haber podido terminar con su presa y logrado liberar toda la coordinación instintiva, antes incluso de haber podido disparar su impulso de presa o sujeción de la misma, la carrera de otra oveja, estímulo clave para su aún insatisfecho y ahora ya puesto en marcha impulso de persecución, le hace abandonar a su víctima e iniciar la persecución de otra; y así sucesivamente… Alcanzando unos niveles de excitación, de, como digo, «emborrachamiento» instintivo, muy altos hasta que consigue llegar con plenitud al acto consumatorio, satisfaciendo así el objetivo instintivo.
Figura 15. El lobo que persigue a una presa natural tiene que emplearse a fondo, desfogando así toda la energía
específica de acción y excitación de caza. Su recipiente metafórico de energía endógena de acción de caza se vacía. Su psique puede relajarse.
Figura 16. El lobo que da caza a una presa doméstica no ha tenido la oportunidad de desprenderse de toda la
acumulación de energía específica de acción y excitación, así que aún se mantendrá muy motivado para la conducta de caza y necesitará continuar desahogando el instinto.
Figura 17. Un lobo en plena « lobada» . El
impulso de persecución, antes de haber podido liberarse plenamente, es interrumpido rápidamente, debido a que la presa es demasiado fácil de capturar; por tanto, antes de haber podido terminar con su presa y haber podido desfogar toda la coordinación instintiva, la carrera de otra oveja le hace soltar a su víctima e iniciar la persecución de otra; y así sucesivamente… Alcanzando unos niveles de excitación muy altos hasta que consigue llegar con plenitud al acto consumatorio del instinto. Es esta la razón por la que las primeras ovejas quedan heridas, las siguientes malheridas,
algunas muertas y sólo alguna, en todo caso muy pocas, parcialmente devoradas.
De esta forma, se producen, en las lobadas, tantas bajas y heridas. No se trata, pues, como se ha creído durante mucho tiempo, de la herencia de un comportamiento primitivo y necesario en las épocas glaciares, evolucionado bajo la necesidad de la consecución de gran número de presas abatidas y acumulación proteínica, sino de una necesidad endógena hacia la satisfacción de una pulsión vital: el instinto de caza.
A menudo, se escuchan admirables mentecateces, como que los cánidos, «al probar la sangre
enloquecen…», o que «una vez que prueban la sangre ya quedan marcados para siempre». Ni qué
decir tiene, que todas estas afirmaciones se originan, sin duda, como el lector puede deducir a estas alturas del libro, en las raíces de la más profunda ignorancia. Tampoco es acertada, evidentemente, como podrá concluir también el lector, la afirmación, sorprendente por cuanto proviene del ámbito científico, de que «la depredación excesiva denota la falta de inhibición de la agresividad al atacar
animales sin suficientes mecanismos de defensa», pues se están confundiendo términos, ya que el
mecanismo de la agresividad no entra en juego en este comportamiento predatorio y los procesos de inhibición de la misma no tienen cabida aquí, sino que son propios de la ritualizada conducta jerárquica.
En la Naturaleza no suceden estas matanzas masivas. Los lobos que cazan en las grandes extensiones del Canadá, han de elegir un ejemplar de un gran rebaño, para darle caza entre todos los componentes del grupo. Será elegido aquel ejemplar de aspecto más débil, viejo o enfermo. Y así es como cumplen su función de máximos reguladores ecológicos. Los lobos europeos no encuentran hoy día tan enormes rebaños y han de ser también muy selectivos a la hora de los lances de caza. Bien es sabido que el lobo es un ahorrador, que no malgasta su energía en persecuciones inútiles, pues en la Naturaleza no cabe tal posibilidad por pura supervivencia. En este sentido, el perro es su contrapunto, pues, tras cientos de años de sobreprotección al abrigo del hombre, y debido a la selección que éste ha hecho a favor del servilismo del can, derrochan gran cantidad de energía en cada lance de caza, de manera que, en condiciones de supervivencia extrema, les sería muy difícil sobrevivir a este malgasto. Posiblemente, la selección del carácter neoténico, infantil, del perro, lleva también a este comportamiento poco ahorrativo. Es fácil entender, a este respecto, que los lobos inmaduros sean los que prosigan inútilmente la persecución de ciervos salvajes, aunque estos se hayan alejado del área de control de la manada.