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ORIGEN DE LAS RAZAS CANINAS LA SELECCIÓN DEL PERRO

TEMA 2. LA SIMBIOSIS HOMBRE-PERRO

2.4. ORIGEN DE LAS RAZAS CANINAS LA SELECCIÓN DEL PERRO

M uchos me preguntan, sorprendidos e incrédulos, cómo es posible que los perros provengan del lobo, cuando existen razas caninas tan alejadas morfológicamente de él. Ciertamente, si nos paramos a observar un bulldog inglés, prognático y de cuerpo sinuoso, un yorkshire terrier, que apenas pesa lo que un pequeño lobezno, un perro desnudo mexicano, totalmente exento de pelo, o un crestado

chino, igualmente falto de pelo excepto una singular y curiosísima cresta muy poblada en la cabeza,

komondor húngaro de largo pelo acordonado, un basset hound de grandes orejas caídas y cuerpo

desproporcionadamente largo… y otras muchas del medio millar de razas, aproximadamente, existentes en el mundo, entre las reconocidas y no reconocidas oficialmente, nos costará creer en lo que la ciencia de la genética actual se ha afirmado rotundamente. Pero incluso cuesta creer, de todas formas, que pertenezcan a la misma especie, y así es. Bien mirado, dentro de nuestra especie, cuán diferente es un nigeriano o un aborigen australiano de un nórdico europeo, y ambos de un oriental. Y si comparamos a un pigmeo, de menos de metro y medio de altura, con un nórdico, de piel blanca, pelo rubio, ojos claros y medio metro más de altura, comprobamos que también las diferencias morfológicas dentro de nuestra especie, por adaptación a distintos medios, son asombrosas.

En realidad, cuando me refiero al lobo como origen de la diversidad de razas de perros, no se debe imaginar exclusivamente al lobo en su variedad ibérica o europea, sino tener en cuenta que hay numerosas variedades o subespecies de lobos en todo el Hemisferio Boreal, y que la influencia de los pequeños lobos asiáticos sería más importante en la gran mayoría de los perros conocidos. Si comparamos, no obstante, algunas razas caninas, como los perros nórdicos de Alaska, Siberia y Groenlandia, con las razas de lobos árticos, nos sorprenderemos al comprobar la gran similitud que existe entre algunos ejemplares, que hace, incluso, dificultosa, a veces, la diferenciación entre estos perros y algunos lobos de las citadas regiones circumpolares. La explicación reside en que estas razas recibieron aportes genéticos recientes del lobo; incluso, en Groenlandia siguen cruzándose, en algunos lugares, los lobos árticos con los perros de los inuit de las regiones más ignotas, renovando la sangre constantemente y aportando el lobo nuevamente sus genes, más dominantes, al árbol filogenético del perro. Algunas razas caninas creadas en épocas recientes, han surgido mediante cruces realizados a propósito entre perros y lobos, como pueden ser el ceskoslovensky Vlcak o perro lobo

checoslovaco, el lupo italiano o el saarloos wolfhound.

Pero, no se sorprenda el lector profano de la existencia de tan numerosa variedad de razas de la especie doméstica canina, pues, dirigiendo la selección genética, y aprovechando la espontaneidad de las mutaciones naturales, el hombre ha podido literalmente crear, con mucha facilidad, esos ejemplares tan sumamente distantes del tipo primitivo. Y es que, los dos grandes transformadores del proceso filogenético, son la mutación y la selección. El gran Konrad Lorenz las comparó a un mazo y un cincel; el primero sería la selección y el segundo la mutación.

La existencia de las mutaciones fue una de las más geniales teorías de Darwin. Se trata de modificaciones espontáneas y aleatorias del acervo genético, alteraciones, errores, en suma, en el proceso de la transmisión de la información genética, en lo cual no voy a profundizar, pues no es el objetivo de este libro. Pero ¿por qué existen estos errores en la Naturaleza, de la cual se dice que es tan sabia? Precisamente por eso, pues de esta forma se asegura que, ante un eventual cambio en las condiciones ambientales, pueda haber individuos que, gracias a tal mutación, se encuentren mejor adaptados a las nuevas circunstancias, o que se produzcan adaptaciones que mejoren la pervivencia en las condiciones actuales. Se trata, por tanto, de oportunidades de adquirir nueva información del medio para la evolución de la especie. Y, como la más ínfima variación genética, puede cambiar irremediablemente el curso de la filogénesis, a partir de que una variación genética perdure, habrá visto la luz un nuevo producto de la evolución. Valiéndome de un sencillo ejemplo, el cánido que nace con pabellones auriculares ligeramente más grandes, si sobrevive y consigue reproducirse, favorecido, tal vez, por esa adaptación, logrará transmitir este carácter genético a sus descendientes. Y así pudo

evolucionar el gran pabellón auricular del fenec o zorro del desierto sahariano, pues supone una mejor adaptación a las condiciones térmicas, además de constituir un estupendo «radar» para captar el sigiloso correteo de los jerbos sobre la arena. Y, al contrario, el pequeño pabellón del zorro ártico, por ejemplo, supone una extraordinaria adaptación a los gélidos vientos con temperaturas inferiores a los 40 grados bajo cero, allí donde un pabellón demasiado grande corre un grave riesgo de congelación.

Habitualmente, el error genético supone que el individuo portador, aquel desafortunado que lo ha heredado, sea eliminado por las implacables condiciones del medio. Es fácil comprender, por ejemplo, que un lobo que naciese, hipotéticamente, sin rabo, sería rápidamente eliminado por las durísimas condiciones de la naturaleza o, al menos, nunca podría reproducirse, y, por tanto, este carácter nunca sería heredado —si alguien se pregunta el porqué de éste «capricho» de la Naturaleza, refiriéndome al rabo, le remito a los capítulos dedicados a las adaptaciones para la carrera, a la comunicación social, a la jerarquía y a la relación de todo esto con la actividad de la caza—. Pero, si con una ligera variación, dicho individuo consigue una ventaja, la nueva información genética significaría una adaptación mejor, y los portadores de esta mutación, en adelante, tendrán mayores posibilidades de sobrevivir y de transmitir dicha variación génica. Si, en los primeros periodos glaciares, siempre hipotéticamente hablando, el lobo que tenía unos ojos ligeramente más oblicuos o unas orejas levemente más pequeñas tenía la facultad de soportar mejor los gélidos vientos en las noches interminables, ya contaba con una mayor posibilidad de sobrevivir y de transmitir, por tanto, esta característica a sus descendientes. Cuanto más variable es el medio, mayor ha de ser el índice de variabilidad de los seres que en él viven, y, por tanto, existe en ese caso un mayor índice de mutación. El índice de mutación alcanza los más altos niveles entre los animales domésticos. La explicación de esto último está en que, en cuanto disminuye la competencia con otros seres, que es precisamente lo que ocurre con la domesticación y la existencia bajo la protección humana, es de esperar que aumente el índice de mutabilidad exitosa, pues la presión selectiva permite que, dichos seres portadores de los nuevos cambios, puedan sobrevivir al medio imperante. Es decir, que, si los animales domésticos, por la variabilidad constante de su medio físico, cuentan ya con un mayor índice de mutación, y estas mutaciones son, además, permitidas por el acontecer de la vida y consiguen sobrevivir con ellas y transmitirlas, ya tenemos la clave que explica el porqué es relativamente fácil el crear más y más razas de animales domésticos, en este caso, del perro. No existe en la Naturaleza ningún cánido con las orejas caídas y, aún los pequeños zorros del desierto africano, que poseen unos grandes pabellones auriculares, los tienen bien erguidos para captar las vibraciones sonoras más indetectables. Pero, bajo la protección del ser humano, una ligera caída de la oreja por debilidad del cartílago no es causa para ser eliminado por el medio, y, de esta forma, la característica de la oreja caída puede ser transmitida. Si el hombre, además, persigue la selección consciente de este carácter genético, valiéndose de la consanguinidad para reforzar los caracteres, comprenderemos cómo hemos podido llegar, partiendo de la pequeña oreja erguida y triangular del lobo, al grandísimo pabellón auricular caído y redondeado de los sabuesos de rastro. Podría, y de hecho lo haré a menudo a lo largo de este libro, proseguir poniendo ejemplos de los caracteres genéticos, tanto morfológicos como comportamentales, que la domesticación ha permitido mantener y el hombre ha seleccionado conscientemente, y que la selección natural probablemente habría eliminado irremisiblemente ¡Posiblemente sea el perro el animal que más mutaciones haya sufrido a lo largo de su evolución!

surgido a partir de diferentes mutaciones, las cuales, a menudo, han sido cuidadosamente seleccionadas por el hombre mediante una esmerada crianza. Pero que tampoco se sorprenda nadie al descubrir ahora, si así es el caso, que los perros surgen a partir de mutaciones, pues, como cualquier biólogo sabe, y como el lector habrá posiblemente supuesto, toda alteración en el genoma supone una mutación, y estas variaciones son tan frecuentes que no hay un solo individuo que no sea mutante, y, es más, de forma múltiple, incluyéndole seguramente a usted, lector, y al que estas líneas escribe. En los humanos se da una nueva mutación en la replicación del ADN por cada división celular. La gran mayoría de estas mutaciones, no obstante, no se manifiestan fenotípicamente, y, por tanto, no aparece una característica morfológica que delate su existencia. De hecho, los genetistas calculan que, de mil millones de mutaciones, solamente una representa una mejora en las perspectivas de supervivencia para el individuo portador, y, como consecuencia, para sus posibles descendientes.

Pero el papel de la selección es sumamente importante, pues, por sí sola, puede provocar grandes variaciones, sin necesidad de la aparición de mutaciones. Cualquier rasgo característico de una especie, subespecie o raza es debido al importantísimo papel de la selección, pues no sólo pervive lo que en el medio resulta útil, sino que, muy a menudo, también lo que no es tan inútil como para ser eliminado. Y esto último es lo que sucede claramente entre los animales que viven bajo la protección humana. De hecho, Konrad Lorenz se pronunció al respecto, denominando evolución regresiva a la producida por la domesticación, pues, al igual que los parásitos evolucionados bajo la presión de la selección natural, los animales domésticos pueden prescindir de una serie de órganos y facultades, que, como he dicho, quizás no son tan inútiles como para ser eliminados. La especie doméstica

afectada por dicha evolución regresiva puede, no obstante, gozar de una extraordinaria salud e,

incluso, de ciertas facultades muy superiores a las de la especie salvaje.

Pero, además del papel de la selección por sí misma, y vuelvo a subrayarlo, el hombre ha estado seleccionando a sus animales domésticos meticulosamente; e, incluso, mucho antes, en la antigüedad, inconscientemente, actuando a menudo en contra de la forma en la que lo haría la selección natural. El perro, es, de esta forma, producto de la selección artificial llevada a cabo por el ser humano desde hace miles de años, así como de la evolución regresiva consecuente, derivada de la domesticación en sí misma, favorecidas ambas por el papel espontáneo de las mutaciones, que surgen de forma natural constantemente.

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