4.4. La plantación/reclusorio
4.6.2. Incesto como transgresión.
El amor incestuoso entre Rosette y Maurice se constituye como un desafío a las leyes segregacionistas impuestas por los esclavistas, es un amor revolucionario porque atenta contra un orden establecido, en este caso lo que molesta a la clase hegemónica no es el parentesco sino la diferencia racial y social.
“[El doctor Parmentier] Explicó que muy poca gente sabía que eran medio hermanos y además no sería la primera vez que algo así ocurría. La promiscuidad de los amos con sus esclavas se prestaba para toda suerte de relaciones confusas, añadió.
139 Nadie sabía a ciencia cierta qué sucedía en la intimidad de las casas y menos en las
plantaciones. Los creoles no daban demasiada importancia a los amoríos entre parientes de diferente raza —no sólo entre hermanos, también entre padres e hijas— mientras no se ventilaran en público. Blancos con blancos, en cambio, era
intolerable” (Allende, 2011, p. 467).
Los hermanos-amantes desafían las leyes creoles. Esta osadía no queda impune y Rosette paga con su vida esta transgresión. La pareja de jóvenes son arquetipo del amor trágico, haciendo eco al tópico de la mulata trágica presente en algunas literaturas y en el cine, La isla bajo el mar invierte los valores, de modo que Rosette en vez de ser la arpía seductora causante de la desgracia del blanco, es la víctima vulnerable que no logra escapar al largo y poderoso brazo del patriarcado, y Maurice en vez de ser el gallardo y adinerado hombre blanco, al que una desventura amorosa con una mujer de color no le haría mella, es un joven asustadizo que no logra sobreponerse a la pérdida de su amada mulata, media- hermana y esposa. Con relación al incesto, Tomás Segovia es citado por García en un artículo publicado por la Universidad de México:
“El amor auténtico, es decir personal, es pues un atentado a la sociedad porque sucede antes o después o fuera de ella, porque traspasa o se salta la enajenación que es la estructura misma de lo social. Y estos rasgos del amor revolucionario están arquetípicamente simbolizados en la pareja fraternal” (García, 1964, p. 12).
Con el incesto de los hermanos Maurice y Rosette, la novela pone sobre la mesa la inmoralidad de la sociedad creole y del sistema esclavista. Los valores se invierten, se acomodan y se modifican de acuerdo a los intereses de los potentados, ni siquiera la iglesia católica es ajena a este juego de conveniencias.
140 4.6.3. Desafío al patriarcado.
El incesto de Maurice y Rosette une a dos seres complementarios, que en el fondo son uno, y que, al materializar esa unión, vuelven al estado perfecto original, sin distinciones de clase y raza, sin opresiones ni marginalización.
“El incesto, aunque a primera vista no lo parezca, evoca esa androginia, esa unión de dos que, en el fondo, son uno. Desde el momento en que se desea la
reunificación, se está exaltando la propia esencia, el yo más profundo. Se trata, pues, de la entronización de lo propio, es una forma de autismo” (Fernández, 2006, p. 279).
Cabe preguntarse, ¿Si el incesto causa escozor, habrá algo más repugnante que la esclavitud? Tal y como lo presenta la obra, el incesto está naturalizado, la sociedad colonial está tan acostumbrada a presenciar todo tipo de crueldades y aberraciones que lo que menos le perturba es la relación incestuosa entre dos hermanos, hasta el párroco tiene cosas más urgentes que resolver, cosas más apremiantes por las que orar.
“El paradigma del incesto fraternal se dirige a esta negación del padre blanco dentro del espacio nacional/colonial. Se puede evitar el incesto sólo cuando la paternidad blanca se reestablece. La evasión del incesto precisa de claras redes de parentesco así que al revelar las previas generaciones del mestizaje al igual que con el reconocimiento paternal de la progenie ilegítima se puede reprimir la ocurrencia del incesto” (Monteleone, 2004, p. 91).
La esclavización ha banalizado a la sociedad creole, el ejercicio reiterativo y exacerbado de la crueldad los hace indiferentes a otras situaciones, que en otra sociedad
141 serían condenadas por ser tabú, como es el caso de un matrimonio pagano entre hermanos,
que cuenta con el aval de un sacerdote.
No se repudia, por ejemplo, el hecho de que Hortense insultara, golpeara y mandara a encarcelar a Rosette por infringir la absurda ley del tignon, que prohibía a las mujeres de color usar joyas y pasear altivas por la calle, como si fueran libres (aunque técnicamente algunas lo fueran), más que el hecho en sí mismo de exhibir su belleza como una
provocación a las mujeres blancas. El pecado está en que siendo mulata se dé ínfulas de blanca, careciendo de importancia el que esté embarazada de su hermano. Claramente, existe un desbalance, una desproporción en la noción de bien moral. Hasta aquellos que tienen la autoridad que les otorga el conocimiento y la razón, omiten sancionar la esclavitud.
“El hombre nace libre y, sin embargo, vive en todas partes encadenado." Así comienza Jean Jacques Rousseau El contrato social publicado por primera vez en 1762. Ninguna condición humana aparece más ofensiva a su corazón o a su razón que la esclavitud. Pero incluso Rousseau, santo patrono de la Revolución Francesa, reprimió de su conciencia a los millones de esclavos que existían realmente,
propiedad de europeos, mientras que incansablemente condena la institución” (Buck-Morss, 2005, p. 26).
Este aparente desbalance entre sucesos aparentemente leves y sucesos
sustancialmente más complejos para una sociedad, dan cuenta de lo corroída que estaba la moral en las sociedades esclavistas, la desproporción de la sanción comparada con la falta sancionada ponen de manifiesto lo repugnante de las leyes del esclavismo.
142 Las acciones que podrían ser consideradas como un pecado contra la naturaleza son en realidad un pecado contra la autoridad, y por esta razón se castigan con tanta severidad, pues lo que está en juego al desafiar la autoridad del patriarcado es la supervivencia del sistema esclavista, que tan lucrativo ha sido para el esclavizador. Por eso en la novela, el potentado Valmorain revienta de ira cuando su hijo le dice que se convertirá en un abolicionista.
“—Abolicionismo, Monsieur. Voy a dedicar mi vida a luchar contra la esclavitud —replicó Maurice con firmeza. Eso fue un golpe mil veces más grave para Valmorain que el asunto de Rosette: era un atentado directo contra los intereses de su familia. Su hijo estaba más desquiciado de lo que había imaginado, pretendía nada menos que demoler el fundamento de la civilización y de la fortuna de los Valmorain. A los abolicionistas los emplumaban y los ahorcaban, como merecían. Eran unos locos fanáticos que se atrevían a desafiar a la sociedad, a la historia, incluso a la palabra divina, porque la esclavitud aparecía en la Biblia. ¿Un abolicionista en su propia familia? ¡Ni pensarlo! Le lanzó su arenga a gritos, sin tomar aliento, y terminó amenazándolo con desheredarlo” (Allende, 2011, p. 463).
El abolicionismo es peligroso, como lo reconoce el mismo Valmorain, porque es tener una contraparte. Es debilitar la matriz colonial de poder, pues ya habría un
interlocutor que interpelara a nombre de los que la colonialidad tiene anulados, y éstos tendrían que ser escuchados; habría una respuesta, un decir y “es el decir el acto que crea, al mismo tiempo, el discurso y el sujeto que lo sostiene.” (Filinich, 2009)
143 Si la palabra, o el decir, como señala Filinich, es una acción creadora de sujetos,
¿Qué sucede con los seres esclavizados despojados de un acto de habla oficial? Si el
esclavizador silencia el decir de sus esclavizados es precisamente para quitarles el status de sujeto, pero no conforme con la cosificación, arremete con violencia contra sus cuerpos, pues quebrándolos no solo malogra carne y huesos sino almas, voluntades, ideologías.
El esclavizador sabe que el discurso que priva de los atributos de la razón a los esclavizados es una falacia, él mismo es un Ilustrado y ha podido ver en aquellos las mismas luces que a él le alumbran; pero tiene más peso la concepción mercantilista de los esclavos que la humanista.
“—No me va a creer, doctor, pero antes de venir aquí yo admiraba a Voltaire, Diderot y Rousseau —le contó Valmorain.
— ¿Ahora no?
—Ahora pongo en duda las especulaciones de los humanistas. La vida en esta isla me ha endurecido, o digamos que me ha hecho más realista. No puedo aceptar que los negros sean tan humanos como nosotros, aunque tienen inteligencia y alma. La raza blanca ha creado nuestra civilización. África es un continente oscuro y primitivo” (Allende, 2011, p. 102).
La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano le privaría de grandes ganancias económicas, si se aplicara a todos los hombres, es preciso hacer ciertas excepciones a conveniencia del colonizador. Es un imperativo hacer caso omiso de ciertos mandatos éticos, aún si esto implica avalar la doble moral del sistema esclavista, que por un lado repugna y por el otro llena los bolsillos de oro.
144 “Podría pensarse que, seguramente, de manera no racional, los filósofos
"iluminados" fueron incapaces de percibirlo. Pero no fue el caso. La explotación de millones de trabajadores esclavos en las colonias fue aceptada como parte de una realidad dada por los mismos pensadores que proclamaban que la libertad era el estado natural del hombre y su derecho inalienable. Aun cuando los reclamos teóricos de libertad se transformaron en acción revolucionaria sobre la escena política, la economía esclavista de las colonias que funcionaba entre bastidores permaneció en la oscuridad” (Buck-Morss, 2005, p. 10).