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La aparición de la locura en las mujeres contempla un momento políticamente definitorio, como es el encierro, ritual de paso que simboliza la institucionalización de la locura, ritual que contempla unas fases y unos ritos específicos (Lagarde, 2005), que serán mencionados a continuación, ya que son perfectamente identificables en Eugenia García del Solar.

Primero está el paso del mundo de la casa al asilo, que va a la par con el paso de una legalidad general a una legalidad particular, que equivale al cambio de tutor o paso de la soltería al matrimonio; para Eugenia funcionan como asilo tanto el convento como la plantación de Saint-Lazare, el primero le otorga tranquilidad, el segundo es el horror del cual quiere escapar. La mujer declarada como loca, empieza a sumergirse en un estado de vulnerabilidad; Eugenia perdió la voluntad, “dependía de la muchacha [Zarité] para todo, aún los menesteres más íntimos, era su confidente, la única que permanecía a su lado cuando la atormentaban los demonios” (Allende, 2011, p. 83).

125 El ritual de purificación incluye baños y desinfectantes, como si la locura fuera algo que se adhiere desde fuera, algo que se introduce por la piel. A Zarité le correspondía realizar el ritual de purificación a su ama.

“La desnudé, le traje la bacinilla, la lavé con un trapo mojado, le eché polvos de alcanfor para los mosquitos, le puse leche en la cara y las manos, le quité las

horquillas del peinado y le cepillé el cabello castaño cien veces, mientras ella se dejaba hacer con la mirada perdida. Estaba transparente” (Allende, 2011, p. 72).

También es con Zarité con quien Eugenia realiza el ritual de la confesión, la palabra de la propia mujer acusada de locura, su visión distópica del contexto, sus delirios, es lo que termina por condenarla.

“Teté la abanicaba sin poder evitar la lástima. Se había encariñado con doña Eugenia, como ésta prefería ser llamada. El ama no le pegaba y le confiaba sus cuitas, aunque al comienzo no le entendía, porque le hablaba en español. Le contaba cómo su marido la cortejó en Cuba con galanterías y regalos, pero después, en Saint- Domingue, mostró su verdadero carácter: estaba corrompido por el mal clima y la magia de los negros, como todos los colonos de las Antillas” (Allende, 2011, p. 70).

Aunque no es Zarité quien condene el estado mental de Eugenia, pues no tiene voz para emitir ningún juicio, está esclavizada y es mujer, es quien la escucha en sus cuitas. El diagnóstico de locura lo da quien tiene la autoridad para hacerlo; “El doctor Parmentier [...] ordenó mantener a Eugenia Valmorain en una larga duermevela hasta que diera a luz. Para

126 entonces había perdido la esperanza de sanarla, creía que el ambiente de la isla la estaba

matando poco a poco.” (Allende, 2011, p. 87).

Seguidamente se da un cambio de indumentaria; dependiendo del sitio de reclusión podría ser un uniforme, un hábito, una camisa de fuerza, etc.; en este caso, ella cambia los atavíos de las grandes damas por un atuendo simple, “ya no usaba el corsé, las medias y las enaguas que llenaban sus baúles de novia, en la plantación andaba con batas livianas”. (Allende, 2011, p. 72).

En la mayoría de los casos el siguiente ritual es la mutilación, consistente en raparles el cabello, o en infringirles algún tipo de violencia que les recuerde su nueva condición. Eugenia no recibe una mutilación en su propia persona, no se le infringe ninguna violencia explícita como ritual que indique su estado; sin embargo, escuchar una historia cargada de violencia y mutilaciones logra trastornarla. “La historia de Mackandal, que su marido le había contado, desató la demencia de Eugenia, pero no la causó, porque corría por sus venas.” (Allende, 2011, p. 64).

El cambio de nombre y la reclusión son los dos últimos rituales de

institucionalización de la locura. Eugenia pasa a usar el apellido Valmorain como corresponde a las casadas. Pero el mote de española loca es usado para referirse a ella. “[Valmorain] sabía que circulaban chismes a sus espaldas, decían que estaba casado con una española medio loca” (Pág. 63). “La española era una sombra de piel cenicienta y rostro desencajado” (Allende, 2011, p. 111).

La reclusión de Eugenia es definitiva en Saint-Lazare; después de dar a luz a su único hijo, decide recluirse en su habitación, ya no queda nada de ella, su resistencia ha sido vencida por el poder patriarcal, Valmorain ya tiene un heredero, ella ha dado a luz a

127 otro hombre blanco, burgués, católico, que continuará con el círculo de opresión y

esclavización; el control hegemónico de los blancos hacia los esclavizados y el odio a muerte de éstos hacia los blancos continuará. Eugenia se rinde. Su misión era ser madre y lo ha cumplido. Solo le queda morir, y para acelerar ese momento de liberación intenta suicidarse en dos oportunidades.

“Al segundo intento de suicidio de Eugenia, esta vez con un incendio que por poco destruyó la casa, la situación se definió y ya nadie intentó mantener las apariencias. En la colonia se supo que madame Valmorain estaba desquiciada y pocos se extrañaron, porque corrían rumores desde hacía años de que la española provenía de una familia de locas rematadas” (Allende, 2011, p. 117).

Como se dijo en un comienzo, a Eugenia García del Solar, blanca, burguesa venida a menos, virginal, le correspondía el espacio de la procreación. El espacio del erotismo le estaba vedado, su cuerpo no le pertenecía, era un cuerpo para otros, un cuerpo para la maternidad. Al tener a Maurice, no tenía ninguna otra función que cumplir. Su marido buscaba el erotismo en otras mujeres, incluyendo a su esclavizada Zarité.