Uno de los objetivos de la presente investigación ha sido determinar la incidencia y prevalencia de la procrastinación en el ámbito académico. Aunque las referencias a la dilación, como se ha destacado, han estado presentes a lo largo de la historia, las tasas de incidencia han aumentado significativamente en los últimos años (Ferrari, Díaz-Morales, O'Callaghan, Díaz y Argumedo, 2007; Steel, 2007; Steel y Ferrari, 2013).
Muchas personas admiten procrastinar, al menos hasta cierto punto u ocasionalmente, mientras una minoría sustancial reconoce hacerlo habitualmente. Como apuntan Senécal, Koestner y Vallerand (1995) resulta difícil pensar que existen personas que nunca procrastinan. La procrastinación es un fenómeno tan habitual, que si alguien respondiera afirmativamente ante el enunciado “yo nunca procrastino” se podría sospechar que o miente o responde en función de criterios de deseabilidad social. Cerca del 25% de la población de adultos no estudiantes reconoce que procrastinar les supone con frecuencia un gran problema y un 40% de casos señala que es causa de importantes pérdidas económicas (McCown y Johnson, 1989). Hasta un 90% de estudiantes son procrastinadores, al menos a tiempo parcial (Sommer y Haug, 2012), mientras un 50% reconoce posponer siempre sus tareas académicas, siendo además una conducta que les
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20 resulta problemática (Steel, 2007). La procrastinación “es tan corriente como tomar café por la mañana” (Steel, 2011, p. 29).
Tal como se indicó en apartados precedentes, la procrastinación general o de la vida diaria se muestra como una conducta frecuente en las sociedades contemporáneas, afectando a todo tipo de tareas (Alexander y Onwuegbuzie, 2007). Un número considerable de adultos no clínicos (20% en USA) se autoidentifican como procrastinadores habituales o crónicosen la realización de sus tareas diarias (Harriot y Ferrari, 1996). Una de cada cinco personas admite incurrir en esta conducta cuando se enfrenta con rutinas tales como pagar facturas e impuestos o realizar exámenes médicos (Schouwenburg, 2004).
Basándose en la clasificación tripartita de la procrastinación crónica de Ferrari et al (2005) los cuales distinguen entre dilación decisional, de activación y de evitación, Ferrari y Özer (2009) informan de una prevalencia, entre adultos turcos no estudiantes, de un 17.5% de procrastinadores indecisos, un 14.7% de procrastinadores de activación y un 13.8% de procrastinadores de evitación. Según estos autores la tendencia a la dilación tanto de evitación como de activación, entre adultos turcos fue similar y consistente con la informada por hombres y mujeres adultos de España, Perú, Venezuela, Australia, Inglaterra y Estados Unidos. Tales resultados sugieren que la prevalencia de la dilación general es bastante común entre las personas adultas de ambos sexos, casi se podría afirmar que transculturalmente.
Determinar la prevalencia de la procrastinación académica ha constituido el objetivo de numerosos estudios desde hace algunas décadas (Hill, Hill, Chabot y Barrall, 1978; Schouwenburg, 1995; Solomon y Rothblum, 1984). Un amplio cuerpo de investigación ha examinado la prevalencia de la dilación académica entre universitarios pregraduados y posgraduados (Cao, 2012). Entre las conclusiones generales de estos estudios destaca que constituye un fenómeno muy arraigado -incluso más que la procrastinación general- llegando a suponer un problema de proporciones epidémicas entre los estudiantes universitarios (Clark y Hill, 1994; Ellis y Knaus, 1977; Hill et al. 1978; McCown y Roberts, 1994; Rothblum et al., 1986).
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21 De forma más específica, suele destacarse que la procrastinación académica se inicia en la Educación Secundaria y que persiste en la Universidad, donde más del 50% de los estudiantes informan de retrasos constantes y problemáticos en la realización de sus tareas (Steel, 2007). Onwuegbuzie (2004) señala que entre un 40% y un 60% de universitarios destacan que casi siempre o siempre demoran la realización de sus trabajos escritos, la preparación de exámenes o el completar sus lecturas semanales. Schouwenburg, Lay, Pychyl y Ferrari (2004) indican que es un fenómeno muy común, presente en un 70% de los estudiantes universitarios, cifra que según O,Brien (2002), se situaría entre un 80% y un 95% de los estudiantes universitarios. Sin embargo, una encuesta realizada por Balkis y Duru (2009) señala que es un problema que afecta únicamente al 23%. Özer, Demir y Ferrari (2009) destacan que un 52% de estudiantes universitarios muestran dilaciones en la realización de sus tareas académicas. Klassen et al. (2010) informan que alrededor del 58% de estudiantes pregraduados confiesa pasar tres o más horas al día procrastinando mientras Pychyl, Lee, Thibodeau, y Blunt, (2000) señalan que las conductas dilatorias afectan a más de un tercio de sus actividades cotidianas.
La procrastinación académica supone también un grave problema para los estudiantes de postgrado (Collins y Veal, 2004; Jiao, DaRos-Voseles, Collins y Onwuegbuzie, 2011). De hecho, Onwuegbuzie (2004) informa que los estudiantes de posgrado tienden a posponer las cosas más de los estudiantes de pregrado.En general, todos los resultados de la investigación destacan que las tasas de prevalencia de la procrastinación académica entre universitarios -tanto pregraduados como graduados, de diferentes nacionalidades y culturas- resultan muy elevadas, aunque se sitúan en un rango muy amplio que abarca entre un 20% y un 95% de sujetos.
El estudio pionero de Ellis y Knaus (1977), tras largos años de observación clínica, concluyó que una abrumadora mayoría de estudiantes universitarios -el 95%-, aplazaba la realización de sus tareas académicas hasta el punto de experimentar ansiedad. Esta cifra fue considerada en su momento como una sobrestimación. Sin embargo, tan sólo un año después, Hill et al. (1978), a través de una encuesta a 500 estudiantes de cinco universidades, constatan que cerca del 90% de los participantes admitía
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22 procrastinar al menos ocasionalmente, mientras que un 50% señalaba que lo hacía habitualmente -la mitad del tiempo e incluso más-. Estos autores no encontraron diferencias en las tasas de procrastinación a través de las universidades y titulaciones consideradas, pero sus resultados apoyan la prevalencia estimada por Ellis y Knaus.
La magnitud de los resultados en estos estudios iniciales y el interés por contrastar la validez de los mismos, auspiciaron la realización de nuevas investigaciones. Solomon y Rothblum (1984) analizaron la frecuencia y los motivos de la procrastinación académica entre universitarios. A través de la Procrastination Assessment Scale for Students (PASS), aplicada a una muestra de 342 estudiantes norteamericanos principalmente caucásicos, constatan que el 46% de la muestra informó que siempre o casi siempre o posponían la presentación de un trabajo escrito, un 28% al estudiar para exámenes y un 30% al mantenerse al día con sus lecturas semanales. Los sujetos procrastinaban en menor medida sus tareas administrativas, la asistencia a reuniones de trabajo y sus actividades escolares en general. Además, un amplio volumen de estudiantes destacó que la procrastinación les generaba malestar psicológico: casi la mitad que les suponía un verdadero problema y más de la cuarta parte que deseaban disminuir sus niveles al respecto.
En una investigación posterior, Rothblum et al. (1986) informan que un 40% de universitarios se autoevaluaron como muy procrastinadores siempre o casi siempre al afrontar los exámenes, así como respecto al nivel de malestar emocional que les ocasionaba este tipo de conductas. Beswick, Rothblum y Mann (1988) también informan de resultados similares, dado que un 46% de los participantes mostró niveles muy elevados de procrastinación -con una frecuencia de siempre o casi siempre- en la realización de trabajos escritos, un 31% al estudiar para un examen y, por último, cerca de la mitad al llevar al día el ritmo de sus lecturas. Adicionalmente, alrededor de un tercio de los estudiantes describió sus conductas procrastinadoras como problemáticas y cerca de dos tercios deseaban variar sus hábitos y reducir sus niveles de procrastinación.
Clark y Hill (1994) investigaron la prevalencia de la procrastinación entre estudiantes afroamericanos con el objetivo de compararla con la evidenciada por los
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23 estudiantes de origen caucásico. Su estudio, también realizado a partir de la aplicación de la PASS, mostró resultados similares a los comentados en los párrafos precedentes. Ferrari et al. (2005) también informan de tasas de prevalencia análogas en tres países de habla inglesa (Estados Unidos, Reino Unido y Australia).
Ferrari, Wolfe, Wesley, Schoff y Beck (1995) comparan la prevalencia de la procrastinación académica entre universidades norteamericanas con diferentes niveles de exigencia en la selección de estudiantes (clasificándolas en “selectivas”, “moderadamente selectivas” y “no selectivas”). A través de la PASS constatan que los estudiantes de las universidades “selectivas” frente a las otras dos mostraban niveles significativamente superiores de procrastinación, aunque no hubo diferencias significativas entre grupos en términos de percepción como problema o de las razones aducidas para procrastinar. Los autores explican estos resultados con dos argumentos complementarios: los estudiantes de “universidades selectivas” procrastinan más para mantener y mejorar su autoestima (lo que incluye ser capaz de trabajar con eficacia bajo presión) y porque disponen de una ética de trabajo/esfuerzo superior, con lo que definen la procrastinación de forma más rígida y exigente respecto a su propia actuación. De otro modo, su definición de procrastinación puede incluir hasta la última semana anterior a la fecha de realización de un examen o de la fecha límite de presentación de un trabajo, mientras que un estudiante de una universidad “no selectiva” puede no considerarse a sí mismo como procrastinador, salvo que espere hasta el día antes de la fecha límite prescrita, para comenzar a estudiar o realizar un trabajo.
Por otra parte, aunque pocos estudios ha comparado directamente la dilación en los estudiantes de grado y posgrado, Onwuegbuzie (2001) encontró que un 41.7% de graduados manifestaban demorar sus trabajos escritos, un 39.3% al estudiar para exámenes y un 60% al mantener el ritmo de sus lecturas semanales. Sorprendentemente, los graduados tendían más a la procrastinación que los no graduados. Fue hasta 3.5 veces más probable que informarán posponer siempre o casi siempre mantener el ritmo de sus lecturas semanales y cerca de 2.5 veces más probable que informaran de hacerlo cuando estudiaban para exámenes, en comparación con los pregraduados (Onwuegbuzie, 2004). Frente a estos hallazgos, Özer (2011) encontró que los estudiantes pregraduados
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24 informaban posponer las cosas más que los graduados al estudiar para los exámenes, escribir trabajos dentro de plazo y cumplir con sus tareas semanales. Estos resultados sugieren que se necesita mayor investigación al respecto de las similitudes y diferencias de la dilación entre estudiantes de pregrado y posgrado. Algunos estudios también han constatado que las demoras académicas constituyen un fenómeno que no tiende a mejorar o disiparse con el paso del tiempo, sino todo lo contrario. Por ejemplo, tiende a incrementarse en la medida en que los estudiantes avanzan en sus carreras académicas, si bien se convierte en más autorregulada (Ferrari, 1991a) y podría ser interpretada como una conducta aprendida (Hill et al. 1978;Vacha y McBride, 1993). La tasa de dilación también se incrementa con el tiempo que el estudiante permanece en la universidad, de forma que los estudiantes más veteranos suelen procrastinar más que los de primer año y los graduados más que los no graduados (Ferrari, 2004).
En conjunto, los hallazgos respecto a la prevalencia de la procrastinación académica sugieren que se trata de un fenómeno sumamente común entre universitarios. Mientras la procrastinación es un problema importante para gran parte de la población general, en el caso de los estudiantes y respecto a las tareas académicas supone una conducta especialmente frecuente. Sin embargo, pese a una prevalencia tan claramente establecida, al menos en el ámbito anglosajón, la procrastinación académica continúa siendo un fenómeno poco conocido. Los individuos que la sufren siguen siendo una población incomprendida y suelen ser considerados a menudo perezosos o indolentes. Sólo recientemente los investigadores y clínicos empiezan a considerar esta conducta como un problema y a diseñar estrategias de intervención para afrontarlo eficazmente en el ámbito universitario.
1.5. PERSPECTIVAS TEÓRICAS ACTUALES SOBRE LA